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Feria del Libro: no todos firman igual (y luego está Ibáñez)

7 Jun

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Fue Manuel Vicent quien clasificó a las casetas de la Feria del Libro en las que tienen bicho dentro y las que no. Entiéndase por bicho autor firmante, o con pretensiones de serlo. Pero incluso en esta categoría hay cuatro subcategorías, que demuestran que hay algunos escritores más iguales que otros. Vamos a repasarlas, de menor a mayor.

La Categoría A es la básica: conseguir ir a firmar algún día, es decir, tener un libro más o menos vivo en el mercado coincidiendo con los días de Feria, y gracias a la amistad o la misericordia, conseguir una caseta donde le admitan a uno, aunque sea un sólo día. Yo esto confieso que no lo he conseguido jamás, porque mis libros, los pocos que he sacado, no han aguantado vivos los meses suficientes. ¿Mala suerte? Supongo, porque sigo pensando que eran buenos libros. Pero quizá al no entrar en la Categoría A, algunos nos hemos librado de algo que puede ser mucho peor:

La Categoría B. Que es ir a la Feria a firmar… y no firmar. El interlocutor de esta breve conversación del año pasado que ahora recuerdo aquí es un buen amigo, coautor de un magnífico libro sobre música: “Oye, ¿al final se pasó Fulanita por la caseta? Le dije que estabais firmando”. “Sí ¡Y menos mal que se pasó, porque gracias a eso pudimos firmar un ejemplar en todo el día!”. Para mayor recochineo, dos casetas más allá estaba un tal Rubius firmando a dos manos no sé qué desvaríos para adolescentes. Las cosas se empiezan a arreglar cuando pasamos a:

La Categoría C: Firmar en serio. No ir un solo día, sino varios, cuantos más mejor, y disfrutar siempre de una cola aceptable de lectores que aguardan. El otro día me alegré de ver que Trapiello contaba con un buen número de admiradores de su repercutirá del Quijote, y me sorprendió ver que Carlos Rodríguez Braun no le andaba a la zaga. Aquí es donde encontramos a los novelistas de éxito, los habituales de la Feria, a algún político y, desde luego, a los famosos de la tele, aunque en algunos casos la firma que estampan estos sea lo único que han escrito propiamente en el libro.

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Esto ya parecería lo máximo a que uno puede aspirar, pero siempre hay algo más. Y nos estamos dejando el summum, el Olimpo de los firmantes, la business class de la firma en la Feria, que es, obviamente:

La Categoría D: La Jaima. Reservada a los verdaderos superventas, los que no pueden atender a los lectores desde la vulgaridad y las limitaciones de una caseta, por riesgo de causar embotellamientos. Hay que ser premio Nobel, como Vargas Llosa, o, y perdonen la ordinariez, vender cien mil ejemplares sin sacarla, como Ken Follett. La Jaima está situada en el centro del Paseo de Coches -este año, en el principio de la Feria según se entra por Menéndez Pelayo- y la cola de lectores se extiende a lo largo del Paseo, sin estorbar. En la Jaima el autor no comparte sitio con libros de otros; están él, su pluma y su obra. Puestos a estar, también están algunos empleados de la editorial que flanquean su mesa y van controlando la afluencia. Los que se asan pacientemente al sol son los lectores, que paradójicamente -por eso el autor está en la Jaima- son muchos, así que tardan más de lo habitual en llegar hasta la mesa con su libro.

20150607_174911No siempre hubo Jaima. Hace muchos años, cuando la Feria estaba todavía en el paseo lateral, servidor hizo cola durante cuarenta y cinco minutos en los Jardines de Cecilio Rodríguez para que Borges le firmara un ejemplar de Ficciones. El maestro esperaba en un pabellón, donde cuando te daban paso, sin preguntar ni hablar, te estampaba en tu ejemplar unos signos como estos, que me ha hecho pensar desde entonces si lo que estuve haciendo durante tres cuartos de hora no fue, sencillamente, el imbécil.

Hoy Borges ya no está, pero me hace gracia ver que este año los autores de la Jaima son principalmente dos: Arturo Pérez-Reverte y Francisco Ibáñez. Lo único que tienen en común es su enorme popularidad con los lectores, y no tiene uno claro si competir con Pérez-Reverte eleva el prestigio de Ibáñez, o más bien la cosa es al revés. Que el que siempre se ha presentado como un currito de los tebeos le moje la oreja a un señor que tiene a gala sacar su mal genio en cuanto le tocan las ínfulas, no sólo tiene gracia, es que casi parece algo salido de un cómic de Mortadelo y Filemón. Pero no todo es color de rosa bajo la Jaima; me soplan que Filemón odia a Mortadelo. Porque cuando los niños llegan hasta Ibáñez a pedirle la firma, nunca le piden que le dibuje a él.

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Asterix y la decadencia

3 Oct

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Cuando en 1977 falleció René Goscinny, las colecciones de cómics de las que era guionista buscaron cubrir el hueco que dejó siguiendo distintos derroteros. Morris recurrió a diversos guionistas para los nuevos álbumes de Lucky Luke, con resultados que iban desde lo entretenido a lo soso, pasando por títulos tan lamentables como Klondike; Tabary siguió por su cuenta con las aventuras del Gran Visir Iznogud, pero carecía de la imaginación para los breves rompecabezas argumentales (aún recuerdo con la boca abierta maravillas como El calendario mágico, o El camino que no lleva a ningún sitio) con que Goscinny ilustraba la obsesión del protagonista por conseguir, ya saben, ¡SER CALIFA EN LUGAR DEL CALIFA! y optó por historias más convencionales, alejadísimas del concepto original.

Uderzo optó por hacer lo mismo con Asterix. Por desgracia.

Que la crítica de cómics, a diferencia de la de cine, libros o teatro, sea considerada en España una tontería menor es lo que ha permitido que Uderzo haya seguido perpetrando impunemente unos álbumes que han aumentado sus ventas con cada nueva entrega, al tiempo que su calidad bajaba sin parar. Yo es que he alucinado durante todos estos años, de verdad. La ristra de horrores que comenzó con La Gran Zanja y desde ahí ha seguido a peor (aunque pareciera imposible), era saludada (o publicitada) por los medios de comunicación echando las gorras al aire, sin que nadie, salvo algunas revistas especializadas, se molestara en publicar una crítica un poco constructiva del contenido y en avisar a los lectores del calvario que les esperaba hasta llegar al banquete final.

La versión oficial cuenta que Goscinny falleció tras completar el guión de Asterix en Bélgica, pero cuesta creerlo cuando se repasa el sinsentido que son las últimas páginas (además de que la excusa que pone en marcha la trama es la más absurda de toda la serie). Sí recuerdo una crítica (pero no al autor, y bien que me gustaría citarlo) que señalaba que la decadencia de Asterix ya había comenzado con La gran travesía, un título más bien flojo, aunque se recuperó con Obelix y compañía, una repetición del esquema de La residencia de los dioses, pero desarrollada con la imaginación y comicidad de una pareja creadora todavía en plena forma.

 “¡No chabemoch dónde echta Alechia!” – “¡CÓRCEGA ES LA PESADILLA DE LOS ROMANOS ¿HAS ENTENDIDO, GORDO?! ¡YO NO ESTOY GORDO Y YO SOY TAMBIÉN LA PESADILLA DE LOS ROMANOS!”. – “¿Son esclavos?” “¡Son mis socios! Lo que pasa es que el contrato lo redacté yo y lo firmaron sin haberlo leído del todo. Yo soy el presidente director general…” – “¡Si señó! ¡He debió hacerme pi’ata como mi p’imo ‘emano, el que ha tíunfao en la vida!” – “No se come las palabras”, “Tiene una envidia devoradora”, “Es mordiente…” “No utilicéis esas expresiones. Me hacéis pensar en los cocodrilos…”. La época dorada de Asterix está llena de estas citas, que los aficionados más veteranos tenemos grabadas tras años de relectura. Con la etapa Uderzo, llegó el desierto y los lectores quedaron condenados a vagar por la eternidad en un páramo de chistes forzados y sin gracia.

asterix-pictos--644x762Ahora tenemos nueva pareja creadora, Jean-Yves Ferri (guión) y Didier Conrad (dibujo), y nuevo álbum Asterix y los Pictos, que aparece en todo el mundo, con la fanfarria que es ya habitual, el próximo día 24. Que Uderzo haya cedido el testigo por completo de sus personajes es, sin duda, noticia; que lo haya hecho por su avanzada edad (86 años), y no por reconocer que en sus manos Asterix es un muerto viviente desde hace años, es una mala noticia. La ausencia total de autocrítica sobre su obra en solitario indica el peligro de encontrarnos con más de lo mismo, pero ya sin contar siquiera con su magnífico trazo (hay que reconocer que como dibujante nunca perdió el pulso). El dinero que cuesta el álbum será mejor empleado en comprar cualquiera que nos falte de la época clásica. Y este post, aclaro, no es un ataque irracional a Asterix y Obelix, sino más bien una muestra del cariño que les he tenido y los buenos momentos que me han hecho pasar, antes de que comenzaran a vendernos poción mágica adulterada…

…¡Ferpectamente!

Lobezno inmortal: las aventuras de Worinolve

4 Ago

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A través de Carlos Zahumensky, periodista tecnológico y autor de un blog tan ruidoso y animado como una mascletá, me ha llegado esta foto de una publicidad de Lobezno Inmortal (The Wolverine). Está claro que el encargado de colocar los carteles a lo largo del autobús se despistó en el orden y, como resultado, salió a la calle a promocionar una película protagonizada por un personaje llamado Worinolve.

O quizá no está tan claro. Carlos ha hablado del tema como una divertida metedura de pata, pero después de haber visto la película, dudo de que se trate de un error. Es más: estoy convencido de que este es, precisamente, el único cartel promocional en todo el mundo que dice la verdad sobre la cinta, cuyo protagonista no es el Wolverine que todos conocemos, sino un sucedáneo, un pariente lejano, o una versión de tienda de los chinos, a pesar de que la trama esté llena de japoneses.

Es cierto que Worinolve se parece mucho a Wolverine (vamos a ceñirnos al nombre original del personaje, o de los personajes, para que se me entienda mejor). Es un mutante con esqueleto y garras de adamantium, factor curativo y mucha mala leche. Hay que decir también que es bastante alto y bien plantado, recuerda a Hugh Jackman. Aunque no fuma. A diferencia de la afición de Wolverine por los cigarros, Worinolve no enciende un veguero en toda la película, aunque se puede comprender, porque con todas las cosas que pasan mucho tiempo para fumar no hay, y además su factor curativo anda así así. Será por eso por lo que tampoco se toma una cerveza. Hay más diferencias con respecto a Wolverine, evidentes en cuanto llegamos a Japón. Ahí descubrimos que Worinolve no habla una palabra de japonés. Desconoce por completo el bushido. No sabe cómo se maneja una katana. Por Dios, ni siquiera es capaz de comer con palillos. Esto no es posible, no para los que hemos leído los cómics de Wolverine durante tantos años y sabemos la importancia que la cultura y la sociedad japonesa han tenido en la evolución del personaje.

Cuando la familia Yashida mandó a buscar a Wolverine, debieron equivocarse y encontrar a Worinolve. No hay otra explicación. Y mientras Worinolve hace lo que puede, se cepilla a un montón de Yakuzas, se enamora de Mariko Yashida y hace que el público pase un par de horas muy entretenidas, Wolverine debe andar por alguna otra parte del mundo, fumando cigarros, bebiendo cervezas y recordando sus tiempos en Japón.

A ver si algún día hacen una película sobre él. Y dejan descansar a Worinolve o, al menos, le pagan un curso de japonés para principiantes.