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Los hombres sin abrigo

4 Mar

ABRIGO

Seguía haciendo bastante frío aquella mañana, así que decidí sacar el abrigo. La ocasión –tomar unas cañas- no lo merecía, pero me di cuenta de que, si no me lo ponía alguna vez, se iba a pasar todo el invierno en el armario.

El caso es que tengo mucho cuidado con mi abrigo. Para protegerme de los fríos cotidianos uso otras cosas. El abrigo es para ocasiones especiales. Su compra ya fue en sí una ocasión especial, una oferta del cincuenta por ciento en una tienda de marca con descuento, y desde entonces lo he tratado con el cuidado que me impone la certeza de que la vida sólo me ha concedido una oportunidad de comprarme un abrigo así. De corte clásico y caída magnífica, su interior es un confortable nido de cachemira gris. Y, claro, suele atraer comentarios. Vaya pedazo de abrigo, se nota que las cosas te van bien, y frases por el estilo, cuando lo que el abrigo es de verdad es un testimonio de que las cosas fueron bien hace años.

Pero Nacho me desconcertó. Llevábamos tiempo sin quedar, y no estoy seguro de que me hubiera visto alguna vez con el abrigo. Así que soltó un comentario mientras me lo quitaba para dejarlo en una percha cerca de la barra (nunca muy lejos de mi vista), pero no fue como los habituales:

– Hombre, has venido vestido de trabajador.

– ¿Por el abrigo, dices? – asintió. –Pues cuando me lo pongo, me suelen decir lo contrario, que voy de potentado.

– Están mal informados. Ningún potentado lleva abrigo. Ese es el problema.

– ¿Qué problema? Será el problema para ellos, si se resfrían.

– Ah, pero el caso es que no se resfrían. Jamás. ¿Nunca te has parado a pensar en la gente sin abrigo? No en los mendigos que hay por la calle; de esos, alguno va con abrigo, aunque esté hecho jirones. Hay otros. Y que vayan sin abrigo es un signo de peligro.

– Vale. – Concedí, mientras pedía las primeras cervezas. – Cuéntame.

– Te cuento. No es verdad del todo que el hombre sin abrigo no tenga abrigo. Seguramente tiene media docena, y todos carísimos y hechos a medida. Pero no los usa. No los usa porque se despierta todas las mañanas en un dormitorio climatizado. Ya vestido, baja a su garaje donde le espera un coche, también climatizado. Puede que lo conduzca él, y puede que no. En ese coche llega hasta la plaza de garaje de su empresa, que es la que más cerca está del ascensor, y ese ascensor le deja en una planta y un despacho con la misma temperatura artificial.

– Ese es el problema. – Continuó, arrasando con las aceitunas – que los hombres sin abrigo tienen su propio microclima. Da igual que en el exterior haga cuarenta grados a la sombra, o diez bajo cero. ¿No te das cuenta de que, cuando salen en las noticias, van siempre con el mismo traje de entretiempo? Viven en el aislamiento que da el dinero; la gente que sí necesita abrigo, que pisa la calle, se mueve en metro, se apretuja en el autobús, a esa no la tratan. Por eso cuando toman sus decisiones, que siempre, siempre, afectan a las personas con abrigo, lo hacen sin preocuparse por ellos; porque no hablan con ellos. No les conocen. Por eso son tan peligrosos, por eso es la gente sin abrigo la que me da miedo. Por cierto, menudo pedazo de abrigo te has agenciado ¿Otra caña?

Desde entonces, tengo incluso un poco más de cariño por mi abrigo. Espero que me dure bastantes años más, y cuando se empiece a gastar, creo que no me importará tanto como temía. Quizá deberíamos luchar por ponerles el abrigo a cierta gente, y empujarles a la calle, para que salgan a los que no viven todo el año en un plácido entretiempo, a los que se intentan proteger cada mañana contra el frío imprevisto de lo inesperado.

El inoportuno

11 Oct

Bride and groom gold and white gold wedding rings. Image shot 2012. Exact date unknown.

Hay gente con habilidad para meter la pata. Para decir las cosas que no deben decirse, en el momento menos adecuado. Y luego estaba Paco.

Lo suyo era predisposición natural. Cuando estábamos sólo los de la pandilla de toda la vida no pasaba nada; ya nos conocíamos. En cambio, los extraños eran para él un disparador de situaciones comprometidas. Su intención era buena; quería ser simpático. Pero cuando abría la boca desataba la alarma, y cuando terminaba de hablar, el aire solía quedar viciado por un silencio de vergüenza ajena hasta que alguien lo despejaba cambiando de tema apuradamente.

No voy a recordar aquella tarde que conoció al inspector de Hacienda que iba con muletas, la cena con la abogada feminista o sus bromas cuando Isabel trajo a su novio marroquí. Su condición de bonachón inocente siempre le disculpaba ante nosotros; además, habíamos crecido juntos y a los compañeros de colegio se les perdona todo.

Hasta que llegó la boda de Rafa.

Fue aquella tarde de agosto, en la ermita de Torrelodones. Un calor de muerte, todavía me acuerdo. Julia estaba exprimiendo al límite su prerrogativa de llegar tarde, y allí esperábamos el novio y los testigos, fumando en la placita y hablando de todo y de nada. Entonces llegó Paco, con su traje azul eléctrico y su amplia sonrisa. Le dio un abrazo a Rafa, y a continuación le puso en la mano las llaves de su BMW.

– Toma: está aparcado en la esquina. En un minuto te plantas en la autopista. Por si quieres pensártelo, ahora que todavía estás a tiempo.

Todos nos echamos a reír. Por fin Paco había tenido una buena ocurrencia. Paco se reía con nosotros. Cuando dejamos de reírnos, vimos que Rafa ya no estaba.

Manolo me comentó después que tuvo una breve visión de los faldones de su chaqué volando en dirección al coche. Desde entonces, nadie ha vuelto a ver a Rafa. A Paco tampoco, claro, porque hay cosas que ya no se pueden olvidar, y cuando uno se ha pasado, se ha pasado. Pero yo todavía sé algo de él, por conocidos comunes. Y me han dicho que, desde que pasó aquello, en Navidad, con puntualidad impecable, le llega por correo una botella de whisky de malta enviada cada año desde un lugar diferente del mundo.

El Mercadillo

25 Sep

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Casi ningún fin de semana faltaba al mercadillo que se celebraba en su pueblo en la mañana de los sábados.

Entre aquel laberinto de ropa, artesanía, objetos procedentes de casas vaciadas a granel y puestos de contenido difícil de concretar, él buscaba libros. No solía haber gran cosa, pero cuando la había, la conseguía por mucho menos de lo que le habría costado en una librería de viejo de la capital. Era una labor de hormiga, sábado tras sábado, pero estimulada por las recompensas ocasionales. A veces, un ejemplar firmado por el autor. Otras, una edición antigua en buen estado. Pero el mayor premio se daba en las raras ocasiones en que una biblioteca entera se ponía a la venta, en bloque. Ahí sí podían encontrarse tesoros a poco que se escarbara. Ni quienes la habían vendido, ni quien la compraba, eran conscientes del verdadero valor de algunos ejemplares escogidos. Él, sí.

Eres un carroñero, le decían, no del todo en broma, algunos amigos que no compartían su pasión. Pero él sabía que no había bibliófilo que no hiciera lo mismo si tenía la oportunidad.

Con frecuencia, rebuscando en los puestos, encontraba libros que ya tenía. Incluso más de uno seguido. Como aquella mañana. Se acercó a un puesto excepcionalmente bien provisto, y le llamó la atención, cuando con el dedo comenzó a pasar los libros del primer cajón que tuvo a mano, comprobar que los tenía todos.

Eran títulos, desde luego, bastante populares, muy comunes en cualquier biblioteca, y el cajón no contendría más de quince volúmenes. Difícil, pero no imposible; la ley de las posibilidades llevada al máximo. Sonrió, y pasó al siguiente.

También tenía todos. Lo mismo en el tercer cajón, y en el cuarto. Cuando llegó al quinto, dejó de mirar. Había reconocido un libro, que en casa tenía dedicado por un escritor amigo suyo. Y sintió un escalofrío junto con la certeza de que, si abría ese volumen, aquella dedicatoria estaría allí.

Comprendió lo que había pasado; que había llevado más allá del límite su costumbre de no faltar ningún fin de semana al mercadillo. Ahora su dedo, todo él, se hacía incorpóreo, y sintió indignación cuando vio que el placer de sentir la textura del papel y el polvo de las cubiertas se había terminado para él. Pero aún sintió mayor indignación cuando vio llegar al puesto al primer carroñero, con los ojos brillantes y relamiéndose, listo para alimentarse de los restos más apetitosos de lo que había sido su biblioteca.