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Piratas sin razones

11 Mar

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No quiero aburrirles con las cifras del último Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales, que una vez más nos sitúan a la cabeza de los países del mundo con más afición por disfrutar de determinados contenidos sin pagar. Apenas han pasado 24 horas, y ya ha habido profesionales que se han lanzado a desmentirlas, asegurando que el volumen real del problema no es tan masivo como pretenden hacernos creer (aquí les dejo el enlace al artículo de Eldiario.es y el de Elconfidencial, bastante completos los dos).

Yo quería hablar aquí de otra parte del estudio: la de las razones aducidas por los encuestados para descargarse contenidos sin pasar por caja. No se trata aquí de cifras de negocio, de lucro cesante o de impuestos que no se perciben, sino de las justificaciones –o autojustificaciones- que teóricamente darían toda la razón a los descargadores y nos convertirían a quienes apostamos por un mercado legal en una panda de primos, o de vendidos a las multinacionales (dos acusaciones bastante frecuentes). Y, la verdad, después de repasar las que ofrece la encuesta, no he podido encontrar una sola que no pueda resolverse con elementos tan alejados de la tecnología como la responsabilidad cívica y el sentido común. El post va a quedar un poco largo, pero no he querido dejarme ninguna en el tintero. Veámoslas, de más a menos populares:

1 No pago por un contenido si puedo acceder sin coste (61%).

La excusa más utilizada es, también, toda una declaración de principios. Lo cojo porque es gratis, porque está ahí. Poco que razonar sobre esto, porque solamente se me ocurre decirle que, por muy a mano que esté, sigue siendo ilegal. ¿De verdad accede sin coste? ¿No ha comprado ningún servicio Premium que le permite descargarse esos contenidos “gratuitos” a mucha mayor velocidad?

2 Yo pago mi conexión a Internet (51%).

Pues claro. Como todos. También ha pagado el ordenador que utiliza para conectarse, y la factura de la luz que mantiene encendidos el ordenador y el router. Es probable que utilice ese ordenador para realizar un trabajo por el que, a su vez, espera que se le pague. O, dadas las cifras que muestran el crecimiento de e-commerce en nuestro país, es también probable que lo haya usado para comprar billetes de avión, entradas de espectáculos, reservas de hotel, y artículos físicos que no pueden ser digitalizados y pirateados. ¿Pretende que los que le suministran esos artículos también se los dejen gratis porque ya paga su conexión? Inténtelo, y ya me cuenta qué le responden. No confunda (interesadamente) la vía para acceder a unos servicios con el derecho a utilizar esos servicios sin pagar.

3 Ya no emitían la película y no había posibilidad de comprarla (48%).

Difícil se me hace de creer, qué quiere que le diga, por lo menos si se refiere a estrenos recientes. Los tiene a su disposición en tiendas online, servicios de streaming, incluso videoclubes (aún quedan, no se crea) y bibliotecas públicas. Puede entenderse que eso ocurra con títulos muy puntuales, pero no basta para cuadrar las cifras de piratería.

4 Rapidez y facilidad de acceso: (46%).

Los servicios legales de descarga le ofrecen la misma facilidad, e incluso mayor rapidez. No tendrá que aguantar páginas emergentes, publicidad a mansalva, spam y cualquier otra cosa que le estén metiendo sin saberlo en las tripas del disco duro. Y los precios son cada vez más competitivos.

5 Pirateo ahora más por la subida del IVA (39%).

El IVA cultural subió del 10% al 21% el 1 de septiembre de 2012. Es cierto que esto se ha notado en algunos campos como la asistencia al cine, que ha experimentado una bajada notable desde entonces; pero las cifras de piratería llevan incrementándose desde mucho antes de la subida. No parece que esta subida fiscal –por la cual no se ha oído protestar demasiado a los defensores de la “cultura para todos”- haya tenido mucha incidencia en el entusiasmo por descargar todo lo posible.

6 No pago por un contenido que posiblemente luego no me guste (39%).

Claro; las tres primeras temporadas de Juego de Tronos molaron mazo, pero como no estoy muy seguro de la cuarta, me la voy a descargar por el gañote. Oiga, y si el contenido le ha gustado ¿Manda luego un giro a la HBO? Lo dudo mucho. De toda la vida los sufridos espectadores hemos pagado para ver películas mediocres, hemos comprado discos o libros que luego nos decepcionaron, o hemos ido a partidos de fútbol de los que hemos salido deseando fusilar a nuestro equipo al amanecer. Así es la vida Y si “posiblemente” lo que descarga luego no le guste ¿para qué gasta conexión en descargárselo, en primer lugar?

6 Ya estoy pagando por la televisión de pago (33%).

Enhorabuena. Pero pagar por un servicio no le justifica para no pagar por otro

7 Por estar al día de lo que sale (31%).

Un propósito loable, pero igualmente conseguible por una infinidad de canales legales. La oferta cultural y de entretenimiento es hoy tan extensa, que “estar al día” es una tarea titánica, no por cuestión de dinero, sino porque los días sólo tienen 24 horas y hay que dedicar algunas a comer, dormir, trabajar… Nadie lo ve todo, nadie lo lee todo, nadie lo escucha todo. Si se interesa menos por la novedad y más por la calidad, verá que no estar tanto “al día” le puede salir mucho más barato.

8 No pago porque los contenidos son efímeros y caducan pronto (27%).

Razonamiento aplicable por igual a los yogures que tengo en la nevera. Sin embargo en el Carrefour no comparten esta manera de pensar, y me hacen apoquinar cada vez que los compro, los muy ratas.

9 Lo hace todo el mundo (25%).

No. Incluso aunque eso fuera una excusa válida –y no lo es- no lo hace todo el mundo. Si tomamos literalmente la expresión “todo el mundo” verá que en casi todos los países las cifras de descargas ilegales son menores que en España. Cosa que se ha conseguido gracias a normas antipiratería que de verdad se cumplen y a la educación de los ciudadanos.

10 Almacenamiento de contenidos (25%).

Esta es muy buena, sí señor, creo que se lo vamos a pasar a los Pujol: oiga, que lo nuestro es almacenamiento de contenidos en Andorra. Si es por almacenar, la web ofrece infinidad de contenido de descarga gratuita y legal sobre los más diversos temas. Parece que su idea no es tanto almacenar, como hacerlo sin pagar lo que debe.

11 No puedo esperar a que salga al mercado (21%).

Espero que no le pase lo mismo con el Apple Watch, o con la próxima novela de Pérez-Reverte, porque le veo con un chándal negro y un pasamontañas asaltando los almacenes en plan Misión Imposible. Algunos estamos con los dientes largos esperando las nuevas de Los Vengadores o Star Wars, pero no tenemos un mono como el suyo. Cuando lleguen, pasaremos por taquilla. Mientras, aguantamos viendo otras cosas y a base de tila.

12. No hay consecuencias legales para el que piratea, no pasa nada (19%).

Sin comentarios. Ahora, no se ponga a llamar fascistas a los agentes de policía cuando sí haya consecuencias y se encuentre usted con una multa con cuyo importe hubiera podido disfrutar de contenidos hasta el día de su jubilación.

13 No estoy haciendo daño a nadie: (19%).

Está usted haciendo daño a muchísima gente. Para empezar, a los 62.000 trabajadores de la industria cultural, donde puede poner desde los editores y libreros a los taquilleros del cine o los iluminadores de un plató, pasando por los programadores de videojuegos, o los gente con sueldos y condiciones laborales normales y corrientes (con todo lo que eso significa hoy en día) que se enfrentan a la amenaza de su futuro de trabajar en un sector cuyo volumen de negocio mengua sin cesar gracias a los piratas. Está usted haciendo daño a los creadores que no son Julia Navarro y a los que les resulta imposible publicar sus obras en unas editoriales cada vez con menor margen de beneficio. Me está haciendo daño a mí, y se está haciendo daño a usted, al privar a las arcas públicas de millones de euros que podrían ser empleados en mejorar los servicios públicos que recibimos todos.

14 Por transgredir: (10%).

Pues nada, hombre, transgreda. Ataque a las malvadas multinacionales responsables de producir esos contenidos sin los cuales usted no se puede pasar, y beneficie con sus actividades a empresas alternativas como Google, utilizado por el 99,4% de los que emplean buscadores para acceder a las páginas de contenidos. O a esas pobres páginas de descargas, que tienen que llenarse de publicidad como si fueran el catálogo de Navidad de El Corte Inglés para sacarse unos durillos con los que subsistir.

Ahora que por fin estamos comenzando a disfrutar de una oferta legal actualizada, de calidad y a precios razonables, es lamentable volver a estos temas que uno ya creía superados. El pago por los contenidos en el mundo digital es algo inevitable, y tan justo como su equivalente en el mundo físico. Al margen de las cifras que quieran vendernos, intentemos comprender de una vez el derecho que tienen a ganar dinero quienes arriesgan el suyo para crear contenidos con los que alegrarnos un poco la vida.

Leer por leer

10 Ene

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Como ya les supongo enterados de las muy deprimentes cifras sobre nuestros hábitos de lectura publicadas en un reciente barómetro del CIS –aquí pueden descargarlo-, me permitirán que las repasemos sólo lo imprescindible. No son, por otra parte, nada nuevo: el desapego de los españoles por las letras es legendario, y los años no han hecho nada para mejorarlo, si acaso todo lo contrario gracias a las crecientes distracciones que la tecnología trae a los chavales de hoy, con recompensas y estímulos más instantáneas –y fugaces- que el asimilar lo que nos cuentan las páginas que vamos pasando.

Resumiendo: sólo un 29,3 % de los encuestados declara leer “todos o casi todos los días”, un 35% no lee “nunca o casi nunca”, y otro 35,7% se define como lector ocasional que se asoma a los libros “una o dos veces por semana” (ejem), “alguna vez al mes” (ejem, ejem) e incluso “alguna vez al trimestre” (más les vale a estos tener un buen marcapáginas). No es por ser pesimista, pero veo muy probable que el porcentaje real de los no lectores sea bastante mayor que el oficial, y que muchos encuestados –incluso contestando de forma anónima- hayan respondido que leen “de vez en cuando” para no reconocerse, siquiera ante sí mismos, como iletrados en la práctica.

También llama la atención la justificación esgrimida por el 23,2% de los lectores como motivo principal para no leer más: la falta de tiempo. El problema es que leer no es tanto una costumbre o una obligación como una adicción; y cuesta creer que un adicto no disponga cada día de un rato, o incluso de varios, para calmar sus ansias metiendo los ojos en un libro o, en su defecto, en cualquier cosa con letras.

Pero en estos estudios falta siempre una pregunta clave, aunque reconozco que plantearla no es fácil. Cuando lee usted ¿podría decir que la lectura es su actividad principal y predominante?

Ya sé que no se entiende muy bien. Aunque no me gusta personalizar demasiado los posts, intentaré explicarme describiendo los hábitos de lectura que tengo más cerca, que son los míos: siempre leo antes de dormir, por poco que sea. Muy agotado tengo que estar para no avanzar siquiera un par de páginas en el libro que tengo entre manos. A veces, los días festivos, me doy el placer de leer un rato en la cama antes de levantarme. Utilizo los trenes de Cercanías con cierta frecuencia, y en ellos paso todo el viaje leyendo (recuerdo los tiempos anteriores a los móviles, cuando cada vagón era un traqueteante salón de lectura de libros, periódicos y revistas). Del mismo modo, leo en el autobús o en el Metro, y no concibo tener por delante trámites que supongan una cierta espera –papeleos de banco, revisiones del coche, revisiones médicas- sin llevar conmigo una buena reserva de lectura (En cambio, hace años que renuncié a leer libros en los aviones; para los vuelos largos suelo aprovisionarme de revistas en el quiosco del aeropuerto).

¿Qué tienen en común estos hábitos? Algo un poco alarmante: que en ellos la lectura es siempre una actividad que acompaña a otra, o que la hace más soportable. No viajo en Cercanías para leer, no me meto en la cama para leer, no espero media hora en la antesala del médico para leer. Más bien, leo porque algo tengo que hacer mientras viajo en Cercanías, mientras llega el sueño, mientras me toca el turno.

No leo por leer. No convierto la lectura en la actividad prioritaria de la siguiente hora, o media hora. En una reciente entrevista, Juan Goytisolo lamentaba que la edad no le diera tantas fuerzas para leer como antes, cuando podía dedicarle siete y ocho horas al día. Es para preguntarse cuándo escribía, pero sentí una envidia profunda ante semejantes hartazgos de lectura, que muchos dejamos atrás en nuestros veranos de adolescencia, con aquellas tardes calurosas que se pasaban mejor con un libro en las manos.

Así que no sé si algunos lectores, en realidad, no leemos, sino que pasamos el tiempo con un libro. Que no es la misma cosa. Del mismo modo en que nos sentamos específicamente a ver una película o un partido de fútbol, valdría la pena hacer el propósito de retirarse a un sillón cómodo, con buena iluminación, durante media hora. Convertir a la lectura no en un compañero imprescindible para una serie de situaciones más o menos cotidianas, sino, al menos por un rato, en el protagonista de nuestro ocio. El placer de leer por leer.

El día en que dejamos de hablarnos

15 Dic

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El otro día me llamó una amiga. Quería pedirme un pequeño favor que, por desgracia, no le pude hacer.

¿Y a mí que me cuenta? Se preguntarán ustedes, y con razón.

Pues les cuento algo que cada vez me ocurre menos a menudo. Que los amigos me llamen. No que me manden guassaps, SMS, correos electrónicos, mensajes por las redes. Que me llamen para hablar. De hecho, lo primero que me dijo mi amiga cuando contesté fue:

– Oye, sobre todo perdóname por molestarte, pero es que tenía que hablar contigo.

– Primero, tú no molestas nunca. Y segundo ¿desde cuándo llamar a una persona a media mañana es molestarle?

Esta chica y yo nos conocemos desde hace muchos años, y hemos hablado por teléfono cientos de veces. Jamás me ha pedido disculpas en cuanto he cogido sus llamadas. Así que aquello me pareció sacar las cosas un poco de quicio… hasta que recordé que yo, dos semanas atrás, iba a llamar a otro amigo, también para pedirle un pequeño favor, y no vi el momento adecuado para hacerlo. No, ahora estará en una reunión; ahora está en una rueda de prensa, seguro. ¿A estas horas de la tarde? Escribiendo como un poseso, no cabe duda. Sí, hombre, ahora le voy a llamar, que estará en pleno cierre.

Al final, le mandé un guassap. Pero si le hubiera telefoneado, seguro que le habría pedido disculpas en cuanto respondiera.

Que los datos están superando al tráfico de voz en el entorno de los smartphones no es ninguna novedad; las operadoras lo saben bien, y por eso pueden ustedes esperar futuros y no tan futuros recargos en su uso, mientras la voz prácticamente nos la van a regalar. Estadísticas, las hay para poner una tienda: un estudio realizado por Life on Demand en 2012 entre los usuarios yanquis de smartphones descubrió que el 49% prefería enviar un mensaje de texto a otra persona antes que llamarla. Y estos números, a medida que crecen las pantallas, los teclados, y la posibilidad de enriquecer nuestros mensajes con imágenes, vídeos o animaciones, van a seguir creciendo.

Todo esto está teniendo algunas consecuencias que están siendo objeto de estudio, como la diferencia entre los “habladores” (talkers) y los “texteros” (texters), que es claramente generacional; las llamadas telefónicas son cada vez más cosa de viejos; las nuevas generaciones prefieren claramente relacionarse con el envío mutuo e intensivo de datos. Pero no crean que hablamos de ahora mismo: en su estudio Texters not Talkers: Phone Call Aversion among Mobile Phone Users, publicado en el Psychology Journal en 2007 Ruth Rettie ya observó que la gente solitaria, o con menos conexiones sociales, recurría con más frecuencia a los mensajes de texto para obtener gratificaciones afectivas.

Esto puede justificarse por varios motivos, todo ellos sólidos: rapidez, ahorro de costes, concisión en el mensaje, capacidad para mantener varias conversaciones a la vez. Esas dos cejillas azules que delatan a nuestro receptor, y no nos dejan duda de que nos ha leído. Muy bien. Pero hay otros motivos, y tienen que ver no sólo con el miedo a resultar inconveniente –aunque aquí cabría preguntarse qué es más irritante, si el timbre del teléfono o doce señales de WhatsApp o Messenger-, sino con nuestra propia cobardía social. La psicóloga del MIT Sherry Turkle descubrió que la facilidad de solucionar ciertas situaciones escribiendo, en vez de encontrándonos cara a cara –o auricular a auricular- con otra persona está teniendo una fuerte influencia en la popularidad de los datos.

Todos hemos vivido conversaciones que preferiríamos evitar. Pedir perdón a alguien. Dar una mala noticia. Peor, llamar a un amigo que ha recibido una mala noticia. Hablar con alguien que está pasando una depresión. Que ha sido despedido. Que no sale del paro. Que ha perdido a un ser querido por los motivos que sean. Esos casos en los que tomamos aliento antes de marcar. Pero un mensaje de texto es mucho más sencillo, y nos ahorra el trago de hablar cara a cara, o auricular a auricular. Sorprende que los iconitos de los smartphones aún no incluyan coches fúnebres o coronas de flores, aunque es de suponer que todo se andará.

La facilidad y la asepsia de los mensajes, sus emociones impostadas, pueden estar reemplazando no sólo el calor de la voz, sino la formación para saber cómo utilizarla. La conversación, la conversación formal, pero también la intelectual, la afectiva, o la divergente, ha formado parte de nuestra educación natural. Pero es de temer que las generaciones que lleguen detrás de nosotros necesiten formación específica para afrontar episodios como disculparse, exponer argumentos o sincerarse con los demás, del mismo modo en que ahora se necesitan para hablar en público o para enfrentarse a los periodistas.

Antes de la llegada del teléfono, la correspondencia escrita era la manera habitual de comunicación; no pasó mucho tiempo antes de que algunas de las cosas que se decían por escrito pasaran a decirse de viva voz. Ahora dicen que estamos volviendo a escribir, e incluso algún fabricante de teléfonos basa en esa tendencia el lanzamiento de su nuevo phablet. Uno piensa más bien que los teléfonos de ahora están teniendo un doble efecto, no muy recomendable: nos han traído un sucedáneo de la verdadera escritura al tiempo que nos han hecho olvidar el uso de la palabra hablada.

Los Bancos de Alimentos ayudan a los vagos

28 Nov

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Se dice que los Bancos de Alimentos cumplen una importante función social porque suministran productos de primera necesidad a personas que ya no se los pueden permitir. Gente para quienes una lata de sardinas o una bolsa de pañales se han convertido en un lujo.

Es cierto, pero eso no es todo. Lo que de verdad hacen los Bancos de Alimentos es facilitar las cosas a los vagos. A nosotros mismos.

Claro, todos queremos ayudar. La situación lo reclama día tras día: familias que lo han perdido todo, niños destinados en un principio a tener una vida segura y sin sobresaltos, y que no entienden la creciente cara de desesperación de sus padres, sus enfados, sus lágrimas. Pobreza infantil, hambre, desesperación ante el futuro. ¿Cómo no vamos a querer poner nuestro grano de arena?

Ah, pero los sitios donde ayudar están tan lejos. Y siempre andamos ocupados. No sólo para llevar cosas, sino para coger el teléfono, para abrir su página web y hacer una donación. Las buenas intenciones se van difuminando, cubiertas por distracciones, urgencias.

Y tantas veces mañana respondemos, para lo mismo responder mañana.

Pero todos tenemos que ir a la compra. Y ellos están allí. Si es en un centro comercial grande, están dentro, pero en los supermercados de pueblo, aguantan frente a la puerta, haga frío o calor, lluvia o sol de justicia. Allí están sus voluntarios con el carrito, recordándonos que no nos olvidemos de meter en nuestra compra pañales, legumbres, conservas, galletas, papillas, alimentos no perecederos, en fin. Que la ayuda popular es como echar leña a una caldera insaciable, donde por mucho que demos, cada vez se necesita más y más. Pero no podemos rendirnos. Y cuando los vemos, entonces nos acordamos de que no podemos dejar de meter algo extra en nuestro carro. Que no nos cuesta nada en esfuerzo, y muy poco en dinero. Porque nosotros aún podemos dar; ellos, después de pasar horas recogiendo, dedicarán más tiempo aún a organizar y repartir.

Si no fuera por estos voluntarios, los vagos como yo ni nos acordaríamos. Pero sé que mañana estarán allí. Y allí será cualquier punto donde uno se acerque a hacer la compra del fin de semana.

Su objetivo para estos días es recoger, si no he oído mal, dos millones de kilos de alimentos y artículos de primera necesidad.

Y gracias a esos voluntarios, estoy seguro de que entre todos los vagos les enseñaremos que se han quedado cortos en sus estimaciones.

Pequeños lugares sin encanto

16 Nov
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La clientela dice mucho del encanto de un lugar. Pero no es lo único.

En el año 2001 tuve la ocasión de conocer Japón. Fue un viaje que me pagaron todos ustedes, porque invitaba la compañía entonces casi monopolística en el sector de las telecomunicaciones en España. A pesar de que nos enseñaron cosas de gran interés, de que pudimos meternos a nuestro aire en el torbellino fascinante que supone siempre un primer contacto con Tokio, y que nos trataron a cuerpo de tarjeta black, a los pocos días empezábamos a sentir una cierta morriña.

No como la nostalgia cateta de quien no puede más de platos exóticos –pocas veces he comido mejor en un viaje- y añora un bocadillo de chorizo de Pamplona; lo que echábamos de menos era algo más insustancial, pero más nuestro. Como bien dijo uno de mis distinguidos colegas:

– Estoy hasta las narices de tanta reverencia y tanta cortesía y tanto domoarigato. ¡Qué ganas tengo de volver a España y subirme con un taxista que me tire las maletas por el suelo y se acuerde de todos mis muertos!

Empachados de educación oriental, lo que nos faltaba era una buena ración de grosería española. De la de toda la vida, pura, sin aditivos, como la fabada de la abuela de Litoral. No la que experimentamos en el día a día, o la que vemos en televisión camuflada –y tampoco demasiado- de debate político o tertulia del corazón, o la que muestran nuestros cargos electos en sus comparecencia en el Parlamento y ante la prensa. No. Nuestra nostalgia iba más bien por el sector servicios, y por su tendencia creciente a tratar a los clientes de los que viven con condescendencia, pasotismo o agresividad directa, según el día.

Carniceros que atienden tu pedido con una expresión de la que se diría que están pensando en sacarte de dentro los costillares que has pedido; taxistas que no han lavado su vehículo desde que el color obligatorio era el negro; cajeras de un supermercado al que llevas acudiendo años, y que no has conseguido que te devuelvan la sonrisa ni una sola vez, bares donde el camarero responde a tus buenos días con un gruñido de orco con resaca, y donde la barra tiene más grasa que los torreznos.

No está uno diciendo que esto sea la tendencia mayoritaria, pero sí, lo bastante abundante como para que todos tengamos el recuerdo de alguna situación similar. En mi ciudad natal, Jerez de la Frontera, ha cogido cierta fama un restaurante donde se come estupendamente siempre y cuando a) no te importe que no haya carta con los precios b) aceptes la (elevada) cuenta que el dueño te diga de viva voz, porque lo de vivir en una sociedad sin papeles lo lleva a rajatabla a la hora de explicar por qué te cobra lo que te cobra, y c) estés dispuesto a aguantar al susodicho dueño, que ha conseguido salir en alguna guía inglesa de gastronomía advirtiendo de su carácter desabrido y antipático a la quinta potencia (no, lo siento pero los andaluces no tenemos la gracia en el ADN). Sinceramente, no se come tan bien como para justificar todo eso.

Hace ya algunos años se puso de moda la definición comercial “Pequeños lugares con encanto” para distinguir a los establecimientos de hostelería de dimensiones modestas, pero situados en parajes de una belleza exclusiva, con una gastronomía que extraía todos los sabores de la tierra y tal. A veces me he preguntado sobre la conveniencia de escribir una guía titulada “Pequeños lugares SIN encanto” donde se expusiera a aquellos sitios que estropeaban la excelencia de su situación con un servicio al cliente entre lo lamentable y lo suicida. Suicida, porque cuesta creer que en unos tiempos de crisis como los actuales la cosa siga así.

Un profundo estudio realizado por un servidor entre sus amigos y conocidos ha arrojado el resultado de que este tipo de trato ha provocado no pocas migraciones. Vaya, que la gente ha acabado cambiando de restaurante, de supermercado, de cafetería, y se ha ido a otro donde la calidad del producto es similar, pero la simpatía del personal es mucho mayor.

Al final, poco a poco, sin llegar a los niveles de la dependienta de una tienda de Ginza que se pasa quince minutos –de reloj- envolviéndote una compra antes de entregártela con una reverencia, uno está empezando a notar que las cosas cambian. Cada uno nos hacemos nuestra lista personal, y la gente cada vez pasa menos estas cosas. Quizá llegue un día en que la grosería llegue a ser tan extraña que acabemos yéndonos a otro país –Japón no, pero no me hagan dar nombres- para degustar un pequeño recuerdo de lo que en otro tiempo fue aquí cosa común.

Dejad que los creativos se acerquen a Adrià

29 Oct

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¿Qué sentido tiene visitar una exposición sobre un restaurante que ya no existe? Sobre todo si se trata de un restaurante que la mayoría de nosotros, por carencias económicas o falta de influencia, nunca hemos llegado a pisar.

La respuesta parecería obvia: ninguno. Pero si dejamos el restaurante a un lado, entonces la perspectiva cambia. La exposición Ferrán Adriá, auditando el proceso creativo, que se ha abierto hoy al público en el Espacio Fundación Telefónica, constituye un menú muy especial. Es un viaje a las interioridades de todo lo que ha significado, y significará, El Bulli, y a la mente de su principal responsable; una espectacular disección de la imaginación y del trabajo que supone. Y un festín para la vista, el oído y el cerebro.

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Pocos de los comensales habrán llegado a tales honduras sobre lo que había detrás de las creaciones que iban degustando. Porque El Bulli no se abarcaba en una comida, del mismo modo en que el cerebro de Ferrán Adrià no se abarca en una visita guiada, como la que organizó para periodistas y blogueros la multinacional LG, partner tecnológico de la exposición. En la distancia corta, Adrià es afable, cordial y divertido, sin los aditivos agrios del divismo. Pero recuerda un poco a aquel actor desenfocado de la película de Woody Allen. Está en otro plano, como varios segundos por delante de los demás, del mismo modo en que su pensamiento parece estar varios segundos por delante de sí mismo.

“Algunas de las mejores entrevistas que me han hecho, me las han hecho periodistas que no llevaban nada preparado”, nos cuenta, pero es que uno se plantea cómo se puede preparar una entrevista con Ferrán Adrià. Una primera pregunta le sirve de pistoletazo de salida, para lanzarse a una fascinante carrera de datos y razonamientos, fascinante pero difícil de seguir, salvo cuando se detiene un momento para avisar “estoy pensando ¿eh?” y tomar carrerilla de nuevo hacia una meta a la que sólo él sabe cuándo llegará. En contra de lo que se piensa, Adrià no se atropella al hablar: su verbo, que no verborrea, es sólo la presión que escapa de una olla por una espita demasiado pequeña.

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Hablábamos aquí el otro día del libro de Mason Currey donde se repasan los rituales cotidianos de escritores, músicos, arquitectos, pintores, científicos. Algunos de ellos tenían claro qué era crear; otros no consiguieron explicar por qué hacían lo que hacían. Adrià ha buscado no sólo analizarlo, sino auditarlo, de ahí el título de la exposición. Partiendo del consejo que le dio en 1987 el chef Jacques Maximin, “la creatividad es no copiar”, lo ha llevadoADRIA 8 a sus últimos extremos, buscando siempre no copiar a nadie; ni siquiera a sí mismo. de ahí la magnitud de los archivos del Bulli: 14.000 páginas de las que la exposición ofrece una pequeña parte, y que se guardaron escrupulosamente durante 25 años junto con diagramas, dibujos, libretas, instrucciones. ¿Por qué ese afán por conservarlo todo? “Para no repetirnos”.

Y por más motivos: “Nadie sabe dónde ni cuándo, se frió un huevo por primera vez. Pero sobre todo, no sabemos cómo pensaba que debía comerse la persona que lo hizo”. Adrià llevó el plato más allá de la parte comestible, estableciendo un ritual de consumo para cada uno y fabricando cada año una vajilla propia específica para el menú de esa temporada (una muestra de esas “herramientas de emplatar”, como él las denomina, está también presente), además de los bosquejos y esquemas que fueron creando cada plato, las técnicas necesarias para su elaboración y el momento y la manera de servirlo y comerlo.

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De todo ello hay documentación y ejemplos en la exposición, cartografiada como un mapa del proceso creativo, intentando explicar lo inabarcable, el esfuerzo colectivo, la negación a los límites. No es de extrañar que la culminación sea un mosaico de fotografías donde aparecen los 1.486 platos creados en los 25 años de existencia de El Bulli, como desafiando al público a que encuentre en ellos las temidas repeticiones.

El cierre de la exposición, el 1 de marzo, coincidirá con la esperada presentación, después de tres años de trabajo, de elBulliFoundation. Entre las cosas que se han ido adelantando de este nuevo proyecto está la participación, presente y futura de colaboradores de todos los campos, no sólo de la cocina, ya que, cuenta, “me interesa sobre todo la opinión de personas que no son de mi mundo”. De igual modo en que le gustan más las preguntas que las respuestas. La futura Fundación, que se presentará coincidiendo con el cierre de la exposición, responderá desde luego a muchas preguntas sobre cocina y creación. Pero siempre dejará alguna en el aire; para que el cerebro de Ferrán Adrià no pierda su punto de ebullición.

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Una de la contribuciones de LG a la exposición es este despliegue de smartphones con una aplicación específica: los visitantes pueden grabar un selfie explicando qué es para ellos la creatividad. La grabación pasará automáticamente a un servidor, y las mejores aparecerán en el “muro de la fama” multimedia que hay nada más salir del ascensor.

La nueva amenaza de Teresa Romero

21 Oct

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Está limpia de Ébola. Eso no quiere decir que esté curada. Los estragos que el virus ha dejado en su cuerpo tardarán en cerrarse. Deberá enfrentarse, como ya se ha apuntado, al choque de salir del hospital en el que entró como una desconocida, convertida ahora en el nombre más popular de España. Recuperar su vida anterior le será imposible; e iniciar una nueva, nada fácil. La ignorancia y el miedo la perseguirán adonde vaya. Es sencillo imaginar las caras de recelo de quienes se crucen con ella por la calle, la protesta de los vecinos cuando quiera regresar a su piso, el pavor más o menos disimulado de los comerciantes de su barrio cuando entre a comprar. Ni hablemos de las peluquerías.

Hay otra cosa más: los que llevan días esperándola. Los que se llenan la boca declarando su alegría ante su curación, pero en el fondo la ven como un testigo molesto. Los que temen el momento en que empiece a hablar y acusar. Los que ya han intentado hundirla presentándola como responsable de haberse contagiado. No pensemos que porque se han callado no van a volver al ataque.

Tienen a quienes les harán el trabajo sucio, y la munición lista. Ya la han empleado otras veces. Sólo necesitan que llegue una entrevista, unas declaraciones, una aparición en televisión. Entonces empezarán. La acusarán de afán de protagonismo, de querer enriquecerse con su enfermedad, de roja, de simpatizar con el PSOE, con Izquierda Unida, con Podemos, con los tres juntos. De albergar en su alma un odio profundo al Gobierno (¡cuánto recurren a esta palabra los que más hacen por sembrarla entre sus lectores y espectadores!), al Partido Popular, de ser un instrumento de quienes quieren hundir a Ana Mato desde los tiempos de la Gurtel.

Ahondarán en su pasado, desenterrarán trapos sucios; si no los hay, ellos los crearán. Agrandarán anécdotas nimias de hace muchos años hasta presentarlas como faltas imperdonables que anulan su credibilidad y su autoridad moral como testigo, como denunciante, como persona. Intentarán destruir su reputación de la misma manera en que el Ébola intentó destruir sus órganos internos.

Si hemos apoyado a Teresa Romero durante su lucha, no podemos dejarla sola ante esta nueva amenaza. La intoxicación y la mentira son desde hace demasiado tiempo un virus genuinamente español. No permitamos que se cobre una nueva víctima.