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Piratas sin razones

11 Mar

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No quiero aburrirles con las cifras del último Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales, que una vez más nos sitúan a la cabeza de los países del mundo con más afición por disfrutar de determinados contenidos sin pagar. Apenas han pasado 24 horas, y ya ha habido profesionales que se han lanzado a desmentirlas, asegurando que el volumen real del problema no es tan masivo como pretenden hacernos creer (aquí les dejo el enlace al artículo de Eldiario.es y el de Elconfidencial, bastante completos los dos).

Yo quería hablar aquí de otra parte del estudio: la de las razones aducidas por los encuestados para descargarse contenidos sin pasar por caja. No se trata aquí de cifras de negocio, de lucro cesante o de impuestos que no se perciben, sino de las justificaciones –o autojustificaciones- que teóricamente darían toda la razón a los descargadores y nos convertirían a quienes apostamos por un mercado legal en una panda de primos, o de vendidos a las multinacionales (dos acusaciones bastante frecuentes). Y, la verdad, después de repasar las que ofrece la encuesta, no he podido encontrar una sola que no pueda resolverse con elementos tan alejados de la tecnología como la responsabilidad cívica y el sentido común. El post va a quedar un poco largo, pero no he querido dejarme ninguna en el tintero. Veámoslas, de más a menos populares:

1 No pago por un contenido si puedo acceder sin coste (61%).

La excusa más utilizada es, también, toda una declaración de principios. Lo cojo porque es gratis, porque está ahí. Poco que razonar sobre esto, porque solamente se me ocurre decirle que, por muy a mano que esté, sigue siendo ilegal. ¿De verdad accede sin coste? ¿No ha comprado ningún servicio Premium que le permite descargarse esos contenidos “gratuitos” a mucha mayor velocidad?

2 Yo pago mi conexión a Internet (51%).

Pues claro. Como todos. También ha pagado el ordenador que utiliza para conectarse, y la factura de la luz que mantiene encendidos el ordenador y el router. Es probable que utilice ese ordenador para realizar un trabajo por el que, a su vez, espera que se le pague. O, dadas las cifras que muestran el crecimiento de e-commerce en nuestro país, es también probable que lo haya usado para comprar billetes de avión, entradas de espectáculos, reservas de hotel, y artículos físicos que no pueden ser digitalizados y pirateados. ¿Pretende que los que le suministran esos artículos también se los dejen gratis porque ya paga su conexión? Inténtelo, y ya me cuenta qué le responden. No confunda (interesadamente) la vía para acceder a unos servicios con el derecho a utilizar esos servicios sin pagar.

3 Ya no emitían la película y no había posibilidad de comprarla (48%).

Difícil se me hace de creer, qué quiere que le diga, por lo menos si se refiere a estrenos recientes. Los tiene a su disposición en tiendas online, servicios de streaming, incluso videoclubes (aún quedan, no se crea) y bibliotecas públicas. Puede entenderse que eso ocurra con títulos muy puntuales, pero no basta para cuadrar las cifras de piratería.

4 Rapidez y facilidad de acceso: (46%).

Los servicios legales de descarga le ofrecen la misma facilidad, e incluso mayor rapidez. No tendrá que aguantar páginas emergentes, publicidad a mansalva, spam y cualquier otra cosa que le estén metiendo sin saberlo en las tripas del disco duro. Y los precios son cada vez más competitivos.

5 Pirateo ahora más por la subida del IVA (39%).

El IVA cultural subió del 10% al 21% el 1 de septiembre de 2012. Es cierto que esto se ha notado en algunos campos como la asistencia al cine, que ha experimentado una bajada notable desde entonces; pero las cifras de piratería llevan incrementándose desde mucho antes de la subida. No parece que esta subida fiscal –por la cual no se ha oído protestar demasiado a los defensores de la “cultura para todos”- haya tenido mucha incidencia en el entusiasmo por descargar todo lo posible.

6 No pago por un contenido que posiblemente luego no me guste (39%).

Claro; las tres primeras temporadas de Juego de Tronos molaron mazo, pero como no estoy muy seguro de la cuarta, me la voy a descargar por el gañote. Oiga, y si el contenido le ha gustado ¿Manda luego un giro a la HBO? Lo dudo mucho. De toda la vida los sufridos espectadores hemos pagado para ver películas mediocres, hemos comprado discos o libros que luego nos decepcionaron, o hemos ido a partidos de fútbol de los que hemos salido deseando fusilar a nuestro equipo al amanecer. Así es la vida Y si “posiblemente” lo que descarga luego no le guste ¿para qué gasta conexión en descargárselo, en primer lugar?

6 Ya estoy pagando por la televisión de pago (33%).

Enhorabuena. Pero pagar por un servicio no le justifica para no pagar por otro

7 Por estar al día de lo que sale (31%).

Un propósito loable, pero igualmente conseguible por una infinidad de canales legales. La oferta cultural y de entretenimiento es hoy tan extensa, que “estar al día” es una tarea titánica, no por cuestión de dinero, sino porque los días sólo tienen 24 horas y hay que dedicar algunas a comer, dormir, trabajar… Nadie lo ve todo, nadie lo lee todo, nadie lo escucha todo. Si se interesa menos por la novedad y más por la calidad, verá que no estar tanto “al día” le puede salir mucho más barato.

8 No pago porque los contenidos son efímeros y caducan pronto (27%).

Razonamiento aplicable por igual a los yogures que tengo en la nevera. Sin embargo en el Carrefour no comparten esta manera de pensar, y me hacen apoquinar cada vez que los compro, los muy ratas.

9 Lo hace todo el mundo (25%).

No. Incluso aunque eso fuera una excusa válida –y no lo es- no lo hace todo el mundo. Si tomamos literalmente la expresión “todo el mundo” verá que en casi todos los países las cifras de descargas ilegales son menores que en España. Cosa que se ha conseguido gracias a normas antipiratería que de verdad se cumplen y a la educación de los ciudadanos.

10 Almacenamiento de contenidos (25%).

Esta es muy buena, sí señor, creo que se lo vamos a pasar a los Pujol: oiga, que lo nuestro es almacenamiento de contenidos en Andorra. Si es por almacenar, la web ofrece infinidad de contenido de descarga gratuita y legal sobre los más diversos temas. Parece que su idea no es tanto almacenar, como hacerlo sin pagar lo que debe.

11 No puedo esperar a que salga al mercado (21%).

Espero que no le pase lo mismo con el Apple Watch, o con la próxima novela de Pérez-Reverte, porque le veo con un chándal negro y un pasamontañas asaltando los almacenes en plan Misión Imposible. Algunos estamos con los dientes largos esperando las nuevas de Los Vengadores o Star Wars, pero no tenemos un mono como el suyo. Cuando lleguen, pasaremos por taquilla. Mientras, aguantamos viendo otras cosas y a base de tila.

12. No hay consecuencias legales para el que piratea, no pasa nada (19%).

Sin comentarios. Ahora, no se ponga a llamar fascistas a los agentes de policía cuando sí haya consecuencias y se encuentre usted con una multa con cuyo importe hubiera podido disfrutar de contenidos hasta el día de su jubilación.

13 No estoy haciendo daño a nadie: (19%).

Está usted haciendo daño a muchísima gente. Para empezar, a los 62.000 trabajadores de la industria cultural, donde puede poner desde los editores y libreros a los taquilleros del cine o los iluminadores de un plató, pasando por los programadores de videojuegos, o los gente con sueldos y condiciones laborales normales y corrientes (con todo lo que eso significa hoy en día) que se enfrentan a la amenaza de su futuro de trabajar en un sector cuyo volumen de negocio mengua sin cesar gracias a los piratas. Está usted haciendo daño a los creadores que no son Julia Navarro y a los que les resulta imposible publicar sus obras en unas editoriales cada vez con menor margen de beneficio. Me está haciendo daño a mí, y se está haciendo daño a usted, al privar a las arcas públicas de millones de euros que podrían ser empleados en mejorar los servicios públicos que recibimos todos.

14 Por transgredir: (10%).

Pues nada, hombre, transgreda. Ataque a las malvadas multinacionales responsables de producir esos contenidos sin los cuales usted no se puede pasar, y beneficie con sus actividades a empresas alternativas como Google, utilizado por el 99,4% de los que emplean buscadores para acceder a las páginas de contenidos. O a esas pobres páginas de descargas, que tienen que llenarse de publicidad como si fueran el catálogo de Navidad de El Corte Inglés para sacarse unos durillos con los que subsistir.

Ahora que por fin estamos comenzando a disfrutar de una oferta legal actualizada, de calidad y a precios razonables, es lamentable volver a estos temas que uno ya creía superados. El pago por los contenidos en el mundo digital es algo inevitable, y tan justo como su equivalente en el mundo físico. Al margen de las cifras que quieran vendernos, intentemos comprender de una vez el derecho que tienen a ganar dinero quienes arriesgan el suyo para crear contenidos con los que alegrarnos un poco la vida.

El día en que dejamos de hablarnos

15 Dic

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El otro día me llamó una amiga. Quería pedirme un pequeño favor que, por desgracia, no le pude hacer.

¿Y a mí que me cuenta? Se preguntarán ustedes, y con razón.

Pues les cuento algo que cada vez me ocurre menos a menudo. Que los amigos me llamen. No que me manden guassaps, SMS, correos electrónicos, mensajes por las redes. Que me llamen para hablar. De hecho, lo primero que me dijo mi amiga cuando contesté fue:

– Oye, sobre todo perdóname por molestarte, pero es que tenía que hablar contigo.

– Primero, tú no molestas nunca. Y segundo ¿desde cuándo llamar a una persona a media mañana es molestarle?

Esta chica y yo nos conocemos desde hace muchos años, y hemos hablado por teléfono cientos de veces. Jamás me ha pedido disculpas en cuanto he cogido sus llamadas. Así que aquello me pareció sacar las cosas un poco de quicio… hasta que recordé que yo, dos semanas atrás, iba a llamar a otro amigo, también para pedirle un pequeño favor, y no vi el momento adecuado para hacerlo. No, ahora estará en una reunión; ahora está en una rueda de prensa, seguro. ¿A estas horas de la tarde? Escribiendo como un poseso, no cabe duda. Sí, hombre, ahora le voy a llamar, que estará en pleno cierre.

Al final, le mandé un guassap. Pero si le hubiera telefoneado, seguro que le habría pedido disculpas en cuanto respondiera.

Que los datos están superando al tráfico de voz en el entorno de los smartphones no es ninguna novedad; las operadoras lo saben bien, y por eso pueden ustedes esperar futuros y no tan futuros recargos en su uso, mientras la voz prácticamente nos la van a regalar. Estadísticas, las hay para poner una tienda: un estudio realizado por Life on Demand en 2012 entre los usuarios yanquis de smartphones descubrió que el 49% prefería enviar un mensaje de texto a otra persona antes que llamarla. Y estos números, a medida que crecen las pantallas, los teclados, y la posibilidad de enriquecer nuestros mensajes con imágenes, vídeos o animaciones, van a seguir creciendo.

Todo esto está teniendo algunas consecuencias que están siendo objeto de estudio, como la diferencia entre los “habladores” (talkers) y los “texteros” (texters), que es claramente generacional; las llamadas telefónicas son cada vez más cosa de viejos; las nuevas generaciones prefieren claramente relacionarse con el envío mutuo e intensivo de datos. Pero no crean que hablamos de ahora mismo: en su estudio Texters not Talkers: Phone Call Aversion among Mobile Phone Users, publicado en el Psychology Journal en 2007 Ruth Rettie ya observó que la gente solitaria, o con menos conexiones sociales, recurría con más frecuencia a los mensajes de texto para obtener gratificaciones afectivas.

Esto puede justificarse por varios motivos, todo ellos sólidos: rapidez, ahorro de costes, concisión en el mensaje, capacidad para mantener varias conversaciones a la vez. Esas dos cejillas azules que delatan a nuestro receptor, y no nos dejan duda de que nos ha leído. Muy bien. Pero hay otros motivos, y tienen que ver no sólo con el miedo a resultar inconveniente –aunque aquí cabría preguntarse qué es más irritante, si el timbre del teléfono o doce señales de WhatsApp o Messenger-, sino con nuestra propia cobardía social. La psicóloga del MIT Sherry Turkle descubrió que la facilidad de solucionar ciertas situaciones escribiendo, en vez de encontrándonos cara a cara –o auricular a auricular- con otra persona está teniendo una fuerte influencia en la popularidad de los datos.

Todos hemos vivido conversaciones que preferiríamos evitar. Pedir perdón a alguien. Dar una mala noticia. Peor, llamar a un amigo que ha recibido una mala noticia. Hablar con alguien que está pasando una depresión. Que ha sido despedido. Que no sale del paro. Que ha perdido a un ser querido por los motivos que sean. Esos casos en los que tomamos aliento antes de marcar. Pero un mensaje de texto es mucho más sencillo, y nos ahorra el trago de hablar cara a cara, o auricular a auricular. Sorprende que los iconitos de los smartphones aún no incluyan coches fúnebres o coronas de flores, aunque es de suponer que todo se andará.

La facilidad y la asepsia de los mensajes, sus emociones impostadas, pueden estar reemplazando no sólo el calor de la voz, sino la formación para saber cómo utilizarla. La conversación, la conversación formal, pero también la intelectual, la afectiva, o la divergente, ha formado parte de nuestra educación natural. Pero es de temer que las generaciones que lleguen detrás de nosotros necesiten formación específica para afrontar episodios como disculparse, exponer argumentos o sincerarse con los demás, del mismo modo en que ahora se necesitan para hablar en público o para enfrentarse a los periodistas.

Antes de la llegada del teléfono, la correspondencia escrita era la manera habitual de comunicación; no pasó mucho tiempo antes de que algunas de las cosas que se decían por escrito pasaran a decirse de viva voz. Ahora dicen que estamos volviendo a escribir, e incluso algún fabricante de teléfonos basa en esa tendencia el lanzamiento de su nuevo phablet. Uno piensa más bien que los teléfonos de ahora están teniendo un doble efecto, no muy recomendable: nos han traído un sucedáneo de la verdadera escritura al tiempo que nos han hecho olvidar el uso de la palabra hablada.

Videojuegos y cultura, mundos separados (pero no enfrentados)

28 Sep

Una buena manera de asegurarse la polémica en los medios, es opinar sobre videojuegos. No sobre un videojuego en general, sino sobre el sector en particular. Lo hemos vuelto a ver hace poco con el caso de Destiny, la mayor superproducción jamás llegada a una consola, de cuya historia ya les supongo enterados:

1. Toda la prenda mundial se hace eco del lanzamiento de Destiny, haciendo hincapié en la monstruosa inversión que ha supuesto su desarrollo: se habla de 380 millones de euros, lo cual le convierte en “el producto cultural más caro jamás fabricado”, muy por encima de la película de mayor presupuesto de la historia del cine, la cuarta entrega de la serie Piratas del Caribe, que costó 175 millones de dólares.

2. Al día siguiente, Forges publica en El País el chiste que pueden ver más abajo, donde reflexiona sobre la categoría de “producto cultural” de un videojuego de la categoría “matamuch”.

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3. Al instante, el humorista comienza a recibir aceradas críticas por su chiste… procedentes en su totalidad del mundo de los videojuegos. El mundo ajeno a los videojuegos, pues… sigue siendo eso, ajeno, y pasa tres kilos del asunto. Y algunos periodistas con bastante menos repercusión mediática que Forges, caso de un servidor, cuando opinamos sobre el asunto en una radio local donde nos dejan hablar una vez a la semana… Tampoco nos libramos de ser contestados, si bien a mucha menor escala y, de momento, con cortesía y educación.

Con la que está cayendo en el mundo de la cultura, suena a masoquismo que los aficionados a los videojuegos estén tan ansiosos porque su afición obtenga esta categoría. Quizá es porque piensan que estar dándole al mando todo el día les otorga una imagen de incultos, cuando no de lobotomizados y, considerando las décadas que las consolas llevan entre nosotros, y que muchos de los primeros jugadores ya son orgullosos padres de familia que juegan con sus hijos, uno pensaría que este tópico idiota (mantenido sobre todo por quienes no han jugado en su vida) debería estar ya más que superado. Pero vamos por partes:

Antes que nada, la noticia lo que me parece es un caso lacerante de periodismo de corta y pega. Los creadores de Destiny, su departamento de comunicación, o su agencia, tuvieron la idea de colocar en la nota de prensa la definición de “producto cultural”, sabiendo que muchos redactores la reproducirían sin pararse a pensar. Lo mismo pasa con la comparación con Piratas del Caribe, que puede o no ser la película más cara de la historia (depende de la fuente que se consulte, porque calcular con precisión el presupuesto de una superproducción es complicado) pero lo que no es es un producto cultural; como no lo es Destiny. ¿Algún espectador de las cuatro películas de la saga aprenderá algo sobre la historia y el mundo real de los piratas siguiendo las aventuras de Jack Sparrow? ¿O sólo pasará un buen rato disfrutando de los efectos especiales y las gansadas de Johnny Depp? La aportación que esas películas y Destiny realizan a nuestro bagaje cultural es, sencillamente, cero. Lo que proporcionan no es cultura, sino entretenimiento. Que también es algo sin lo cual no podríamos vivir.

El argumento habitual de quienes defienden el carácter cultural de los videojuegos es que, si los libros, el cine o la música son cultura ¿Por qué no pueden serlo también estos? Hay que huir del peligro de generalizar, porque muchos libros, películas y música tampoco son cultura. ¿Y quién tiene derecho a definir cuáles lo son? Hombre, los intelectuales, maestros, académicos y divulgadores están para algo más que para lucirse en las tertulias, y algunos pensamos que deberían convertirse en fuente de referencia a la hora de señalar las creaciones del ámbito artístico que nos harán crecer en conocimiento, amplitud de perspectivas, puntos de vista. Las que nos harán seres humanos más completos. Pero en todo caso, es mucho más sencillo eliminar todo aquello que, claramente, no es cultura. Siempre se puede empezar por ahí y sacar de la ecuación a las cincuenta sombras de las narices, a las películas de Los Mercenarios o a Paulina Rubio; por algo se empieza.

Con todo este rollo, tampoco pretendo descalificar a los aficionados a los videojuegos. Sobre todo porque mucho de ellos no son pirados que se pasan jugando veinticinco horas diarias, sino gente con intereses en otros muchos campos. De la misma manera, hay videojuegos que sí pueden contribuir a nuestro aporte cultural (se me ocurren los de estrategia situados en periodos históricos o mitológicos donde sus creadores han hecho los deberes… y tienen entre sus jugadores a eruditos en estos campos que disfrutan como críos), ayudar a niños con dificultades de aprendizaje, o incluso colaborar en la educación escolar. Dejando aparte el fenómeno creciente de la gamificación, donde el mecanismo de los videojuegos se traslada al entorno comercial y del marketing, buscando maneras entretenidas de atraer público y clientes.

Pero, aunque los videojuegos serán cada vez mejores, más variados, adaptados a un mayor número de plataformas, y con creaciones que irán más allá del mero del gasto millonario en su desarrollo, no creo que nunca, jamás, vayan a ser cultura. Y no lo serán porque, en ese caso, estarían contradiciendo su propio concepto de asimilación rápida y diversión inmediata. La verdadera cultura da muchas satisfacciones, pero cuesta trabajo; supone dedicación, aprendizaje y, en no pocos casos, estudio. Hay que pisar muchas exposiciones para empezar a hacerse un criterio en pintura, oír mucho jazz y mucha clásica para empezar a diferenciar intérpretes, ver mucho cine para superar a Jerry Bruckheimer y empezar a meterse en Rossellini, y maravillarse con mucha arquitectura, antigua y moderna, para comprender que los “productos culturales” de presupuesto millonario llevan muchos años entre nosotros. El Empire State Building costó 41 millones de dólares en 1931. ¿Cuánto creen que costaría edificarlo ahora? ¿Más o menos que lo que ha costado Destiny?

Cuatro fallos que se siguen cometiendo en webs corporativas

24 Mar

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No es necesario ser director de cine para opinar si una película es buena o es un truño, como tampoco hay que saber cocinar para dictaminar si en un restaurante se come bien o necesita urgentemente una revisión chicotera. Con las páginas web corporativas pasa un poco lo mismo; opinan sobre ellas diseñadores y gurús de todo tipo, y se tiende a olvidar la opinión que más cuenta, que es la del usuario que navega por ellas.

Por motivos que no vienen al caso, este bloguero se ha pasado varias semanas entrando en webs de empresas de todo tipo y condición. El número debe estar entre cien y doscientas, y no me pidan más concreción. Les prometo que ha sido un atracón. Y en medio del atracón, he podido observar algunas cosas que me ha sorprendido que sigan pasando hoy en día, cuando en teoría las bases de una web corporativa están más que establecidas. Al final, me he quedado con las cuatro que más me han llamado la atención y que podríamos resumir en:

  • Animaciones. Al principio tuvieron gracia, demostraban que la página web de uno estaba a la última en prestaciones tecnológicas y tal. Pero ya van cansando. Sobre todo si no hay botón de skip por ninguna parte, con lo cual hay que tragarse toda la presentación de dibujitos, colores y líneas bailarinas antes de pasar a mayores. En serio: a menos que su empresa se llame Pixar, abrevie (o mejor: elimine) las animaciones de bienvenida. Y por cierto, Pixar tampoco las utiliza.
  • “Nuestro equipo”. Qué menos que una empresa presente a sus profesionales en su página web. Por desgracia, todavía en muchos casos cuando se pulsa este enlace, en lugar del equipo directivo todo lo que aparece son párrafos como este: “Somos una empresa joven y dinámica donde apreciamos el talento y la creatividad a la hora de ofrecer soluciones con una personalidad propia…” Hombre, no me diga. Yo pensaba que eran ustedes una panda de vagos que se pasaban la jornada machacando el Candy Crush. Nombre y fotografía de los principales responsables de cada departamento, a ser posible con teléfono de contacto o, al menos, correo electrónico. Todo lo demás es paja, paja y paja.
  • ¿Su Dircom se llama Wally? Mayormente lo digo porque no hay quien lo encuentre. El departamento de prensa es uno de los más difíciles de localizar en webs corporativas, que no son precisamente de Mercería La Milagrosa. Hablo de empresas de peso específico serio, que tienen escondido el link de prensa a un tamaño difícil de distinguir a partir de cierto número de dioptrías. Lo mejor es que, cuando por fin se entra, dentro puede haber de todo excepto el contacto que uno está buscando: clippings de las menciones de la empresa en los medios (mire cómo molamos), un archivo de notas de prensa (esta era nuestra actualidad en diciembre de 2008), el último discurso del CEO (para casos de insomnio pertinaz) o un formulario que hay que rellenar para que los chicos del departamento o de la agencia se dignen ponerse en contacto con uno. Por si fuera poco, no todos lo hacen.
  • ¿Le dan vergüenza sus redes sociales? No se trata de poner los enlaces a cuerpo 128 y con más fanfarria que la presentación de la 20Th Century Fox. Pero tampoco de a) esconderlos en un rincón b) poner sólo algunas de las redes sociales en las que está presente o c) directamente, no poner ninguna. Esto me lo he encontrado en empresas que mantienen un alto índice de actividad en estas redes… Pero los responsables de la web no parecen haberse enterado.

Están ya un poco lejanos los tiempos en los que se consideraba noticia que una empresa inaugurara su página web. Hoy están al alcance de cualquiera, y son una herramienta imprescindible. En no pocos casos, son la primera impresión que un posible cliente se lleva de esa compañía. Que se sigan produciendo estos fallos, y no en un caso ni dos, son un poco el equivalente a presentarse a una entrevista de trabajo con lamparones en el traje; será necesario un esfuerzo extra para convencerles de que eres de fiar.

Facebook es para siempre; los amigos, no

4 Feb

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La red social Facebook ha cumplido hoy diez años. Lo cual es un tiempo de vida muy superior al de cualquiera de los aparatos que se utilizan para acceder a ella. Desde que Mark Zuckerberg la lanzó, sus usuarios habremos cambiado al menos un par de veces de portátil, cuatro o cinco de móvil –el dispositivo por el que más entramos en la red: un 78% de los usuarios, según el Daily Star– y contaremos con un nuevo aparato –el tablet- que no existía en los inicios de la red social… Pero que probablemente también habremos reemplazado ya, o estaremos a punto de hacerlo, por otro modelo más reciente. El hardware tiene tiempos de vida cada vez más breve; la red azul está disfrutando de una larga vida que contradice las noticias que aparecen aquí y allá anunciando su inminente caída en picado. Los más de 1.200 millones de usuarios activos que proclama la compañía podrían ser el desmentido definitivo, aunque personalmente creo que es una cifra que se debe coger con pinzas.

Cuando Facebook comenzó a despuntar, incluso en 2009 había especialistas que lo citaban al mismo nivel de otras redes entonces en auge como MySpace, Friendster, Hi5, Second Life. Cuatro años después, lo que queda de ellos se arrastra por las zonas más oscuras de la web, pero Facebook continúa. En 2010, el 57% de los usuarios entraban en él a diario; hoy el porcentaje ha subido al 64%. Lo llevamos con nosotros a todas horas, por lo que siempre hay algún momento muerto en el que nos entretenemos viendo qué se cuentan los demás, o compartiendo esa foto que acabamos de hacer con el móvil. ¡Incluso han mejorado el chat!

En este día de cumpleaños, la web rebosa de noticias y datos sobre Facebook, así que aquí poco nuevo podemos añadir. Continúan las quejas sobre sus numerosos y confusos cambios en la política de privacidad (si quieren una recomendación personal, ahí va: TODO lo que metan en la web, sea donde sea, es susceptible de acabar haciéndose público. Cuanto antes tengan esto claro, menos anginas de pecho sufrirán en el futuro), y la presencia de las marcas comerciales es hace tiempo una interferencia constante. No es la única cosa que ha cambiado en esta red desde sus inicios; de hecho, los cambios entre el Facebook de antes y el de ahora es lo que me lleva a recomendar que consideremos muy seriamente cómo lo estamos utilizando, para qué fines y, muy especialmente, con quién.

“No queremos que la gente haga nuevos amigos online. Solamente queremos ayudarla a localizar digitalmente las relaciones que ya tiene”, declaró Zuckerberg en sus primeros días, orgulloso de que la gente usara su red para contactar con los amigos que ya tenía en el mundo real. Y, en efecto, eso es lo que ofrecen los pasos iniciales en Facebook: Conectas con amigos y familiares. Poco a poco, vas incluyendo a antiguos compañeros de trabajo. Localizas a los amigos del cole y de la Universidad. Hasta aquí, bien. Es exactamente lo que prometió Zuckerberg; en tu perfil hay sólo contactos de confianza, un pequeño grupo muy cercano a ti con el que piensas que puedes compartirlo todo.

Entonces empiezas a meter la pata. Amigos de amigos te piden contactar, y aceptas. Tus compañeros actuales de trabajo te piden contactar, aunque sólo haga unos meses que os conocéis, y aceptas. Tus jefes te lo piden ¡y aceptas! (¿Se puede hacer una estupidez mayor? Sí: que seas tú el que les pidas contactar). Cuando te quieres dar cuenta, el porcentaje de amigos que han salido de no sabe dónde y que pueden acceder a todo lo que publicas en tu muro ha crecido más de lo que esperabas en un principio. Eres el centro de un número de miradas cuyo origen desconoces. Aunque te lo hayas buscado tú.

Hay gente a la que esto no le importa (bastantes periodistas, por ejemplo), e incluso lo fomentan, porque usan Facebook como una proyección de su trabajo y cuanto más gente les siga, mejor. Pero para los usuarios normales (no, nunca he considerado que los periodistas lo seamos ¿OK?), me permito darles un consejo para celebrar el décimo cumpleaños: poden su Facebook. Ya. Examinen su lista de amigos y empiecen a eliminar a 1) aquellos que no conocen fuera del ámbito digital 2) aquellos con los que llevan años sin tener trato directo 3) aquellos cuya relación con ustedes es casual o, como mínimo, vaga 4) aquellos que no publican jamás. (¿Ellos pueden leer todo lo que usted quiera contar de su día a día, pero usted no sabe nada de ellos? Vamos, hombre). 5) aquellos que pasaron por su vida en circunstancias puntuales, y se fueron igual que vinieron. Vale que Céspedes, con el que coincidimos en aquella oficina hace años, era un cachondo mental, pero ¿queremos seguir sabiendo cosas de él cinco años después?

Si busca redes abiertas, donde uno se expone a la vista de todos, hay otras muchas, con Twitter a la cabeza. Pero si quiere recuperar la impresión de un Facebook donde sólo habla con la cantidad justa de amigos y conocidos, comience a cortar cabezas. ¿Tiene 300 amigos? (Nadie tiene 300 amigos) A ver si puede dejarlos en 200. O en cien. Y a ver si el vigésimo aniversario de Facebook nos sorprende con un mayor control de nuestro perfil digital… Y de quienes nos siguen.

¿Han visto ustedes por ahí una libreta?

15 Ene

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(Para Patricia Millán -@PatMimo- por preocuparse)

Como muchos de mis contactos en las redes sociales pertenecen al ámbito tecnológico, es frecuente que relaten en ellos las cuitas que sufren con sus gadgets cotidianos. Extravío o robo de iPhone 5C tras una intensa noche de copas; precipitación de Galaxy S4 por la taza del retrete, seguida de apresurado e inconsciente tirón de la cadena; aplastamiento de HTC One por apisonadora guiada por probo obrero durante la última Operación Asfalto; deglución de LG G2 por hipopótamo del Zoo (bueno, vale, esto último no es verdad, al menos, que yo sepa); invasión de malware caníbal e incivilizado que te deja la base de datos mirando para Cuenca. Pero lo más frecuente es extravío, extravío y extravío.

Durante unos días, lo que se me ha perdido a mí ha sido mi libreta de notas. Tiene más o menos el mismo tamaño que mi Smartphone, pero si tuviera que elegir, no sé de cuál de los dos preferiría prescindir. Por supuesto que uso mucho mi móvil, pero todo su contenido está duplicado en la nube o en la copia de seguridad. La libreta, en cambio, es otra cosa, o se ha ido convirtiendo en otra cosa a medida que la utilizaba para meter en ella todo tipo de contenidos; contenidos que, a diferencia de los de un dispositivo electrónico, no pueden transferirse por WiFi. Sólo pueden salir como entraron: escribiéndolos.

Si alguien se pregunta cómo es que algunos seguimos utilizando libretas de papel cuando tenemos también dispositivos que nos permiten escribir, dictar y almacenar contenidos con mayor comodidad, la respuesta –por lo menos, la mía- es que, si no tienen ellos mismos una libreta, es difícil explicárselo. No es el único cuaderno que uso: están mi agenda, mi diario personal, y otros de tamaño y dimensiones variadas que almacenan cuentos, proyectos de libros, o notas profesionales. Cada cosa, siempre dentro de un orden, tiene un cuaderno propio.

Pero la libreta de notas es un mundo aparte. Dentro no hay nada y hay de todo: hay bocetos de posts para este blog, y proyectos de cuentos. Hay ideas anotadas deprisa y corriendo, con el firmísimo propósito de desarrollarlas uno de estos días, cuando haya tiempo. Hay citas y párrafos enteros de escritores que encuentro por ahí, y que copio para tener la seguridad de que así los tendré siempre conmigo. Hay títulos de libros que tengo que comprar, o al menos, que leer. Hay anotados el nombre y el autor de cuadros que me atrajeron especialmente en alguna exposición, de una música que escucho en la radio, de un CD que me recomiendan. Hay frases. Algunas mías, y otras –las mejores- de otros. Y todo eso junto, o mejor dicho, sucediéndose página tras página, es lo que hace que cada una de estas libretas sea tan parecida y tan diferente a las demás.

Cuando acabo una, la guardo en el armario y cojo otra, que desde ese día me acompañará casi siempre allá donde vaya. Al empezarla, no tengo ni idea de qué cosas meteré en ella, ni de cuándo la acabaré. Puedo pasar días o semanas sin usarla, pero un día me recuerda que si está continuamente conmigo es para algo. Entonces a lo mejor lleno páginas, una detrás de otra, hasta que veo que se queda satisfecha y tranquila, como un gato que se enrosca después de comer. Y de vez en cuando la repaso, o me da por repasar alguna de las anteriores, y alterno las desilusiones por las tonterías que pude llegar a meter con la felicidad de volver a encontrar ideas que merecen la pena de ser retomadas. Uno de estos días, cuando haya tiempo.

Me conozco de sobra la teoría que sostiene que el papel es caduco y frágil, frente a la solidez y versatilidad del almacenamiento digital. Sin tener nada contra este último, a veces pienso en fotos o documentos que se han perdido al abandonar dispositivos antiguos por fallos o pereza a la hora de hacer la transmisión de datos. Un dispositivo digital antiguo es poco más que chatarra. Un cuaderno, aunque amarillee y huela, siempre nos atraerá a abrirlo, a ver lo que nosotros, o alguien, puso en él.

Por eso me he alegrado tanto de encontrar la libreta, que llevaba días riéndose de mi escondida en el bolsillo más recóndito de una de mis prendas de abrigo. Pero durante este tiempo me he consolado pensando en que, si no aparecía, siempre podría escribir un post de despedida. Y aquí lo dejo de todos modos, dedicado a los que seguimos contando con las libretas de notas tanto como con las tabletas. Porque apreciamos el tacto y las posibilidades del papel tanto como la velocidad de un procesador.

 

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3 Sep

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La compra de la división de móviles de Nokia por parte de Microsoft supone, de facto, su desaparición como marca en un plazo no demasiado largo. Supone también el final de una época en la siempre cambiante historia de la tecnología de consumo. Ha sido el último bastión. Motorola, la otra empresa que definió los cimientos de la primera oleada de telefonía móvil, ha caído hace tiempo en manos de Google. En otros campos, IBM, creadora del concepto comercial de Ordenador Personal, se deshizo hace años de su linea ThinkPad vendiéndola a la china Lenovo. Y Philips, que tanto tuvo que decir en el mundo audiovisual, vendió primero en 2011 su división de televisores y, a principios de años, hizo lo propio con la de audio y vídeo.

Quedaba Nokia, la que siempre pareció que no podía caer, o por lo menos lo pareció hasta que hace unos años tuvo sus primeros tropiezos, en un ámbito donde no abundan las oportunidades de levantarse. Dentro de cinco años costará encontrar a algún veinteañero que tenga una idea de lo que la compañía finlandesa llegó a significar en el mundo de la telefonía móvil. Culpa del ritmo endiablado de los surgimientos y caídas en el mundo tecnológico, y de unos medios de comunicación obsesionados con lo último, y sin tiempo ni ganas para la memoria inmediata.

Quienes escribíamos sobre tecnología en los felices noventa conocimos en primera fila el fenómeno Nokia. Otra gente lo ha contado, y muy bien, en sus blogs, y baste indicar aquí que, si Motorola fue quien tomó la delantera en la línea de salida, Nokia se puso en poco tiempo a la cabeza del pelotón gracias a un sistema operativo mucho más completo y sencillo de usar que los de la competencia (cuesta creerlo, pero en otros tiempos cada marca tenía su propio SO), y una gama de teléfonos asequible a todos los bolsillos, que abarcaba desde objetos de deseo como los codiciados Communicator hasta móviles más democráticos (las mismas armas básicas que ha empleado Samsung para arrebatarle el cetro muchos años después). Y siempre con la misma musiquita de fondo.

 

Nokia no solo tuvo una impresionante oferta tecnológica, sino que además, supo comunicarla a los medios mejor que muchos de sus competidores. Antes de que algún lector empiece a llamarme gorrón y a preguntarme cuántos móviles me regalaron (alguno cayó, desde luego), aclaremos que las cosas no van por ahí. Los noventa fueron una mina de oro para todas las multinacionales de tecnología de consumo, que competían en presentaciones, viajes, ferias y eventos de todo tipo. Como me comentó en una ocasión una chica holandesa que trabajó en el departamento de publicidad de una de las marcas “¡No sabía qué hacer con todo el presupuesto que me daban!”. Pero comunicar bien no siempre tiene que ver con contar con un presupuesto millonario, o con untar a los plumillas con un generoso flujo de gadgets de última generación.

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Cuando te parodian, es que lo has conseguido.

La comunicación de una gran marca no está exenta de altibajos. Puede cambiar de dircom, puede cambiar (y de hecho, cambia) de agencia, y esos cambios bastan para que de la noche a la mañana, esa empresa que te tenía puntualmente informado de todo lo que sacaba, desaparezca. Los correos dejan de llegar, no hay llamadas. Si el periodista tiene tiempo (o simplemente, si se acuerda), intentará localizar a los nuevos responsables para hacerles saber que él y su medio, con perdón, existen. Si no, dedicará su atención a los competidores que le siguen haciendo llegar sus novedades. Que tardan dos llamadas de teléfono en conseguir un portavoz autorizado. Que pueden enviarte fotografías, informes o artículos de sus expertos internacionales en lo que se tarda en hacer clic en un correo electrónico. Esto suena a algo tan obvio como decir que un coche para andar tiene que tener un volante y cuatro ruedas; y sin embargo, no me hagan dar nombres.

Nokia nunca bajó la guardia. Ni la empresa, ni las sucesivas agencias que se ocuparon de sus relaciones con la prensa. Su trabajo a través de los años fue tan sobresaliente como (casi siempre) la tecnología de los teléfonos que presentaban. Fue la clave de su presencia continua en los medios de comunicación verticales y generalistas, y una labor de la que todavía nos acordamos muchos profesionales de los medios, a uno y otro lado.

Las cosas no serán iguales en el mundo de la telefonía móvil, porque nunca lo son. Los cambios son continuos, los jugadores también. Una pena escribir este post, tan centrado en el pasado. No me cabe duda de que llegará otra época dorada de la tecnología móvil; pero no será igual que la primera, de la que Nokia fue protagonista indudable. Por eso me parecía feo dejar que emprendiera la travesía del horizonte sin por lo menos un intento de decirle adiós como es debido.