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¡Plagienme, que es gratis!

31 Ago
(AVISO: este post es estrictamente personal. Con ello quiero decir que el autor es también el protagonista del mismo. Creo conveniente advertir de ello para no encontrarme luego con acusaciones de egocentrismo o, peor aún, de aburrimiento. Sigan leyendo bajo su responsabilidad).

a_running_duckPaula Gosling es una escritora estadounidense de novelas policiacas, entre las que se cuenta A running duck, publicada en 1974. A grandes rasgos, su argumento cuenta cómo una ejecutiva de publicidad se convierte en el objetivo de un asesino en serie, del que debe escapar con la ayuda de un policía duro y silencioso, el teniente Mike Malchek. La lucha contra el criminal se combina en la trama con  el progresivo enamoramiento de protector y protegida.

Esta novela ha sido llevada al cine dos veces, ambas con bastante mala suerte: en 1986, Sylvester Stallone la utilizó para perpetrar Cobra, el brazo fuerte de la ley, y diez años después, con el título Caza Legal, sirvió como pretexto para intentar convertir a Cindy Crawford en actriz. Lo único que ambas películas toman de la novela es la idea de una mujer civil protegida por un policía; en el engendro de Stallone, es una modelo a la que persigue una banda de psicópatas que se dedican a matar personas mayormente porque lo dice el guión, y en Caza Legal, una abogada perseguida por antiguos miembros del KGB reconvertidos en mafiosos.

El resto de las dos películas no tiene nada que ver con la novela. Ya puestos, ni siquiera aprovecharon los nombres de los personajes. Podría pensarse que la idea original es tan vaga que ni siquiera tendrían que haberse molestado en comprar los derechos del libro. Pero lo hicieron, pagaron y pusieron en los títulos de crédito “Basada en la novela The Running Duck”, de Paula Gosling”.

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Ahora pasemos al tema personal. En 2007, publiqué un libro titulado Es cosa de hombres. El machismo en la publicidad española 1939-1975, que creo que a día de hoy sigue siendo el único íntegramente dedicado a este tema. Mi intención inicial fue contar la historia de la imagen de la mujer en la publicidad hasta nuestros días, pero el editor me dijo que era mejor ceñirnos al franquismo, y tocar la democracia en un segundo libro. Estuve de acuerdo.

El libro no se vendió bien, y la segunda parte nunca se escribió. Qué le vamos a hacer. Es lo que ocurre con la mayor parte de los libros, y a este campo se viene llorado. Iba a añadir que pasó desapercibido… Pero tampoco fue exactamente así.

En 2009, Televisión Española produjo la serie documental 50 años de, donde se narraba la evolución de diversos aspectos de la sociedad en el último medio siglo. Cada capítulo estaba a cargo de un realizador distinto, e Isabel Coixet se encargó del dedicado “al tradicional papel de la mujer en la sociedad española y la repercusión que tienen en los medios los delitos por violencia  de género”, según se puede leer en la web de TVE.

El título del capítulo fue “La mujer, cosa de hombres”, y en él aparecían algunos anuncios donde se frivolizaba con la violencia de género. Alguno era muy conocido, como el de Soberano y la pitonisa; otros, como el del insecticida ZZ Paff donde se usa a la esposa como arma arrojadiza (aquí abajo lo tienen), eran algo menos populares. Todos aparecían en mi libro, de título tan similar al del capítulo de la serie. Pero en ninguna parte se le menciona; ni siquiera hay una referencia en los créditos finales.

Claro, es posible que todo fuera casualidad y que ni Coixet ni su equipo conocieran Es cosa de hombres. Pasemos a 2011. Ese año, Televisión Española emitió una serie de programas titulada Los anuncios de tu vida, presentada por Manuel Campo Vidal, donde se repasaba la evolución de la publicidad y la sociedad en España. Por supuesto, el tratamiento a los distintos sexos iba a ser uno de los temas. Esta vez no iban a pillarme desprevenido: cuando se anunció la serie, llamé a la productora y hablé con una de las responsables del programa. Quería saber si conocían mi libro para, si no era el caso, enviárselo. No esperaba con ello vender más -ya había desaparecido de las librerías- ni, válgame Dios, que me pagaran. Pero sí, por lo menos, un breve reconocimiento o una mención a la fuente.

La responsable me dijo que no hacía falta, porque no sólo lo conocían, sino que lo estaban utilizando generosamente y era una de las principales fuentes para ese tema. Muy bien, en ese caso le pedí que no se olvidaran de mencionarlo, aunque fuera brevemente en los títulos finales. Me aseguró que así lo harían, e incluso me tanteó con la posibilidad de ir al programa.

No ocurrió ni una cosa ni otra. Los invitados eran famosos, no periodistas del montón, y en ningún momento apareció ni una sola mención a aquel libro que habían utilizado con tanto entusiasmo.

¿Y por qué les largo todo este rollo ahora? En los últimos días, el documental de Coixet parece haberse puesto de moda de nuevo, y algunos amigos me lo han hecho saber (“¡pero si hasta el título es igual!”). Yo les explico que la historia tiene ya sus añitos, y que desde entonces estoy acostumbrado a que Es cosa de hombres aparezca de vez en cuando, siempre como fuente anónima, en libros, artículos y programas de radio o televisión.

Y estoy acostumbrado. Pero también estoy hasta las narices.

Puede que la comparación del principio con las películas sea desafortunada. No es igual una novela que un libro de no ficción, ni una película que un documental televisivo. Pero cuando uno piensa en que como periodista ha procurado siempre no dejar ninguna fuente sin citar (a menos, lógicamente, que pidiera un off the récord), sorprende la facilidad con la que algunos colegas no consideran necesario agradecer el trabajo que se tomó en su día otra persona, y que tanto ha contribuido a facilitarles el suyo a la hora de buscar información.

Se dice que, cuando se filmó Cobra, Stallone propuso a Paula Gosling reeditar su novela, pero figurando él como autor, oferta que la escritora rechazó. Podría pensarse que hay que tener cara, y un ego desbocado, para hacer semejante sugerencia. Y sería verdad.

Pero por estos pagos mucha gente hace lo mismo, y ni siquiera se molesta en preguntar.

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Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

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Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.

El arte de equivocarse: de Carmen Sevilla a Mariló Montero

22 Sep

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En la historia de la comunicación hay notables ejemplos de gente que convirtió sus equivocaciones en parte de su marca personal. En el Hollywood clásico cobraron gran fama los “goldwynismos”, o meteduras de pata del productor independiente Samuel Goldwyn, derivadas a veces de su incompleto dominio del inglés: “Caballeros, les ruego que me incluyan fuera de este acuerdo”; “No me importa si esta película hace dinero o no ¡Lo que quiero es que vaya a verla todo hombre, mujer y niño de Estados Unidos!”; “cualquiera que vaya a un psiquiatra debería hacer que le examinen la cabeza”; “Un acuerdo verbal no vale ni la tinta en la que está escrito”.

Su biógrafo A. Scott Berg cuenta el daño que le causaban a Goldwyn las burlas que provocaban esos errores. “Odio mi boca”, llegó a decir. Pero hoy son vistas como una peculiaridad, un rasgo simpático de un magnate que demostró tener un talento descomunal para el cine y para los negocios, y que dejó por el camino unos cuantos títulos inolvidables.

En otro ámbito, hace unos cuantos años Valerio Lazarov, en su época de director de Tele5 tuvo la genial ideal de contratar a Carmen Sevilla para que presentara el hasta entonces anodino espacio del Telecupón. El éxito fue inmediato, y las meteduras de pata, también. De hecho, no se puede comprender el uno sin las otras. Metía la pata con los nombres de la gente que llamaba al programa, con sus profesiones, con sus comentarios, y cuando tenía que pronunciar algo en inglés (quiso la mala suerte que después del Telecupón viniera “Chuck Norris en Walter Texas Ranger”), aquello ya era el acabose (No faltaron los rumores malintencionados como la historia –falsa- de que había llamado un espectador diciendo que era parapléjico y ella contestó “¡Ay, qué profesión tan bonita!”). Pero se dio un caso curioso; cuanto más se equivocaba, más la quería la gente y más aumentaban sus fans. Puede decirse que sus errores en directo le proporcionaron una segunda juventud artística.

Y, ya en 2014, tenemos a Mariló Montero. Es un poco exagerado decir que, si no fuera por Twitter, muchos ni nos enteraríamos de que existe esta chica, pero la ignorancia de que hace muestra, y las equivocaciones que comete, la convierten en carne de Trending Topic día sí y día también. Sus meteduras se están convirtiendo en parte indeleble de su imagen pero, a diferencia de Carmen Sevilla, no le están granjeando la simpatía de los espectadores. Todo lo contrario. Todos sabemos la mala uva que se pueden gastar los tuiteros (mea culpa, aquí les dejo uno que puse yo):

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Pero ¿cómo se explica la diferencia entre la simpatía con que se recibían los fallos de una y la ferocidad con que se propagan los de la otra? Repasemos las que pueden ser las principales razones:

Carmen Sevilla no era una desconocida. Todo lo contrario; sus años artísticos la habían convertido en una de las figuras públicas más populares de España. De repente, aceptó un reto profesional que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Pero tenía décadas de trabajo detrás y venía de una pobreza que nunca había olvidado. El público la recibió con curiosidad… Y con buena disposición.

Carmen Sevilla fue fichada por una televisión privada. En un momento, además, muy alejado de la crisis que vivimos hoy. Eran todavía años burbujeantes, donde las cadenas buscaban famosos, nuevos o viejos, para competir por la audiencia; salvo la consabida excepción de TVE, nadie solía preocuparse por cuánto les pagaban. Mariló Montero ha llegado con un contrato excepcional a la cadena pública, en unos tiempos donde debería primar la austeridad.

Carmen Sevilla presentaba contenidos inofensivos. Salvo para el que le tocara el Telecupón cada día, su programa no ofrecía nada más que entretenimiento mero y fugaz. No tocaba temas sociales, no tenía la menor ínfula cultural, no se metía en jardines de sucesos, actualidad ni información sensible, que necesita de mucho remache y preparación. Y, lo más importante:

Carmen Sevilla se tomaba sus equivocaciones con humor. No se enfadaba, no se ofendía, no echaba las culpas a nadie, no se escudaba en salidas de contexto. La facilidad con que se reía de sí misma y con que anticipaba sus equivocaciones (“Bueno, pue esta noche os dehamo con, uh, verá tú ahora, ya estamos, Chu Norri en Walersarreinge o como se diga”) fue su mejor blindaje contra las críticas. Era natural. Era buena persona. Nunca pretendió estar por encima de la gente de la calle, de la que ella misma procedía, y que constituía su público de cada noche.

Quien no haya metido la pata alguna vez en su trabajo, que tire la primera piedra. La televisión en directo tiene un especial peligro, y una metedura de pata puede aparecer multiplicada de modo exponencial (no sé qué se quiere decir exactamente con eso de exponencial, pero lo utiliza todo el mundo), sobre todo cuando en las redes sociales te están esperando que las mismas ganas que los cocodrilos a que se caiga Indiana Jones. No te librarás de cometer errores; lo que te definirá ante los demás es tu manera de aceptarlos.

¿Y si Alberto Chicote gestionara webs corporativas?

8 May

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Ya se ha comentado en alguna ocasión en este blog que un problema del entorno dospuntocero es su falta de imaginación a la hora de buscar referentes. Se piensa que los expertos y las soluciones para el mundo digital están sólo en el mundo digital, y así nos va. Hay que ampliar horizontes, señores. Fíjense, por ejemplo, en Alberto Chicote. Sí, ustedes también ven Pesadilla en la Cocina, no lo nieguen. Bueno, por lo menos tienen que haber ojeado algún episodio. Incluso más de uno ¿verdad? Venga, no se corten, que aquí estamos en confianza. Pues si están metidos en el mundo de las webs de empresas y organismos, raro será que no se hayan percatado de algún paralelismo entre el mundo de las perolas y el de los bits.

Para aclarar lo que quiero decir, aquí tienen el guión de lo que podría ser el primer episodio de Pesadilla en la Web Corporativa:

 (Los  primeros minutos del programa están dedicados, como siempre, a que el LOCUTOR nos cuente la historia de una web corporativa abierta con todas las expectativas posibles de llevar a sus dueños hacia el éxito comercial, la fama y la fortuna. Para ponerla en marcha, empeñaron la casa, los coches, el piano, vendieron los gatos al restaurante chino La Liebre de Oro y tienen desde hace seis meses el cuerpo del abuelo en el congelador para seguir cobrando su pensión. El éxito, ay, no les ha acompañado, y reciben menos visitas que la propuesta de change.org para meter a Mario Vaquerizo en el reparto de Downton Abbey.

Tras las habituales quejas del dueño sobre un futuro del color de un radiocassette, vemos aparecer a CHICOTE. Está un poco cambiado de aspecto: lleva gafas de pasta, suéter negro de manga larga, vaqueros y zapatillas Converse. Pero es él, no hay duda. Suelta la habitual perorata ante la cámara de vamos a ver qué narices les pasa a estos, y se mete en el departamento de Internet, donde se encuentra con el WEBMASTER).

CHICOTE: A ver ¿tú eres el webmaster?

WEBMASTER: Sí, señor. Macario.

CHICOTE: Macario, encantado. ¿Y cuántos años llevas en esto del webmaster?

WEBMASTER: Bueno, la verdad es que era becario, y un día me metieron aquí y me dijeron que era webmaster. Y hasta hoy.

CHICOTE: Aaaaah, ya veo. Macario el Becario. Muy bien. Oye ¿y esto cómo lo manejas?

WEBMASTER: Bueno, pues voy metiendo lo que me dicen, básicamente.

CHICOTE: ¿Vas metiendo lo que te dicen? ¿Así a cascoporro, sin ningún criterio?

WEBMASTER: Hombre, criterio ya lo tienen los jefes ¿no? Yo soy un mandao, más que otra cosa.

CHICOTE: Un mandao. Ole tus huevos. Bueno, vamos a ver qué tienes… (frunce el caño y empieza a repasar entradas, o empieza a repasar entradas y frunce el ceño, según) ¡Pero tío! ¿Qué es esto que has puesto aquí? “Discurso del CEO ante la Junta de Accionistas” ¿A quién quieres matar de aburrimiento con esto?

(El WEBMASTER pone sonrisilla de compromiso en plan a mí qué me cuenta)

CHICOTE: Y además es de hace tres años… Esto huele, chaval. ¿Es que no te das cuenta de que huele? Mira, mira, acerca la nariz. ¿Tú te leerías esto?

WEBMASTER: Hombre…

CHICOTE: Ya. No te lo has leído ni cuando lo metías. ¿Y los de los dos años siguientes, dónde están?

WEBMASTER: Bueno, esos, no sé por qué, no me los pasaron, y…

CHICOTE: Y tú pasaste de pedirlos. Cojonudo. A ver aquí… “Crítica de libros: el márketing elevado a la quinta potencia”, por Braulio Palomeque. Oye, así por curiosidad ¿hay más críticas de libros? Porque yo no las veo.

WEBMASTER: No, no las hay. Este libro es que lo escribió el cuñado del director de marketing, y por eso lo metimos ahí.

CHICOTE: Ah, y entonces de repente ya teníais una sección de crítica de libros. Y no la habéis vuelto a tocar.

WEBMASTER: Pues no…

CHICOTE: Alucino pepinillos, de verdad. Hombre, si tenéis un blog. A ver… ah, muy bien, dos entradas. Una de junio de dos mil siete y otra de la semana siguiente. Y hasta hoy. Esto no lo tocáis para que no coja polvo ¿no?

WEBMASTER: Bueno, se empezó, pero enseguida todo el mundo quiso meter mano y nadie se puso de acuerdo con lo que había que meter, y claro…

CHICOTE: Claro, clarísimo. Venga, majo, llámame a todo el mundo que tenemos que hablar (en el siguiente plano vemos que han llegado a la sala, aparte del WEBMASTER, el COMMUNITY MANAGER, la DIRCOM, el DIRECTOR DE MARKETING y su cuñado, este muy preocupado por si CHICOTE va a decir que quiten de la web la reseña de su libro).

CHICOTE: Vamos a ver. Aquí me parece que no tenéis ni idea de lo que es esto. Una web corporativa no es para dejársela al becario. Es vuestra herramienta de proyección, y si no la tenéis al día, no tenéis nada. Esto, (coge la web corporativa con dos dedos y la tira al cubo de los desperdicios) a la basura. A ver si os enteráis: material fresco. Novedades. Lo que está caducado, se borra. Y lo que no se actualiza, mejor lo quitáis. Que una web de empresa no es sólo meter, meter, meter. Hay que repasar. Hay que limpiar. Y eso es tarea de todos. Como la de aportar material con cri-te-rio. Yo me voy a cambiar (ante este anuncio, todos se miran presas del pánico. Virgen santa, con qué modelito nos irá a salir… ¡No, hombre, si no hace falta, si estás muy bien! Pero él, ni caso) y esta noche estoy por aquí para ver cómo siguen las cosas, y quiero estos contenidos como los chorros del oro. ¡Venga! ¡Rocanrol! ¡Chin pun!

¿Qué les parece? Probablemente no le irían las cosas tan bien como en su programa, pero algún Chicote en este mundo podría contribuir a salvar más de una web corporativa. Total, muchos de los restaurantes a los que va ya no los salva ni la caridad cristiana, y todo se reduce a lo mismo: tener claro qué vas a ofrecer en el menú. Y buenos profesionales que lo cocinen y lo sirvan.

Por cierto, hay que  decir que la página web de Chicote no está nada mal…

Periodistas y publicidad ¿Eres Lou Grant o Don Draper?

27 Nov

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Imaginemos este titular: “La empresa Gallina Blanca anuncia un ERE que supondrá el despido del 80 por ciento de su plantilla”. Pedro Piqueras tiene que dar la noticia en el informativo de Tele 5.

Ahora vamos a imaginarnos este otro: “ING Direct reconoce un agujero de millones de euros que supondrá la pérdida de sus ahorros para miles de sus clientes en Europa”. Matías Prats abre con este titular su informativo de Antena 3.

Y todavía nos vamos a imaginar un tercero: “El Pan Bimbo está repleto de aditivos”. Eduard Punset sonríe, pone cara de despistado, y dice que no se acuerda muy bien de qué es eso del Pan Bimbo.

Un poco de calma, sobre todo por parte de los abogados de las respectivas empresas que puedan estar dispuestos a lanzarse sobre este humilde bloguero. Los titulares que acabo de escribir son completamente falsos. Me los he inventado. No tienen el menor viso de realidad. Intento dejarlo bien claro por si a alguien le quedasen dudas. Pero creo que se entiende perfectamente por dónde queremos ir con este post.

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Siempre se ha dicho -y es cierto- que el periodismo vive de la publicidad. Lo que no se ha visto nunca hasta este extremo son tantos periodistas viviendo de la publicidad. Bueno, viviendo no; los profesionales de los medios que protagonizan anuncios de bancos, pan industrial, yogures, consolas de videojuegos, champú o neumáticos, son precisamente aquellos a los que no ha alcanzado la crisis y disfrutan de unas nóminas que para los plumillas de a pie entraron hace años en la categoría de lo onírico. No necesitan extras para mantener su nivel de vida, y si los necesitan, siempre están los bolos como la presentación de eventos o mesas redondas, las columnas en los periódicos, o los libros, que permiten lucirse, cobrar y –al menos, en principio- no socavar en exceso la imagen de la profesión.

Obviamente, estos personajes no son elegidos por ser periodistas, sino por ser famosos… ¿O no? En 1994, la Cámara de Comercio e Industria de Madrid editó un vídeo como regalo navideño titulado “Famosos que venden”, donde recogía un buen número de spots españoles que protagonizaban desde Lola Flores a Fernando Fernán-Gómez, pasando por, Jose Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Pinito del Oro, Paco de Lucía, Antoñete o Pedro Carrasco, entre otros muchos. Había algunos presentadores, como Alfredo Amestoy, Joaquín Prat o Isabel Tenaille, que quizá podían entrar tangencialmente en la categoría de periodistas. Periodistas como tales, en la antología sólo aparecía Pedro J. Ramírez, cuando era director de Diario 16, en un anuncio del Ministerio de Hacienda, recordando el deber cívico de presentar la declaración de la renta. No estaba promocionando ningún producto comercial.

Los famosos y la publicidad siempre han estado ligados, y eso que en el vídeo Santiago Moro, fundador de los legendarios Estudios Moro, recordaba que “la utilización de famosos era bastante difícil, porque para ellos el hacer cine publicitario era una cosa que les quitaba categoría”. Parece que con el tiempo ya no se les caen tanto los anillos: un estudio de Aegis Media Expert estimó que en 2012 los anuncios protagonizados por famosos coparon el 23% del mercado televisivo.

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Uno de los motivos de utilizar en publicidad personajes populares es la credibilidad que permean al producto. ¿Se supone que esta credibilidad es doble cuando el famoso es además periodista de profesión? En otros países también lo creen así, y justo por eso a los profesionales de los medios ni se les ocurre acercarse a un anuncio. Y, en las escasas ocasiones en que lo han hecho, han tenido que dar marcha atrás. En España hubo un tiempo en que las cosas estaban algo más controladas: en los años 80, antes de la llegada de las televisiones privadas, los actores –actores, ni siquiera periodistas- que protagonizaban una serie en TVE tenían establecida una moratoria por la cual no podían protagonizar una campaña de publicidad hasta un tiempo después de que su programa fuera retirado de las ondas, para que no jugaran con ventaja aprovechando su fama. Una excepción fue Antonio Ferrandis, a quien se le permitió recuperar su personaje de Chanquete para protagonizar unos spots sobre las bondades de las conservas de pescado después de que varios casos de intoxicación afectaran la marcha económica del sector.

Hoy vivimos en la paradoja de profesionales de la información que aprovechan su credibilidad como periodistas para ejercer una actividad que está contribuyendo a carcomer (aún más) la credibilidad del periodismo. La Asociación de la Prensa de Madrid ya advirtió en 2011 de cómo afectaban –para mal- a la profesión los periodistas que protagonizaban campañas. Y, como se han encargado de recordar en otros blogs y en medios más serios que este, el artículo 18 del Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) lo dice bien claro: “a fin de no inducir a error o confusión de los usuarios, el periodista está obligado a realizar una distinción formal y rigurosa entre la información y la publicidad. Por ello, se entiende éticamente incompatible el ejercicio simultáneo de las profesiones periodísticas y publicitarias”.

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Pero da igual lo claro que se diga, porque la cosa no va a menos, sino a más. Ahora la publicidad la hacen también los periodistas de plantilla, los que no son famosos, y la hacen sin bajarse del informativo donde están trabajando. A la información meteorológica le siguen recomendaciones de seguros o de pastas de dientes, sin más aviso que un pequeño recuadro en la esquina superior de la pantalla donde puede leerse “publicidad”.

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La crisis, el descenso del mercado publicitario, parecen estarse convirtiendo en la excusa para que caigan todas las barreras, en un todo vale donde se benefician algunos privilegiados y las empresas periodísticas rascan algo más en tarifas, mientras el grueso de la profesión lo paga en su reputación ante lectores y espectadores. Aunque la verdad, no sé si es para quejarse. A fin de cuentas, en un país donde se acepta ir a una declaración del Presidente del Gobierno desde una pantalla de plasma ¿importa mucho que el presentador del informativo no vea inconveniente en vendernos seguros en su tiempo libre?

Holmes sigue sin fumar ¿“Sherlock” o “Elementary”?

27 Abr

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Hablábamos por aquí hace algunos meses de los últimos acercamientos a la pantalla grande y pequeña de la figura de Sherlock Holmes, tras las dos películas protagonizadas por Robert Downey Jr. y Jude Law, y la serie Sherlock, con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, que traslada a Holmes al Londres contemporáneo y demuestra que sus habilidades deductivas funcionan con la misma precisión en el mundo de la genómica, la web y los smartphones. A estas se ha añadido la serie Elementary, protagonizada por Johnny Lee Miller y Lucy Liu, que Cuatro emite en la noche de los martes, y que transcurre también en la época actual, pero cambiando el escenario de Londres a Nueva York.

Las comparaciones serán odiosas, pero pocas veces son tan inevitables como aquí. No sólo es que las series hayan aparecido casi al mismo tiempo; es que sus protagonistas respectivos compartieron escenario teatral en 2011, en la adaptación de Frankenstein dirigida por Danny Boyle, donde interpretaban al Monstruo y a su creador, y además intercambiando papeles cada noche. Y es como si, tras enfrentarse sobre las tablas (aunque Cumberbatch ya había grabado sus primeros Sherlock cuando hizo la obra), cada uno se trasladara a un escenario del mundo diferente para enfrentarse de nuevo con su visión personal del mejor detective de todos los tiempos.

 

Hablemos un poco de Elementary. La serie creada por Robert Doherty es considerada más facilona que Sherlock, con episodios menos elaborados y producidos en ristra, y la decisión de convertir a Watson en una mujer, bastante criticada por no pocos puristas. Sobre el primer punto, conviene considerar que una temporada de 22 capítulos obliga a relajar un poco el mimo y la precisión que una de sólo 3; y sobre lo segundo, tampoco estamos hablando exactamente de una novedad: otro famoso autor de novelas policiacas, Rex Stout –creador del obeso, cervecero, misántropo, amante de las orquideas y genial Nero Wolfe-, ya publicó en 1941 su teoría de que el verdadero sexo de Watson fue el femenino (pueden leer aquí el artículo original, en inglés).

Como su contrapartida inglesa, la serie abunda en guiños sherlockianos, no se sabe si para contentar o para aplacar a los aficionados furiosos por tanta innovación. Tenemos que aceptar que este Holmes tampoco fume, y se haga un especial hincapié en su faceta de drogadicto (en la que Conan Doyle, por otra parte, tampoco insistió demasiado); a cambio, sí recurren a la afición por tocar el violín y, como agradable sorpresa, incluyen en la serie al inspector Gregson como el policía al que Holmes reporta sus investigaciones (en las historias originales Gregson alterna sus apariciones con el otro inspector, Lestrade, pero la inmensa mayoría de adaptaciones a la pantalla suelen recurrir al segundo). Gregson, por cierto, cuenta con un ayudante apellidado Bell, y Bell fue el apellido del médico que Conan Doyle conoció durante sus años de estudiante en Edimburgo, cuya capacidad deductiva le serviría de modelo para crear a Holmes.

Frente a todo esto –y, desde luego, frente a Sherlock- hay un mayor alejamiento del modelo original, no sólo por los cambios antes mencionados. Para empezar, este Holmes es –o ha sido- sexualmente activo, rompiendo una tradición de celibato con más de un siglo de antigüedad; pero lo más sorprendente son las continuas referencias a su padre, que sería quien estaría pagando su tratamiento de desintoxicación, mientras que aún no sabemos nada de su hermano Mycroft, su único pariente vivo en la literatura. Quizá no sea difícil deducir que, tarde o temprano, descubriremos que no hay padre, pero que, desde luego, hay hermano.

Elementary queda como un entretenimiento, más alejado del canon que Sherlock, pero en modo alguno, diría yo, despreciable. No hay un empeño tan minucioso por la traslación de los casos originales al mundo actual, sino la decisión de dejar a estos Holmes y Watson llevar su propio camino, cosa que en la literatura post Conan Doyle se ha hecho ya cientos de veces. Cabe plantearse si las menores pretensiones justifican también menos exigencia por parte de los espectadores. Pero este bloguero la prefiere con mucho a las extravagancias de Robert Downey Jr, que ha conseguido en los últimos años un Tony Stark definitivo, y un Holmes que no hay quien se crea.

Aunque queda, de todos modos, una objeción, tanto para el Holmes de Miller como para el de Cumberbatch: presentar al detective como un individuo grosero e intratable. Me temo que aquí tenemos mucho de la influencia House, y bastante de la herencia de Jeremy Brett. El Holmes original, el que Conan Doyle mostró al mundo, es en muchas páginas seco, impaciente y huraño, pero en muchas más bienhumorado y sociable. Ni siquiera su creador pudo evitar que al personaje que había concebido como una máquina de razonar perfecta se le escaparan, una página tras otra, rasgos de humor y humanidad. Sus versiones modernas, son en ese sentido, un fiel reflejo de cómo han cambiado las cosas desde la era victoriana. La afición por el tabaco casi ha desaparecido. La educación, también.

El virus Évole no se contagia

10 Dic

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Corríjanme si me equivoco, pero yo diría que todo el entusiasmo que levanta semana tras semana el programa Salvados se basa únicamente en ver a un periodista haciendo su trabajo. No se trata de despreciar, ni de restarle mérito a Jordi Evolé y a su equipo. Si las cifras cantan, las de este espacio admiten poca discusión: su programa de ayer, Con la comida no se juega, alcanzó un índice de audiencia del 14,1%, y en semanas anteriores el programa ha ido batiendo sucesivamente su récord de espectadores.

Sorprendente, si tenemos en cuenta que tragarse Salvados a menudo no tiene nada de agradable. He visto a gente llorar con algunos programas, y otros han terminado cambiando de canal ante la indignación que les provocaba lo que veían y oían. Tiene mucho mérito que tanta gente quiera irse a la cama un domingo viendo antes cuántas toneladas de comida en perfecto estado se tiran en una España con porcentajes crecientes de hambrientos, la escasa utilidad de muchos asesores políticos, el despilfarro de miles de millones en obras inútiles o la responsabilidad criminal de bancos y cajas en la ruina actual.

Temas espinosos contados sin favoritismos, repartiendo a un lado y a otro, lo que ha hecho que la masa de fans de Salvados combine a gente de (casi) todas las ideologías, que están hartos de informativos que parecen cada vez más la guía comercial (¡con publicidad incluida en la escaleta y comentada por los mismos presentadores!) y necesitan a alguien que les cuente las cosas que de verdad importan en estos días. Una fórmula mágica, infalible, a la que, sin embargo, le pasa algo muy extraño: ninguna otra cadena la imita. Ni lo intenta.

Y eso que lo que hace Jordi Évole se llama nada más y nada menos que periodismo. Del de siempre. Del de toda la vida. Busca temas de interés. Busca datos y cifras fiables. Busca a la gente que pueda ampliarte información. Elabora una historia que enganche a la gente desde el principio. No te vendas. Toca las narices que haya que tocar, y molesta a quien haya que molestar. Pregunta. No te cortes. No faltes al respeto, pero no te arredres. Cosas de primero de Lou Grant. Y sin embargo, parece que es el único que las hace, y están empezando a circular rumores –sospecho que poco inocentes- indicando que los nuevos dueños de La Sexta podrían eliminar el programa, por ser demasiado radical para sus gustos. Y uno piensa que ya son ganas de ponerse apocalíptico, hasta que cae en la cuenta de que en Antena 3, propiedad de esos mismos dueños, acaban de externalizar Equipo de investigación, otro de los escasos programas donde se hace periodismo, cuyos profesionales han sufrido de paso un doloroso recorte de sueldo.

No tiene lógica, o tiene demasiada. Con la que está cayendo, el virus Évole debería extenderse por todas las cadenas, más en un marco tan dado al plagio como la televisión, donde falta tiempo para copiar el último éxito del vecino. Pero no está ocurriendo. Salvados es casi lo único que queda en la tele que pueda parecerse al verdadero periodismo. Lo cual, si miramos la cantidad de horas de emisión, ya es bastante grave. Pero más grave será cuándo ni siquiera tengamos ese bendito agobio que nos abre los ojos cada domingo por la noche.

Entonces sí que ya no nos salva ni la Caridad.