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Guillermo Zapata, la hipocresía y los niños malcriados

14 Jun

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Si Guillermo Zapata hubiera mantenido una actitud antisemita, racista, xenófoba o de enaltecimiento del terrorismo de forma continuada durante años en las redes sociales -o donde fuera- uno entendería, e incluso estaría de acuerdo, en que se planteara su idoneidad para ocupar un cargo electo en el Ayuntamiento de Madrid. O donde fuera.

Que esa presunta actitud se haya manifestado únicamente en dos tuits publicados en la misma fecha de hace cinco años, y que hayan aparecido justo el día en que el nuevo gobierno municipal de Madrid tomaba posesión, me hace pensar que la cosa es, en efecto, muy grave. Pero no en el sentido que muchos quieren darle.

Quiere decir más bien que hay gente que se ha molestado en rastrear pacientemente la cuenta de Twitter de Zapata -y es de suponer que también la de todos los componentes del equipo municipal de Manuela Carmena– en busca de cualquier cosa que sirviera para comenzar a atacar a los nuevos gobernantes antes de que tuvieran tiempo de dictar una sola ley, prometer un solo cargo, tomar una sola decisión. Que hace tiempo que tenían descubiertos y preparados esos tuits, como demuestra la ferocidad de los ataques recibidos por Zapata, mientras hay verdaderos nazis que mantienen abiertas cuentas en las redes sociales con plena impunidad, o guardas civiles haciéndose fotografías ante la estatua de un dictador responsable de miles de muertes. Y, desde luego, que no piensan prestar la menor consideración a los intentos de este por defenderse o explicar el motivo y las circunstancias en que los publicó.

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Quiere decir también que un pensamiento de fondo sigue muy activo en la peor derecha -que, obviamente, no es toda la derecha- de España: la izquierda no tiene derecho a gobernar. Aunque gane unas elecciones, o llegue al poder mediante acuerdos de coalición. No pueden admitirlo. Si lo admitieran, ejercerían una oposición basada en la crítica de las acciones de los nuevos equipos de Gobierno, en vez de centrarse -es un decir- en buscar motivos de condena que justifiquen su idea de que no son dignos. De que unos muertos de hambre no pueden arrebatarles el poder, que es suyo por derecho, o por naturaleza. Por eso cuando lo pierden buscan el desprestigio y la calumnia, y critican desde lo que pretenden ser altas cimas morales, cuando lo que son es cumbres de la hipocresía. Reparten carnets donde deciden quién es un demócrata o un totalitario, un amigo de los terroristas o un buen español.

Ese es el verdadero trasfondo del caso Zapata. Lo hemos visto otras veces. Lo seguiremos viendo; en el fondo, es una estrategia que, tanto para quienes la ponen en marcha como para quienes la creen, no deja de tener mucho de rabieta infantil, propia de niños malcriados que intentan vengarse chivándose de las cosas que hizo Pepito o Juanito cuando nadie le miraba. Por eso hay pocas esperanzas de que algún día lleguen a abandonar estas técnicas detestables. Para eso tendrían primero que crecer.

Las ventajas de limpiar nuestro Twitter

25 May

Twitter-FollowersCuando comento a algunos amigos mi afición a limpiar periódicamente mi TL, tanto el de mi cuenta personal como el de las que gestiono profesionalmente, me miran raro; les debe sonar a algo así como a destrucción de pruebas, a borrar episodios oscuros de mi tortuoso pasado (o el de mis clientes), a discos duros de tesoreros que desaparecen, qué se yo. Y algo de eso hay, pero aunque al volver la vista atrás veamos la senda que nunca se ha de volver a tuitear, creo que pocas cosas hay en este mundo que no mejoren después de una buena limpieza. Twitter no es una excepción.

De entrada, me da un poco de vértigo ver que llevo seis años metiendo cosas ahí. Uno no es el mismo que era en 2009, no trabaja exactamente en lo mismo, no tiene los mismos intereses y relaciones profesionales… Ni los mismos contactos. Y si calcula el volumen de lo que, poco a poco, ha ido escribiendo en esta web de posts tan brevísimos, el resultado marea: ya conté en un post anterior cuántos tuits se necesitaban para igualar la extensión de algunas grandes obras de la literatura. Y muchos tuiteros ya hemos sobrepasado a más de un clásico. Es imposible que nos acordemos de todo lo que hemos metido ahí. Pero si alguien quiere obtener información sobre nosotros, encontrará en esos tuits una veta casi inagotable. No necesariamente de cosas negativas, que también: puede encontrar desorden, contradicciones, cambios de humor y, sobre todo, material inútil. Me explicaré mejor si hago una pequeña clasificación del material susceptible de limpiarse:

Enlaces perdidos. Aquí hay dos subcategorías: una es la de aquellos cuyo destino, por los motivos que sea, ha desaparecido. La noticia, el blog o la nota de prensa a donde queríamos conducir a nuestros seguidores, por el motivo que sea, ya no está. Aparte del 404, la segunda categoría son, simplemente, enlaces que se han quedado viejos o han dejado de interesar (por ejemplo, un informe financiero, o de usos de la web, de hace cuatro años). Muchos profesionales de agendas de la comunicación meten en su cuenta personal tuits de sus clientes, o de su agencia. Si hace tiempo que ya no tiene relación con uno ni con otro ¿qué interés tiene mantenerlos?

Tuits gatillazo. Llamados así porque le pasa a todo el mundo y no tiene importancia: son aquellos que nadie retuiteó, nadie contestó, nadie marcó como favorito. Quizá porque más de uno era una chorrada tan excelsa, o un intento tan patético de resultar gracioso, que nadie le prestó el mínimo interés. Liquídelos sin piedad. A lo mejor entre ellos haya muchos cuyo contenido es inofensivo. Bórrelos igual. Son peso muerto.

Repeticiones. La gran enfermedad cuando se manejan blogs o convocatorias. Si en su día anunció siete veces aquella nueva entrada en su blog, o tuiteó veinte convocatorias para un evento, déjelas en una. Más que suficiente para acordarse. Casi le diría que borrase todos los tuits de la convocatoria, que a fin de cuentas es agua pasada, pero si generó mucha actividad en las redes sociales, puede interesarle conservar también uno.

Tuits a famosos. Todos seguimos a alguno, y muchos a más de uno. Pero si en alguna ocasión se ha dirigido a él, y el muy malvado no ha tenido la deferencia de contestarle entre sus 3.500.000 seguidores, castíguele con el látigo de su indiferencia, para que no parezca que va por las redes mendigando la atención de gente conocida. Borre el tuit, y que se joda. Menudo es usted.

Broncas. Twitter es el reino de las broncas absurdas. Ya saben, “¡Buenos días, chicos!” “¡Serán buenos para ti, gilipollas!”. Mantener lo que soltamos cuando se nos calentó el teclado no da una buena imagen de nosotros, pero borrarlos puede plantear problemas éticos: si lo hago engaño a mis lectores, escondo lo más negativo de mí, y además, siempre quedarán los tuits de la otra parte. Eso, en todo caso, es problema de la otra parte, y le sorprendería la cantidad de otras partes que han liquidado hace tiempo sus propios tuits. Una buena solución es poner un tope de antigüedad. Si quiere, no toque los tuits de los últimos seis meses, pero de verdad, a nadie le interesa, aquel intercambio de mentada de madres que hace tres años tuvo con un tuitero del cual ya ni se acuerda.

Establecidas las categorías y los motivos, puede que le quede una pregunta: ¿Y de dónde saco el tiempo para hacer todo eso? Le voy a contestar con otra: ¿de dónde lo sacó para meter 20.000 tuits? El sistema para borrarlos es el mismo que para escribirlos: poco a poco. Selecciones un periodo de tiempo a limpiar; por ejemplo, de mes en mes si tuitea mucho. Una vez allí, seleccione todos los tuits -no sólo los destacados- u dedíquele un rato cada día. Al mismo tiempo, cree un archivo de Word o Excel y vaya apuntando los meses limpios. Sin prisa, pero sin pausa.

El resultado será una cuenta bastante más limpia, manejable y, sobre todo, coherente. Y, por cierto, una manera entretenida de concluir una estresante jornada de trabajo.

Cómo puede afectarnos tuitear sobre política

15 Feb

Censura-Twitter

A veces es divertido contraponer noticias o tendencias. Por citar dos: hace ya un tiempo que se ha implantado la idea de que tener una vida activa en las redes sociales es bueno para conseguir un trabajo. De hecho, puede resultar imprescindible, ya que nuestro índice de Klout parece estar siendo un elemento de importancia creciente para distinguirnos de otros candidatos al puesto.

Sin embargo, por otra parte, es un hecho que las empresas de selección realizan un repaso exhaustivo en las redes sociales de todo lo que pueden encontrar sobre los candidatos. Quizá lo que levantó la liebre en este sentido fue el informe de Eurocom Worldwide publicado en 2012 donde se indicaba que uno de cada cinco candidatos a un puesto no había sido elegido por el perfil que mostraba en sus redes. Dos años en términos digitales son una eternidad; podemos y debemos pensar que esta tendencia ha aumentado desde entonces.

Así que la consecuencia parece ser: mantente activo en las redes, pero ten cuidado con lo que pones en ellas. El material sensible es, en su mayoría, bien conocido: insultos, faltas de respeto, racismo, sexismo. Incluso el fanatismo deportivo –o de cualquier clase, pero limitémonos al fútbol para no complicarnos- cuyos enfrentamientos se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Esto es fácil de entender, como lo es la norma de no tuitear jamás en caliente.

Lo que quizá sea más difícil de comprender y controlar es la opinión política. ¿Qué precio podemos tener que pagar por tuitear sin miedo sobre nuestra ideología, aunque lo hagamos respetuosamente, sin insultar a los demás y sin contestar cuando estos nos insultan? ¿Podemos estar seguros de que no es un factor de peso a la hora de seleccionarnos o rechazarnos para un puesto de trabajo?

La presencia de la política en Twitter es creciente, aunque no crezca de la misma manera para todo el mundo. Aquí merece la pena citar este artículo sobre el informe del Pew Research Center sobre medios y politización que demuestra, una vez más, que cada usuario se hace su propio Twitter: Si tuiteamos sobre política y seguimos a políticos, la gente que nos siga e interactúe con nosotros será en su mayoría de la misma cuerda. Y como consecuencia, nuestra cuenta estará mucho más plagada de contenido político que si tuiteamos sobre el cultivo de geranios. Esto es una obviedad.

FT_14.11.12.Social.Media_.Politics2 Lo que no es tan obvio es que incluso los no interesados en política tampoco se libran. Entre los usuarios de Twitter que sentían que más de la mitad del contenido que leían estaba relacionado con este tema se contaba un 9% de los no interesados en política, un 23% de los poco interesados y un 41% de los muy interesados. Otro detalle: se habla más de política en Facebook que en Twitter, quizá porque nos seguimos creyendo, y ya son ganas, que en esta red social nuestras publicaciones no pasarán del ámbito de nuestros contactos. Es sólo una opinión (¿para qué están los blogs si no?) pero es posible que en el subconsciente de muchos usuarios yazca la idea de que la política sigue siendo un tema del que es mejor hablar discretamente, en pequeños círculos.

No todo el mundo actúa así; tengo amigos que, sin ser políticos profesionales, tuitean sus opiniones a los cuatro vientos. Pero en muchos casos, son personas con un trabajo fijo, y con varios años de antigüedad en él. En cambio los autónomos, los freelance, los que andamos perpetuamente a la caza de trabajos y encargos, no podemos evitar preguntarnos si aquél comentario, aquel chiste o aquella bronca de la que ya nos olvidamos pueden haber sido decisivos a la hora de perder una buena oportunidad. Cuánto nos está costando nuestra libertad de expresión en Twitter. Sería una pena que los únicos que pudieran tuitear cualquier cosa sin miedo a su futuro laboral, fueran precisamente los políticos.

Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

REVERTE 1

Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.

¿Debemos borrar nuestras broncas en Twitter?

13 Ene

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Si el autor de este blog, que es un pedazo de pan bendito, se las ha tenido cuadradas en Twitter con más de uno y más de dos, no quiero ni pensar lo que habrá vivido alguno de los que me leen, que ya nos conocemos y sé que son ustedes una mezcla de Lobezno y Fernán-Gómez. Hablando en serio, nunca está de más recordar que a Twitter se entra llorado, y que las discusiones o enfrentamientos pueden empezar, obviamente si uno se las busca, pero también por los motivos más absurdos (un poco a la manera de aquél chiste tan viejo y tan malo “Oye, tú…” “¡Pues anda que tú”!).

Las broncas en las redes sociales no se diferencian demasiado de las que podemos tener en la vida real: en ambas se nos queda el mismo mal sabor de boca de habernos dejado arrastrar por la calentura que lleva a la confrontación, y de no estar seguros de haber tomado la decisión correcta al publicar aquella respuesta o aquel comentario. Al mismo tiempo, sentimos un cierto orgullo por no habernos achantado y haber plantado cara con firmeza al que nos ha atacado con groserías, insultos o faltas de respeto. Pero el resultado final nunca es bueno.

En una cosa sí se diferencian: que quedan ahí. Y, aunque la mayoría de las entradas sobre peloteras en Twitter se refieren a las protagonizadas por tuiteros famosos, no hay que pensar que las que hayamos tenido nosotros, en nuestra modestia, van a pasar desapercibidas. Se harán muy presentes cuando optemos a un puesto de trabajo y la agencia de empleo, o el departamento de Recursos Humanos, rastreen sobre nosotros toda la información que la web y las redes sociales pueden ofrecer. Los tuits se convertirán entonces en oscuras golondrinas, esas que siempre vuelven.

No sirve de nada poner en nuestro perfil “¡Empezó él!”, aunque sea verdad, porque como mínimo, apareceremos como una persona susceptible a las provocaciones, característica no muy recomendable para según qué puestos. Y si se nos ha calentado la boca, o el teclado, la imagen que podemos dar es bastante peor. Los comentarios que peor pueden sentar, según el estudio del enlace superior, elaborado por CareerBuilder, son los que ofenden en temas como raza, sexo o religión o- sin duda, lo peor de todo- los que incluyen información confidencial o negativa sobre empresas donde hemos trabajado. Lo cual no quiere decir que las broncas o discusiones sobre asuntos menores, iniciadas de modo más intrascendente, nos vayan a hacer bien.

Si lleva usted tiempo en Twitter y repasa su TL, probablemente encuentre muchos enfrentamientos de los que ya ni se acordaba, y cuyo origen y desarrollo le parecerán absurdos. Es más, puede que la persona con quien los mantuvo ni siquiera tenga activo su Twitter, o los tenga por ahí, relegados al olvido. Si de vez en cuando conviene hacer una limpia en nuestro TL –tuits desactualizados o sin repercusión, bromas que no hicieron gracia, temas que no tienen relación con nuestro perfil- las broncas quizá debieran estar entre las primeras cosas a borrar. No se trata exactamente de camuflar cómo somos; sino de trasladar al mundo digital la misma intrascendencia que estos episodios tienen en el mundo real. Lo pasado, pasado. Y ya veremos mañana –o quizás hoy mismo- con quién y sobre qué empezamos una nueva discusión. Total, siempre nos quedará Willy Toledo.

¿Su pyme necesita Twitter? Averígüelo usted mismo

9 Dic

art_2Si están ustedes metidos en el mundo de la comunicación, quizá les haya pasado alguna vez una cosa así: un amigo abre una empresa y, lo que son las cosas, le va bien. Poco a poco va creciendo, lo bastante como para crear seis, diez, quince puestos de trabajo. Olé por él, tal y como está el patio. Ese amigo nunca le ha prestado especial atención a las redes sociales; es más, hasta se cachondea de ellas. Pero un día en el que quedas con él para comer, cenar o tomar algo, de repente te lo suelta:

– Oye, eso de Twitter… ¿Crees que nos deberíamos meter?

Es la pregunta del millón, y este es el momento de demostrar que somos amigos de verdad. Porque cuando un pequeño o mediano empresario se plantea este asunto, suele dejarse aparte lo más importante: que la cuestión no es si su empresa necesita Twitter; es que no necesita a nadie que le asesore para saberlo.

Huya de agencias sin escrúpulos, y perdón por la redundancia, que le van a asegurar que, por supuesto, lo necesita. Es más, si no lo incorpora, caerá sobre usted la más negra ruina. Pero si lo hace, sus ventas subirán como la espuma…

– No sea usted burro, ahora se dice que crecerán de manera exponencial.

– Bueno, como sea.

… su imagen de marca rivalizará con la de la Coca-Cola en cosa de seis meses y aparecerá en Fortune; no en la portada, sino en un póster central confeccionado especialmente para la ocasión… Precisamente, pueden ofrecerle un plan de comunicación que incluya un estudio previo de las redes más adecuadas y su mantenimiento por la módica cantidad de (rellénese según lo abultado de la cartera y la cara de hijo de nuestros tíos del cliente potencial).

Por supuesto que hay agencias que llevan, algunas muy bien y otras no tanto, las redes sociales de grandes firmas cuya presencia en esas redes es obligatoria. Pero una empresa que vende luces LED, servicios de fontanería, jardinería a domicilio, o pequeñas editoriales que facturan en un año lo que Pérez-Reverte se gasta en corbatas (estrechas), no tienen por qué recurrir a ellas, al menos de momento. Para estos casos, este humilde bloguero les recomienda el hágalo usted mismo, siguiendo estos sencillos pasos:

  • Ábrase una cuenta de Twitter. Usted. No su empresa. Va a tardar cero coma, y ni siquiera se preocupe por el nombre que elija. Gran Nicolás, Perico de los Palotes, usted mismo. Ponga una foto de su suegra si le parece bien. Total, va a dedicarse a leer, no a publicar.
  • Empiece a buscar. Probablemente ya sabe que Twitter tiene un buscador. Haga una lista con sus competidores, y láncese a rastrear. ¿Están en Twitter? ¿Qué uso hacen de la red y qué tipo de contenidos publican? ¿Cuánta gente les sigue? ¿Y a quién siguen ellos? Apunte los datos que le interesen, y vaya creándose con ellos su propio informe de comunicación.
  • Analice el contenido. Si encuentra a alguna empresa de la competencia, eche un buen vistazo a la categoría de “Tweets y respuestas”, y siga las conversaciones creadas por lo que publican y lo que les responden. Vea qué es lo que más abunda, solicitudes, consultas, pedidos, reclamaciones… Piense cómo reaccionaría.
  • Siga buscando. Controlada la competencia, ahora vaya introduciendo en el buscador palabras relacionadas con su área de negocio. Tomemos de nuevo el ejemplo de las luces LED: vaya probando con términos como LED, iluminación, luces, decoración de interior, jardines y todas las que se le vayan pasando por la cabeza. Apunte los resultados más interesantes.
  • Ahora, en inglés. Amplíe su búsqueda de campo, para ver qué hacen empresas similares en otros mercados. Hablamos del inglés, porque ya se sabe que en esta cosas los norteamericanos… Pero si habla más idiomas, no se corte. No se trata de copiarlos; pero quizá encuentre cosas o usos de la red que todavía no aparecen en el ámbito español.

Y, sobre todo, no olvide apuntar la frecuencia con la que estas empresas tuitean, y su celeridad al responder.

Con eso cuenta con una buena base para deducir a) si su negocio se beneficiará de estar en Twitter b) si cuenta con el equipo necesario para atenderlo correctamente (una cuenta corporativa de Twitter sin usar es como un Director General con lamparones en la camisa) o c) si necesitará ayuda externa. Si es así, ahora es el momento de buscar ayuda externa profesional que le ayude a llevarla. Y no haga demasiado caso de mi bromita de antes: de verdad que las hay.

El arte de equivocarse: de Carmen Sevilla a Mariló Montero

22 Sep

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En la historia de la comunicación hay notables ejemplos de gente que convirtió sus equivocaciones en parte de su marca personal. En el Hollywood clásico cobraron gran fama los “goldwynismos”, o meteduras de pata del productor independiente Samuel Goldwyn, derivadas a veces de su incompleto dominio del inglés: “Caballeros, les ruego que me incluyan fuera de este acuerdo”; “No me importa si esta película hace dinero o no ¡Lo que quiero es que vaya a verla todo hombre, mujer y niño de Estados Unidos!”; “cualquiera que vaya a un psiquiatra debería hacer que le examinen la cabeza”; “Un acuerdo verbal no vale ni la tinta en la que está escrito”.

Su biógrafo A. Scott Berg cuenta el daño que le causaban a Goldwyn las burlas que provocaban esos errores. “Odio mi boca”, llegó a decir. Pero hoy son vistas como una peculiaridad, un rasgo simpático de un magnate que demostró tener un talento descomunal para el cine y para los negocios, y que dejó por el camino unos cuantos títulos inolvidables.

En otro ámbito, hace unos cuantos años Valerio Lazarov, en su época de director de Tele5 tuvo la genial ideal de contratar a Carmen Sevilla para que presentara el hasta entonces anodino espacio del Telecupón. El éxito fue inmediato, y las meteduras de pata, también. De hecho, no se puede comprender el uno sin las otras. Metía la pata con los nombres de la gente que llamaba al programa, con sus profesiones, con sus comentarios, y cuando tenía que pronunciar algo en inglés (quiso la mala suerte que después del Telecupón viniera “Chuck Norris en Walter Texas Ranger”), aquello ya era el acabose (No faltaron los rumores malintencionados como la historia –falsa- de que había llamado un espectador diciendo que era parapléjico y ella contestó “¡Ay, qué profesión tan bonita!”). Pero se dio un caso curioso; cuanto más se equivocaba, más la quería la gente y más aumentaban sus fans. Puede decirse que sus errores en directo le proporcionaron una segunda juventud artística.

Y, ya en 2014, tenemos a Mariló Montero. Es un poco exagerado decir que, si no fuera por Twitter, muchos ni nos enteraríamos de que existe esta chica, pero la ignorancia de que hace muestra, y las equivocaciones que comete, la convierten en carne de Trending Topic día sí y día también. Sus meteduras se están convirtiendo en parte indeleble de su imagen pero, a diferencia de Carmen Sevilla, no le están granjeando la simpatía de los espectadores. Todo lo contrario. Todos sabemos la mala uva que se pueden gastar los tuiteros (mea culpa, aquí les dejo uno que puse yo):

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Pero ¿cómo se explica la diferencia entre la simpatía con que se recibían los fallos de una y la ferocidad con que se propagan los de la otra? Repasemos las que pueden ser las principales razones:

Carmen Sevilla no era una desconocida. Todo lo contrario; sus años artísticos la habían convertido en una de las figuras públicas más populares de España. De repente, aceptó un reto profesional que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Pero tenía décadas de trabajo detrás y venía de una pobreza que nunca había olvidado. El público la recibió con curiosidad… Y con buena disposición.

Carmen Sevilla fue fichada por una televisión privada. En un momento, además, muy alejado de la crisis que vivimos hoy. Eran todavía años burbujeantes, donde las cadenas buscaban famosos, nuevos o viejos, para competir por la audiencia; salvo la consabida excepción de TVE, nadie solía preocuparse por cuánto les pagaban. Mariló Montero ha llegado con un contrato excepcional a la cadena pública, en unos tiempos donde debería primar la austeridad.

Carmen Sevilla presentaba contenidos inofensivos. Salvo para el que le tocara el Telecupón cada día, su programa no ofrecía nada más que entretenimiento mero y fugaz. No tocaba temas sociales, no tenía la menor ínfula cultural, no se metía en jardines de sucesos, actualidad ni información sensible, que necesita de mucho remache y preparación. Y, lo más importante:

Carmen Sevilla se tomaba sus equivocaciones con humor. No se enfadaba, no se ofendía, no echaba las culpas a nadie, no se escudaba en salidas de contexto. La facilidad con que se reía de sí misma y con que anticipaba sus equivocaciones (“Bueno, pue esta noche os dehamo con, uh, verá tú ahora, ya estamos, Chu Norri en Walersarreinge o como se diga”) fue su mejor blindaje contra las críticas. Era natural. Era buena persona. Nunca pretendió estar por encima de la gente de la calle, de la que ella misma procedía, y que constituía su público de cada noche.

Quien no haya metido la pata alguna vez en su trabajo, que tire la primera piedra. La televisión en directo tiene un especial peligro, y una metedura de pata puede aparecer multiplicada de modo exponencial (no sé qué se quiere decir exactamente con eso de exponencial, pero lo utiliza todo el mundo), sobre todo cuando en las redes sociales te están esperando que las mismas ganas que los cocodrilos a que se caiga Indiana Jones. No te librarás de cometer errores; lo que te definirá ante los demás es tu manera de aceptarlos.