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¿Volverá el periodismo en 2015?

29 Dic

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Dicen que 2015 no sólo será el año de la recuperación en general, sino también el del resurgimiento del periodismo en viabilidad y beneficios económicos. Si lo primero no me lo creo, menos lo segundo. Por supuesto que los medios de comunicación, tarde o temprano, acabarán encontrando alguna forma de recuperación que empiece a compensar la masacre de puestos de trabajo de los últimos años. Lo cual será una buena noticia tanto para los más de 20.000 insensatos (¿lo fuimos menos nosotros en nuestro día?) que se siguen matriculando cada año en España para intentar ganarse la vida con esta profesión, como para los dinosaurios que hemos huido de la glaciación hacia pastos más verdes. Pero una cosa es que los medios resurjan; y otra, más distinta de lo que parece, que con ellos resurja el periodismo.

La crisis no sólo ha hundido medios y puesto en la calle a miles de profesionales –2.400 sólo este año, casi 12.000 desde 2008-; también ha deformado el concepto de periodismo hasta dejarlo irreconocible. Lo que consumimos hoy es un sucedáneo hecho con pocos medios, a cargo de becarios sin información y sin criterio, publicado por cabeceras endeudadas y comprometidas con sus acreedores, y destinado a un público con el paladar embotado tras años por productos adulterados cuya finalidad, como describe Vargas Llosa en su última novela, “no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia”.

España tiene por delante un año clave: se avecinan cambios de envergadura en el reparto de poder, la estructura de partidos, la evolución de la economía, quién sabe si en la esencia misma de la Constitución y la sociedad. Este escenario es una mina de oro para los periodistas, no sólo por la previsible afluencia de noticias sino por las oportunidades de desarrollar trabajos rigurosos de investigación y análisis, intentando ofrecer a sus lectores una visión, no objetiva –eso es imposible-, pero sí justa y equilibrada. Informando y ayudando a comprender sin adoctrinar. Separando la información de la opinión. Huyendo del sesgo barriobajero en los titulares. Contrastando informaciones y hablando con todos los sectores implicados, no sólo con quienes nos interesan. Considerar que un debate es un escenario para plantear argumentos que hagan razonar a la otra parte antes de contestar, y reflexionar, sobre el fondo, no sobre la forma, a los espectadores. Contribuyendo a construir una sociedad más adulta.

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Todas estas cosas, no hace demasiado tiempo, eran algo sin lo que el ejercicio de la profesión de periodista no se podía concebir. Hoy se ven como una excentricidad inútil, como un lujo que no servirá para ganar clics en las ediciones digitales, para promover comentarios donde la gente ataque con la osadía que dan la ignorancia y los prejuicios. Debates que se quieren de periodismo político y no son más que circo. Diarios digitales que toman como referencia el amarillismo y la grosería que su director va enarbolando tertulia tras tertulia. Incluso cabeceras señeras de la prensa, donde dejan publicarse sandeces torticeras que en otros tiempos no se le habrían perdonado a un becario (arriba les dejo una que se ha hecho bastante popular estos días). Y se publican no porque el jefe de sección se haya quedado ciego, sino porque hace tiempo que se optó por ello; por hablar al vulgo en necio, para darle gusto.

En este ambiente es donde se supone que se tiene que reconstruir el periodismo. No me cabe duda de que surgirán nuevos medios y soportes de comunicación, y de que algunos serán rentables. Otra cosa es que recuperen los valores que en los últimos años se han ido desechando como trastos viejos, como las ruinas que se suceden a lo largo de la carretera de Cormac McCarthy. Porque el periodismo de verdad está en ellos, no en los soportes, pero ¿de qué sirven, cuando ya no lo valoran ni los lectores ni, en muchas ocasiones, los propios periodistas?

Escritores, retratos, fetichismos

23 Nov

maxresdefaultNo sé cuáles han sido los motivos de la casualidad, sobre todo porque las casualidades no pueden tener motivos. El caso es que estos días, y hasta enero próximo, coinciden dos exposiciones que convierten al centro de Madrid en un paseo privilegiado para contemplar la literatura. O, al menos, a quienes la crean o la han creado. El trayecto de una a otra es breve y cómodo, y puede aderezarse además pasando por lugares que resumen tópicos literarios, como el Café Gijón o la estatua de Valle-Inclán en Recoletos, sin olvidar el Café del Espejo, que era el preferido de Jardiel Poncela para escribir.

La oferta visual es tan amplia que uno sólo echa de menos alguna de esas ferias del libro antiguo que aparecen en primavera y otoño en el Paseo, para completar la experiencia con la adquisición bulímica de ejemplares, alguno de ellos escrito por las mismas personas cuyas imágenes y vidas hemos estado contemplando. No puedes visitar varias pastelerías sin que te entre apetito. Pero no se puede tener todo.

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Si nos atenemos al orden cronológico, yo les aconsejaría que empezaran en esa magnífica y relativamente desconocida que es Alcalá 31: allí sigue hasta el once de enero la exposición El Rostro de Las Letras, comisariada por Publio López Mondéjar, y con “más de doscientas fotografías, álbumes, almanaques, postales (…) y publicaciones ilustradas”, que abarcan una gran variedad no sólo de autores y de estilos, sino de maneras de entender la literatura: una concurrida lectura en el estudio de José Zorrilla; el célebre retrato que Vicente Moreno hizo a Valle-Inclán, donde su brazo inútil ocupa la parte frontal del perfil; Ramón Gómez de la Serna dando aquella conferencia aún recordada hoy sobre el circo subido en un trapecio en el Price; Rubén Darío, en su lecho de muerte, y la famosa foto de Baroja paseando entre los árboles del Retiro. Y muchas más que nos hacen cercano un mundo literario que demasiados chavales de hoy conocen sólo por los libros de texto y que consideran aburrido, árido, ajeno a ellos, como de otro planeta, cuando la verdad es que sólo es de otro tiempo y, si se toma uno la molestia de leerlos, más cercano al nuestro de lo que pudiera pensarse.

sala-retratos-cervantes-DSC9827Juan-MarseErnesto-SabatoLa otra exposición está en plena Biblioteca Nacional, y nos trae a tiempos más actuales, casi tomando el relevo de la otra. Retrato y Literatura recoge en una de sus salas exposiciones los retratos, habitualmente repartidos por pasillos y dependencias, de los 39 escritores galardonados con el premio Cervantes, desde Jorge Guillén en 1976 a Elena Poniatowska, última premiada hasta ahora. Son ya tiempos más coloridos que los del blanco y negro de la otra exposición y el conjunto de retratos lo refleja bien, sobre todo porque cada uno-con alguna excepción- viene de manos de un autor distinto. Aquí ya interviene el gusto de cada cual, y a uno particularmente le entusiasma la sobriedad del de Guillén, el realismo del de Marsé, o lo huidizo del de Carlos Fuentes, que hizo creer a más de uno, tal y como explica Jesús Marchamalo, comisario de la exposición, que se había borrado por el camino. Ernesto Sábato aparece empequeñecido por un fondo gris y turbulento, que se ajusta a sus tiempos, su literatura y la carga que, por su país, él mismo decidió imponerse. Los de Borges y Alberti, en cambio, parecen una exaltación de los tópicos más fáciles relacionados con cada uno, y viéndolos casi es de agradecer que Juan Ramón Jiménez no viviera para recibir el premio, o tendríamos un cuadro donde el burrito habría devorado a su creador.

Esto, ya sigo, son gustos personales; el problema –si es que hay alguno- está en otra parte, y viene de la decisión de ese investigador infatigable de libros y bibliotecas que es Marchamalo de acompañar cada cuadro con algunos papeles pertenecientes al autor que representa: cartas, ediciones firmadas, bocetos, cuartillas, página corregidas. Algo que la catedrática Estrella de Diego, en el audiovisual que acompaña a la exposición, califica como de material puesto ahí para satisfacer el apetito fetichista de los visitantes.

Y eso cae como un jarro de agua fría, en noviembre, además; cualquier aficionado a la literatura se sentirá bien acogido en esta exposición, rodeado de nombres que gustarán a cada uno en diferentes grados, pero que en su mayoría habrán contribuido a formarle como lector, que es lo mismo que formarle como persona. Que despachen su interés con ese calificativo es como recibir una grosería inesperada cuando estás de visita en casa de un amigo.

Ser fetichista no es necesariamente malo; pero que reduzcan a ello el interés que el público pueda tener por los rastros del trabajo de los autores, eso ya es otra cosa. Nadie reprocha al Reina Sofía que tenga junto al Guernica los bocetos de su preparación, ni al propio Picasso que dejara tantas muestras del camino que le llevaba hasta la obra final. ¿O no hay en estas muestras una parte de la personalidad de estos escritores que los retratos, con toda su buena intención, no han logrado atrapar? La imagen pública de Cela contrata con la belleza y la serenidad de su caligrafía, y lo mismo sucede con la de Sánchez Ferlosio, grande y redonda, llenando las líneas de un cuaderno a rayas, como lo haría la letra del niño más aplicado de la clase.

Es para temerse que los futuros Cervantes vayan dejando cada vez menos alimento para fetichistas, a medida que se va imponiendo el trabajo sin rastros que facilitan los ordenadores. Puede que en un futuro no haya ni primeras ediciones para acompañar a los retratos, salvo que su texto vaya pasando por una pantalla digital, y que la correspondencia se limite a correos electrónicos donde no quede prueba de los titubeos, los borradores o las tachaduras. El resultado será una imagen tan perfecta como un cuadro, e igual de incompleta. Prefiero que mi fetichismo, si es que existe, se alimente de papeles, plumas y bolígrafos que de mensajes de móvil. Ver la huella de los escritores en su trabajo diario es también una forma de leer.

Dejad que los creativos se acerquen a Adrià

29 Oct

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¿Qué sentido tiene visitar una exposición sobre un restaurante que ya no existe? Sobre todo si se trata de un restaurante que la mayoría de nosotros, por carencias económicas o falta de influencia, nunca hemos llegado a pisar.

La respuesta parecería obvia: ninguno. Pero si dejamos el restaurante a un lado, entonces la perspectiva cambia. La exposición Ferrán Adriá, auditando el proceso creativo, que se ha abierto hoy al público en el Espacio Fundación Telefónica, constituye un menú muy especial. Es un viaje a las interioridades de todo lo que ha significado, y significará, El Bulli, y a la mente de su principal responsable; una espectacular disección de la imaginación y del trabajo que supone. Y un festín para la vista, el oído y el cerebro.

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Pocos de los comensales habrán llegado a tales honduras sobre lo que había detrás de las creaciones que iban degustando. Porque El Bulli no se abarcaba en una comida, del mismo modo en que el cerebro de Ferrán Adrià no se abarca en una visita guiada, como la que organizó para periodistas y blogueros la multinacional LG, partner tecnológico de la exposición. En la distancia corta, Adrià es afable, cordial y divertido, sin los aditivos agrios del divismo. Pero recuerda un poco a aquel actor desenfocado de la película de Woody Allen. Está en otro plano, como varios segundos por delante de los demás, del mismo modo en que su pensamiento parece estar varios segundos por delante de sí mismo.

“Algunas de las mejores entrevistas que me han hecho, me las han hecho periodistas que no llevaban nada preparado”, nos cuenta, pero es que uno se plantea cómo se puede preparar una entrevista con Ferrán Adrià. Una primera pregunta le sirve de pistoletazo de salida, para lanzarse a una fascinante carrera de datos y razonamientos, fascinante pero difícil de seguir, salvo cuando se detiene un momento para avisar “estoy pensando ¿eh?” y tomar carrerilla de nuevo hacia una meta a la que sólo él sabe cuándo llegará. En contra de lo que se piensa, Adrià no se atropella al hablar: su verbo, que no verborrea, es sólo la presión que escapa de una olla por una espita demasiado pequeña.

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Hablábamos aquí el otro día del libro de Mason Currey donde se repasan los rituales cotidianos de escritores, músicos, arquitectos, pintores, científicos. Algunos de ellos tenían claro qué era crear; otros no consiguieron explicar por qué hacían lo que hacían. Adrià ha buscado no sólo analizarlo, sino auditarlo, de ahí el título de la exposición. Partiendo del consejo que le dio en 1987 el chef Jacques Maximin, “la creatividad es no copiar”, lo ha llevadoADRIA 8 a sus últimos extremos, buscando siempre no copiar a nadie; ni siquiera a sí mismo. de ahí la magnitud de los archivos del Bulli: 14.000 páginas de las que la exposición ofrece una pequeña parte, y que se guardaron escrupulosamente durante 25 años junto con diagramas, dibujos, libretas, instrucciones. ¿Por qué ese afán por conservarlo todo? “Para no repetirnos”.

Y por más motivos: “Nadie sabe dónde ni cuándo, se frió un huevo por primera vez. Pero sobre todo, no sabemos cómo pensaba que debía comerse la persona que lo hizo”. Adrià llevó el plato más allá de la parte comestible, estableciendo un ritual de consumo para cada uno y fabricando cada año una vajilla propia específica para el menú de esa temporada (una muestra de esas “herramientas de emplatar”, como él las denomina, está también presente), además de los bosquejos y esquemas que fueron creando cada plato, las técnicas necesarias para su elaboración y el momento y la manera de servirlo y comerlo.

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De todo ello hay documentación y ejemplos en la exposición, cartografiada como un mapa del proceso creativo, intentando explicar lo inabarcable, el esfuerzo colectivo, la negación a los límites. No es de extrañar que la culminación sea un mosaico de fotografías donde aparecen los 1.486 platos creados en los 25 años de existencia de El Bulli, como desafiando al público a que encuentre en ellos las temidas repeticiones.

El cierre de la exposición, el 1 de marzo, coincidirá con la esperada presentación, después de tres años de trabajo, de elBulliFoundation. Entre las cosas que se han ido adelantando de este nuevo proyecto está la participación, presente y futura de colaboradores de todos los campos, no sólo de la cocina, ya que, cuenta, “me interesa sobre todo la opinión de personas que no son de mi mundo”. De igual modo en que le gustan más las preguntas que las respuestas. La futura Fundación, que se presentará coincidiendo con el cierre de la exposición, responderá desde luego a muchas preguntas sobre cocina y creación. Pero siempre dejará alguna en el aire; para que el cerebro de Ferrán Adrià no pierda su punto de ebullición.

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Una de la contribuciones de LG a la exposición es este despliegue de smartphones con una aplicación específica: los visitantes pueden grabar un selfie explicando qué es para ellos la creatividad. La grabación pasará automáticamente a un servidor, y las mejores aparecerán en el “muro de la fama” multimedia que hay nada más salir del ascensor.

Truman Capote y la mentira de “A Sangre Fría”

25 Ago

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El otro día metí aquí un post anecdótico sobre Truman Capote, y no me di cuenta de que estos días se celebra el treinta aniversario de su muerte. Va a haber que tocar el tema de nuevo, porque ya estoy viendo aparecer los primeros artículos que inciden en ese error, tan común que ya se está convirtiendo en inevitable, de relacionar la publicación de su obra maestra, A Sangre Fría, con su decadencia como escritor. El libro mató a Capote, dicen, interpretando que la enorme tensión de su elaboración, rematada con la experiencia de contemplar la ejecución de los dos asesinos, con los que llegó a desarrollar cierto afecto mutuo –sobre todo con Perry Smith– le dejó incapacitado para afrontar otra novela durante el resto de su vida.

Pocas veces una biografía, y desde luego una película, han causado un equívoco mayor. La biografía es, desde luego, Capote, de Gerald Clarke, y la película, la que dirigió en 2005 Bennett Miller y protagonizó Philip Seymour Hoffman. Nada que objetar a la cinta en cuanto a valores cinematográficos, pero sí bastante sobre cómo incide en esa teoría, hasta convertirla en su tema central. La frase con la que concluye “Truman Capote jamás escribió otra novela” termina de dar la puntilla.

Y no. La realidad es un poco más compleja. Es cierto que A Sangre Fría terminó con Capote, pero no exactamente por esos motivos. Lo que ocurrió es más bien que le dio todo lo que quería. Ya era famoso; el libro le hizo célebre. Le gustaba vivir bien; el libro le hizo rico. Le gustaba la vida social mucho más que escribir; el libro le convirtió en el centro de más invitaciones de las que un ser humano podía atender. Después de seis años de duro trabajo, prefirió dedicarse a disfrutar de lo recogido antes que embarcarse en otra empresa de esas dimensiones.

Si echamos un vistazo a la obra de Capote, veremos que A Sangre Fría es su libro más extenso. Otras Voces, Otros Ámbitos, El Arpa de Hierba, Desayuno en Tiffany’s, son novelas breves. Abundan los cuentos y las colaboraciones periodísticas. Cuidaba mucho el estilo, pero era un maestro de la distancia corta. A Sangre Fría constituye una excepción porque el libro creció por sí sólo, porque la historia necesitaba de esa extensión, y Capote sabía que tenía entre sus manos algo grande, que marcaría un antes y un después en la literatura norteamericana del siglo XX.

Una vez concluido, el Capote personaje devoró al Capote escritor. Celebró su éxito con la famosa fiesta en el Hotel Plaza de Nueva York (a la que incluso se han dedicado libros enteros), y se entregó a la vida social con sus amigos de la jet set. Pueden encontrarse testimonios de ello en la otra biografía de Capote, Truman Capote: In Which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career, escrita por George Plimpton, donde se recogen testimonios de más de 200 personas que le conocieron y se incide más en su lado frívolo, de acompañante ideal, de alma de las fiestas y los programas de televisión, y menos en el del hombre torturado por aquella obra acaparadora.

740936El libro que de verdad aniquiló a Capote no fue A Sangre Fría, sino Plegarias Atendidas. Había firmado un contrato con Random House en 1966 por el que recibió 250.000 dólares de adelanto, y diez años después todavía no había visto la luz. Presionado por sus editores, y con su talento mirando progresivamente por el alcohol y las drogas, publicó en Esquire tres capítulos como adelanto de lo que iba a ser, según declaró, un retrato a lo Balzac de las costumbres y los vicios de la alta sociedad del siglo XX. El material fueron historias íntimas y cotilleos que había recogido a lo largo de los años en su relación con sus integrantes, que aparecían apenas camuflados en sus páginas. El terremoto (hoy diríamos “tsunami”) producido por su aparición provocó que, según cuenta su editor Joseph M. Fox, “prácticamente todos los amigos que tenía en este mundo le condenaron al ostracismo por contar, apenas disfrazadas, historias de colegiales, y muchos de esos amigos ni siquiera volvieron a dirigirle la palabra”.

Sin talento y sin amigos; incluso su pareja de (casi) toda la vida, Jack Dumphy, había enfriado su relación con él. Los últimos años de Capote fueron los de una lenta autodestrucción, pero A Sangre Fría quedaba ya, en todos los sentidos, muy atrás. Que aún le quedaba magia en la pluma lo demuestran muchas páginas de Música para Camaleones; que aún le quedaba una lengua vitriólica lo demuestra el libro Conversaciones Íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde, entre daiquiris y vodkas con hielo (con zumo de pomelo aparte) no deja, literalmente, títere con cabeza. Es un canto del cisne que deja un regusto amargo. La última crónica de una autodestrucción que, paradójicamente, comenzó con el éxito mundial que había estado buscando durante años.

Podemos, el mejor amigo de Rojo y Losantos

9 Jul

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Da igual lo que digan y lo que escriban: que a determinados medios digitales les ha venido Dios a ver en la figura de Pablo Iglesias (por raro que pueda sonar), es algo tan obvio que no merece la pena ni dedicarle un post. No me estoy refiriendo a medios de derechas (posición ideológica que de por sí no tiene, desde luego, nada condenable), ni siquiera a tertulianos como Inda o Marhuenda, que sin el líder de Podemos habrían encontrado otras materias a las que hincarle el colmillo (retorcido). Hablo de portales como Libertad Digital o Periodista Digital, propiedad mayoritaria de Federico Jiménez Losantos y Alfonso Rojo, respectivamente. Esos están que no se lo creen. Dan palmas con las orejas y ruegan porque el nuevo filón tarde un tiempo razonable en agotarse.

La estrategia de comunicación de este tipo de portales está en un plano algo diferente de la mera narración de la actualidad: más bien responde al viejo lema comercial de dar al público lo que quiere. Y su público parece tener una cierta necesidad de malos, de sacos de boxeo, de personajes a los que identificar como enemigos y sobre los que descargar su bilis. Es la gente que primero pincha en la noticia, y tras leerla deja un comentario. Luego vuelve a ver qué más comentarios hay sobre el tema, y si alguien ha respondido al suyo. Y deja otro, para estar de acuerdo o, mejor todavía, para no estarlo y comenzar un intercambio de insultos que se combina con los insultos originales que estaba lanzando al protagonista de la noticia… Y el número de clics en la página sube, sube y sube.

Pero últimamente la galería de personajes andaba un poco seca. Rubalcaba se ha retirado, y los aspirantes a la sucesión no dan, de momento, demasiado juego (ni siquiera Madina, y mira que lo han intentado); Wyoming está de vacaciones, Garzón no enseña demasiado la patita; ningún Bardem ha abierto la boca desde hace semanas. Pero entonces aparece Pablo Iglesias, y en España (en la de ellos) vuelve a amanecer.

Porque lo bueno del asunto es que no sólo te puedes meter con Pablo Iglesias, sino con aquellos que defienden o hacen amago de ello. Algo en lo que se está especializando el medio de Rojo, con unos titulares torticeros donde se refleja la libertad de prensa entendida como la libertad de criticar a los compañeros de profesión que no comparten tu visión destroyer del líder de Podemos. Aquí todo vale, groserías, burlas y calificativos que deberían avergonzar no a quien los recibe, sino a quien los hace.

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PANTALLAZO PD 2Hoy no ha sido una excepción; andaba todo muy tranquilo, hasta que a media mañana Podemos ha anunciado su intención de querellarse contra Eduardo Inda y Esperanza Aguirre por sus declaraciones vinculando a Pablo Iglesias, entre otras cosas, con ETA, e insistiendo en que el movimiento ciudadano y su líder apoyan en terrorismo. Bueno. Más allá de cómo evolucione la cosa, vamos a ver qué ha pasado con el tratamiento de la noticia en Libertad Digital.

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Este pantallazo, tomado a las 11:30 de la mañana, muestra la noticia tal y como apareció al principio. Comparado con los que hemos visto antes, el titular no es demasiado fuerte, aunque el antetítulo sí: “Por sus vínculos con ETA”, es decir, con el propio medio asumiendo que esos vínculos con la banda terrorista existen. La noticia acababa de ser publicada. Sólo cuatro comentarios.

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A la una de la tarde, los comentarios ya han aumentado a 130, y el antetítulo ha cambiado ligeramente: “Tras la polémica de sus vínculos con ETA”. Se entiende que lo han intentado suavizar, indicando que eso de los vínculos con los terroristas es el resultado de la polémica… Pero mientras no coloquen la palabra “presuntos” o rematen con unas comillas, se sigue entendiendo que para el diario de Federico, esos vínculos existen y están más que probados.

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Y por último, aquí tenemos un pantallazo más reciente, tomado a las seis de la tarde. La noticia ya ha caído a cuarto lugar en la portada, pero los comentarios han subido a 641, una cantidad que supera con muchísimo la media de los que reciben las noticias de este portal. En cuanto al contenido de los mismos, yo reproduciría aquí alguno, pero este es un blog para todos los públicos.

Así que ya ven. Personalmente me gustaron mucho hace unos días las palabras de otro periodista de derechas de toda la vida, Jose María Carrascal, cuando dijo que había que dejarse de tanto numerito con Podemos y montar debates pausados donde se analizaran las propuestas económicas de su programa. Tenía más razón que un santo, pero no creo que se le vaya a hacer mucho caso. Hay demasiados intereses creados en seguir alimentando a un coco que, al menos en este caso e involuntariamente, se está portando como el mejor aliado de los hermanos Grimm.

Periodistas y publicidad ¿Eres Lou Grant o Don Draper?

27 Nov

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Imaginemos este titular: “La empresa Gallina Blanca anuncia un ERE que supondrá el despido del 80 por ciento de su plantilla”. Pedro Piqueras tiene que dar la noticia en el informativo de Tele 5.

Ahora vamos a imaginarnos este otro: “ING Direct reconoce un agujero de millones de euros que supondrá la pérdida de sus ahorros para miles de sus clientes en Europa”. Matías Prats abre con este titular su informativo de Antena 3.

Y todavía nos vamos a imaginar un tercero: “El Pan Bimbo está repleto de aditivos”. Eduard Punset sonríe, pone cara de despistado, y dice que no se acuerda muy bien de qué es eso del Pan Bimbo.

Un poco de calma, sobre todo por parte de los abogados de las respectivas empresas que puedan estar dispuestos a lanzarse sobre este humilde bloguero. Los titulares que acabo de escribir son completamente falsos. Me los he inventado. No tienen el menor viso de realidad. Intento dejarlo bien claro por si a alguien le quedasen dudas. Pero creo que se entiende perfectamente por dónde queremos ir con este post.

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Siempre se ha dicho -y es cierto- que el periodismo vive de la publicidad. Lo que no se ha visto nunca hasta este extremo son tantos periodistas viviendo de la publicidad. Bueno, viviendo no; los profesionales de los medios que protagonizan anuncios de bancos, pan industrial, yogures, consolas de videojuegos, champú o neumáticos, son precisamente aquellos a los que no ha alcanzado la crisis y disfrutan de unas nóminas que para los plumillas de a pie entraron hace años en la categoría de lo onírico. No necesitan extras para mantener su nivel de vida, y si los necesitan, siempre están los bolos como la presentación de eventos o mesas redondas, las columnas en los periódicos, o los libros, que permiten lucirse, cobrar y –al menos, en principio- no socavar en exceso la imagen de la profesión.

Obviamente, estos personajes no son elegidos por ser periodistas, sino por ser famosos… ¿O no? En 1994, la Cámara de Comercio e Industria de Madrid editó un vídeo como regalo navideño titulado “Famosos que venden”, donde recogía un buen número de spots españoles que protagonizaban desde Lola Flores a Fernando Fernán-Gómez, pasando por, Jose Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Pinito del Oro, Paco de Lucía, Antoñete o Pedro Carrasco, entre otros muchos. Había algunos presentadores, como Alfredo Amestoy, Joaquín Prat o Isabel Tenaille, que quizá podían entrar tangencialmente en la categoría de periodistas. Periodistas como tales, en la antología sólo aparecía Pedro J. Ramírez, cuando era director de Diario 16, en un anuncio del Ministerio de Hacienda, recordando el deber cívico de presentar la declaración de la renta. No estaba promocionando ningún producto comercial.

Los famosos y la publicidad siempre han estado ligados, y eso que en el vídeo Santiago Moro, fundador de los legendarios Estudios Moro, recordaba que “la utilización de famosos era bastante difícil, porque para ellos el hacer cine publicitario era una cosa que les quitaba categoría”. Parece que con el tiempo ya no se les caen tanto los anillos: un estudio de Aegis Media Expert estimó que en 2012 los anuncios protagonizados por famosos coparon el 23% del mercado televisivo.

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Uno de los motivos de utilizar en publicidad personajes populares es la credibilidad que permean al producto. ¿Se supone que esta credibilidad es doble cuando el famoso es además periodista de profesión? En otros países también lo creen así, y justo por eso a los profesionales de los medios ni se les ocurre acercarse a un anuncio. Y, en las escasas ocasiones en que lo han hecho, han tenido que dar marcha atrás. En España hubo un tiempo en que las cosas estaban algo más controladas: en los años 80, antes de la llegada de las televisiones privadas, los actores –actores, ni siquiera periodistas- que protagonizaban una serie en TVE tenían establecida una moratoria por la cual no podían protagonizar una campaña de publicidad hasta un tiempo después de que su programa fuera retirado de las ondas, para que no jugaran con ventaja aprovechando su fama. Una excepción fue Antonio Ferrandis, a quien se le permitió recuperar su personaje de Chanquete para protagonizar unos spots sobre las bondades de las conservas de pescado después de que varios casos de intoxicación afectaran la marcha económica del sector.

Hoy vivimos en la paradoja de profesionales de la información que aprovechan su credibilidad como periodistas para ejercer una actividad que está contribuyendo a carcomer (aún más) la credibilidad del periodismo. La Asociación de la Prensa de Madrid ya advirtió en 2011 de cómo afectaban –para mal- a la profesión los periodistas que protagonizaban campañas. Y, como se han encargado de recordar en otros blogs y en medios más serios que este, el artículo 18 del Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) lo dice bien claro: “a fin de no inducir a error o confusión de los usuarios, el periodista está obligado a realizar una distinción formal y rigurosa entre la información y la publicidad. Por ello, se entiende éticamente incompatible el ejercicio simultáneo de las profesiones periodísticas y publicitarias”.

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Pero da igual lo claro que se diga, porque la cosa no va a menos, sino a más. Ahora la publicidad la hacen también los periodistas de plantilla, los que no son famosos, y la hacen sin bajarse del informativo donde están trabajando. A la información meteorológica le siguen recomendaciones de seguros o de pastas de dientes, sin más aviso que un pequeño recuadro en la esquina superior de la pantalla donde puede leerse “publicidad”.

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La crisis, el descenso del mercado publicitario, parecen estarse convirtiendo en la excusa para que caigan todas las barreras, en un todo vale donde se benefician algunos privilegiados y las empresas periodísticas rascan algo más en tarifas, mientras el grueso de la profesión lo paga en su reputación ante lectores y espectadores. Aunque la verdad, no sé si es para quejarse. A fin de cuentas, en un país donde se acepta ir a una declaración del Presidente del Gobierno desde una pantalla de plasma ¿importa mucho que el presentador del informativo no vea inconveniente en vendernos seguros en su tiempo libre?

España, el país que censuró a los superhéroes

13 Ago

Los que tenemos una cierta edad sabemos que Batman no es Bruce Wayne: su nombre verdadero es Bruno Díaz. Igual que el de su ayudante Robin no es Dick Grayson, sino Ricardo Tapia. Superman sí se llama Clark Kent, pero que quede claro que el nombre de su novia no es Lois, sino Luisa. Flash no es Barry Allen, es Bruno Alba, y Green Arrow no es Oliver Queen sino… exacto, su traducción literal, Oliverio Reina. Al igual que Clark, Lex Luthor sí se llama Lex Luthor, pero tiene la desconcertante tendencia de planificar los beneficios de sus maquiavélicos planes criminales en millones de pesos, y no en dólares, con lo que no tiene que preocuparse porque Superman los desbarate; aunque le salieran bien, con la devaluación de esos años no habría sacado ni para pipas.

Con el aluvión de superhéroes que pueblan todo el año las pantallas de los cines, cuesta creer que hubo un tiempo en que en España estuvieron prohibidos. Pero fue así, y me choca mucho ver que hay muchos aficionados, tampoco tan jóvenes, que desconocen este hecho. Las ediciones españolas del personaje durante el franquismo fueron espantosas y de vida breve, y terminaron cuando a mediados de los años 60 el Ministerio de Información y Turismo las prohibió directamente (es curioso, pero la época más dura de la censura en los tebeos españoles no se produjo en la posguerra inmediata, sino en los años del desarrollismo), con el argumento de que el propio concepto de superhéroe se acercaba a la blasfemia, al presentar a personas con poderes casi divinos.

Los nombres del principio son los que recibían los personajes de DC en las traducciones mexicanas de la editorial Novaro, que durante los años 70, cuando la censura abrió un poco la garra y autorizó su importación, fueron la única manera que tuvimos por aquí de acercarnos a Superman y compañía. Una manera, eso sí, incompleta y distorsionada con respecto a las ediciones originales: era rarísimo que hubiera un mínimo de continuidad en las historietas, y como cada colección principal publicaba también los contenidos de algunas secundarias, podían pasar meses sin que Batman protagonizara su cómic, porque Novaro usaba la cabecera para publicar también historietas de Flash o de La Liga de la Justicia (perdón: “Campeones de la Justicia”). La traducción también era fina: no sólo personajes e interjecciones estaban españolizados hasta el absurdo, sino que los bocadillos no estaban rotulados a mano; la rotulación mecánica tenía un tamaño de letra e interlineado fijos, con lo que sólo cabía el 40 por ciento del texto original. Así, los superhéroes hablaban en telegrama (“Te atrapé, pillo, te llevaré a prisión. ¡Sí!”) haciendo casi imposible a veces entender la trama de la historia. Y, sí, al igual que la moneda era siempre el peso, todos los malos eran “pillos”.

Marvel corrió mejor suerte, dentro de lo que cabe. Sus historietas comenzaron a llegar a España también por esa época, publicadas por la valenciana Ediciones Vértice. Estas ediciones son bastante recordadas por los aficionados, y todavía aparecen en mercadillos de viejo: por lo menos, la traducción era más fidedigna (aunque expuesta a los particulares giros de estilo de S.D. que se ocupaba de pasarlos al español metiendo unas literalidades espeluznantes), pero durante muchos años se publicaron en formato de libro de bolsillo, con lo cual la composición de las viñetas se sometían a alteraciones criminales… y además en blanco y negro. A mediados de los 70 comenzó a respetarse el formato original, aunque el color seguía ausente y las traducciones eran igual de criminales. Y, aunque la censura había desaparecido, por lo menos oficialmente, estos cómics seguían teniendo que aparecer con el sello en portada de REVISTA PARA ADULTOS. Estamos hablando de las primeras historietas de Spiderman, Los 4 Fantásticos o La Patrulla X, que vistas hoy producen sonrojo por lo infantiloide y blandorro de las tramas, y que entonces eran consideradas poco menos que la puerta de entrada a una corrupción sin precedentes.

De aquel mundo a las cuidadas ediciones de hoy, y a la profusión de adaptaciones en cine y televisión, hay varios abismos. A veces los aficionados de cierta edad comentamos alguna de las últimas películas, o de los últimos lanzamientos editoriales, y nos acordamos. Pero también hay mucha gente joven, y no tan joven, que no tiene ni idea de que España fue un país donde los superhéroes eran un bien escaso. Contada en perspectiva, la historia parece absurda. Y, sí, es absurdo que nos presenten a un personaje más rápido que una bala y más poderoso que una locomotora. Pero lo es más todavía que hubiera gente que considerara a estos personajes una amenaza para la juventud.

(NOTA: Este post está dedicado, sin ningún cariño, a M., el peor profesor que he tenido en mi vida, que en el cole gustaba de organizar autos de fe en los que rompía en pedazos ante los chavales todos los tebeos que lograba confiscar. No es igual que quemar libros, y a mí nunca me confiscó ninguno, pero… Todavía recuerdo como si fuera ayer esa manifestación de fanatismo).