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Anecdotario apresurado sobre Frank Sinatra

12 Dic

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Nombre completo: Francis Albert Sinatra. Lo utilizó en el disco que grabó con Antonio Carlos Jobim -donde canta “la chica de Ipanema”- porque no estaba dispuesto a aparecer con sólo un apellido si el otro aparecía con dos.

Color favorito: naranja. En alguna ocasión montó un escándalo en un hotel porque el teléfono de su suite no era de ese color.

Despreció a los Beatles, pero acabó añadiendo Something a su repertorio. De ella dijo: “Es una de las canciones de amor más hermosas que se han escrito nunca, y en ella nunca se dice te quiero”.

Entre los objetos personales de Lucky Luciano, la policía encontró una pitillera de oro con esta frase grabada: “Para Charley, de su amigo Frank Sinatra”.

La historia de que consiguió el papel del soldado Angelo Maggio en De Aquí a la Eternidad gracias a las presiones de la Mafia es confirmada o denegada según qué biografía se consulte. J Randy Tarraborrelli, en A su manera, la desmiente; Sinatra, de Anthony Summers y Robin Swann, la confirma. El papel supondría su regreso triunfal tras años semiolvidado, y el Oscar al Mejor Actor Secundario.

Hablando de biografías, la de Tarraborrelli (publicada en España por Ediciones B en 1998), puede muy bien ser la mejor; la de Summers y Swann, es también recomendable, aunque menos completa. A su manera, de Kitty Kelley, busca demasiado el escándalo y deja muchas historias sin confirmar; de todos modos, Kelley fue quien descubrió que la madre de Sinatra trabajó como abortista clandestina; nada de lo que se contó en el libro le afectó tanto como eso. Es muy recomendable también Rat Pack Confidential, de Shawn Levy.

“Frank Sinatra está resfriado”, de Gay Talese, puede ser uno de los mejores retratos jamás escritos sobre él (está incluído en el libro Retratos y Encuentros, publicado por Alfaguara). Para redactarlo, habló con casi cincuenta personas, pero no con Sinatra. Shirley MacLaine le dedica un capítulo en su libro Mis estrellas de la suerte.

Cuando rodó Como un torrente, se suponía que su personaje iba a morir al final. En lugar de eso, sugirió al director, Vincente Minnelli, que muriera la prostituta ingenua interpretada por Shirley MacLaine. Como resultado, MacLaine se convirtió en una estrella y fue amiga de Sinatra el resto de su vida.

“Frank es un gran amigo y siempre te ayudará cuando lo necesites”, dijo de el Vincente Minnelli. “Lo que pasa es que, en vez de preguntarte cómo puede ayudarte, te dice cómo te va a ayudar”.

My way, quizá su canción más conocida, no fue escrita originalmente para él. En realidad, es una adaptación de Comme D´habitude, cantada originalmente por Claude François. Acabó tan identificado con ella, que en algún concierto la presentaba diciendo: “Ahora vamos a cantar el himno nacional, pero no hace falta que se levanten”.

Compartió amante –Judith Campbell– con el mafioso Sam Giancana y con JFK. Esta triple relación ocasionó que Bobby Kennedy ordenara cancelar el fin de semana que el presidente iba a pasar en casa de Sinatra en Palm Springs. Al oír la noticia, Sinatra se puso furioso y retiró para siempre la palabra a su amigo Peter Lawford, cuñado de Kennedy. Tambien se dice que J Edgar Hoover aprovechó esta información para asegurarse de que los Kennedy no amenazaran su puesto como director del FBI.

“Nunca bosteces delante de una dama”.

En 1971, anunció su retiro. La última canción que cantó en su concierto de despedida fue Angel Eyes. Volvió a actuar dos años después. La primera canción que cantó en su concierto de regreso fue Let me try again.

Eran conocidas sus propinas de cien dólares a los abrepuertas o a los camareros.

Una vez que cortaba su relación con alguien, no volvía a dirigirle la palabra durante el resto de su vida. En cambio, mantuvo buenas relaciones con sus tres ex esposas: Nancy, Ava Gardner y Mia Farrow.

Creó su propia productora discográfica, Reprise, y también cinematográfica: Artanis Pictures (Sinatra al revés).

En sus últimos años, llegó a tener hasta una docena de peluquines, alguno valorado en 2.500 dólares.

A finales de los 80, Bob Dylan y Bruce Springsteen fueron a cenar a su casa para convencerle de que participara en un programa televisivo de homenaje a su obra. Acabaron los tres borrachos de Jack Daniels y sentados al piano, cantando canciones de Sinatra hasta el amanecer.

Solía despedirse de sus conciertos con esta frase: “Ojala lleguen ustedes a los cien años, y que la última voz que oigan sea la mía”.

El menú agridulce de Orson Welles

19 Ago

Mis_almuerzos_Orson_Welles Cob4b.inddLos libros de entrevistas con personajes relevantes son un subgénero a caballo entre el documento histórico y el periodismo que han producido algunas piezas inolvidables. Dentro de este subgénero hay otro subgénero, más ligero si se quiere, pero al mismo tiempo más jugoso, ya que deja más libertad a la expresión espontánea de anécdotas y opiniones: los libros de charlas.

Se diferencian de los primeros en que la conversación no suele estar constreñida por el corsé de un guión previo, y a veces ni siquiera está destinada a su publicación. Puede que el interlocutor del protagonista no sea ni siquiera un periodista, sino un colega o amigo. A veces, los libros recogen la charla entre dos personajes de idéntica talla intelectual, y en esos casos el periodista se camufla en un segundo plano, interviniendo sólo puntualmente para preguntar o encauzar las palabras de los maestros por su curso inicial, evitando excesivos desvíos.

Algunos de estos libros me han proporcionado no sólo información, sino también abundante diversión. El clásico del género de entrevistas sería El cine según Hitchcock, de François Truffaut, pero no hay que perderse otros títulos, aparecidos muchos años después: Conversaciones íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde un escritor genial en las postrimerías desata con fuerzas renovadas su lengua viperina; La buena memoria de Fernándo Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, con Diego Galán como moderador; Conversaciones con Al Pacino, también de Grobel, con menos mordiente pero con mucho interés, dado lo reacio que ha sido siempre Pacino a conceder entrevistas; o el dedicado a un cineasta del cual nunca se escribirá lo suficiente, Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe.

Mis almuerzos con Orson Welles es por ahora el último libro aparecido de este género. Recoge las conversaciones que el autor de Ciudadano Kane mantuvo con el también cineasta Henry Jaglom durante sus comidas en el exclusivo restaurante Ma Maison, en Los Ángeles. En un momento dado, y con el permiso de Welles, Jaglom comenzó a grabar las conversaciones, sin ningún propósito definido, quizá sólo con la intención de conservar su voz. Muchos años después, el historiador del cine Peter Biskind las ha rescatado y editado en este volumen, publicado en español por Anagrama.

Lo fácil sería decir eso de que es un volumen de lectura obligatoria para los amantes del cine de Orson Welles, o simplemente para los amantes del cine. Y, aunque es cierto que sus páginas se pasan solas, si su lectura sabe a poco es porque, a fin de cuentas, no estamos antes ningún repaso o análisis serio de la trayectoria de Welles. Son lo que el título anuncia, charlas de sobremesa, sin ninguna intención de pasar algún día a la posteridad. Los temas surgen y se despachan con idéntica ligereza, desde sus juicios a otros cineastas –Hitchcock o Cukor son algunos a los que destroza sin miramientos- a los recuerdos sobre su vida y su carrera, o su opinión sobre diversos temas de actualidad. Otros nombres famosos del cine se dejan caer por su mesa, y así como está encantado de ver a Jack Lemmon, se queda uno helado al ver la grosería con la que despacha a Richard Burton, con quien había trabajado en Hotel Internacional.

La mayor virtud de este libro es también su mayor defecto; no hay que olvidar que Welles fue también el autor de Fraude (1973), una de sus obras maestras para quien esto bloguea, donde somete a un juego de espejos los conceptos de realidad y mentira, de falsificación y veracidad. El mismo juego al que, con el paso de los años, fue sometiéndose a sí mismo. De ilusionista pasó a fabulador, y de allí a uno de los grandes embusteros de un entorno que nunca ha estado escaso de ellos. Así que es difícil saber cuánto de lo que cuenta es cierto, cuánto se lo inventa, cuánto lo dice sólo para provocar o tomarle el pelo a Jaglom. Nada le detiene a la hora de narrar u opinar, y a lo largo del libro se declara experto en no menos de media docena de materias diferentes. Así que lo mejor que podemos hacer como lectores es no olvidar ni por una línea que estamos frente a Welles, y divertirnos, con una ceja alzada, ante sus trucos de prestidigitación verbal.

Hay otra parte más sombría, que se extiende página tras página; los almuerzos tuvieron lugar en los últimos años de la vida de Welles, donde ya era una sombra, si bien inmensa, de sí mismo, y donde tenía que enfrentarse que su leyenda como cineasta había sido sobrepasada por su fama de creador caprichoso y anticomercial. Así que buena parte de las charlas con Jaglom tienen como tema sus últimos proyectos, la búsqueda desesperada de dinero con que financiarlos, sus escrituras y reescrituras, sus intentos y sus desilusiones. Son párrafos dolorosos de leer, ya que todos sabemos que ninguno de esos proyectos llegó a ver la luz, y como lectores tenemos que enfrentarnos a una historia cuyo final amargo ya conocemos desde el principio.

Por eso este libro deja un regusto agridulce. Por eso también, su lectura es altamente recomendable. Hasta al mejor mago del mundo se le acaban los trucos que oculta en la manga para seguir resucitando décadas después de muerto. No desaprovechemos este.