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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

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Mirar la arquitectura: festín en sepia

28 Sep

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En un mundo ahogado en fotografías, las exposiciones dedicadas a este arte corren el riesgo de ir pasando por ojos cada vez más escasos. Saturados de imágenes como vivimos, podemos pensar que pasar el rato en una sala donde el tema principal es la imagen es perder el tiempo, soportar una ración suplementaria de lo que ya nos sobra, tanto por lo que recibimos como por lo que producimos a diario, desde que todos tenemos en cualquier momento una cámara en el bolsillo.

Más aún si lo que se nos anuncia es una exposición de arquitectura, con ciudades y edificios que suponemos conocer al detalle aunque nunca hayamos puesto un pie en ellos, gracias, precisamente, a la fotografía; y sin embargo, la exposición Mirar la Arquitectura: Fotografía Monumental en el Siglo XIX, que hasta el 4 de octubre aún puede contemplarse en Madrid, en la Biblioteca Nacional de España, ofrece al visitante nuevos ojos para contemplar esas imágenes que en teoría ya no tienen nada que decirnos. La entrada, como en todas las exposiciones de la BNE, es gratuita, aunque hace unos días un grupo de privilegiados tuvimos la suerte de visitarla guiados por las palabras de los dos comisarios de la exposición, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo.

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Su tarea no sólo consistió en guiarnos por las diferentes áreas de la exposición, sino contarnos muchas de las historias de los hombres detrás de las cámaras. Los pioneros, que tuvieron la idea de retratar aquello cuya grandeza exigía que permaneciera, de un modo u otro, en la memoria. Recorrer una exposición con unos guías tan privilegiados la agranda, al orientar el desconocimiento del visitante y descubrirle la historia que hay detrás de un nombre o destacar la importancia de una imagen o un volumen. La agranda tanto, que presenta como imposible la tarea de resumir con precisión todo lo que se ha visto y oído.

Por suerte, este no es un medio de comunicación, sino un blog personal. Puedo limitarme a recordar los mejores momentos de la visita, y escribir como lo haría para los amigos (lo cual, por otra parte, es lo que siempre intenta uno aquí), para recomendarles no sólo que vayan si tienen la oportunidad, sino para indicarles las cosas que no deben perderse. Por ejemplo, en la primera parte, donde se recogen los adelantos técnicos previos a la invención de la fotografía para construir la imagen con la máxima precisión – “espejos, vidrios pautados, puntos de distancia, lentes, luces”, se lee en el catálogo- destacaron para mí cuatro pequeños y hermosísimos grabados de Durero, en los que dibujaba a dibujantes empleando estos medios para recrear un retrato, un laud, una vasija o un desnudo; o las precisas panorámicas que obtuvo Alfred Guesdón de ciudades como Sevilla o Madrid. En la segunda, la pantalla donde se proyectan las fotografías de Les Travaux Publiques de la France, proyecto ingente dirigido en el siglo XIX por Léonce Reynaud que recogió en cinco volúmenes 250 fotografías de los avances arquitectónicos de Francia. La selección de imágenes que aparece en el vídeo muestra asombrosos ejemplos sucesivos de lo actuales que resultan a la vista muchas fotografías antiguas.

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La impactante modernidad de las imágenes de Les Travaux Publiques.

Experimenté -y creo que no fui el único- una sensación dolorosamente familiar al enterarme de que varios de los principales trabajos fotográficos sobre la España artuitectonica y monumental fueron cosa de extranjeros antes que de españoles; más de 50 recorrieron la península entre 1849 y1860, y del mismo modo en que los viajeros, como Richard Ford y el misterioso George Borrow, entregaron a la imprenta las primeras guías para aventurarse en nuestro país, los fotógrafos dejaron imágenes para la historia. Pero al mismo tiempo se sentía admiración y agradecimiento cuando uno se acercaba a sus trabajos, y comprobaba todo el tiempo y el talento que arrojaron en ellos; no creo que se me olvide fácilmente la obra Recuerdos de España, de Edwar King Tenison, un volumen excepcional que merece inclinar la cabeza para ver también su exterior y apreciar el cuidado invertido en su cubierta y su encuadernación, ni el complemento de texto que constituye a su manera el libro Castile and Andalucia, escrito por su mujer, Louisa. El mismo respeto se siente ante el trabajo de Charles Clifford, que escribió en una de sus cartas su intención de conservar la belleza de la arquitectura española “antes de que la desidia la haga desaparecer”. La exposición muestra uno de los dos únicos ejemplares que quedan en el mundo del libro de Clifford.

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Recuerdos de España, de Edwar King Tenison. El cuidado en su confección está a la altura de su contenido.

Las imágenes de toda la exposición forman todo un festín en sepia y blanco y negro, pero no sólo puede aprenderse de ellas; también, nos recordaron Delfín y Helena, de la propia evolución de la fotografía y la sociedad. Porque si los primeros trabajos fotográficos suponían para sus autores un esfuerzo hercúleo en medios, tiempo y dinero, cuando en el siglo XIX comenzó a popularizarse tanto la fotografía como la afición por viajar, se implantó también la costumbre de fotografiar los lugares emblemáticos de cada destino, para dejar constancia de que el autor había estado allí; unos lugares emblemáticos que a su vez ya prefijados en la mente del viajero por el trabajo de los fotógrafos anteriores. Así comenzó una costumbre de siglos, donde los sucesivos captadores de imágenes fueron repitiendo la imagen y el encuadre, que las primeras fotografías dejaron indeleble en el ojo de la mayoría de los sucesores. Desde La Alhambra hasta El Escorial, todo parece haber sido fotografiado miles de veces de la misma manera, con el único añadido de aparecer nosotros mismos en las fotos, para diferenciarlas y diferenciarnos de las postales, que ha degenerado en la avalancha de los selfies.

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Inauguración de la línea ferrea a Aturias, 1884. Fotografía de Paul Sauvannaud.

Por eso esta exposición es más que recomendable: nos devuelve a la fotografía como objetivo de los viajes, no como complemento. Estimula y enseña ver cómo el propio acto de sacar una foto se miraba hace siglos con otros ojos, y cómo esos ojos marcaron el camino que siguen los 810.000 millones de fotos que se toman hoy anualmente, muchas de las cuales acabarán olvidadas en cuanto cambiemos de móvil o se estropee la tarjeta de memoria.

Y termina uno pensando que podemos haber mejorado la tecnología, pero no el talento; las cámaras modernas tienen aplicaciones en sepia para que las fotos digitales adopten un falso parecido con lo que consiguieron un siglo atrás los verdaderos innovadores. Tienen aún una semana larga para disfrutarla. No se la pierdan.

Escritores, retratos, fetichismos

23 Nov

maxresdefaultNo sé cuáles han sido los motivos de la casualidad, sobre todo porque las casualidades no pueden tener motivos. El caso es que estos días, y hasta enero próximo, coinciden dos exposiciones que convierten al centro de Madrid en un paseo privilegiado para contemplar la literatura. O, al menos, a quienes la crean o la han creado. El trayecto de una a otra es breve y cómodo, y puede aderezarse además pasando por lugares que resumen tópicos literarios, como el Café Gijón o la estatua de Valle-Inclán en Recoletos, sin olvidar el Café del Espejo, que era el preferido de Jardiel Poncela para escribir.

La oferta visual es tan amplia que uno sólo echa de menos alguna de esas ferias del libro antiguo que aparecen en primavera y otoño en el Paseo, para completar la experiencia con la adquisición bulímica de ejemplares, alguno de ellos escrito por las mismas personas cuyas imágenes y vidas hemos estado contemplando. No puedes visitar varias pastelerías sin que te entre apetito. Pero no se puede tener todo.

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Si nos atenemos al orden cronológico, yo les aconsejaría que empezaran en esa magnífica y relativamente desconocida que es Alcalá 31: allí sigue hasta el once de enero la exposición El Rostro de Las Letras, comisariada por Publio López Mondéjar, y con “más de doscientas fotografías, álbumes, almanaques, postales (…) y publicaciones ilustradas”, que abarcan una gran variedad no sólo de autores y de estilos, sino de maneras de entender la literatura: una concurrida lectura en el estudio de José Zorrilla; el célebre retrato que Vicente Moreno hizo a Valle-Inclán, donde su brazo inútil ocupa la parte frontal del perfil; Ramón Gómez de la Serna dando aquella conferencia aún recordada hoy sobre el circo subido en un trapecio en el Price; Rubén Darío, en su lecho de muerte, y la famosa foto de Baroja paseando entre los árboles del Retiro. Y muchas más que nos hacen cercano un mundo literario que demasiados chavales de hoy conocen sólo por los libros de texto y que consideran aburrido, árido, ajeno a ellos, como de otro planeta, cuando la verdad es que sólo es de otro tiempo y, si se toma uno la molestia de leerlos, más cercano al nuestro de lo que pudiera pensarse.

sala-retratos-cervantes-DSC9827Juan-MarseErnesto-SabatoLa otra exposición está en plena Biblioteca Nacional, y nos trae a tiempos más actuales, casi tomando el relevo de la otra. Retrato y Literatura recoge en una de sus salas exposiciones los retratos, habitualmente repartidos por pasillos y dependencias, de los 39 escritores galardonados con el premio Cervantes, desde Jorge Guillén en 1976 a Elena Poniatowska, última premiada hasta ahora. Son ya tiempos más coloridos que los del blanco y negro de la otra exposición y el conjunto de retratos lo refleja bien, sobre todo porque cada uno-con alguna excepción- viene de manos de un autor distinto. Aquí ya interviene el gusto de cada cual, y a uno particularmente le entusiasma la sobriedad del de Guillén, el realismo del de Marsé, o lo huidizo del de Carlos Fuentes, que hizo creer a más de uno, tal y como explica Jesús Marchamalo, comisario de la exposición, que se había borrado por el camino. Ernesto Sábato aparece empequeñecido por un fondo gris y turbulento, que se ajusta a sus tiempos, su literatura y la carga que, por su país, él mismo decidió imponerse. Los de Borges y Alberti, en cambio, parecen una exaltación de los tópicos más fáciles relacionados con cada uno, y viéndolos casi es de agradecer que Juan Ramón Jiménez no viviera para recibir el premio, o tendríamos un cuadro donde el burrito habría devorado a su creador.

Esto, ya sigo, son gustos personales; el problema –si es que hay alguno- está en otra parte, y viene de la decisión de ese investigador infatigable de libros y bibliotecas que es Marchamalo de acompañar cada cuadro con algunos papeles pertenecientes al autor que representa: cartas, ediciones firmadas, bocetos, cuartillas, página corregidas. Algo que la catedrática Estrella de Diego, en el audiovisual que acompaña a la exposición, califica como de material puesto ahí para satisfacer el apetito fetichista de los visitantes.

Y eso cae como un jarro de agua fría, en noviembre, además; cualquier aficionado a la literatura se sentirá bien acogido en esta exposición, rodeado de nombres que gustarán a cada uno en diferentes grados, pero que en su mayoría habrán contribuido a formarle como lector, que es lo mismo que formarle como persona. Que despachen su interés con ese calificativo es como recibir una grosería inesperada cuando estás de visita en casa de un amigo.

Ser fetichista no es necesariamente malo; pero que reduzcan a ello el interés que el público pueda tener por los rastros del trabajo de los autores, eso ya es otra cosa. Nadie reprocha al Reina Sofía que tenga junto al Guernica los bocetos de su preparación, ni al propio Picasso que dejara tantas muestras del camino que le llevaba hasta la obra final. ¿O no hay en estas muestras una parte de la personalidad de estos escritores que los retratos, con toda su buena intención, no han logrado atrapar? La imagen pública de Cela contrata con la belleza y la serenidad de su caligrafía, y lo mismo sucede con la de Sánchez Ferlosio, grande y redonda, llenando las líneas de un cuaderno a rayas, como lo haría la letra del niño más aplicado de la clase.

Es para temerse que los futuros Cervantes vayan dejando cada vez menos alimento para fetichistas, a medida que se va imponiendo el trabajo sin rastros que facilitan los ordenadores. Puede que en un futuro no haya ni primeras ediciones para acompañar a los retratos, salvo que su texto vaya pasando por una pantalla digital, y que la correspondencia se limite a correos electrónicos donde no quede prueba de los titubeos, los borradores o las tachaduras. El resultado será una imagen tan perfecta como un cuadro, e igual de incompleta. Prefiero que mi fetichismo, si es que existe, se alimente de papeles, plumas y bolígrafos que de mensajes de móvil. Ver la huella de los escritores en su trabajo diario es también una forma de leer.