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Anecdotario apresurado sobre Frank Sinatra

12 Dic

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Nombre completo: Francis Albert Sinatra. Lo utilizó en el disco que grabó con Antonio Carlos Jobim -donde canta “la chica de Ipanema”- porque no estaba dispuesto a aparecer con sólo un apellido si el otro aparecía con dos.

Color favorito: naranja. En alguna ocasión montó un escándalo en un hotel porque el teléfono de su suite no era de ese color.

Despreció a los Beatles, pero acabó añadiendo Something a su repertorio. De ella dijo: “Es una de las canciones de amor más hermosas que se han escrito nunca, y en ella nunca se dice te quiero”.

Entre los objetos personales de Lucky Luciano, la policía encontró una pitillera de oro con esta frase grabada: “Para Charley, de su amigo Frank Sinatra”.

La historia de que consiguió el papel del soldado Angelo Maggio en De Aquí a la Eternidad gracias a las presiones de la Mafia es confirmada o denegada según qué biografía se consulte. J Randy Tarraborrelli, en A su manera, la desmiente; Sinatra, de Anthony Summers y Robin Swann, la confirma. El papel supondría su regreso triunfal tras años semiolvidado, y el Oscar al Mejor Actor Secundario.

Hablando de biografías, la de Tarraborrelli (publicada en España por Ediciones B en 1998), puede muy bien ser la mejor; la de Summers y Swann, es también recomendable, aunque menos completa. A su manera, de Kitty Kelley, busca demasiado el escándalo y deja muchas historias sin confirmar; de todos modos, Kelley fue quien descubrió que la madre de Sinatra trabajó como abortista clandestina; nada de lo que se contó en el libro le afectó tanto como eso. Es muy recomendable también Rat Pack Confidential, de Shawn Levy.

“Frank Sinatra está resfriado”, de Gay Talese, puede ser uno de los mejores retratos jamás escritos sobre él (está incluído en el libro Retratos y Encuentros, publicado por Alfaguara). Para redactarlo, habló con casi cincuenta personas, pero no con Sinatra. Shirley MacLaine le dedica un capítulo en su libro Mis estrellas de la suerte.

Cuando rodó Como un torrente, se suponía que su personaje iba a morir al final. En lugar de eso, sugirió al director, Vincente Minnelli, que muriera la prostituta ingenua interpretada por Shirley MacLaine. Como resultado, MacLaine se convirtió en una estrella y fue amiga de Sinatra el resto de su vida.

“Frank es un gran amigo y siempre te ayudará cuando lo necesites”, dijo de el Vincente Minnelli. “Lo que pasa es que, en vez de preguntarte cómo puede ayudarte, te dice cómo te va a ayudar”.

My way, quizá su canción más conocida, no fue escrita originalmente para él. En realidad, es una adaptación de Comme D´habitude, cantada originalmente por Claude François. Acabó tan identificado con ella, que en algún concierto la presentaba diciendo: “Ahora vamos a cantar el himno nacional, pero no hace falta que se levanten”.

Compartió amante –Judith Campbell– con el mafioso Sam Giancana y con JFK. Esta triple relación ocasionó que Bobby Kennedy ordenara cancelar el fin de semana que el presidente iba a pasar en casa de Sinatra en Palm Springs. Al oír la noticia, Sinatra se puso furioso y retiró para siempre la palabra a su amigo Peter Lawford, cuñado de Kennedy. Tambien se dice que J Edgar Hoover aprovechó esta información para asegurarse de que los Kennedy no amenazaran su puesto como director del FBI.

“Nunca bosteces delante de una dama”.

En 1971, anunció su retiro. La última canción que cantó en su concierto de despedida fue Angel Eyes. Volvió a actuar dos años después. La primera canción que cantó en su concierto de regreso fue Let me try again.

Eran conocidas sus propinas de cien dólares a los abrepuertas o a los camareros.

Una vez que cortaba su relación con alguien, no volvía a dirigirle la palabra durante el resto de su vida. En cambio, mantuvo buenas relaciones con sus tres ex esposas: Nancy, Ava Gardner y Mia Farrow.

Creó su propia productora discográfica, Reprise, y también cinematográfica: Artanis Pictures (Sinatra al revés).

En sus últimos años, llegó a tener hasta una docena de peluquines, alguno valorado en 2.500 dólares.

A finales de los 80, Bob Dylan y Bruce Springsteen fueron a cenar a su casa para convencerle de que participara en un programa televisivo de homenaje a su obra. Acabaron los tres borrachos de Jack Daniels y sentados al piano, cantando canciones de Sinatra hasta el amanecer.

Solía despedirse de sus conciertos con esta frase: “Ojala lleguen ustedes a los cien años, y que la última voz que oigan sea la mía”.

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Mr. Holmes y el peso del actor

13 Sep

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Aunque la lista de actores que han representado a Sherlock Holmes se cuenta ya por cientos, los aficionados retenemos en la memoria a los pocos que supieron coger el personaje con verdadero carácter: Basil Rathbone, Peter Cushing, Jeremy Brett, Benedict Cumberbatch. La prueba es que, puestos juntos, sus respectivos Holmes no se parecen demasiado; cada uno le ha dado su impronta personal, pero al mismo tiempo es indiscutible que todos son Holmes; ninguno se ha dejado engullir por la sombra del personaje hasta desaparecer dentro de él, y ninguno lo ha devorado con su interpretación hasta imponerse a él. Ese equilibrio entre actor y personaje, tan difícil de conseguir, es lo que distingue a los Holmes más sobresalientes.

El actor que le da vida es lo que puede llevar o no a los sherlockianos a interesarse por cada nueva versión del detective. En este sentido, el anuncio de que nada menos que Ian McKellen iba a interpretar a un Holmes anciano en la película Mr. Holmes (Bill Condon, 2015) tenía que llamar necesariamente la atención. Vamos a dejarnos de tonterías como Gandalf o Magneto, que han garantizado a Sir Ian una jubilación dorada, y concentrémonos en que es un actor superlativo, formado en décadas de teatro clásico donde se ha batido con éxito con todos los grandes autores (una anécdota: cuando le llamaron para retomar el papel de Magneto en X-Men. Días del futuro pasado, estaba de gira teatral, haciendo Esperando a Godot junto con Patrick Stewart, el Profesor X en la saga de mutantes). Los sucesivos trailers iban abriendo el apetito, y convenciéndonos de que íbamos a estar frente a un Holmes que, sin duda, merecería la pena ver.

¿Es así? Después de haber visto la película, y tras haberla dejado reposar lo necesario en el recuerdo, diría que Ian McKellen es al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Mr. Holmes. Y lo es, precisamente, por su magnífica interpretación. De la misma manera en que el Holmes de Conan Doyle recordaba constantemente la necesidad de separar los datos de la especulación, en este caso como en pocas películas es necesario separar la labor de su actor principal del resto de la cinta.

McKellen está perfecto, lo cual no es de extrañar, a pesar de la tarea de dar vida a un personaje en tres (y no dos) momentos de su vida: uno es cuando cuenta alrededor de sesenta años y se enfrenta a su último caso, ése que precipitará su retiro; y los otros dos cuando, ya con noventa y tres, alterna los momentos de lucidez con episodios de senilidad y vacíos mentales cada vez más frecuentes. En muchas escenas, sin necesidad de palabras, se sobra con esos ojos vacíos para transmitirnos el terror ante la constancia de estar perdiendo su capacidad mental, algo que resulta traumático para cualquier persona, pero especialmente terrorífico para alguien como Holmes, cuyo mayor tesoro es, precisamente, su intelecto. La amistad que desarrolla con el hijo de su ama de llaves está basada precisamente en el intelecto -el niño es especialmente inteligente- pero al mismo tiempo sirve para dar esa imagen de afabilidad que de vez en cuando aparece en los relatos originales, pero que ha sido borrada por sistema de las adaptaciones. Y en la escena que desencadena el caso, cuando el marido acude a su consulta, es imposible no pensar que, sin gorra, sin pipa y sin más aditamentos, nos encontramos ante el auténtico Sherlock Holmes.

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La pregunta es si todo funcionaría igual de bien sin McKellen. El poder de su trabajo sirve para apuntalar una estructura cuyos fallos quedarían más en evidencia si un actor menos adecuado hubiera protagonizado la cinta. La parte situada en Japón no termina de funcionar, y la subtrama que presenta tiene más aspecto de relleno que otra cosa. En cuanto al tema principal, no se trata de revelar nada a quienes aún no la hayan visto, pero toda la clave está en el encuentro que Holmes y la señora Kelmot (magnífica también Hattie Morahan) mantienen en el parque. Es, como habría dicho el propio Holmes, un tiro de alcance muy largo; algunos aficionados admiraran el riesgo que supone en la cara que revela de un personaje sobre el que en principio está dicho todo, otros no estarán de acuerdo en absoluto. Personalmente, creo que es una historia que habría necesitado de más desarrollo para hacerla creíble, y que lo que debería ser el corazón de la película es, precisamente, su punto más débil.

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Dicho todo esto, sigue siendo una excelente recomendación para los aficionados a Holmes, al cine, o, como es el caso de quien les bloguea, a las dos cosas. Este reencuentro con nuestro detective me ha gustado mucho más que las indigestiones de efectos especiales protagonizadas por Robert Downey Jr. En lugar de eso, aquí se puede disfrutar del trabajo de un director que, acertado o no en su camino argumental, nos lleva por un paseo tranquilo pero intenso, donde deja brillar la ambientación y el trabajo de sus actores.

¡Plagienme, que es gratis!

31 Ago
(AVISO: este post es estrictamente personal. Con ello quiero decir que el autor es también el protagonista del mismo. Creo conveniente advertir de ello para no encontrarme luego con acusaciones de egocentrismo o, peor aún, de aburrimiento. Sigan leyendo bajo su responsabilidad).

a_running_duckPaula Gosling es una escritora estadounidense de novelas policiacas, entre las que se cuenta A running duck, publicada en 1974. A grandes rasgos, su argumento cuenta cómo una ejecutiva de publicidad se convierte en el objetivo de un asesino en serie, del que debe escapar con la ayuda de un policía duro y silencioso, el teniente Mike Malchek. La lucha contra el criminal se combina en la trama con  el progresivo enamoramiento de protector y protegida.

Esta novela ha sido llevada al cine dos veces, ambas con bastante mala suerte: en 1986, Sylvester Stallone la utilizó para perpetrar Cobra, el brazo fuerte de la ley, y diez años después, con el título Caza Legal, sirvió como pretexto para intentar convertir a Cindy Crawford en actriz. Lo único que ambas películas toman de la novela es la idea de una mujer civil protegida por un policía; en el engendro de Stallone, es una modelo a la que persigue una banda de psicópatas que se dedican a matar personas mayormente porque lo dice el guión, y en Caza Legal, una abogada perseguida por antiguos miembros del KGB reconvertidos en mafiosos.

El resto de las dos películas no tiene nada que ver con la novela. Ya puestos, ni siquiera aprovecharon los nombres de los personajes. Podría pensarse que la idea original es tan vaga que ni siquiera tendrían que haberse molestado en comprar los derechos del libro. Pero lo hicieron, pagaron y pusieron en los títulos de crédito “Basada en la novela The Running Duck”, de Paula Gosling”.

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Ahora pasemos al tema personal. En 2007, publiqué un libro titulado Es cosa de hombres. El machismo en la publicidad española 1939-1975, que creo que a día de hoy sigue siendo el único íntegramente dedicado a este tema. Mi intención inicial fue contar la historia de la imagen de la mujer en la publicidad hasta nuestros días, pero el editor me dijo que era mejor ceñirnos al franquismo, y tocar la democracia en un segundo libro. Estuve de acuerdo.

El libro no se vendió bien, y la segunda parte nunca se escribió. Qué le vamos a hacer. Es lo que ocurre con la mayor parte de los libros, y a este campo se viene llorado. Iba a añadir que pasó desapercibido… Pero tampoco fue exactamente así.

En 2009, Televisión Española produjo la serie documental 50 años de, donde se narraba la evolución de diversos aspectos de la sociedad en el último medio siglo. Cada capítulo estaba a cargo de un realizador distinto, e Isabel Coixet se encargó del dedicado “al tradicional papel de la mujer en la sociedad española y la repercusión que tienen en los medios los delitos por violencia  de género”, según se puede leer en la web de TVE.

El título del capítulo fue “La mujer, cosa de hombres”, y en él aparecían algunos anuncios donde se frivolizaba con la violencia de género. Alguno era muy conocido, como el de Soberano y la pitonisa; otros, como el del insecticida ZZ Paff donde se usa a la esposa como arma arrojadiza (aquí abajo lo tienen), eran algo menos populares. Todos aparecían en mi libro, de título tan similar al del capítulo de la serie. Pero en ninguna parte se le menciona; ni siquiera hay una referencia en los créditos finales.

Claro, es posible que todo fuera casualidad y que ni Coixet ni su equipo conocieran Es cosa de hombres. Pasemos a 2011. Ese año, Televisión Española emitió una serie de programas titulada Los anuncios de tu vida, presentada por Manuel Campo Vidal, donde se repasaba la evolución de la publicidad y la sociedad en España. Por supuesto, el tratamiento a los distintos sexos iba a ser uno de los temas. Esta vez no iban a pillarme desprevenido: cuando se anunció la serie, llamé a la productora y hablé con una de las responsables del programa. Quería saber si conocían mi libro para, si no era el caso, enviárselo. No esperaba con ello vender más -ya había desaparecido de las librerías- ni, válgame Dios, que me pagaran. Pero sí, por lo menos, un breve reconocimiento o una mención a la fuente.

La responsable me dijo que no hacía falta, porque no sólo lo conocían, sino que lo estaban utilizando generosamente y era una de las principales fuentes para ese tema. Muy bien, en ese caso le pedí que no se olvidaran de mencionarlo, aunque fuera brevemente en los títulos finales. Me aseguró que así lo harían, e incluso me tanteó con la posibilidad de ir al programa.

No ocurrió ni una cosa ni otra. Los invitados eran famosos, no periodistas del montón, y en ningún momento apareció ni una sola mención a aquel libro que habían utilizado con tanto entusiasmo.

¿Y por qué les largo todo este rollo ahora? En los últimos días, el documental de Coixet parece haberse puesto de moda de nuevo, y algunos amigos me lo han hecho saber (“¡pero si hasta el título es igual!”). Yo les explico que la historia tiene ya sus añitos, y que desde entonces estoy acostumbrado a que Es cosa de hombres aparezca de vez en cuando, siempre como fuente anónima, en libros, artículos y programas de radio o televisión.

Y estoy acostumbrado. Pero también estoy hasta las narices.

Puede que la comparación del principio con las películas sea desafortunada. No es igual una novela que un libro de no ficción, ni una película que un documental televisivo. Pero cuando uno piensa en que como periodista ha procurado siempre no dejar ninguna fuente sin citar (a menos, lógicamente, que pidiera un off the récord), sorprende la facilidad con la que algunos colegas no consideran necesario agradecer el trabajo que se tomó en su día otra persona, y que tanto ha contribuido a facilitarles el suyo a la hora de buscar información.

Se dice que, cuando se filmó Cobra, Stallone propuso a Paula Gosling reeditar su novela, pero figurando él como autor, oferta que la escritora rechazó. Podría pensarse que hay que tener cara, y un ego desbocado, para hacer semejante sugerencia. Y sería verdad.

Pero por estos pagos mucha gente hace lo mismo, y ni siquiera se molesta en preguntar.

El menú agridulce de Orson Welles

19 Ago

Mis_almuerzos_Orson_Welles Cob4b.inddLos libros de entrevistas con personajes relevantes son un subgénero a caballo entre el documento histórico y el periodismo que han producido algunas piezas inolvidables. Dentro de este subgénero hay otro subgénero, más ligero si se quiere, pero al mismo tiempo más jugoso, ya que deja más libertad a la expresión espontánea de anécdotas y opiniones: los libros de charlas.

Se diferencian de los primeros en que la conversación no suele estar constreñida por el corsé de un guión previo, y a veces ni siquiera está destinada a su publicación. Puede que el interlocutor del protagonista no sea ni siquiera un periodista, sino un colega o amigo. A veces, los libros recogen la charla entre dos personajes de idéntica talla intelectual, y en esos casos el periodista se camufla en un segundo plano, interviniendo sólo puntualmente para preguntar o encauzar las palabras de los maestros por su curso inicial, evitando excesivos desvíos.

Algunos de estos libros me han proporcionado no sólo información, sino también abundante diversión. El clásico del género de entrevistas sería El cine según Hitchcock, de François Truffaut, pero no hay que perderse otros títulos, aparecidos muchos años después: Conversaciones íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde un escritor genial en las postrimerías desata con fuerzas renovadas su lengua viperina; La buena memoria de Fernándo Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, con Diego Galán como moderador; Conversaciones con Al Pacino, también de Grobel, con menos mordiente pero con mucho interés, dado lo reacio que ha sido siempre Pacino a conceder entrevistas; o el dedicado a un cineasta del cual nunca se escribirá lo suficiente, Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe.

Mis almuerzos con Orson Welles es por ahora el último libro aparecido de este género. Recoge las conversaciones que el autor de Ciudadano Kane mantuvo con el también cineasta Henry Jaglom durante sus comidas en el exclusivo restaurante Ma Maison, en Los Ángeles. En un momento dado, y con el permiso de Welles, Jaglom comenzó a grabar las conversaciones, sin ningún propósito definido, quizá sólo con la intención de conservar su voz. Muchos años después, el historiador del cine Peter Biskind las ha rescatado y editado en este volumen, publicado en español por Anagrama.

Lo fácil sería decir eso de que es un volumen de lectura obligatoria para los amantes del cine de Orson Welles, o simplemente para los amantes del cine. Y, aunque es cierto que sus páginas se pasan solas, si su lectura sabe a poco es porque, a fin de cuentas, no estamos antes ningún repaso o análisis serio de la trayectoria de Welles. Son lo que el título anuncia, charlas de sobremesa, sin ninguna intención de pasar algún día a la posteridad. Los temas surgen y se despachan con idéntica ligereza, desde sus juicios a otros cineastas –Hitchcock o Cukor son algunos a los que destroza sin miramientos- a los recuerdos sobre su vida y su carrera, o su opinión sobre diversos temas de actualidad. Otros nombres famosos del cine se dejan caer por su mesa, y así como está encantado de ver a Jack Lemmon, se queda uno helado al ver la grosería con la que despacha a Richard Burton, con quien había trabajado en Hotel Internacional.

La mayor virtud de este libro es también su mayor defecto; no hay que olvidar que Welles fue también el autor de Fraude (1973), una de sus obras maestras para quien esto bloguea, donde somete a un juego de espejos los conceptos de realidad y mentira, de falsificación y veracidad. El mismo juego al que, con el paso de los años, fue sometiéndose a sí mismo. De ilusionista pasó a fabulador, y de allí a uno de los grandes embusteros de un entorno que nunca ha estado escaso de ellos. Así que es difícil saber cuánto de lo que cuenta es cierto, cuánto se lo inventa, cuánto lo dice sólo para provocar o tomarle el pelo a Jaglom. Nada le detiene a la hora de narrar u opinar, y a lo largo del libro se declara experto en no menos de media docena de materias diferentes. Así que lo mejor que podemos hacer como lectores es no olvidar ni por una línea que estamos frente a Welles, y divertirnos, con una ceja alzada, ante sus trucos de prestidigitación verbal.

Hay otra parte más sombría, que se extiende página tras página; los almuerzos tuvieron lugar en los últimos años de la vida de Welles, donde ya era una sombra, si bien inmensa, de sí mismo, y donde tenía que enfrentarse que su leyenda como cineasta había sido sobrepasada por su fama de creador caprichoso y anticomercial. Así que buena parte de las charlas con Jaglom tienen como tema sus últimos proyectos, la búsqueda desesperada de dinero con que financiarlos, sus escrituras y reescrituras, sus intentos y sus desilusiones. Son párrafos dolorosos de leer, ya que todos sabemos que ninguno de esos proyectos llegó a ver la luz, y como lectores tenemos que enfrentarnos a una historia cuyo final amargo ya conocemos desde el principio.

Por eso este libro deja un regusto agridulce. Por eso también, su lectura es altamente recomendable. Hasta al mejor mago del mundo se le acaban los trucos que oculta en la manga para seguir resucitando décadas después de muerto. No desaprovechemos este.

Piratas sin razones

11 Mar

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No quiero aburrirles con las cifras del último Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales, que una vez más nos sitúan a la cabeza de los países del mundo con más afición por disfrutar de determinados contenidos sin pagar. Apenas han pasado 24 horas, y ya ha habido profesionales que se han lanzado a desmentirlas, asegurando que el volumen real del problema no es tan masivo como pretenden hacernos creer (aquí les dejo el enlace al artículo de Eldiario.es y el de Elconfidencial, bastante completos los dos).

Yo quería hablar aquí de otra parte del estudio: la de las razones aducidas por los encuestados para descargarse contenidos sin pasar por caja. No se trata aquí de cifras de negocio, de lucro cesante o de impuestos que no se perciben, sino de las justificaciones –o autojustificaciones- que teóricamente darían toda la razón a los descargadores y nos convertirían a quienes apostamos por un mercado legal en una panda de primos, o de vendidos a las multinacionales (dos acusaciones bastante frecuentes). Y, la verdad, después de repasar las que ofrece la encuesta, no he podido encontrar una sola que no pueda resolverse con elementos tan alejados de la tecnología como la responsabilidad cívica y el sentido común. El post va a quedar un poco largo, pero no he querido dejarme ninguna en el tintero. Veámoslas, de más a menos populares:

1 No pago por un contenido si puedo acceder sin coste (61%).

La excusa más utilizada es, también, toda una declaración de principios. Lo cojo porque es gratis, porque está ahí. Poco que razonar sobre esto, porque solamente se me ocurre decirle que, por muy a mano que esté, sigue siendo ilegal. ¿De verdad accede sin coste? ¿No ha comprado ningún servicio Premium que le permite descargarse esos contenidos “gratuitos” a mucha mayor velocidad?

2 Yo pago mi conexión a Internet (51%).

Pues claro. Como todos. También ha pagado el ordenador que utiliza para conectarse, y la factura de la luz que mantiene encendidos el ordenador y el router. Es probable que utilice ese ordenador para realizar un trabajo por el que, a su vez, espera que se le pague. O, dadas las cifras que muestran el crecimiento de e-commerce en nuestro país, es también probable que lo haya usado para comprar billetes de avión, entradas de espectáculos, reservas de hotel, y artículos físicos que no pueden ser digitalizados y pirateados. ¿Pretende que los que le suministran esos artículos también se los dejen gratis porque ya paga su conexión? Inténtelo, y ya me cuenta qué le responden. No confunda (interesadamente) la vía para acceder a unos servicios con el derecho a utilizar esos servicios sin pagar.

3 Ya no emitían la película y no había posibilidad de comprarla (48%).

Difícil se me hace de creer, qué quiere que le diga, por lo menos si se refiere a estrenos recientes. Los tiene a su disposición en tiendas online, servicios de streaming, incluso videoclubes (aún quedan, no se crea) y bibliotecas públicas. Puede entenderse que eso ocurra con títulos muy puntuales, pero no basta para cuadrar las cifras de piratería.

4 Rapidez y facilidad de acceso: (46%).

Los servicios legales de descarga le ofrecen la misma facilidad, e incluso mayor rapidez. No tendrá que aguantar páginas emergentes, publicidad a mansalva, spam y cualquier otra cosa que le estén metiendo sin saberlo en las tripas del disco duro. Y los precios son cada vez más competitivos.

5 Pirateo ahora más por la subida del IVA (39%).

El IVA cultural subió del 10% al 21% el 1 de septiembre de 2012. Es cierto que esto se ha notado en algunos campos como la asistencia al cine, que ha experimentado una bajada notable desde entonces; pero las cifras de piratería llevan incrementándose desde mucho antes de la subida. No parece que esta subida fiscal –por la cual no se ha oído protestar demasiado a los defensores de la “cultura para todos”- haya tenido mucha incidencia en el entusiasmo por descargar todo lo posible.

6 No pago por un contenido que posiblemente luego no me guste (39%).

Claro; las tres primeras temporadas de Juego de Tronos molaron mazo, pero como no estoy muy seguro de la cuarta, me la voy a descargar por el gañote. Oiga, y si el contenido le ha gustado ¿Manda luego un giro a la HBO? Lo dudo mucho. De toda la vida los sufridos espectadores hemos pagado para ver películas mediocres, hemos comprado discos o libros que luego nos decepcionaron, o hemos ido a partidos de fútbol de los que hemos salido deseando fusilar a nuestro equipo al amanecer. Así es la vida Y si “posiblemente” lo que descarga luego no le guste ¿para qué gasta conexión en descargárselo, en primer lugar?

6 Ya estoy pagando por la televisión de pago (33%).

Enhorabuena. Pero pagar por un servicio no le justifica para no pagar por otro

7 Por estar al día de lo que sale (31%).

Un propósito loable, pero igualmente conseguible por una infinidad de canales legales. La oferta cultural y de entretenimiento es hoy tan extensa, que “estar al día” es una tarea titánica, no por cuestión de dinero, sino porque los días sólo tienen 24 horas y hay que dedicar algunas a comer, dormir, trabajar… Nadie lo ve todo, nadie lo lee todo, nadie lo escucha todo. Si se interesa menos por la novedad y más por la calidad, verá que no estar tanto “al día” le puede salir mucho más barato.

8 No pago porque los contenidos son efímeros y caducan pronto (27%).

Razonamiento aplicable por igual a los yogures que tengo en la nevera. Sin embargo en el Carrefour no comparten esta manera de pensar, y me hacen apoquinar cada vez que los compro, los muy ratas.

9 Lo hace todo el mundo (25%).

No. Incluso aunque eso fuera una excusa válida –y no lo es- no lo hace todo el mundo. Si tomamos literalmente la expresión “todo el mundo” verá que en casi todos los países las cifras de descargas ilegales son menores que en España. Cosa que se ha conseguido gracias a normas antipiratería que de verdad se cumplen y a la educación de los ciudadanos.

10 Almacenamiento de contenidos (25%).

Esta es muy buena, sí señor, creo que se lo vamos a pasar a los Pujol: oiga, que lo nuestro es almacenamiento de contenidos en Andorra. Si es por almacenar, la web ofrece infinidad de contenido de descarga gratuita y legal sobre los más diversos temas. Parece que su idea no es tanto almacenar, como hacerlo sin pagar lo que debe.

11 No puedo esperar a que salga al mercado (21%).

Espero que no le pase lo mismo con el Apple Watch, o con la próxima novela de Pérez-Reverte, porque le veo con un chándal negro y un pasamontañas asaltando los almacenes en plan Misión Imposible. Algunos estamos con los dientes largos esperando las nuevas de Los Vengadores o Star Wars, pero no tenemos un mono como el suyo. Cuando lleguen, pasaremos por taquilla. Mientras, aguantamos viendo otras cosas y a base de tila.

12. No hay consecuencias legales para el que piratea, no pasa nada (19%).

Sin comentarios. Ahora, no se ponga a llamar fascistas a los agentes de policía cuando sí haya consecuencias y se encuentre usted con una multa con cuyo importe hubiera podido disfrutar de contenidos hasta el día de su jubilación.

13 No estoy haciendo daño a nadie: (19%).

Está usted haciendo daño a muchísima gente. Para empezar, a los 62.000 trabajadores de la industria cultural, donde puede poner desde los editores y libreros a los taquilleros del cine o los iluminadores de un plató, pasando por los programadores de videojuegos, o los gente con sueldos y condiciones laborales normales y corrientes (con todo lo que eso significa hoy en día) que se enfrentan a la amenaza de su futuro de trabajar en un sector cuyo volumen de negocio mengua sin cesar gracias a los piratas. Está usted haciendo daño a los creadores que no son Julia Navarro y a los que les resulta imposible publicar sus obras en unas editoriales cada vez con menor margen de beneficio. Me está haciendo daño a mí, y se está haciendo daño a usted, al privar a las arcas públicas de millones de euros que podrían ser empleados en mejorar los servicios públicos que recibimos todos.

14 Por transgredir: (10%).

Pues nada, hombre, transgreda. Ataque a las malvadas multinacionales responsables de producir esos contenidos sin los cuales usted no se puede pasar, y beneficie con sus actividades a empresas alternativas como Google, utilizado por el 99,4% de los que emplean buscadores para acceder a las páginas de contenidos. O a esas pobres páginas de descargas, que tienen que llenarse de publicidad como si fueran el catálogo de Navidad de El Corte Inglés para sacarse unos durillos con los que subsistir.

Ahora que por fin estamos comenzando a disfrutar de una oferta legal actualizada, de calidad y a precios razonables, es lamentable volver a estos temas que uno ya creía superados. El pago por los contenidos en el mundo digital es algo inevitable, y tan justo como su equivalente en el mundo físico. Al margen de las cifras que quieran vendernos, intentemos comprender de una vez el derecho que tienen a ganar dinero quienes arriesgan el suyo para crear contenidos con los que alegrarnos un poco la vida.

Videojuegos y cultura, mundos separados (pero no enfrentados)

28 Sep

Una buena manera de asegurarse la polémica en los medios, es opinar sobre videojuegos. No sobre un videojuego en general, sino sobre el sector en particular. Lo hemos vuelto a ver hace poco con el caso de Destiny, la mayor superproducción jamás llegada a una consola, de cuya historia ya les supongo enterados:

1. Toda la prenda mundial se hace eco del lanzamiento de Destiny, haciendo hincapié en la monstruosa inversión que ha supuesto su desarrollo: se habla de 380 millones de euros, lo cual le convierte en “el producto cultural más caro jamás fabricado”, muy por encima de la película de mayor presupuesto de la historia del cine, la cuarta entrega de la serie Piratas del Caribe, que costó 175 millones de dólares.

2. Al día siguiente, Forges publica en El País el chiste que pueden ver más abajo, donde reflexiona sobre la categoría de “producto cultural” de un videojuego de la categoría “matamuch”.

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3. Al instante, el humorista comienza a recibir aceradas críticas por su chiste… procedentes en su totalidad del mundo de los videojuegos. El mundo ajeno a los videojuegos, pues… sigue siendo eso, ajeno, y pasa tres kilos del asunto. Y algunos periodistas con bastante menos repercusión mediática que Forges, caso de un servidor, cuando opinamos sobre el asunto en una radio local donde nos dejan hablar una vez a la semana… Tampoco nos libramos de ser contestados, si bien a mucha menor escala y, de momento, con cortesía y educación.

Con la que está cayendo en el mundo de la cultura, suena a masoquismo que los aficionados a los videojuegos estén tan ansiosos porque su afición obtenga esta categoría. Quizá es porque piensan que estar dándole al mando todo el día les otorga una imagen de incultos, cuando no de lobotomizados y, considerando las décadas que las consolas llevan entre nosotros, y que muchos de los primeros jugadores ya son orgullosos padres de familia que juegan con sus hijos, uno pensaría que este tópico idiota (mantenido sobre todo por quienes no han jugado en su vida) debería estar ya más que superado. Pero vamos por partes:

Antes que nada, la noticia lo que me parece es un caso lacerante de periodismo de corta y pega. Los creadores de Destiny, su departamento de comunicación, o su agencia, tuvieron la idea de colocar en la nota de prensa la definición de “producto cultural”, sabiendo que muchos redactores la reproducirían sin pararse a pensar. Lo mismo pasa con la comparación con Piratas del Caribe, que puede o no ser la película más cara de la historia (depende de la fuente que se consulte, porque calcular con precisión el presupuesto de una superproducción es complicado) pero lo que no es es un producto cultural; como no lo es Destiny. ¿Algún espectador de las cuatro películas de la saga aprenderá algo sobre la historia y el mundo real de los piratas siguiendo las aventuras de Jack Sparrow? ¿O sólo pasará un buen rato disfrutando de los efectos especiales y las gansadas de Johnny Depp? La aportación que esas películas y Destiny realizan a nuestro bagaje cultural es, sencillamente, cero. Lo que proporcionan no es cultura, sino entretenimiento. Que también es algo sin lo cual no podríamos vivir.

El argumento habitual de quienes defienden el carácter cultural de los videojuegos es que, si los libros, el cine o la música son cultura ¿Por qué no pueden serlo también estos? Hay que huir del peligro de generalizar, porque muchos libros, películas y música tampoco son cultura. ¿Y quién tiene derecho a definir cuáles lo son? Hombre, los intelectuales, maestros, académicos y divulgadores están para algo más que para lucirse en las tertulias, y algunos pensamos que deberían convertirse en fuente de referencia a la hora de señalar las creaciones del ámbito artístico que nos harán crecer en conocimiento, amplitud de perspectivas, puntos de vista. Las que nos harán seres humanos más completos. Pero en todo caso, es mucho más sencillo eliminar todo aquello que, claramente, no es cultura. Siempre se puede empezar por ahí y sacar de la ecuación a las cincuenta sombras de las narices, a las películas de Los Mercenarios o a Paulina Rubio; por algo se empieza.

Con todo este rollo, tampoco pretendo descalificar a los aficionados a los videojuegos. Sobre todo porque mucho de ellos no son pirados que se pasan jugando veinticinco horas diarias, sino gente con intereses en otros muchos campos. De la misma manera, hay videojuegos que sí pueden contribuir a nuestro aporte cultural (se me ocurren los de estrategia situados en periodos históricos o mitológicos donde sus creadores han hecho los deberes… y tienen entre sus jugadores a eruditos en estos campos que disfrutan como críos), ayudar a niños con dificultades de aprendizaje, o incluso colaborar en la educación escolar. Dejando aparte el fenómeno creciente de la gamificación, donde el mecanismo de los videojuegos se traslada al entorno comercial y del marketing, buscando maneras entretenidas de atraer público y clientes.

Pero, aunque los videojuegos serán cada vez mejores, más variados, adaptados a un mayor número de plataformas, y con creaciones que irán más allá del mero del gasto millonario en su desarrollo, no creo que nunca, jamás, vayan a ser cultura. Y no lo serán porque, en ese caso, estarían contradiciendo su propio concepto de asimilación rápida y diversión inmediata. La verdadera cultura da muchas satisfacciones, pero cuesta trabajo; supone dedicación, aprendizaje y, en no pocos casos, estudio. Hay que pisar muchas exposiciones para empezar a hacerse un criterio en pintura, oír mucho jazz y mucha clásica para empezar a diferenciar intérpretes, ver mucho cine para superar a Jerry Bruckheimer y empezar a meterse en Rossellini, y maravillarse con mucha arquitectura, antigua y moderna, para comprender que los “productos culturales” de presupuesto millonario llevan muchos años entre nosotros. El Empire State Building costó 41 millones de dólares en 1931. ¿Cuánto creen que costaría edificarlo ahora? ¿Más o menos que lo que ha costado Destiny?

Robin Williams, genio oculto

18 Ago

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Cuando muere un cómico, no nos quedamos necesariamente más tristes que cuando se va cualquier otra celebridad que nos haya hecho disfrutar o haya dado con su arte un poco de color a nuestra vida. Pero cuando un cómico se suicida, queda en el aire como una sensación de injusticia. Alguien, en algún momento, ha sido engañado. Su público, por creer que la simpatía y el dinamismo que tan fácilmente se nos contagiaban procedían realmente del interior de esa persona, en vez de ser en ocasiones el producto de años de oficio, sirviendo de tapadera a un estado interior que poco o nada tenía que ver con lo que percibíamos.

Y el sentimiento de injusticia no puede evitarse al pensar que toda la alegría que transmitía esa persona se mostraba inútil para ayudarle. La risa ayuda, contribuye a nuestra buena salud física y mental, y por tanto quienes la provocan son, entre otras muchas cosas, sanadores de muchas personas. Han sido bendecidos con un don del que, en una cruel paradoja, ellos mismos a veces no pueden servirse.

Robin Williams fue un gran cómico que a veces parecía empeñado en demostrar que no lo era. Su filmografía está llena de repeticiones y mediocridades que hay que rastrillar bien para poner al descubierto sus mayores logros. Es curioso que los trabajos que antes vienen a la memoria sean los peores o los más monótonos, como aquellos que le convirtieron en la estrella obligatoria de Hollywood cuando tocaba interpretar a niños en cuerpos de adulto (Jack, Hook, Patch Adams, Jumanji). Más aún teniendo en cuenta que, como otros actores que alcanzan la fama por su talento para la comedia, Williams comenzó a hacer papeles dramáticos en cuanto tuvo el poder suficiente para elegir.

Estuvo a la altura de Robert de Niro en Despertares (Penny Marshall, 1990), y de Al Pacino en Insomnio (Christopher Nolan, 2002), donde interpretaba al asesino; ese mismo año dio vida a otro psicópata en Retratos de una Obsesión (Mark Romanek), y antes había llenado la pantalla de dolor con ese hombre dispuesto a darlo todo –literalmente todo- por recuperar el alma de su mujer en Mas Allá de los Sueños (Vincent Ward, 1998). Ganó un Oscar como Mejor Actor Secundario por El Indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), y cuando se estrenó El Club de los Poetas Muertos (Peter Weir, 1989), la idea de que cualquier otro actor hubiera podido interpretar a John Keating pareció, de repente, absurda.

En la comedia acabó a veces, como otros muchos, atrapado por sus propios tics, pero cuando cogía el personaje, sentaba cátedra. Y nunca la sentó más que cuando grabó dieciséis horas de material ante los animadores de Disney, que escogieron lo mejor de aquella enloquecida máquina de improvisar para crear al ya clásico e inimitable Genio de Aladdin (1992). Además de un personaje, el Genio es una descarga de adrenalina, un torbellino. Y Friend Like Me, una canción que electrifica el ánimo.

El Genio tenía los ojos alegres. A pesar de todo lo que nos hizo reír, Robin Williams, si nos fijamos bien, no los tenía.