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Los fantasmas de Facebook

7 Feb

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A diferencia de otras redes, Facebook ofrece -por lo menos, en teoría- la posibilidad de controlar -por lo menos, hasta cierto punto- el alcance de nuestros contactos. Ya hemos comentado por aquí cómo hay gente que la emplea de forma masiva, incorporando sin medida nuevas amistades, y haciendo accesible a cualquiera todo lo que publican. En el otro lado estamos los que preferimos mantener esta red, en la medida de lo posible, como un sitio donde intercambiar mensajes con la gente a la que ya conocemos y apreciamos en el mundo físico, y no sólo rechazamos nuevas solicitudes de amistad, sino que tendemos a reducir las que ya tenemos; a fin de cuentas, no andamos cortos de alternativas a la hora de interactuar con desconocidos.

Esto es así, y no hay que decir que uno de estos usos sea mejor que el otro. Pero se da un curioso fenómeno si eliges la segunda, que implica conservar una cercanía personal con tus amigos: algunos ya no están a tu lado. La vida les ha ido llevando a otros puntos del país, e incluso del planeta. En principio, esto no sería demasiado grave; a fin de cuentas, una de las utilidades de las redes es que nos permiten mantener el contacto con personas lejanas. Pero aquí la lejanía no es solamente geográfica; son gente que ha dado un giro a su existencia en el que sus antiguos amigos y compañeros ya no están; las posibilidades de volver a verlas en persona son mínimas. Nunca regresarán a nuestro país ni nosotros -muy probablemente- viajaremos al suyo.

La única presencia en nuestra vida de estas personas, en otro tiempo tan cercanas, son sus apariciones en el muro, sus fotos, sus publicaciones o el breve intercambio de opiniones o me gustas. Poco a poco, se van difuminando, y a medida que pasan los años -porque Facebook ya tiene años- van entrando cada vez más en lo incorpóreo. Nos queda de ellos el residuo de cercanía que han creado las redes sociales, y el recuerdo de su simpatía, su sentido del humor, su nobleza, su enorme valor como personas. Ese cariño que les tenemos es lo que nos impide pasar página, borrarlos de nuestra lista de amigos, y dejar que las vidas de cada uno sigan su rumbo.

Nos asomamos a su mundo y dejamos que ellos se asomen al nuestro, convertidos en fantasmas mutuos. A veces me pregunto cuánto tiempo aguantarán en mi muro, o yo en el suyo, hasta que llegue un momento en que incluso el recuerdo de dónde y cómo conocimos a esa persona empiece a difuminarse, y nuestro dedo se vaya imparable ya al recuadro de “eliminar amistad”. Será el momento en que las leyes de la vida se impongan a las trampas digitales.

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¿Y si nos vamos todos de Facebook?

30 Sep

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De un tiempo a esta parte, da la sensación de que Facebook no suma, sino que resta. Me dan igual las cifras oficiales sobre el número de usuarios, los nuevos modelos de negocio o el enésimo cambio en su política de privacidad; yo les hablo de lo que veo. Y lo que veo son cada vez más contactos -siempre me he resistido a llamarlos “amigos”- que están largándose de chez Zuckerberg, o reduciendo abiertamente sus listas. Algunos nos han avisado previamente, otros han desaparecido sin más. Los motivos pueden ser varios, pero el principal, por lo que me han ido contando, es la sensación de que sus publicaciones se les han ido de las manos.

Recordemos que Facebook se nos vendió en un principio como algo íntimo: conceptos iniciales como “tu muro” sonaban a un espacio privado, que sólo compartiríamos con aquellos amigos a los que la vida moderna no nos dejaba tiempo para ver cada día, o incluso cada semana. Pero luego aquello comenzó a crecer, y llegaron los conocidos, luego los conocidos de conocidos, y luego la gente que llegaba de ninguna parte y que te solicitaba amistad sobre la base de haber leído o escuchado algo tuyo que le hizo gracia Endeble base, desde luego.

Tengo algunos amigos que son gente bastante conocida en lo suyo, y que usan Facebook a tumba abierta, en plan todo lo que publico aquí está al alcance de todos, y cuanto más amigos tenga, mejor. Pero el usuario común, el que todavía pide un mínimo de control, se lo está pensando; a fin de cuentas, hay otras redes que son abiertas de por sí y donde ya interactuamos cada día -no siempre para bien- con cualquiera que se nos ponga por delante, así que ¿Por qué consentir que Facebook se termine convirtiendo en lo que nunca quisimos que fuera?

-Yo estaba en doscientos treinta amigos, y ahora estoy en doscientos cinco. -Me comentaba el otro día un amigo entre caña y caña- Espero haberlos dejado en ciento cincuenta para fin de año.

No estuve seguro de si habia pasado a hablarme de la Dukan, pero de todos modos le pregunté por su método de adelgazamiento.

-¿Y cómo piensas ir rebajando?

-Por etapas. – Me respondió.- La primera es la más sencilla: elimino a todos aquellos que no conozco y con los que tampoco interactúo. La mayoría son gente que acepté como amiga cuando estaba empezando y tenía pocos contactos, pero me he acabado dando cuenta de que ni sé quiénes son, ni lo que están haciendo. Algunos están enterrados en lo más profundo de mi lista de amigos, y nunca han asomado la cabeza para dar ni los buenos días. Así que fuera.

-Parece lógico.

-Luego, están los que acepté por ser amigos de amigos. Grave error. Por mucha interacción que haya, por muy simpáticos que nos hayamos caído mutuamente en los comentarios, no hay que olvidar ni por un momento que en la vida real no nos conocemos. Por lo tanto, pueden producirse, y de hecho se producen, malentendidos o enfrentamientos que se derivan no exactamente de lo que dice el otro, sino de lo que nosotros pensamos que está diciendo. Porque en el fondo no conocemos sus expresiones habituales, su manera de hablar, su tono, su propensión a las bromas… Y al final pasa lo que pasa. Mira, cada uno en su casa, y Zuckerberg en la de todos. Está muy bien charlar en el muro de algún amigo común. Pero no pasemos de ahí.

-Comprendido.

-Y luego está la gente a la que sí conozco en la vida real, pero que no utiliza Facebook para nada. Ahí ya hay varias categorías: antiguos compañeros de clase o de trabajo, gente con la que me llevo bien, y luego los verdaderos amigos, a los que conozco hace años y con los que he compartido momentos muy cercanos, malos y buenos. Pero que tienen la cuenta como el manual de ética del PP; por estrenar. A esos, antes de eliminarlos como amigos, les envío un mensaje o un correo explicándoles por qué les borro. Y no debería ni molestarme, porque siendo amigos de verdad, nos vemos con bastante frecuencia.

-Bien.

-En todas estas categorías hay excepciones, claro, pero siguiendo estas normas, y si uno se pone, raro es el día en que no encuentra un par de amigos que eliminar. Tranquilo, que tú no estás entre ellos. – Me aseguró, antes de pedir otra -ronda y unos berberechos. – Oye, pagas tú ¿no? Es que no he tenido tiempo de pasar por el cajero.

Si no hubiera estado tan ocupado liquidando amigos, habría tenido tiempo de sobra, pensé, pero pagué, no fuera a borrarme. Posteriormente, reflexioné sobre su método. Por la tarde repasé mi lista de contactos; no me costó ningún trabajo encontrar a diez que podía eliminar sin remordimientos. Puede que haya llegado el momento de una inflexión, de que Facebook se detenga para tomar aliento. Al igual que nunca creí que toda la población mundial acabara estando aquí, tampoco creo que de repente todos nos vayamos a ir, pero… Tendría gracia que al final Facebook terminará siendo lo que comenzó: un sitio donde charlar con los amigos. Y nada más.

La mejor nota de prensa que he recibido nunca

27 Jul

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Las notas de prensa y su circunstancia son protagonistas de muchos debates y opiniones sobre la comunicación en la era digital, y uno de los puntos sobre los que más se habla es sobre su utilidad. Hay quien cuestiona si siguen teniendo sentido en un marco de difusión de mensajes con tantos canales instantáneos y viralizables, más prácticos, y otros opinan que no hay que despreciar su capacidad como arma comunicativa en estos tiempos donde el corta y pega sustituye al verdadero periodismo tanto como la achicoria al café en la Posguerra, y basta con poner unas cifras antecedidas de las tres palabras mágicas (“Según un estudio”) para que los pseudomedios dospuntocero ni se molesten en comprobar los datos.

Yo sobre este tema, tras haber trabajado a ambos lados de la frontera, sólo tengo un humilde consejo: si no tienes nada que contar, no lances una nota. ¿Que vaya chorrada, dicen ustedes? Se nota que no reciben parte de la morralla que le llega a un servidor, o que no han lidiado con clientes que confunden la eficacia comunicativa con el bombardeo masivo. Y entre todo esto, subsiste el tema principal: cómo aumentar la difusión de tus notas de prensa. Cómo hacer que los periodistas las abran.

Pues hay una tercera posibilidad: como hacer que las periodistas las guarden. Hoy me lo han demostrado.

Primero, la noticia: la editorial Minotauro, especializada en obras de fantasía y ciencia-ficción, cumple sesenta años de existencia. Para celebrarlo, ha lanzado una edición especial del primer libro que publicaron, en agosto de 1955, un merecido clásico no ya de la literatura de ciencia-ficción, sino simplemente de la literatura: Las Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. Y si la edición (aún no he podido meterle mano) tiene buena pinta, la nota de prensa no se queda atrás. Porque además de la información que cabía esperar sobre la editorial, el libro y esta nueva edición, incluye los siguientes enlaces:

Y más cosas aún. Nunca antes me había encontrado con una nota de prensa cuyo contenido pudiera tenerme ocupado y entretenido durante horas y horas. Está claro que no todas las noticias se prestan a ello, pero cuando es el caso, creo que es un canal que la comunicación digital todavía no ha explorado lo bastante: sacar una nota que constituya el epicentro de un caudal de enlaces con información extra sobre el tema que trata. Y, cuando uno piensa en cómo puede utilizarse esta fórmula en otros campos de la comunicación aparte del literario, las posibilidades parecen tan infinitas como el propio universo como Bradbury.

Y además, estoy deseando ver la nota que sacan cuando toque alguna edición especial de Stanislav Lem.

La web de Carmena, y la fina piel de los periodistas

17 Jul

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Si para algo ha servido el lanzamiento de la web MadridVO, promovida por el Ayuntamiento de Madrid con el fin de desmentir las informaciones erróneas o malintencionadas que se publican sobre él, ha sido para demostrar hasta qué extremos de victimismo e hipocresía estamos dispuestos a llegar los periodistas españoles cuando alguien nos enmienda la plana.

Si de algo se puede -y, en opinión de este bloguero, se debe- acusar a esta web es de ser un error monumental. Lo es porque usurpa las tareas que deberían corresponder a un gabinete de prensa cuya profesionalidad y reflejos, de momento, están dejando mucho que desear. Es muy fácil quejarse de ser víctima de campañas como la que unos medios no excesivamente moderados han montado con los presuntos cambios del callejero de Madrid, cuando se han tardado días en dar una respuesta coherente. Los primeros posts publicados en la web se refieren a asuntos que en algunos casos llevaban semanas dando vueltas. Textos que se podrían y debían haber publicado en la propia página de prensa del  Ayuntamiento, que por lo demás cuenta con armas antiguas pero efectivas para luchar contra los errores y los ataques: comunicados, ruedas de prensa, declaraciones, comparecencias.

La web MadridVO es algo innecesario, puesto en marcha por un Ayuntamiento no cómo acción de difusión informativa, sino como reacción ante un comportamiento de algunos medios que habrían debido prever. Eso es lo que es. Ahora vamos a repasar lo que NO es: NO es una web contra los periodistas, NO es una maniobra totalitaria, NO es un heredero del Gran Hermano de Orwell, NO es una web que se crea en posesión de la verdad, NO es, de ninguna manera, un ataque a la libertad de expresión de la prensa española.

Alfonso Rojo, todo moderación como en él es habitual.

Alfonso Rojo, todo moderación como en él es habitual.

El chavismo, que no falte, por favor.

El chavismo, que no falte, por favor.

Ni es una web antiprensa, ni ha "denunciado" a ningún medio.

Ni es una web antiprensa, ni ha “denunciado” a ningún medio.

Algunas de las salvajadas que se han dicho contra esta web asustan. Y no hablo de las más esperables -Marhuendas, Rojos y Losantos, ya saben- sino las que han llegado de medios presuntamente más moderados: en la SER llevan días atacándola en sus informativos, mezclando datos y opinión sin pudor ninguno, afirmando como argumento principal que “no admite comentarios y por tanto no da derecho de réplica”, cuando el derecho de réplica lo están ejerciendo día tras día a través de la cadena de emisoras con más audiencia del país; El confidencial digital, la acusa de “estar financiada con dinero público”: obviamente, como todo el Ayuntamiento; lo que no dicen es que abrir una web de texto sobre plataforma de WordPress es absolutamente ínfimo. Pero la que sin duda se ha lucido ha sido la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, Carmen del Riego,afirmando que esta web “es un intento de poner en marcha un pensamiento único”.

No sé si da más rabia que pena que un periodismo paupérrimo, desprestigiado y enfrentado en luchas cainitas como el nuestro encuentre un enemigo común en el canal de comunicación de un ayuntamiento. Insisto en mi opinión de que nunca debió ser creado, pero una vez que está en marcha, sus presuntos efectos como heredero del Tribunal de Orden Público, la verdad, se me escapan. Es una excelente muestra, desde luego, del amateurismo de los encargados de la comunicación municipal. Pero también lo es de lo finita que tienen a veces la piel, y lo dura que tienen la cara, muchos autodeterminados defensores de la libertad de expresión.

Las ventajas de limpiar nuestro Twitter

25 May

Twitter-FollowersCuando comento a algunos amigos mi afición a limpiar periódicamente mi TL, tanto el de mi cuenta personal como el de las que gestiono profesionalmente, me miran raro; les debe sonar a algo así como a destrucción de pruebas, a borrar episodios oscuros de mi tortuoso pasado (o el de mis clientes), a discos duros de tesoreros que desaparecen, qué se yo. Y algo de eso hay, pero aunque al volver la vista atrás veamos la senda que nunca se ha de volver a tuitear, creo que pocas cosas hay en este mundo que no mejoren después de una buena limpieza. Twitter no es una excepción.

De entrada, me da un poco de vértigo ver que llevo seis años metiendo cosas ahí. Uno no es el mismo que era en 2009, no trabaja exactamente en lo mismo, no tiene los mismos intereses y relaciones profesionales… Ni los mismos contactos. Y si calcula el volumen de lo que, poco a poco, ha ido escribiendo en esta web de posts tan brevísimos, el resultado marea: ya conté en un post anterior cuántos tuits se necesitaban para igualar la extensión de algunas grandes obras de la literatura. Y muchos tuiteros ya hemos sobrepasado a más de un clásico. Es imposible que nos acordemos de todo lo que hemos metido ahí. Pero si alguien quiere obtener información sobre nosotros, encontrará en esos tuits una veta casi inagotable. No necesariamente de cosas negativas, que también: puede encontrar desorden, contradicciones, cambios de humor y, sobre todo, material inútil. Me explicaré mejor si hago una pequeña clasificación del material susceptible de limpiarse:

Enlaces perdidos. Aquí hay dos subcategorías: una es la de aquellos cuyo destino, por los motivos que sea, ha desaparecido. La noticia, el blog o la nota de prensa a donde queríamos conducir a nuestros seguidores, por el motivo que sea, ya no está. Aparte del 404, la segunda categoría son, simplemente, enlaces que se han quedado viejos o han dejado de interesar (por ejemplo, un informe financiero, o de usos de la web, de hace cuatro años). Muchos profesionales de agendas de la comunicación meten en su cuenta personal tuits de sus clientes, o de su agencia. Si hace tiempo que ya no tiene relación con uno ni con otro ¿qué interés tiene mantenerlos?

Tuits gatillazo. Llamados así porque le pasa a todo el mundo y no tiene importancia: son aquellos que nadie retuiteó, nadie contestó, nadie marcó como favorito. Quizá porque más de uno era una chorrada tan excelsa, o un intento tan patético de resultar gracioso, que nadie le prestó el mínimo interés. Liquídelos sin piedad. A lo mejor entre ellos haya muchos cuyo contenido es inofensivo. Bórrelos igual. Son peso muerto.

Repeticiones. La gran enfermedad cuando se manejan blogs o convocatorias. Si en su día anunció siete veces aquella nueva entrada en su blog, o tuiteó veinte convocatorias para un evento, déjelas en una. Más que suficiente para acordarse. Casi le diría que borrase todos los tuits de la convocatoria, que a fin de cuentas es agua pasada, pero si generó mucha actividad en las redes sociales, puede interesarle conservar también uno.

Tuits a famosos. Todos seguimos a alguno, y muchos a más de uno. Pero si en alguna ocasión se ha dirigido a él, y el muy malvado no ha tenido la deferencia de contestarle entre sus 3.500.000 seguidores, castíguele con el látigo de su indiferencia, para que no parezca que va por las redes mendigando la atención de gente conocida. Borre el tuit, y que se joda. Menudo es usted.

Broncas. Twitter es el reino de las broncas absurdas. Ya saben, “¡Buenos días, chicos!” “¡Serán buenos para ti, gilipollas!”. Mantener lo que soltamos cuando se nos calentó el teclado no da una buena imagen de nosotros, pero borrarlos puede plantear problemas éticos: si lo hago engaño a mis lectores, escondo lo más negativo de mí, y además, siempre quedarán los tuits de la otra parte. Eso, en todo caso, es problema de la otra parte, y le sorprendería la cantidad de otras partes que han liquidado hace tiempo sus propios tuits. Una buena solución es poner un tope de antigüedad. Si quiere, no toque los tuits de los últimos seis meses, pero de verdad, a nadie le interesa, aquel intercambio de mentada de madres que hace tres años tuvo con un tuitero del cual ya ni se acuerda.

Establecidas las categorías y los motivos, puede que le quede una pregunta: ¿Y de dónde saco el tiempo para hacer todo eso? Le voy a contestar con otra: ¿de dónde lo sacó para meter 20.000 tuits? El sistema para borrarlos es el mismo que para escribirlos: poco a poco. Selecciones un periodo de tiempo a limpiar; por ejemplo, de mes en mes si tuitea mucho. Una vez allí, seleccione todos los tuits -no sólo los destacados- u dedíquele un rato cada día. Al mismo tiempo, cree un archivo de Word o Excel y vaya apuntando los meses limpios. Sin prisa, pero sin pausa.

El resultado será una cuenta bastante más limpia, manejable y, sobre todo, coherente. Y, por cierto, una manera entretenida de concluir una estresante jornada de trabajo.

¿Debemos borrar nuestras broncas en Twitter?

13 Ene

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Si el autor de este blog, que es un pedazo de pan bendito, se las ha tenido cuadradas en Twitter con más de uno y más de dos, no quiero ni pensar lo que habrá vivido alguno de los que me leen, que ya nos conocemos y sé que son ustedes una mezcla de Lobezno y Fernán-Gómez. Hablando en serio, nunca está de más recordar que a Twitter se entra llorado, y que las discusiones o enfrentamientos pueden empezar, obviamente si uno se las busca, pero también por los motivos más absurdos (un poco a la manera de aquél chiste tan viejo y tan malo “Oye, tú…” “¡Pues anda que tú”!).

Las broncas en las redes sociales no se diferencian demasiado de las que podemos tener en la vida real: en ambas se nos queda el mismo mal sabor de boca de habernos dejado arrastrar por la calentura que lleva a la confrontación, y de no estar seguros de haber tomado la decisión correcta al publicar aquella respuesta o aquel comentario. Al mismo tiempo, sentimos un cierto orgullo por no habernos achantado y haber plantado cara con firmeza al que nos ha atacado con groserías, insultos o faltas de respeto. Pero el resultado final nunca es bueno.

En una cosa sí se diferencian: que quedan ahí. Y, aunque la mayoría de las entradas sobre peloteras en Twitter se refieren a las protagonizadas por tuiteros famosos, no hay que pensar que las que hayamos tenido nosotros, en nuestra modestia, van a pasar desapercibidas. Se harán muy presentes cuando optemos a un puesto de trabajo y la agencia de empleo, o el departamento de Recursos Humanos, rastreen sobre nosotros toda la información que la web y las redes sociales pueden ofrecer. Los tuits se convertirán entonces en oscuras golondrinas, esas que siempre vuelven.

No sirve de nada poner en nuestro perfil “¡Empezó él!”, aunque sea verdad, porque como mínimo, apareceremos como una persona susceptible a las provocaciones, característica no muy recomendable para según qué puestos. Y si se nos ha calentado la boca, o el teclado, la imagen que podemos dar es bastante peor. Los comentarios que peor pueden sentar, según el estudio del enlace superior, elaborado por CareerBuilder, son los que ofenden en temas como raza, sexo o religión o- sin duda, lo peor de todo- los que incluyen información confidencial o negativa sobre empresas donde hemos trabajado. Lo cual no quiere decir que las broncas o discusiones sobre asuntos menores, iniciadas de modo más intrascendente, nos vayan a hacer bien.

Si lleva usted tiempo en Twitter y repasa su TL, probablemente encuentre muchos enfrentamientos de los que ya ni se acordaba, y cuyo origen y desarrollo le parecerán absurdos. Es más, puede que la persona con quien los mantuvo ni siquiera tenga activo su Twitter, o los tenga por ahí, relegados al olvido. Si de vez en cuando conviene hacer una limpia en nuestro TL –tuits desactualizados o sin repercusión, bromas que no hicieron gracia, temas que no tienen relación con nuestro perfil- las broncas quizá debieran estar entre las primeras cosas a borrar. No se trata exactamente de camuflar cómo somos; sino de trasladar al mundo digital la misma intrascendencia que estos episodios tienen en el mundo real. Lo pasado, pasado. Y ya veremos mañana –o quizás hoy mismo- con quién y sobre qué empezamos una nueva discusión. Total, siempre nos quedará Willy Toledo.

¿Volverá el periodismo en 2015?

29 Dic

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Dicen que 2015 no sólo será el año de la recuperación en general, sino también el del resurgimiento del periodismo en viabilidad y beneficios económicos. Si lo primero no me lo creo, menos lo segundo. Por supuesto que los medios de comunicación, tarde o temprano, acabarán encontrando alguna forma de recuperación que empiece a compensar la masacre de puestos de trabajo de los últimos años. Lo cual será una buena noticia tanto para los más de 20.000 insensatos (¿lo fuimos menos nosotros en nuestro día?) que se siguen matriculando cada año en España para intentar ganarse la vida con esta profesión, como para los dinosaurios que hemos huido de la glaciación hacia pastos más verdes. Pero una cosa es que los medios resurjan; y otra, más distinta de lo que parece, que con ellos resurja el periodismo.

La crisis no sólo ha hundido medios y puesto en la calle a miles de profesionales –2.400 sólo este año, casi 12.000 desde 2008-; también ha deformado el concepto de periodismo hasta dejarlo irreconocible. Lo que consumimos hoy es un sucedáneo hecho con pocos medios, a cargo de becarios sin información y sin criterio, publicado por cabeceras endeudadas y comprometidas con sus acreedores, y destinado a un público con el paladar embotado tras años por productos adulterados cuya finalidad, como describe Vargas Llosa en su última novela, “no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia”.

España tiene por delante un año clave: se avecinan cambios de envergadura en el reparto de poder, la estructura de partidos, la evolución de la economía, quién sabe si en la esencia misma de la Constitución y la sociedad. Este escenario es una mina de oro para los periodistas, no sólo por la previsible afluencia de noticias sino por las oportunidades de desarrollar trabajos rigurosos de investigación y análisis, intentando ofrecer a sus lectores una visión, no objetiva –eso es imposible-, pero sí justa y equilibrada. Informando y ayudando a comprender sin adoctrinar. Separando la información de la opinión. Huyendo del sesgo barriobajero en los titulares. Contrastando informaciones y hablando con todos los sectores implicados, no sólo con quienes nos interesan. Considerar que un debate es un escenario para plantear argumentos que hagan razonar a la otra parte antes de contestar, y reflexionar, sobre el fondo, no sobre la forma, a los espectadores. Contribuyendo a construir una sociedad más adulta.

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Todas estas cosas, no hace demasiado tiempo, eran algo sin lo que el ejercicio de la profesión de periodista no se podía concebir. Hoy se ven como una excentricidad inútil, como un lujo que no servirá para ganar clics en las ediciones digitales, para promover comentarios donde la gente ataque con la osadía que dan la ignorancia y los prejuicios. Debates que se quieren de periodismo político y no son más que circo. Diarios digitales que toman como referencia el amarillismo y la grosería que su director va enarbolando tertulia tras tertulia. Incluso cabeceras señeras de la prensa, donde dejan publicarse sandeces torticeras que en otros tiempos no se le habrían perdonado a un becario (arriba les dejo una que se ha hecho bastante popular estos días). Y se publican no porque el jefe de sección se haya quedado ciego, sino porque hace tiempo que se optó por ello; por hablar al vulgo en necio, para darle gusto.

En este ambiente es donde se supone que se tiene que reconstruir el periodismo. No me cabe duda de que surgirán nuevos medios y soportes de comunicación, y de que algunos serán rentables. Otra cosa es que recuperen los valores que en los últimos años se han ido desechando como trastos viejos, como las ruinas que se suceden a lo largo de la carretera de Cormac McCarthy. Porque el periodismo de verdad está en ellos, no en los soportes, pero ¿de qué sirven, cuando ya no lo valoran ni los lectores ni, en muchas ocasiones, los propios periodistas?