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¿Puede Cela sobrevivir a Don Camilo?

16 Abr

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Son curiosos los años como este en los que se junta tanto centenario en la literatura, porque nos hacen constatar las distintas maneras de acercarse de nuevo a la obra de cada escritor. Se supone que las revisitas a autores y obra son obligatorias, casi un compromiso social, aunque en algunos casos ese compromiso sea más fácil de cumplir que en otros. Seamos claros: Garcilaso de la Vega tuvo una vida llena de interés, pero acercarse a su obra sin una mano experta que nos guíe por la misma es tarea bien difícil. Y lo mismo ocurre con Cervantes y Shakespeare, que siguen sonando a la mayoría de la gente por la popularidad de sus personajes y por las adaptaciones de los mismos; tragarse Hamlet o un par de capítulos del Quijote si no se frecuenta la literatura de la época y se tiene un mínimo de familiaridad con los clásicos, es muy otra cosa.

Nos queda Cela. Muerto hace ya catorce años, y nacido hace cien. De todos ellos, podría ser el autor más accesible, pero es dudoso que su centenario contribuya a atraer o a recuperar lectores. Se dice que la sucesión imparable e hipnótica de continuas novedades está cegando al público a la hora de volver la vista atrás. Que sólo nos interesa lo último, lo más reciente. Siguiendo esta teoría, un escritor, por muy célebre y laureado que haya sido en vida, tendrá suerte si continúa siendo leído a los cinco años de su muerte, ni hablemos a los catorce. Es tiempo más que suficiente para que haya perdido todo atractivo, ocupada como está la gente en no perderse nada de lo último, no se sabe si por genuino interés cultural o porque tiene miedo de quedarse sin tema de conversación si no está al día.

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Uno cree que algo hay de verdad en este argumento; sobre todo cuando se aplica a escritores como Cela, que durante buena parte de su vida, y muy especialmente en sus últimos años, impuso su obra no mediante la calidad de su literatura, sino por medio de una autopromoción incansable. Cela se retiraba para dar paso a Don Camilo, que se mantenía en boca de todos (¿Se imaginan que hubieran existido entonces las redes sociales?) a base de numeritos. Don Camilo se descasaba y se volvía a casar; Don Camilo montaba en parapente; Don Camilo le arreaba un guantazo a Jesús Mariñas en plena Marbella; Don Camilo regresaba a La Alcarría, en un Rolls Royce con choferesa negra; Don Camilo anunciaba la Guía Repsol; Don Camilo insultaba a Jorge Semprún por no bailarle el agua, exigía la cabeza de Julio Llamazares por un artículo en El País y cuando Antonio Muñoz Molina le afeo respetuosamente su falta de respeto, le contestaba en un artículo que fuera a untarse los cuernos con vaselina; y mientras Don Camilo hacía todas estas cosas, Cela publicaba recopilaciones, libros de artículos y novelas, no tan espoleado por las musas -el mismo admitió que la inspiración existe, pero tiene que cogerte trabajando- como, sobre todo en los últimos años, por un taxímetro que corría a toda velocidad.

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Muerto el autor, se acabó la fanfarria, y se extinguieron las llamadas de atención. El cadáver quedó cubierto de anécdotas, y es necesario aventarlas si se quiere uno acercar a su obra para analizar sin prejuicio cuánto pueda haber de valor en ella. ¿Cómo ha envejecido Pascual Duarte? ¿Tiene algún valor su recuperación del Lazarillo? ¿Es Oficio de Tinieblas 5 algo más que una monstruosa masturbación mental? ¿Cómo tras años espaciando sus novelas publicó dos en 1994, El Asesinato del Perdedor y La Cruz de San Andrés, la segunda de las cuales, ganadora del Planeta, fue acusada de plagio? ¿Y qué hay de los miles de artículos, cuentos, notas y billetes que dejó repartidos por toda la prensa y oportunamente recopilados (o vueltos a recopilar cuando el cheque lo merecía)?

Los casi sesenta años de escritura que han formado la obra de Cela tienen un interés suplementario: se mete uno en ella sin instrucciones, porque su autor no fue jamás amigo de sincerarse sobre sus motivos y preferencias a la hora de escoger tal o cual tema, ni de hablar de influencias o de autores. Algunos le llamaron maestro, pero nunca se molestó en enseñar a nadie, quizá porque enseñar habría sido descubrirse. Las biografías sobre él, abundantes pero incompletas, se muestran impotentes a la hora de mirar detrás del personaje. Es mejor rastrear los recuerdos de quienes le conocieron, bien por coincidencia profesional o por obligación, bien por amistad sincera o porque sabían que arrimarse a su sombra garantizaba sabrosos parabienes, desde Manuel Alcántara a Jesús Pardo, pasando por Manuel Vicent o, cómo no, Francisco Umbral, entre otros muchos. Unos le definieron, otros le criticaron, alguno le traicionó.  Pero dejaron una colección de testimonios que, una vez ordenada, delinea las formas de un retrato para el que el interesado nunca quiso posar.

Puede que Don Camilo fuera sólo una máscara, pero puede también que su obra literaria fuera a su vez una segunda máscara, detrás de la cual el verdadero Cela trabajaba y se escondía, logrando su propósito de triunfar en la literatura y desviar la atención hacia su persona para nunca revelar nada de su ser más íntimo.

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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

Rodeado por Macbeth

22 Nov

libro_big_170Habría sido más adecuado titular este post “Rodeando a Macbeth”, por motivos que enseguida quedarán claros. Pero ocurre que en la vida a veces se dan casualidades, también en el ámbito cultural. Hace cosa de un mes, asistí a la presentación del Quijote que ha preparado mi amigo Jesús Egido en su editorial Reino de Cordelia (y que se merece entrada propia; prometida para dentro de poco); de camino, nos enseñó además la edición de Macbeth que acababa de terminar, en un volumen bilingüe que alterna el texto original de Shakespeare con la traducción de Luis Alberto de Cuenca y lo complementa con unas magnéticas ilustraciones de Raúl Arias en las que, a medida que se avanza en la trama, el color rojo va cobrando una presencia mayor, en paralelo con el creciente salvajismo de su protagonista y sus acciones.

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Pasaron unas semanas, y ya tenía claro incorporar el libro a mis regalos navideños -entiéndase, los que me hago yo a mí- cuando sonó el teléfono: una amiga nos llamaba para ver si nos apuntábamos a ver Mbig, en la Pensión de las Pulgas. Macbeth otra vez. De repente, parecía que no había otro tema. Reconozco que no tenía ni idea de lo que me esperaba. Eché un vistazo a su web, y descubrí que era un nuevo centro dedicado al teatro “de cerca”: un público limitado a 35 personas y una representación repartida por las distintas estancias de la pensión, en realidad una casa de la muy clásica y madrileña calle de Huertas. Había oído hablar de este tipo de teatro, pero me sonaba, no sé por qué, a amateurismo, a improvisación, a falta de medios. Con todo, dijimos que sí. Si resultaba ser un truño, siempre quedaría Macbeth.

Aquí es donde tiene uno que reconocer que metió la pata hasta el corvejón. Por suerte. Estoy escribiendo estas líneas dos días después, y aún no se me ha cerrado la boca. Ni rastro de amateurismo ni de improvisación; en su lugar, tanto talento y tan cercano que te hacía sudar, y la sensación no de ser un espectador que ha pagado su entrada, sino un invitado a una ceremonia muy especial, donde te daba miedo respirar demasiado fuerte por no romper la magia. Se sentaba uno donde le tocaba, entre los escasos asientos disponibles alrededor de cada estancia. Y desde allí entraba en una trama vertiginosa, acelerada y estimulada por aquella cercanía antinatural.

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Las diferencias de visibilidad según las butacas que existen en el teatro convencional se convierten aquí en diferencias de perspectiva; el asiento donde esté a cada espectador será determinante en su manera de percibir la obra. Tendrá a su lado al personaje que llora de rabia, o bien sólo le verá la espalda, o bien otro actor le obstaculizará la visión. Por eso los actores pasan de un lado a otro, nunca están quietos y siempre están cerca; es una experiencia única para notar la importancia del control corporal en su trabajo, cuando un arrebato de furia, una lucha a muerte o un coito feroz y sin amor tienen lugar en ocasiones a escasos centímetros de uno, pero sin que se llegue a romper nunca la cuarta pared, convertida aquí en una pompa de jabón que les envuelve y cambia de forma para mantener la distancia necesaria.

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Así, es difícil no dejarse arrastrar, llevado de la mano no sólo de la proximidad sino de la calidad del trabajo interpretativo. Francisco Boira como Macbeth es un huracán, convirtiendo en un frenesí de sufrimiento físico el tormento de su locura; Rocío Muñoz Cobo (una de las dos actrices que alternan el papel de Lady Macbeth, la otra es Olga Rodríguez) le acompaña en su ferocidad, complementada por una sensualidad (siempre he pensado que el personaje de Lady Macbeth tiene que tener una fuerte carga sexual) que la hace todavía más temible. Es difícil no creer que están dispuestos a todo. Y que no serán al final consumidos por ello. El resto del reparto, sin omitir a nadie, está absolutamente a su altura. En la parte negativa, diría que la traslación de la acción a una multinacional de hoy en día no termina de estar conseguida, y a pesar de los prólogos y epílogos actualizados que nos explica Camelia (estupenda Raquel Pérez) la idea se desvanece en cuanto comienzan a oírse los textos originales. Una opinión en la que, por cierto, creo que estoy bastante solo, así que no me la tengan muy en cuenta.

Los clásicos en literatura son considerados (a veces con justicia) como cimas que hay que conquistar a base de esfuerzo y horas, muchas horas, de lectura en la que avanzamos lentamente por una prosa anticuada y aburrida. Macbeth no es así; es una de las obras más desquiciadas escritas por Shakespeare, un sinfín de brujería, maldiciones, sangre, muerte y locura. Me fascinó cuando me la hicieron leer en el colegio; me fascinó cuando vi la versión cinematografica de Orson Welles. Estas semanas, lo ha vuelto a hacer por partida doble. No se pierdan esta obra. Y al salir, pasen por alguna librería, y compren la edición de Reino de Cordelia. Y disfruten de las muchas formas en las que, siglos después, se nos puede mostrar el rostro atormentado de Macbeth.

Mirar la arquitectura: festín en sepia

28 Sep

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En un mundo ahogado en fotografías, las exposiciones dedicadas a este arte corren el riesgo de ir pasando por ojos cada vez más escasos. Saturados de imágenes como vivimos, podemos pensar que pasar el rato en una sala donde el tema principal es la imagen es perder el tiempo, soportar una ración suplementaria de lo que ya nos sobra, tanto por lo que recibimos como por lo que producimos a diario, desde que todos tenemos en cualquier momento una cámara en el bolsillo.

Más aún si lo que se nos anuncia es una exposición de arquitectura, con ciudades y edificios que suponemos conocer al detalle aunque nunca hayamos puesto un pie en ellos, gracias, precisamente, a la fotografía; y sin embargo, la exposición Mirar la Arquitectura: Fotografía Monumental en el Siglo XIX, que hasta el 4 de octubre aún puede contemplarse en Madrid, en la Biblioteca Nacional de España, ofrece al visitante nuevos ojos para contemplar esas imágenes que en teoría ya no tienen nada que decirnos. La entrada, como en todas las exposiciones de la BNE, es gratuita, aunque hace unos días un grupo de privilegiados tuvimos la suerte de visitarla guiados por las palabras de los dos comisarios de la exposición, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo.

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Su tarea no sólo consistió en guiarnos por las diferentes áreas de la exposición, sino contarnos muchas de las historias de los hombres detrás de las cámaras. Los pioneros, que tuvieron la idea de retratar aquello cuya grandeza exigía que permaneciera, de un modo u otro, en la memoria. Recorrer una exposición con unos guías tan privilegiados la agranda, al orientar el desconocimiento del visitante y descubrirle la historia que hay detrás de un nombre o destacar la importancia de una imagen o un volumen. La agranda tanto, que presenta como imposible la tarea de resumir con precisión todo lo que se ha visto y oído.

Por suerte, este no es un medio de comunicación, sino un blog personal. Puedo limitarme a recordar los mejores momentos de la visita, y escribir como lo haría para los amigos (lo cual, por otra parte, es lo que siempre intenta uno aquí), para recomendarles no sólo que vayan si tienen la oportunidad, sino para indicarles las cosas que no deben perderse. Por ejemplo, en la primera parte, donde se recogen los adelantos técnicos previos a la invención de la fotografía para construir la imagen con la máxima precisión – “espejos, vidrios pautados, puntos de distancia, lentes, luces”, se lee en el catálogo- destacaron para mí cuatro pequeños y hermosísimos grabados de Durero, en los que dibujaba a dibujantes empleando estos medios para recrear un retrato, un laud, una vasija o un desnudo; o las precisas panorámicas que obtuvo Alfred Guesdón de ciudades como Sevilla o Madrid. En la segunda, la pantalla donde se proyectan las fotografías de Les Travaux Publiques de la France, proyecto ingente dirigido en el siglo XIX por Léonce Reynaud que recogió en cinco volúmenes 250 fotografías de los avances arquitectónicos de Francia. La selección de imágenes que aparece en el vídeo muestra asombrosos ejemplos sucesivos de lo actuales que resultan a la vista muchas fotografías antiguas.

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La impactante modernidad de las imágenes de Les Travaux Publiques.

Experimenté -y creo que no fui el único- una sensación dolorosamente familiar al enterarme de que varios de los principales trabajos fotográficos sobre la España artuitectonica y monumental fueron cosa de extranjeros antes que de españoles; más de 50 recorrieron la península entre 1849 y1860, y del mismo modo en que los viajeros, como Richard Ford y el misterioso George Borrow, entregaron a la imprenta las primeras guías para aventurarse en nuestro país, los fotógrafos dejaron imágenes para la historia. Pero al mismo tiempo se sentía admiración y agradecimiento cuando uno se acercaba a sus trabajos, y comprobaba todo el tiempo y el talento que arrojaron en ellos; no creo que se me olvide fácilmente la obra Recuerdos de España, de Edwar King Tenison, un volumen excepcional que merece inclinar la cabeza para ver también su exterior y apreciar el cuidado invertido en su cubierta y su encuadernación, ni el complemento de texto que constituye a su manera el libro Castile and Andalucia, escrito por su mujer, Louisa. El mismo respeto se siente ante el trabajo de Charles Clifford, que escribió en una de sus cartas su intención de conservar la belleza de la arquitectura española “antes de que la desidia la haga desaparecer”. La exposición muestra uno de los dos únicos ejemplares que quedan en el mundo del libro de Clifford.

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Recuerdos de España, de Edwar King Tenison. El cuidado en su confección está a la altura de su contenido.

Las imágenes de toda la exposición forman todo un festín en sepia y blanco y negro, pero no sólo puede aprenderse de ellas; también, nos recordaron Delfín y Helena, de la propia evolución de la fotografía y la sociedad. Porque si los primeros trabajos fotográficos suponían para sus autores un esfuerzo hercúleo en medios, tiempo y dinero, cuando en el siglo XIX comenzó a popularizarse tanto la fotografía como la afición por viajar, se implantó también la costumbre de fotografiar los lugares emblemáticos de cada destino, para dejar constancia de que el autor había estado allí; unos lugares emblemáticos que a su vez ya prefijados en la mente del viajero por el trabajo de los fotógrafos anteriores. Así comenzó una costumbre de siglos, donde los sucesivos captadores de imágenes fueron repitiendo la imagen y el encuadre, que las primeras fotografías dejaron indeleble en el ojo de la mayoría de los sucesores. Desde La Alhambra hasta El Escorial, todo parece haber sido fotografiado miles de veces de la misma manera, con el único añadido de aparecer nosotros mismos en las fotos, para diferenciarlas y diferenciarnos de las postales, que ha degenerado en la avalancha de los selfies.

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Inauguración de la línea ferrea a Aturias, 1884. Fotografía de Paul Sauvannaud.

Por eso esta exposición es más que recomendable: nos devuelve a la fotografía como objetivo de los viajes, no como complemento. Estimula y enseña ver cómo el propio acto de sacar una foto se miraba hace siglos con otros ojos, y cómo esos ojos marcaron el camino que siguen los 810.000 millones de fotos que se toman hoy anualmente, muchas de las cuales acabarán olvidadas en cuanto cambiemos de móvil o se estropee la tarjeta de memoria.

Y termina uno pensando que podemos haber mejorado la tecnología, pero no el talento; las cámaras modernas tienen aplicaciones en sepia para que las fotos digitales adopten un falso parecido con lo que consiguieron un siglo atrás los verdaderos innovadores. Tienen aún una semana larga para disfrutarla. No se la pierdan.

Mr. Holmes y el peso del actor

13 Sep

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Aunque la lista de actores que han representado a Sherlock Holmes se cuenta ya por cientos, los aficionados retenemos en la memoria a los pocos que supieron coger el personaje con verdadero carácter: Basil Rathbone, Peter Cushing, Jeremy Brett, Benedict Cumberbatch. La prueba es que, puestos juntos, sus respectivos Holmes no se parecen demasiado; cada uno le ha dado su impronta personal, pero al mismo tiempo es indiscutible que todos son Holmes; ninguno se ha dejado engullir por la sombra del personaje hasta desaparecer dentro de él, y ninguno lo ha devorado con su interpretación hasta imponerse a él. Ese equilibrio entre actor y personaje, tan difícil de conseguir, es lo que distingue a los Holmes más sobresalientes.

El actor que le da vida es lo que puede llevar o no a los sherlockianos a interesarse por cada nueva versión del detective. En este sentido, el anuncio de que nada menos que Ian McKellen iba a interpretar a un Holmes anciano en la película Mr. Holmes (Bill Condon, 2015) tenía que llamar necesariamente la atención. Vamos a dejarnos de tonterías como Gandalf o Magneto, que han garantizado a Sir Ian una jubilación dorada, y concentrémonos en que es un actor superlativo, formado en décadas de teatro clásico donde se ha batido con éxito con todos los grandes autores (una anécdota: cuando le llamaron para retomar el papel de Magneto en X-Men. Días del futuro pasado, estaba de gira teatral, haciendo Esperando a Godot junto con Patrick Stewart, el Profesor X en la saga de mutantes). Los sucesivos trailers iban abriendo el apetito, y convenciéndonos de que íbamos a estar frente a un Holmes que, sin duda, merecería la pena ver.

¿Es así? Después de haber visto la película, y tras haberla dejado reposar lo necesario en el recuerdo, diría que Ian McKellen es al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Mr. Holmes. Y lo es, precisamente, por su magnífica interpretación. De la misma manera en que el Holmes de Conan Doyle recordaba constantemente la necesidad de separar los datos de la especulación, en este caso como en pocas películas es necesario separar la labor de su actor principal del resto de la cinta.

McKellen está perfecto, lo cual no es de extrañar, a pesar de la tarea de dar vida a un personaje en tres (y no dos) momentos de su vida: uno es cuando cuenta alrededor de sesenta años y se enfrenta a su último caso, ése que precipitará su retiro; y los otros dos cuando, ya con noventa y tres, alterna los momentos de lucidez con episodios de senilidad y vacíos mentales cada vez más frecuentes. En muchas escenas, sin necesidad de palabras, se sobra con esos ojos vacíos para transmitirnos el terror ante la constancia de estar perdiendo su capacidad mental, algo que resulta traumático para cualquier persona, pero especialmente terrorífico para alguien como Holmes, cuyo mayor tesoro es, precisamente, su intelecto. La amistad que desarrolla con el hijo de su ama de llaves está basada precisamente en el intelecto -el niño es especialmente inteligente- pero al mismo tiempo sirve para dar esa imagen de afabilidad que de vez en cuando aparece en los relatos originales, pero que ha sido borrada por sistema de las adaptaciones. Y en la escena que desencadena el caso, cuando el marido acude a su consulta, es imposible no pensar que, sin gorra, sin pipa y sin más aditamentos, nos encontramos ante el auténtico Sherlock Holmes.

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La pregunta es si todo funcionaría igual de bien sin McKellen. El poder de su trabajo sirve para apuntalar una estructura cuyos fallos quedarían más en evidencia si un actor menos adecuado hubiera protagonizado la cinta. La parte situada en Japón no termina de funcionar, y la subtrama que presenta tiene más aspecto de relleno que otra cosa. En cuanto al tema principal, no se trata de revelar nada a quienes aún no la hayan visto, pero toda la clave está en el encuentro que Holmes y la señora Kelmot (magnífica también Hattie Morahan) mantienen en el parque. Es, como habría dicho el propio Holmes, un tiro de alcance muy largo; algunos aficionados admiraran el riesgo que supone en la cara que revela de un personaje sobre el que en principio está dicho todo, otros no estarán de acuerdo en absoluto. Personalmente, creo que es una historia que habría necesitado de más desarrollo para hacerla creíble, y que lo que debería ser el corazón de la película es, precisamente, su punto más débil.

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Dicho todo esto, sigue siendo una excelente recomendación para los aficionados a Holmes, al cine, o, como es el caso de quien les bloguea, a las dos cosas. Este reencuentro con nuestro detective me ha gustado mucho más que las indigestiones de efectos especiales protagonizadas por Robert Downey Jr. En lugar de eso, aquí se puede disfrutar del trabajo de un director que, acertado o no en su camino argumental, nos lleva por un paseo tranquilo pero intenso, donde deja brillar la ambientación y el trabajo de sus actores.

¡Plagienme, que es gratis!

31 Ago
(AVISO: este post es estrictamente personal. Con ello quiero decir que el autor es también el protagonista del mismo. Creo conveniente advertir de ello para no encontrarme luego con acusaciones de egocentrismo o, peor aún, de aburrimiento. Sigan leyendo bajo su responsabilidad).

a_running_duckPaula Gosling es una escritora estadounidense de novelas policiacas, entre las que se cuenta A running duck, publicada en 1974. A grandes rasgos, su argumento cuenta cómo una ejecutiva de publicidad se convierte en el objetivo de un asesino en serie, del que debe escapar con la ayuda de un policía duro y silencioso, el teniente Mike Malchek. La lucha contra el criminal se combina en la trama con  el progresivo enamoramiento de protector y protegida.

Esta novela ha sido llevada al cine dos veces, ambas con bastante mala suerte: en 1986, Sylvester Stallone la utilizó para perpetrar Cobra, el brazo fuerte de la ley, y diez años después, con el título Caza Legal, sirvió como pretexto para intentar convertir a Cindy Crawford en actriz. Lo único que ambas películas toman de la novela es la idea de una mujer civil protegida por un policía; en el engendro de Stallone, es una modelo a la que persigue una banda de psicópatas que se dedican a matar personas mayormente porque lo dice el guión, y en Caza Legal, una abogada perseguida por antiguos miembros del KGB reconvertidos en mafiosos.

El resto de las dos películas no tiene nada que ver con la novela. Ya puestos, ni siquiera aprovecharon los nombres de los personajes. Podría pensarse que la idea original es tan vaga que ni siquiera tendrían que haberse molestado en comprar los derechos del libro. Pero lo hicieron, pagaron y pusieron en los títulos de crédito “Basada en la novela The Running Duck”, de Paula Gosling”.

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Ahora pasemos al tema personal. En 2007, publiqué un libro titulado Es cosa de hombres. El machismo en la publicidad española 1939-1975, que creo que a día de hoy sigue siendo el único íntegramente dedicado a este tema. Mi intención inicial fue contar la historia de la imagen de la mujer en la publicidad hasta nuestros días, pero el editor me dijo que era mejor ceñirnos al franquismo, y tocar la democracia en un segundo libro. Estuve de acuerdo.

El libro no se vendió bien, y la segunda parte nunca se escribió. Qué le vamos a hacer. Es lo que ocurre con la mayor parte de los libros, y a este campo se viene llorado. Iba a añadir que pasó desapercibido… Pero tampoco fue exactamente así.

En 2009, Televisión Española produjo la serie documental 50 años de, donde se narraba la evolución de diversos aspectos de la sociedad en el último medio siglo. Cada capítulo estaba a cargo de un realizador distinto, e Isabel Coixet se encargó del dedicado “al tradicional papel de la mujer en la sociedad española y la repercusión que tienen en los medios los delitos por violencia  de género”, según se puede leer en la web de TVE.

El título del capítulo fue “La mujer, cosa de hombres”, y en él aparecían algunos anuncios donde se frivolizaba con la violencia de género. Alguno era muy conocido, como el de Soberano y la pitonisa; otros, como el del insecticida ZZ Paff donde se usa a la esposa como arma arrojadiza (aquí abajo lo tienen), eran algo menos populares. Todos aparecían en mi libro, de título tan similar al del capítulo de la serie. Pero en ninguna parte se le menciona; ni siquiera hay una referencia en los créditos finales.

Claro, es posible que todo fuera casualidad y que ni Coixet ni su equipo conocieran Es cosa de hombres. Pasemos a 2011. Ese año, Televisión Española emitió una serie de programas titulada Los anuncios de tu vida, presentada por Manuel Campo Vidal, donde se repasaba la evolución de la publicidad y la sociedad en España. Por supuesto, el tratamiento a los distintos sexos iba a ser uno de los temas. Esta vez no iban a pillarme desprevenido: cuando se anunció la serie, llamé a la productora y hablé con una de las responsables del programa. Quería saber si conocían mi libro para, si no era el caso, enviárselo. No esperaba con ello vender más -ya había desaparecido de las librerías- ni, válgame Dios, que me pagaran. Pero sí, por lo menos, un breve reconocimiento o una mención a la fuente.

La responsable me dijo que no hacía falta, porque no sólo lo conocían, sino que lo estaban utilizando generosamente y era una de las principales fuentes para ese tema. Muy bien, en ese caso le pedí que no se olvidaran de mencionarlo, aunque fuera brevemente en los títulos finales. Me aseguró que así lo harían, e incluso me tanteó con la posibilidad de ir al programa.

No ocurrió ni una cosa ni otra. Los invitados eran famosos, no periodistas del montón, y en ningún momento apareció ni una sola mención a aquel libro que habían utilizado con tanto entusiasmo.

¿Y por qué les largo todo este rollo ahora? En los últimos días, el documental de Coixet parece haberse puesto de moda de nuevo, y algunos amigos me lo han hecho saber (“¡pero si hasta el título es igual!”). Yo les explico que la historia tiene ya sus añitos, y que desde entonces estoy acostumbrado a que Es cosa de hombres aparezca de vez en cuando, siempre como fuente anónima, en libros, artículos y programas de radio o televisión.

Y estoy acostumbrado. Pero también estoy hasta las narices.

Puede que la comparación del principio con las películas sea desafortunada. No es igual una novela que un libro de no ficción, ni una película que un documental televisivo. Pero cuando uno piensa en que como periodista ha procurado siempre no dejar ninguna fuente sin citar (a menos, lógicamente, que pidiera un off the récord), sorprende la facilidad con la que algunos colegas no consideran necesario agradecer el trabajo que se tomó en su día otra persona, y que tanto ha contribuido a facilitarles el suyo a la hora de buscar información.

Se dice que, cuando se filmó Cobra, Stallone propuso a Paula Gosling reeditar su novela, pero figurando él como autor, oferta que la escritora rechazó. Podría pensarse que hay que tener cara, y un ego desbocado, para hacer semejante sugerencia. Y sería verdad.

Pero por estos pagos mucha gente hace lo mismo, y ni siquiera se molesta en preguntar.

El menú agridulce de Orson Welles

19 Ago

Mis_almuerzos_Orson_Welles Cob4b.inddLos libros de entrevistas con personajes relevantes son un subgénero a caballo entre el documento histórico y el periodismo que han producido algunas piezas inolvidables. Dentro de este subgénero hay otro subgénero, más ligero si se quiere, pero al mismo tiempo más jugoso, ya que deja más libertad a la expresión espontánea de anécdotas y opiniones: los libros de charlas.

Se diferencian de los primeros en que la conversación no suele estar constreñida por el corsé de un guión previo, y a veces ni siquiera está destinada a su publicación. Puede que el interlocutor del protagonista no sea ni siquiera un periodista, sino un colega o amigo. A veces, los libros recogen la charla entre dos personajes de idéntica talla intelectual, y en esos casos el periodista se camufla en un segundo plano, interviniendo sólo puntualmente para preguntar o encauzar las palabras de los maestros por su curso inicial, evitando excesivos desvíos.

Algunos de estos libros me han proporcionado no sólo información, sino también abundante diversión. El clásico del género de entrevistas sería El cine según Hitchcock, de François Truffaut, pero no hay que perderse otros títulos, aparecidos muchos años después: Conversaciones íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde un escritor genial en las postrimerías desata con fuerzas renovadas su lengua viperina; La buena memoria de Fernándo Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen, con Diego Galán como moderador; Conversaciones con Al Pacino, también de Grobel, con menos mordiente pero con mucho interés, dado lo reacio que ha sido siempre Pacino a conceder entrevistas; o el dedicado a un cineasta del cual nunca se escribirá lo suficiente, Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe.

Mis almuerzos con Orson Welles es por ahora el último libro aparecido de este género. Recoge las conversaciones que el autor de Ciudadano Kane mantuvo con el también cineasta Henry Jaglom durante sus comidas en el exclusivo restaurante Ma Maison, en Los Ángeles. En un momento dado, y con el permiso de Welles, Jaglom comenzó a grabar las conversaciones, sin ningún propósito definido, quizá sólo con la intención de conservar su voz. Muchos años después, el historiador del cine Peter Biskind las ha rescatado y editado en este volumen, publicado en español por Anagrama.

Lo fácil sería decir eso de que es un volumen de lectura obligatoria para los amantes del cine de Orson Welles, o simplemente para los amantes del cine. Y, aunque es cierto que sus páginas se pasan solas, si su lectura sabe a poco es porque, a fin de cuentas, no estamos antes ningún repaso o análisis serio de la trayectoria de Welles. Son lo que el título anuncia, charlas de sobremesa, sin ninguna intención de pasar algún día a la posteridad. Los temas surgen y se despachan con idéntica ligereza, desde sus juicios a otros cineastas –Hitchcock o Cukor son algunos a los que destroza sin miramientos- a los recuerdos sobre su vida y su carrera, o su opinión sobre diversos temas de actualidad. Otros nombres famosos del cine se dejan caer por su mesa, y así como está encantado de ver a Jack Lemmon, se queda uno helado al ver la grosería con la que despacha a Richard Burton, con quien había trabajado en Hotel Internacional.

La mayor virtud de este libro es también su mayor defecto; no hay que olvidar que Welles fue también el autor de Fraude (1973), una de sus obras maestras para quien esto bloguea, donde somete a un juego de espejos los conceptos de realidad y mentira, de falsificación y veracidad. El mismo juego al que, con el paso de los años, fue sometiéndose a sí mismo. De ilusionista pasó a fabulador, y de allí a uno de los grandes embusteros de un entorno que nunca ha estado escaso de ellos. Así que es difícil saber cuánto de lo que cuenta es cierto, cuánto se lo inventa, cuánto lo dice sólo para provocar o tomarle el pelo a Jaglom. Nada le detiene a la hora de narrar u opinar, y a lo largo del libro se declara experto en no menos de media docena de materias diferentes. Así que lo mejor que podemos hacer como lectores es no olvidar ni por una línea que estamos frente a Welles, y divertirnos, con una ceja alzada, ante sus trucos de prestidigitación verbal.

Hay otra parte más sombría, que se extiende página tras página; los almuerzos tuvieron lugar en los últimos años de la vida de Welles, donde ya era una sombra, si bien inmensa, de sí mismo, y donde tenía que enfrentarse que su leyenda como cineasta había sido sobrepasada por su fama de creador caprichoso y anticomercial. Así que buena parte de las charlas con Jaglom tienen como tema sus últimos proyectos, la búsqueda desesperada de dinero con que financiarlos, sus escrituras y reescrituras, sus intentos y sus desilusiones. Son párrafos dolorosos de leer, ya que todos sabemos que ninguno de esos proyectos llegó a ver la luz, y como lectores tenemos que enfrentarnos a una historia cuyo final amargo ya conocemos desde el principio.

Por eso este libro deja un regusto agridulce. Por eso también, su lectura es altamente recomendable. Hasta al mejor mago del mundo se le acaban los trucos que oculta en la manga para seguir resucitando décadas después de muerto. No desaprovechemos este.