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Cómo puede afectarnos tuitear sobre política

15 Feb

Censura-Twitter

A veces es divertido contraponer noticias o tendencias. Por citar dos: hace ya un tiempo que se ha implantado la idea de que tener una vida activa en las redes sociales es bueno para conseguir un trabajo. De hecho, puede resultar imprescindible, ya que nuestro índice de Klout parece estar siendo un elemento de importancia creciente para distinguirnos de otros candidatos al puesto.

Sin embargo, por otra parte, es un hecho que las empresas de selección realizan un repaso exhaustivo en las redes sociales de todo lo que pueden encontrar sobre los candidatos. Quizá lo que levantó la liebre en este sentido fue el informe de Eurocom Worldwide publicado en 2012 donde se indicaba que uno de cada cinco candidatos a un puesto no había sido elegido por el perfil que mostraba en sus redes. Dos años en términos digitales son una eternidad; podemos y debemos pensar que esta tendencia ha aumentado desde entonces.

Así que la consecuencia parece ser: mantente activo en las redes, pero ten cuidado con lo que pones en ellas. El material sensible es, en su mayoría, bien conocido: insultos, faltas de respeto, racismo, sexismo. Incluso el fanatismo deportivo –o de cualquier clase, pero limitémonos al fútbol para no complicarnos- cuyos enfrentamientos se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Esto es fácil de entender, como lo es la norma de no tuitear jamás en caliente.

Lo que quizá sea más difícil de comprender y controlar es la opinión política. ¿Qué precio podemos tener que pagar por tuitear sin miedo sobre nuestra ideología, aunque lo hagamos respetuosamente, sin insultar a los demás y sin contestar cuando estos nos insultan? ¿Podemos estar seguros de que no es un factor de peso a la hora de seleccionarnos o rechazarnos para un puesto de trabajo?

La presencia de la política en Twitter es creciente, aunque no crezca de la misma manera para todo el mundo. Aquí merece la pena citar este artículo sobre el informe del Pew Research Center sobre medios y politización que demuestra, una vez más, que cada usuario se hace su propio Twitter: Si tuiteamos sobre política y seguimos a políticos, la gente que nos siga e interactúe con nosotros será en su mayoría de la misma cuerda. Y como consecuencia, nuestra cuenta estará mucho más plagada de contenido político que si tuiteamos sobre el cultivo de geranios. Esto es una obviedad.

FT_14.11.12.Social.Media_.Politics2 Lo que no es tan obvio es que incluso los no interesados en política tampoco se libran. Entre los usuarios de Twitter que sentían que más de la mitad del contenido que leían estaba relacionado con este tema se contaba un 9% de los no interesados en política, un 23% de los poco interesados y un 41% de los muy interesados. Otro detalle: se habla más de política en Facebook que en Twitter, quizá porque nos seguimos creyendo, y ya son ganas, que en esta red social nuestras publicaciones no pasarán del ámbito de nuestros contactos. Es sólo una opinión (¿para qué están los blogs si no?) pero es posible que en el subconsciente de muchos usuarios yazca la idea de que la política sigue siendo un tema del que es mejor hablar discretamente, en pequeños círculos.

No todo el mundo actúa así; tengo amigos que, sin ser políticos profesionales, tuitean sus opiniones a los cuatro vientos. Pero en muchos casos, son personas con un trabajo fijo, y con varios años de antigüedad en él. En cambio los autónomos, los freelance, los que andamos perpetuamente a la caza de trabajos y encargos, no podemos evitar preguntarnos si aquél comentario, aquel chiste o aquella bronca de la que ya nos olvidamos pueden haber sido decisivos a la hora de perder una buena oportunidad. Cuánto nos está costando nuestra libertad de expresión en Twitter. Sería una pena que los únicos que pudieran tuitear cualquier cosa sin miedo a su futuro laboral, fueran precisamente los políticos.

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¿Debemos borrar nuestras broncas en Twitter?

13 Ene

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Si el autor de este blog, que es un pedazo de pan bendito, se las ha tenido cuadradas en Twitter con más de uno y más de dos, no quiero ni pensar lo que habrá vivido alguno de los que me leen, que ya nos conocemos y sé que son ustedes una mezcla de Lobezno y Fernán-Gómez. Hablando en serio, nunca está de más recordar que a Twitter se entra llorado, y que las discusiones o enfrentamientos pueden empezar, obviamente si uno se las busca, pero también por los motivos más absurdos (un poco a la manera de aquél chiste tan viejo y tan malo “Oye, tú…” “¡Pues anda que tú”!).

Las broncas en las redes sociales no se diferencian demasiado de las que podemos tener en la vida real: en ambas se nos queda el mismo mal sabor de boca de habernos dejado arrastrar por la calentura que lleva a la confrontación, y de no estar seguros de haber tomado la decisión correcta al publicar aquella respuesta o aquel comentario. Al mismo tiempo, sentimos un cierto orgullo por no habernos achantado y haber plantado cara con firmeza al que nos ha atacado con groserías, insultos o faltas de respeto. Pero el resultado final nunca es bueno.

En una cosa sí se diferencian: que quedan ahí. Y, aunque la mayoría de las entradas sobre peloteras en Twitter se refieren a las protagonizadas por tuiteros famosos, no hay que pensar que las que hayamos tenido nosotros, en nuestra modestia, van a pasar desapercibidas. Se harán muy presentes cuando optemos a un puesto de trabajo y la agencia de empleo, o el departamento de Recursos Humanos, rastreen sobre nosotros toda la información que la web y las redes sociales pueden ofrecer. Los tuits se convertirán entonces en oscuras golondrinas, esas que siempre vuelven.

No sirve de nada poner en nuestro perfil “¡Empezó él!”, aunque sea verdad, porque como mínimo, apareceremos como una persona susceptible a las provocaciones, característica no muy recomendable para según qué puestos. Y si se nos ha calentado la boca, o el teclado, la imagen que podemos dar es bastante peor. Los comentarios que peor pueden sentar, según el estudio del enlace superior, elaborado por CareerBuilder, son los que ofenden en temas como raza, sexo o religión o- sin duda, lo peor de todo- los que incluyen información confidencial o negativa sobre empresas donde hemos trabajado. Lo cual no quiere decir que las broncas o discusiones sobre asuntos menores, iniciadas de modo más intrascendente, nos vayan a hacer bien.

Si lleva usted tiempo en Twitter y repasa su TL, probablemente encuentre muchos enfrentamientos de los que ya ni se acordaba, y cuyo origen y desarrollo le parecerán absurdos. Es más, puede que la persona con quien los mantuvo ni siquiera tenga activo su Twitter, o los tenga por ahí, relegados al olvido. Si de vez en cuando conviene hacer una limpia en nuestro TL –tuits desactualizados o sin repercusión, bromas que no hicieron gracia, temas que no tienen relación con nuestro perfil- las broncas quizá debieran estar entre las primeras cosas a borrar. No se trata exactamente de camuflar cómo somos; sino de trasladar al mundo digital la misma intrascendencia que estos episodios tienen en el mundo real. Lo pasado, pasado. Y ya veremos mañana –o quizás hoy mismo- con quién y sobre qué empezamos una nueva discusión. Total, siempre nos quedará Willy Toledo.

Salir en la foto (imagen y marca personal)

10 Oct

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El otro día escribí un post no para este blog, sino para otro, concretamente el de la firma de comunicación y marca personal Elocuent, donde me han sacado de guest star (aquí les dejo el enlace, por si les apetece). La cosa es que antes de publicarlo me pidieron una breve biografía profesional para acompañar al texto, un enlace a este blog…

… Y una foto.

Lo último supuso un pequeño problema. Vivimos en una época donde gracias a los móviles se hacen y comparten millones de fotos a diario (tantas, que hace tiempo que dejó de ser posible calcular la cifra, lean esta interesante entrada del blog de Benedict Evans), pero descubrí que no tenía ninguna reciente que me pareciera adecuada. Quizá no sea el único.

El auge de esto que se llama marca personal ha complicado un poco el tema de las fotos. En los tiempos del papel, todos teníamos a mano algunas tomadas en el fotomatón para cuando se exigían en el curriculum. En esos casos, la pegábamos o sujetábamos con una grapa a la primera página, lo mandábamos todo por correo (certificado) y a otra cosa. En el caso de los hombres, se optaba por llevar chaqueta, corbata y sonrisa de circunstancias, que confiábamos fuera suficiente para llevarnos hasta la entrevista donde por fin podríamos desplegar todo nuestro encanto personal.

Supongo que esta vestimenta tradicional sigue siendo válida para puestos tradicionales: director de ventas, jefe de recursos humanos, consejero delegado… Pero en otros campos la cosa se complica. El traje y la corbata cada vez se usan menos; por ejemplo, no todos los directores de comunicación la llevan. Ni los de marketing, si vamos a eso. De los periodistas, mejor ni hablamos, aunque hay algunos campos, como el económico, donde aún tiene bastante presencia. Y los blogueros, escribidores o creadores de contenidos, son el definitivo verso suelto: aquí hay tal variedad de indumentarias que aparecer en la foto con traje y corbata podría dar a muchos de ellos lo que Juan Marsé definió como “el complejo de elegante a destiempo que caracteriza a los endomingados”.

Según cuál sea tu ámbito profesional, el traje y la corbata pueden potenciar tu marca personal… o pueden ocultarla. No se trata tampoco de salir en Linkedin como si fueras a un concierto de Extremoduro con barra libre, pero quizá podríamos poner un poco de imaginación a la hora de atender este aspecto. ¿Mi foto me representa?¿Refleja lo que soy capaz de hacer, lo que hago y cómo lo hago? ¿Animaría a un cliente o empleador de mi ramo a contratarme, o le impulsaría a tirar mi currículum a la basura (física o digital)?

Al final, les envié una foto medio de compromiso, que me hice en una exposición de carteles de cine. A falta de otra cosa. No es que la foto sea mala, pero siempre queda la duda: ¿esa foto en esa página ayuda a mi marca personal, o la perjudica? ¿Funcionaría mejor en otro ámbito? Hay muchas preguntas. Quizá esa tira del fotomatón de mi juventud haya que irla cambiando hoy por una colección con distinta vestimenta y expresiones. Y colocar la que nos parezca que se ajusta más no a cómo somos, sino a cómo quien vernos en ese ámbito concreto. A mostrar en cada imagen sólo un poco de nuestra marca personal.

 (P.D. reconozco que este post ha quedado un poco machista, pero está basado en mi experiencia personal. Todas las mujeres que quieran aportar su punto de vista al respecto tienen a su disposición, faltaría más, la sección de comentarios).

 

Linkedin NO es una oficina de empleo

13 May

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Llevaba tiempo sin ver (y sin demasiadas ganas de ver), a aquel ex compañero de trabajo. Cuando me lo volví a encontrar fue en el velatorio del padre de un amigo común, así que había que guardar las formas. Sabía que le habían despedido de otro sitio, porque la noticia había aparecido en un par de confis de Internet. Muy cortésmente, le pregunté dónde estaba ahora, si es que estaba en alguna parte, y él, muy cortésmente también, me habló de un grupo político (creo) donde estaba con los temas de prensa.

El otro día, repasando esas sugerencias de Linkedin sobre gente con la que uno podría conectarse, apareció su nombre. No hice demasiado caso a la sugerencia, pero me fijé en el anuncio de su perfil: “en búsqueda activa de empleo”.

Es decir, cuando charlas con alguien le dices que estás (más o menos) trabajando en algún sitio, pero en tu perfil de una red social de carácter descaradamente profesional reconoces que estás buscando empleo.

Mal.

Muy mal.

Fatal.

Seguramente les habrá pasado a alguno de ustedes: alguien nos solicita contacto en Linkedin, y cuando se lo concedemos, lo primero que hace es enviar un correo solicitando trabajo. Sin saber cuál es nuestra situación, y decidiendo por su cuenta que no sólo trabajamos, sino que disponemos de empleos para dar y regalar. Vale que hay mucha gente en esa situación, y personas desesperadas por recuperar su estatus laboral (o por conseguir cualquier estatus laboral). Se entiende, por lo tanto, esa reacción. Pero eso no quita para que sea una grave equivocación. Como poner en el perfil personal “en búsqueda activa de empleo”. En esa situación hay más de cinco millones de personas en España, así que ¿a mí qué me cuenta?

Linkedin puede ser útil para establecer contactos profesionales de interés mutuo, y en ocasiones, sí, para encontrar empleo. Pero para ello lo que hay que hacer, en primer lugar, es dejar de pedirlo. En lugar de eso, establezca bien claro en su perfil quién es usted y en qué campos es un profesional fiable y respetado, por ejemplo: “abogado con veinte años de experiencia en derecho laboral”, “experto en marketing con quince años trabajando en entorno multinacional”, “periodista, consultor y especialista en contenidos corporativos” (anda, si este soy yo). Unos enunciados con mucho más atractivo que soltar ya desde la primera línea que se está en paro; eso ya lo deducirá quien visite su perfil y vea que actualmente no tiene ningún puesto profesional, pero que el anterior fue de cinco años con un cargo de responsabilidad en una empresa de primera fila.

Abundan los blogs llenos de consejos sobre las mejores maneras de tener a punto el perfil en Linkedin, como solicitar recomendaciones de ex compañeros, participar en los foros, actualizar periódicamente, etc. Sígalos, porque mantener activo nuestro perfil en las redes es una manera muy eficaz de indicar interés y buena disposición. Pero no se quede sentado en una esquina con la mano abierta, porque aquí las limosnas no abundan. Tienda esa mano a todos los contactos que puedan interesarle. Y, hágalo con su mejor sonrisa, aunque el pánico al desempleo le esté quemando las tripas. Si logrará trabajo así, eso ya no lo sé. Pero sinceramente, dude que lo logre si sigue confundiendo a Linkedin con una oficina del INEM.

¿Debemos negarnos (siempre) a trabajar gratis?

27 Mar

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Comprendo que este post, así al principio, no va a ser demasiado popular. Vamos, que me puede caer una buena, y no es para menos. El índice de paro que asola la profesión periodística es bien conocido, y la proliferación de agencias de comunicación de todo pelaje hace que algunas recurran a becarios mal pagados (o no pagados en absoluto) para realizar trabajos de categoría muy superior a la que les corresponde. No hay nada como una crisis para potenciar el trabajo esclavo. Y la gente anda muy cabreada con el tema, como muestran iniciativas tan populares como la que se puede encontrar en Twitter bajo la etiqueta #gratisnotrabajo, donde se denuncian las ofertas de empleo vergonzosas no sólo para quien las recibe, sino también para quién las hace si a este le quedara algo de vergüenza, lo cual no suele ser el caso.

Pero de hecho, podría decirse que muchos profesionales ya estamos trabajando gratis en más de una ocasión. Llevar un blog, gestionar nuestras cuentas en redes sociales, o asistir a determinados eventos son labores no remuneradas, que para algunos pueden constituir un hobby, pero para otros son parte de una tarea continua de proyección personal, donde buscan mostrarse actualizados y receptivos a las oportunidades que puedan surgir.

Todos queremos cobrar un sueldo digno. Y, los que no tienen un sueldo, exigen que los encargos que les llegan estén pagados de acuerdo con lo que se les pide. Con todo, surgen aquí y allá cosas puntuales (no estoy hablando de ninguna manera de empleos fijos) que en ocasiones, sólo en ocasiones, convendría considerar, siempre y cuando nos vayan a aportar alguna ventaja extraeconómica. Antes que cerrarnos en banda ante ellas, quizá fuera conveniente hacerse las siguientes preguntas:

1. ¿Qué es exactamente lo que me piden? Es decir, no nos estamos refiriendo a las ofertas de trabajar jornadas de nueve horas, con festivos disponibles. Esas sólo tienen una respuesta, y no la vamos a reproducir aquí. Otra cosa son proyectos fáciles, que nos apetezcan y que no requieran demasiado tiempo ni esfuerzo. Una o dos horas por semana, algo parecido. No abundan, pero de vez en cuando aparece uno. Y en ese caso deberíamos calcular si la idea nos tienta, y si tenemos algo más productivo en qué ocuparnos. Si la respuesta a la segunda pregunta es sí, olvidemos el asunto.

2. ¿Voy a aprender algo? Ya sabemos que dinero, no hay. Pero puede haber otras compensaciones. Sobre todo en entornos como la comunicación y el periodismo, donde no cesan de aparecer nuevos soportes, estrategias y herramientas, podemos considerar si el trabajo nos permitirá manejarnos mejor en campos donde estamos vírgenes: redes sociales, SEO, edición de vídeo, locución, redacción, organización de eventos. Nadie sabe de todo, y hay profesionales con años de experiencia que cojean de alguna de estas patas.

3 ¿Me servirá de proyección? Si lo que nos ofrecen nos va a permitir elaborar un perfil profesional más completo, puede ser interesante aceptarlo. Por el nombre de la empresa, por los clientes relacionados, o por la gente que vaya a verlo. Entre quedarse en casa o asomar la cabeza formando parte de algún asunto interesante, siempre (o casi siempre) será más conveniente lo segundo.

4. ¿Ampliará mi círculo de contactos? Básico. Las redes sociales y esas cosas están muy bien, pero los contactos en el día a día son lo que verdaderamente importa. Tengamos en cuenta si podremos utilizar lo que nos piden para añadir más nombres a nuestra agenda o, en su vertiente más moderna, a nuestra lista de conocidos en Linkedin. Para que se acuerden de nosotros cuando vuelvan a necesitar a un buen profesional… y las cosas hayan mejorado y puedan pagarlo.

Si han conseguido llegar hasta aquí sin acordarse de mis ancestros más próximos, sólo un último apunte. Creo, sinceramente, que si se cumplen las condiciones señaladas más arriba, puede aceptarse algún trabajo sin cobrar. Pero sólo alguno. Y jamás dos veces. Y entre un trabajo pagado y otro gratis, no hay elección posible. Pero si no hay otra cosa, puede ser una manera de meter la nariz en sitios que de otro modo estarían vedados. Sin contar con lo mejor de todo: la opción de hacerles un corte de mangas y salir por la puerta en cuanto nos apetezca. Total, tampoco nos pueden despedir.

Redes sociales, la nueva tarjeta de visita

25 Oct

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Tengo la costumbre de clasificar las tarjetas de visita en tres grupos:

  • El más obvio es el de las que pertenecen a gente con la que tengo contacto habitual, y son las que tengo más a mano.
  • El segundo grupo es el contrario, se refiere a las de personas de las que llevo años sin saber nada, o empresas que pasaron a mejor vida (ahora que vamos encendiendo las primeras chimeneas, me hacen un excelente último servicio).
  • Y el tercer grupo es el de las que me traen buenos recuerdos de viajes, encuentros, entrevistas o sitios por los que pasé. Esas no las tiro, sino que las tengo guardadas por ahí, de la misma manera en que conservamos entradas a cierto espectáculo, fotografías, invitaciones de boda o recibos de restaurantes que sólo con mirarlos nos llevan de vuelta a aquella situación “sin duda inolvidable y ya olvidada”, que decía Borges.

Pero todo esto no es más que rollo personal antes de entrar en el meollo del post:¿Cómo seguimos siendo tan anticuados como para usar tarjetas de visita?

Hay quienes siguen defendiendo el modelo tradicional de la tarjeta, y hay quienes están haciendo negocio adaptándolas a los dispositivos móviles (en este enlace tienen unas cuantas apps), o creando empresas especializadas en la elaboración de tarjetas digitales. Todo parece indicar que estos pedacitos de cartón van a seguir el mismo camino que libros, periódicos, revistas y cualquier otro objeto basado en el papel. Pero al mismo tiempo está ocurriendo otro fenómeno: verán, esta semana he estado yendo a mucho sarao, tanto digital como presencial (Así está el blog, lleno de telarañas). En algunos de estos eventos me dedicaba a tuitear los momentos más destacados, y después conocí a otros tuiteros que habían estado haciendo lo mismo. Y entonces nos intercambiábamos tarjetas… y nos comenzábamos a seguir mutuamente.

Creo que el seguimiento en redes sociales, con Twitter y Linkedin a la cabeza, es la verdadera tarjeta de visita del siglo XXI. Es instantáneo, veloz, moderno. Mucho más fácil de controlar que los Rodolex o esos archivadores donde las tarjetitas se iban acumulando. Y, caso de que no nos hayamos dado cuenta, también puede ser un arma de doble filo. Me percaté de ello cuando vi esta entrevista con Eva Collado Durán, tuitcontacto y especialista en RR HH. Se la recomiendo, porque tiene mucho interés en general, pero no se me pierdan esta declaración concreta (minuto 1:01):

 “Ahora, las personas que seleccionamos, tenemos la oportunidad de conocer al candidato en la Red. Es decir, podemos pasar de la selección curricular habitual a la selección por conversación (…) podemos observar el comportamiento del candidato en la Red, incluso podemos conversar con él y podemos ver perfectamente qué marca personal tiene, si conjuga con el ideal que queremos incorporar en nuestra organización (…) Es una manera de reclutar directamente a través de la conversación”.

Ueeeps. Es decir, que frente a la posible inconsecuencia de un intercambio de tarjetas, donde podemos volver a ver, o no, a la persona que nos la ha dado, un intercambio de seguimientos tiene una permanencia de la que no siempre somos conscientes. Quedamos a la vista de muchas personas con las que tenemos, o podríamos tener, una relación profesional. Y asusta un poco pensar que esa relación puede depender de lo que hagamos o dejemos de hacer en las redes. Como un microorganismo en una placa Petri, estamos expuestos a la evaluación continua de nuestro comportamiento.

Aún guardo en casa tarjetas de visita de los años 80, donde sólo aparece nombre, apellidos, dirección y teléfono (ni siquiera el fax). Ahora, al usar las redes como nuestra carta de presentación, aparecemos nosotros en todo momento. Puede ser magnífico si damos la talla. Puede ser devastador si somos una decepción. ¿Estamos a la altura?