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Pequeños grandes Quijotes

8 May

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Tal y como uno se esperaba, pasada la fecha del 23 de abril, el fuelle de las celebraciones cervantinas parece haberse desinflado. Como si lo que más importara a muchos fuera apuntarse tantos a la hora de demostrar que uno -o la institución que dirigiera- era tan amante del Quijote y de su autor como el que más, en vez de un interés genuino por la difusión y el estudio del autor y su obra. Pero no nos pasemos de bordes, que esto es un blog de mesa camilla, no la columna de Perez-Reverte. La verdad es que sigue habiendo sitios donde los interesados en Cervantes, en el Quijote o en los libros en general siguen pudiendo meter la nariz. La exposición de la Biblioteca Nacional sigue abierta, y se la recomiendo sin dudar.

Pero hay otra.

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Mucho más pequeña. Cabría en una habitación como en la que estoy escribiendo este post. Y si se apilaran los objetos que se exhiben en ella, sobraría con un rincón de esta habitación. Pero lo que importa no es el tamaño. O sí. Porque Cervantes en Miniatura lo que ofrece es una recopilación asombrosa de ediciones diminutas de la obra de don Miguel, empezando por su título más conocido, pero sin despreciar Persiles y Novelas Ejemplares que obligan a los asistentes a inclinarse ante las vitrinas para poder apreciar los detalles de la encuadernación, la belleza de las ilustraciones, los tipos de letra y papel. Todo el cariño que se puede poner en la confección de un libro se refleja aquí paradójicamente aumentado por el reto de enfrentarse a la perfección en unas dimensiones que parecen imposibles.

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No me extenderé más. ¿Para qué les voy a seguir aburriendo si las fotos hablan por uno, y mejor que uno? Pueden contemplarla de lunes a viernes en la Facultad de Ciencias de la Documentación (Calle Santísima Trinidad, 37. 28010 Madrid), en el primer piso, de 1:30 a 13:30 y de 16:00 a 19:00. El acceso es gratuito, y a las seis de la tarde, la comisaria de la exposición y propietaria de este tesoro bibliográfico, Susana López del Toro (amiga de este bloguero, pero eso ya se lo habían imaginado ¿no?) ofrece cada día una visita guiada.

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En principio, creí que no iba a poder publicar este post por falta de tiempo, pero la exposición ha levantado tanto interés que ha sido prolongada hasta el próximo 20 de mayo. ¿Qué más puedo decir? Sólo cuatro palabras:

No se la pierdan.

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¿Puede Cela sobrevivir a Don Camilo?

16 Abr

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Son curiosos los años como este en los que se junta tanto centenario en la literatura, porque nos hacen constatar las distintas maneras de acercarse de nuevo a la obra de cada escritor. Se supone que las revisitas a autores y obra son obligatorias, casi un compromiso social, aunque en algunos casos ese compromiso sea más fácil de cumplir que en otros. Seamos claros: Garcilaso de la Vega tuvo una vida llena de interés, pero acercarse a su obra sin una mano experta que nos guíe por la misma es tarea bien difícil. Y lo mismo ocurre con Cervantes y Shakespeare, que siguen sonando a la mayoría de la gente por la popularidad de sus personajes y por las adaptaciones de los mismos; tragarse Hamlet o un par de capítulos del Quijote si no se frecuenta la literatura de la época y se tiene un mínimo de familiaridad con los clásicos, es muy otra cosa.

Nos queda Cela. Muerto hace ya catorce años, y nacido hace cien. De todos ellos, podría ser el autor más accesible, pero es dudoso que su centenario contribuya a atraer o a recuperar lectores. Se dice que la sucesión imparable e hipnótica de continuas novedades está cegando al público a la hora de volver la vista atrás. Que sólo nos interesa lo último, lo más reciente. Siguiendo esta teoría, un escritor, por muy célebre y laureado que haya sido en vida, tendrá suerte si continúa siendo leído a los cinco años de su muerte, ni hablemos a los catorce. Es tiempo más que suficiente para que haya perdido todo atractivo, ocupada como está la gente en no perderse nada de lo último, no se sabe si por genuino interés cultural o porque tiene miedo de quedarse sin tema de conversación si no está al día.

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Uno cree que algo hay de verdad en este argumento; sobre todo cuando se aplica a escritores como Cela, que durante buena parte de su vida, y muy especialmente en sus últimos años, impuso su obra no mediante la calidad de su literatura, sino por medio de una autopromoción incansable. Cela se retiraba para dar paso a Don Camilo, que se mantenía en boca de todos (¿Se imaginan que hubieran existido entonces las redes sociales?) a base de numeritos. Don Camilo se descasaba y se volvía a casar; Don Camilo montaba en parapente; Don Camilo le arreaba un guantazo a Jesús Mariñas en plena Marbella; Don Camilo regresaba a La Alcarría, en un Rolls Royce con choferesa negra; Don Camilo anunciaba la Guía Repsol; Don Camilo insultaba a Jorge Semprún por no bailarle el agua, exigía la cabeza de Julio Llamazares por un artículo en El País y cuando Antonio Muñoz Molina le afeo respetuosamente su falta de respeto, le contestaba en un artículo que fuera a untarse los cuernos con vaselina; y mientras Don Camilo hacía todas estas cosas, Cela publicaba recopilaciones, libros de artículos y novelas, no tan espoleado por las musas -el mismo admitió que la inspiración existe, pero tiene que cogerte trabajando- como, sobre todo en los últimos años, por un taxímetro que corría a toda velocidad.

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Muerto el autor, se acabó la fanfarria, y se extinguieron las llamadas de atención. El cadáver quedó cubierto de anécdotas, y es necesario aventarlas si se quiere uno acercar a su obra para analizar sin prejuicio cuánto pueda haber de valor en ella. ¿Cómo ha envejecido Pascual Duarte? ¿Tiene algún valor su recuperación del Lazarillo? ¿Es Oficio de Tinieblas 5 algo más que una monstruosa masturbación mental? ¿Cómo tras años espaciando sus novelas publicó dos en 1994, El Asesinato del Perdedor y La Cruz de San Andrés, la segunda de las cuales, ganadora del Planeta, fue acusada de plagio? ¿Y qué hay de los miles de artículos, cuentos, notas y billetes que dejó repartidos por toda la prensa y oportunamente recopilados (o vueltos a recopilar cuando el cheque lo merecía)?

Los casi sesenta años de escritura que han formado la obra de Cela tienen un interés suplementario: se mete uno en ella sin instrucciones, porque su autor no fue jamás amigo de sincerarse sobre sus motivos y preferencias a la hora de escoger tal o cual tema, ni de hablar de influencias o de autores. Algunos le llamaron maestro, pero nunca se molestó en enseñar a nadie, quizá porque enseñar habría sido descubrirse. Las biografías sobre él, abundantes pero incompletas, se muestran impotentes a la hora de mirar detrás del personaje. Es mejor rastrear los recuerdos de quienes le conocieron, bien por coincidencia profesional o por obligación, bien por amistad sincera o porque sabían que arrimarse a su sombra garantizaba sabrosos parabienes, desde Manuel Alcántara a Jesús Pardo, pasando por Manuel Vicent o, cómo no, Francisco Umbral, entre otros muchos. Unos le definieron, otros le criticaron, alguno le traicionó.  Pero dejaron una colección de testimonios que, una vez ordenada, delinea las formas de un retrato para el que el interesado nunca quiso posar.

Puede que Don Camilo fuera sólo una máscara, pero puede también que su obra literaria fuera a su vez una segunda máscara, detrás de la cual el verdadero Cela trabajaba y se escondía, logrando su propósito de triunfar en la literatura y desviar la atención hacia su persona para nunca revelar nada de su ser más íntimo.

Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

¡Plagienme, que es gratis!

31 Ago
(AVISO: este post es estrictamente personal. Con ello quiero decir que el autor es también el protagonista del mismo. Creo conveniente advertir de ello para no encontrarme luego con acusaciones de egocentrismo o, peor aún, de aburrimiento. Sigan leyendo bajo su responsabilidad).

a_running_duckPaula Gosling es una escritora estadounidense de novelas policiacas, entre las que se cuenta A running duck, publicada en 1974. A grandes rasgos, su argumento cuenta cómo una ejecutiva de publicidad se convierte en el objetivo de un asesino en serie, del que debe escapar con la ayuda de un policía duro y silencioso, el teniente Mike Malchek. La lucha contra el criminal se combina en la trama con  el progresivo enamoramiento de protector y protegida.

Esta novela ha sido llevada al cine dos veces, ambas con bastante mala suerte: en 1986, Sylvester Stallone la utilizó para perpetrar Cobra, el brazo fuerte de la ley, y diez años después, con el título Caza Legal, sirvió como pretexto para intentar convertir a Cindy Crawford en actriz. Lo único que ambas películas toman de la novela es la idea de una mujer civil protegida por un policía; en el engendro de Stallone, es una modelo a la que persigue una banda de psicópatas que se dedican a matar personas mayormente porque lo dice el guión, y en Caza Legal, una abogada perseguida por antiguos miembros del KGB reconvertidos en mafiosos.

El resto de las dos películas no tiene nada que ver con la novela. Ya puestos, ni siquiera aprovecharon los nombres de los personajes. Podría pensarse que la idea original es tan vaga que ni siquiera tendrían que haberse molestado en comprar los derechos del libro. Pero lo hicieron, pagaron y pusieron en los títulos de crédito “Basada en la novela The Running Duck”, de Paula Gosling”.

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Ahora pasemos al tema personal. En 2007, publiqué un libro titulado Es cosa de hombres. El machismo en la publicidad española 1939-1975, que creo que a día de hoy sigue siendo el único íntegramente dedicado a este tema. Mi intención inicial fue contar la historia de la imagen de la mujer en la publicidad hasta nuestros días, pero el editor me dijo que era mejor ceñirnos al franquismo, y tocar la democracia en un segundo libro. Estuve de acuerdo.

El libro no se vendió bien, y la segunda parte nunca se escribió. Qué le vamos a hacer. Es lo que ocurre con la mayor parte de los libros, y a este campo se viene llorado. Iba a añadir que pasó desapercibido… Pero tampoco fue exactamente así.

En 2009, Televisión Española produjo la serie documental 50 años de, donde se narraba la evolución de diversos aspectos de la sociedad en el último medio siglo. Cada capítulo estaba a cargo de un realizador distinto, e Isabel Coixet se encargó del dedicado “al tradicional papel de la mujer en la sociedad española y la repercusión que tienen en los medios los delitos por violencia  de género”, según se puede leer en la web de TVE.

El título del capítulo fue “La mujer, cosa de hombres”, y en él aparecían algunos anuncios donde se frivolizaba con la violencia de género. Alguno era muy conocido, como el de Soberano y la pitonisa; otros, como el del insecticida ZZ Paff donde se usa a la esposa como arma arrojadiza (aquí abajo lo tienen), eran algo menos populares. Todos aparecían en mi libro, de título tan similar al del capítulo de la serie. Pero en ninguna parte se le menciona; ni siquiera hay una referencia en los créditos finales.

Claro, es posible que todo fuera casualidad y que ni Coixet ni su equipo conocieran Es cosa de hombres. Pasemos a 2011. Ese año, Televisión Española emitió una serie de programas titulada Los anuncios de tu vida, presentada por Manuel Campo Vidal, donde se repasaba la evolución de la publicidad y la sociedad en España. Por supuesto, el tratamiento a los distintos sexos iba a ser uno de los temas. Esta vez no iban a pillarme desprevenido: cuando se anunció la serie, llamé a la productora y hablé con una de las responsables del programa. Quería saber si conocían mi libro para, si no era el caso, enviárselo. No esperaba con ello vender más -ya había desaparecido de las librerías- ni, válgame Dios, que me pagaran. Pero sí, por lo menos, un breve reconocimiento o una mención a la fuente.

La responsable me dijo que no hacía falta, porque no sólo lo conocían, sino que lo estaban utilizando generosamente y era una de las principales fuentes para ese tema. Muy bien, en ese caso le pedí que no se olvidaran de mencionarlo, aunque fuera brevemente en los títulos finales. Me aseguró que así lo harían, e incluso me tanteó con la posibilidad de ir al programa.

No ocurrió ni una cosa ni otra. Los invitados eran famosos, no periodistas del montón, y en ningún momento apareció ni una sola mención a aquel libro que habían utilizado con tanto entusiasmo.

¿Y por qué les largo todo este rollo ahora? En los últimos días, el documental de Coixet parece haberse puesto de moda de nuevo, y algunos amigos me lo han hecho saber (“¡pero si hasta el título es igual!”). Yo les explico que la historia tiene ya sus añitos, y que desde entonces estoy acostumbrado a que Es cosa de hombres aparezca de vez en cuando, siempre como fuente anónima, en libros, artículos y programas de radio o televisión.

Y estoy acostumbrado. Pero también estoy hasta las narices.

Puede que la comparación del principio con las películas sea desafortunada. No es igual una novela que un libro de no ficción, ni una película que un documental televisivo. Pero cuando uno piensa en que como periodista ha procurado siempre no dejar ninguna fuente sin citar (a menos, lógicamente, que pidiera un off the récord), sorprende la facilidad con la que algunos colegas no consideran necesario agradecer el trabajo que se tomó en su día otra persona, y que tanto ha contribuido a facilitarles el suyo a la hora de buscar información.

Se dice que, cuando se filmó Cobra, Stallone propuso a Paula Gosling reeditar su novela, pero figurando él como autor, oferta que la escritora rechazó. Podría pensarse que hay que tener cara, y un ego desbocado, para hacer semejante sugerencia. Y sería verdad.

Pero por estos pagos mucha gente hace lo mismo, y ni siquiera se molesta en preguntar.

La mejor nota de prensa que he recibido nunca

27 Jul

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Las notas de prensa y su circunstancia son protagonistas de muchos debates y opiniones sobre la comunicación en la era digital, y uno de los puntos sobre los que más se habla es sobre su utilidad. Hay quien cuestiona si siguen teniendo sentido en un marco de difusión de mensajes con tantos canales instantáneos y viralizables, más prácticos, y otros opinan que no hay que despreciar su capacidad como arma comunicativa en estos tiempos donde el corta y pega sustituye al verdadero periodismo tanto como la achicoria al café en la Posguerra, y basta con poner unas cifras antecedidas de las tres palabras mágicas (“Según un estudio”) para que los pseudomedios dospuntocero ni se molesten en comprobar los datos.

Yo sobre este tema, tras haber trabajado a ambos lados de la frontera, sólo tengo un humilde consejo: si no tienes nada que contar, no lances una nota. ¿Que vaya chorrada, dicen ustedes? Se nota que no reciben parte de la morralla que le llega a un servidor, o que no han lidiado con clientes que confunden la eficacia comunicativa con el bombardeo masivo. Y entre todo esto, subsiste el tema principal: cómo aumentar la difusión de tus notas de prensa. Cómo hacer que los periodistas las abran.

Pues hay una tercera posibilidad: como hacer que las periodistas las guarden. Hoy me lo han demostrado.

Primero, la noticia: la editorial Minotauro, especializada en obras de fantasía y ciencia-ficción, cumple sesenta años de existencia. Para celebrarlo, ha lanzado una edición especial del primer libro que publicaron, en agosto de 1955, un merecido clásico no ya de la literatura de ciencia-ficción, sino simplemente de la literatura: Las Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. Y si la edición (aún no he podido meterle mano) tiene buena pinta, la nota de prensa no se queda atrás. Porque además de la información que cabía esperar sobre la editorial, el libro y esta nueva edición, incluye los siguientes enlaces:

Y más cosas aún. Nunca antes me había encontrado con una nota de prensa cuyo contenido pudiera tenerme ocupado y entretenido durante horas y horas. Está claro que no todas las noticias se prestan a ello, pero cuando es el caso, creo que es un canal que la comunicación digital todavía no ha explorado lo bastante: sacar una nota que constituya el epicentro de un caudal de enlaces con información extra sobre el tema que trata. Y, cuando uno piensa en cómo puede utilizarse esta fórmula en otros campos de la comunicación aparte del literario, las posibilidades parecen tan infinitas como el propio universo como Bradbury.

Y además, estoy deseando ver la nota que sacan cuando toque alguna edición especial de Stanislav Lem.

Feria del Libro: no todos firman igual (y luego está Ibáñez)

7 Jun

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Fue Manuel Vicent quien clasificó a las casetas de la Feria del Libro en las que tienen bicho dentro y las que no. Entiéndase por bicho autor firmante, o con pretensiones de serlo. Pero incluso en esta categoría hay cuatro subcategorías, que demuestran que hay algunos escritores más iguales que otros. Vamos a repasarlas, de menor a mayor.

La Categoría A es la básica: conseguir ir a firmar algún día, es decir, tener un libro más o menos vivo en el mercado coincidiendo con los días de Feria, y gracias a la amistad o la misericordia, conseguir una caseta donde le admitan a uno, aunque sea un sólo día. Yo esto confieso que no lo he conseguido jamás, porque mis libros, los pocos que he sacado, no han aguantado vivos los meses suficientes. ¿Mala suerte? Supongo, porque sigo pensando que eran buenos libros. Pero quizá al no entrar en la Categoría A, algunos nos hemos librado de algo que puede ser mucho peor:

La Categoría B. Que es ir a la Feria a firmar… y no firmar. El interlocutor de esta breve conversación del año pasado que ahora recuerdo aquí es un buen amigo, coautor de un magnífico libro sobre música: “Oye, ¿al final se pasó Fulanita por la caseta? Le dije que estabais firmando”. “Sí ¡Y menos mal que se pasó, porque gracias a eso pudimos firmar un ejemplar en todo el día!”. Para mayor recochineo, dos casetas más allá estaba un tal Rubius firmando a dos manos no sé qué desvaríos para adolescentes. Las cosas se empiezan a arreglar cuando pasamos a:

La Categoría C: Firmar en serio. No ir un solo día, sino varios, cuantos más mejor, y disfrutar siempre de una cola aceptable de lectores que aguardan. El otro día me alegré de ver que Trapiello contaba con un buen número de admiradores de su repercutirá del Quijote, y me sorprendió ver que Carlos Rodríguez Braun no le andaba a la zaga. Aquí es donde encontramos a los novelistas de éxito, los habituales de la Feria, a algún político y, desde luego, a los famosos de la tele, aunque en algunos casos la firma que estampan estos sea lo único que han escrito propiamente en el libro.

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Esto ya parecería lo máximo a que uno puede aspirar, pero siempre hay algo más. Y nos estamos dejando el summum, el Olimpo de los firmantes, la business class de la firma en la Feria, que es, obviamente:

La Categoría D: La Jaima. Reservada a los verdaderos superventas, los que no pueden atender a los lectores desde la vulgaridad y las limitaciones de una caseta, por riesgo de causar embotellamientos. Hay que ser premio Nobel, como Vargas Llosa, o, y perdonen la ordinariez, vender cien mil ejemplares sin sacarla, como Ken Follett. La Jaima está situada en el centro del Paseo de Coches -este año, en el principio de la Feria según se entra por Menéndez Pelayo- y la cola de lectores se extiende a lo largo del Paseo, sin estorbar. En la Jaima el autor no comparte sitio con libros de otros; están él, su pluma y su obra. Puestos a estar, también están algunos empleados de la editorial que flanquean su mesa y van controlando la afluencia. Los que se asan pacientemente al sol son los lectores, que paradójicamente -por eso el autor está en la Jaima- son muchos, así que tardan más de lo habitual en llegar hasta la mesa con su libro.

20150607_174911No siempre hubo Jaima. Hace muchos años, cuando la Feria estaba todavía en el paseo lateral, servidor hizo cola durante cuarenta y cinco minutos en los Jardines de Cecilio Rodríguez para que Borges le firmara un ejemplar de Ficciones. El maestro esperaba en un pabellón, donde cuando te daban paso, sin preguntar ni hablar, te estampaba en tu ejemplar unos signos como estos, que me ha hecho pensar desde entonces si lo que estuve haciendo durante tres cuartos de hora no fue, sencillamente, el imbécil.

Hoy Borges ya no está, pero me hace gracia ver que este año los autores de la Jaima son principalmente dos: Arturo Pérez-Reverte y Francisco Ibáñez. Lo único que tienen en común es su enorme popularidad con los lectores, y no tiene uno claro si competir con Pérez-Reverte eleva el prestigio de Ibáñez, o más bien la cosa es al revés. Que el que siempre se ha presentado como un currito de los tebeos le moje la oreja a un señor que tiene a gala sacar su mal genio en cuanto le tocan las ínfulas, no sólo tiene gracia, es que casi parece algo salido de un cómic de Mortadelo y Filemón. Pero no todo es color de rosa bajo la Jaima; me soplan que Filemón odia a Mortadelo. Porque cuando los niños llegan hasta Ibáñez a pedirle la firma, nunca le piden que le dibuje a él.

Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

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Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.