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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

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Mirar la arquitectura: festín en sepia

28 Sep

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En un mundo ahogado en fotografías, las exposiciones dedicadas a este arte corren el riesgo de ir pasando por ojos cada vez más escasos. Saturados de imágenes como vivimos, podemos pensar que pasar el rato en una sala donde el tema principal es la imagen es perder el tiempo, soportar una ración suplementaria de lo que ya nos sobra, tanto por lo que recibimos como por lo que producimos a diario, desde que todos tenemos en cualquier momento una cámara en el bolsillo.

Más aún si lo que se nos anuncia es una exposición de arquitectura, con ciudades y edificios que suponemos conocer al detalle aunque nunca hayamos puesto un pie en ellos, gracias, precisamente, a la fotografía; y sin embargo, la exposición Mirar la Arquitectura: Fotografía Monumental en el Siglo XIX, que hasta el 4 de octubre aún puede contemplarse en Madrid, en la Biblioteca Nacional de España, ofrece al visitante nuevos ojos para contemplar esas imágenes que en teoría ya no tienen nada que decirnos. La entrada, como en todas las exposiciones de la BNE, es gratuita, aunque hace unos días un grupo de privilegiados tuvimos la suerte de visitarla guiados por las palabras de los dos comisarios de la exposición, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo.

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Su tarea no sólo consistió en guiarnos por las diferentes áreas de la exposición, sino contarnos muchas de las historias de los hombres detrás de las cámaras. Los pioneros, que tuvieron la idea de retratar aquello cuya grandeza exigía que permaneciera, de un modo u otro, en la memoria. Recorrer una exposición con unos guías tan privilegiados la agranda, al orientar el desconocimiento del visitante y descubrirle la historia que hay detrás de un nombre o destacar la importancia de una imagen o un volumen. La agranda tanto, que presenta como imposible la tarea de resumir con precisión todo lo que se ha visto y oído.

Por suerte, este no es un medio de comunicación, sino un blog personal. Puedo limitarme a recordar los mejores momentos de la visita, y escribir como lo haría para los amigos (lo cual, por otra parte, es lo que siempre intenta uno aquí), para recomendarles no sólo que vayan si tienen la oportunidad, sino para indicarles las cosas que no deben perderse. Por ejemplo, en la primera parte, donde se recogen los adelantos técnicos previos a la invención de la fotografía para construir la imagen con la máxima precisión – “espejos, vidrios pautados, puntos de distancia, lentes, luces”, se lee en el catálogo- destacaron para mí cuatro pequeños y hermosísimos grabados de Durero, en los que dibujaba a dibujantes empleando estos medios para recrear un retrato, un laud, una vasija o un desnudo; o las precisas panorámicas que obtuvo Alfred Guesdón de ciudades como Sevilla o Madrid. En la segunda, la pantalla donde se proyectan las fotografías de Les Travaux Publiques de la France, proyecto ingente dirigido en el siglo XIX por Léonce Reynaud que recogió en cinco volúmenes 250 fotografías de los avances arquitectónicos de Francia. La selección de imágenes que aparece en el vídeo muestra asombrosos ejemplos sucesivos de lo actuales que resultan a la vista muchas fotografías antiguas.

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La impactante modernidad de las imágenes de Les Travaux Publiques.

Experimenté -y creo que no fui el único- una sensación dolorosamente familiar al enterarme de que varios de los principales trabajos fotográficos sobre la España artuitectonica y monumental fueron cosa de extranjeros antes que de españoles; más de 50 recorrieron la península entre 1849 y1860, y del mismo modo en que los viajeros, como Richard Ford y el misterioso George Borrow, entregaron a la imprenta las primeras guías para aventurarse en nuestro país, los fotógrafos dejaron imágenes para la historia. Pero al mismo tiempo se sentía admiración y agradecimiento cuando uno se acercaba a sus trabajos, y comprobaba todo el tiempo y el talento que arrojaron en ellos; no creo que se me olvide fácilmente la obra Recuerdos de España, de Edwar King Tenison, un volumen excepcional que merece inclinar la cabeza para ver también su exterior y apreciar el cuidado invertido en su cubierta y su encuadernación, ni el complemento de texto que constituye a su manera el libro Castile and Andalucia, escrito por su mujer, Louisa. El mismo respeto se siente ante el trabajo de Charles Clifford, que escribió en una de sus cartas su intención de conservar la belleza de la arquitectura española “antes de que la desidia la haga desaparecer”. La exposición muestra uno de los dos únicos ejemplares que quedan en el mundo del libro de Clifford.

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Recuerdos de España, de Edwar King Tenison. El cuidado en su confección está a la altura de su contenido.

Las imágenes de toda la exposición forman todo un festín en sepia y blanco y negro, pero no sólo puede aprenderse de ellas; también, nos recordaron Delfín y Helena, de la propia evolución de la fotografía y la sociedad. Porque si los primeros trabajos fotográficos suponían para sus autores un esfuerzo hercúleo en medios, tiempo y dinero, cuando en el siglo XIX comenzó a popularizarse tanto la fotografía como la afición por viajar, se implantó también la costumbre de fotografiar los lugares emblemáticos de cada destino, para dejar constancia de que el autor había estado allí; unos lugares emblemáticos que a su vez ya prefijados en la mente del viajero por el trabajo de los fotógrafos anteriores. Así comenzó una costumbre de siglos, donde los sucesivos captadores de imágenes fueron repitiendo la imagen y el encuadre, que las primeras fotografías dejaron indeleble en el ojo de la mayoría de los sucesores. Desde La Alhambra hasta El Escorial, todo parece haber sido fotografiado miles de veces de la misma manera, con el único añadido de aparecer nosotros mismos en las fotos, para diferenciarlas y diferenciarnos de las postales, que ha degenerado en la avalancha de los selfies.

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Inauguración de la línea ferrea a Aturias, 1884. Fotografía de Paul Sauvannaud.

Por eso esta exposición es más que recomendable: nos devuelve a la fotografía como objetivo de los viajes, no como complemento. Estimula y enseña ver cómo el propio acto de sacar una foto se miraba hace siglos con otros ojos, y cómo esos ojos marcaron el camino que siguen los 810.000 millones de fotos que se toman hoy anualmente, muchas de las cuales acabarán olvidadas en cuanto cambiemos de móvil o se estropee la tarjeta de memoria.

Y termina uno pensando que podemos haber mejorado la tecnología, pero no el talento; las cámaras modernas tienen aplicaciones en sepia para que las fotos digitales adopten un falso parecido con lo que consiguieron un siglo atrás los verdaderos innovadores. Tienen aún una semana larga para disfrutarla. No se la pierdan.

Pequeños lugares sin encanto

16 Nov
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La clientela dice mucho del encanto de un lugar. Pero no es lo único.

En el año 2001 tuve la ocasión de conocer Japón. Fue un viaje que me pagaron todos ustedes, porque invitaba la compañía entonces casi monopolística en el sector de las telecomunicaciones en España. A pesar de que nos enseñaron cosas de gran interés, de que pudimos meternos a nuestro aire en el torbellino fascinante que supone siempre un primer contacto con Tokio, y que nos trataron a cuerpo de tarjeta black, a los pocos días empezábamos a sentir una cierta morriña.

No como la nostalgia cateta de quien no puede más de platos exóticos –pocas veces he comido mejor en un viaje- y añora un bocadillo de chorizo de Pamplona; lo que echábamos de menos era algo más insustancial, pero más nuestro. Como bien dijo uno de mis distinguidos colegas:

– Estoy hasta las narices de tanta reverencia y tanta cortesía y tanto domoarigato. ¡Qué ganas tengo de volver a España y subirme con un taxista que me tire las maletas por el suelo y se acuerde de todos mis muertos!

Empachados de educación oriental, lo que nos faltaba era una buena ración de grosería española. De la de toda la vida, pura, sin aditivos, como la fabada de la abuela de Litoral. No la que experimentamos en el día a día, o la que vemos en televisión camuflada –y tampoco demasiado- de debate político o tertulia del corazón, o la que muestran nuestros cargos electos en sus comparecencia en el Parlamento y ante la prensa. No. Nuestra nostalgia iba más bien por el sector servicios, y por su tendencia creciente a tratar a los clientes de los que viven con condescendencia, pasotismo o agresividad directa, según el día.

Carniceros que atienden tu pedido con una expresión de la que se diría que están pensando en sacarte de dentro los costillares que has pedido; taxistas que no han lavado su vehículo desde que el color obligatorio era el negro; cajeras de un supermercado al que llevas acudiendo años, y que no has conseguido que te devuelvan la sonrisa ni una sola vez, bares donde el camarero responde a tus buenos días con un gruñido de orco con resaca, y donde la barra tiene más grasa que los torreznos.

No está uno diciendo que esto sea la tendencia mayoritaria, pero sí, lo bastante abundante como para que todos tengamos el recuerdo de alguna situación similar. En mi ciudad natal, Jerez de la Frontera, ha cogido cierta fama un restaurante donde se come estupendamente siempre y cuando a) no te importe que no haya carta con los precios b) aceptes la (elevada) cuenta que el dueño te diga de viva voz, porque lo de vivir en una sociedad sin papeles lo lleva a rajatabla a la hora de explicar por qué te cobra lo que te cobra, y c) estés dispuesto a aguantar al susodicho dueño, que ha conseguido salir en alguna guía inglesa de gastronomía advirtiendo de su carácter desabrido y antipático a la quinta potencia (no, lo siento pero los andaluces no tenemos la gracia en el ADN). Sinceramente, no se come tan bien como para justificar todo eso.

Hace ya algunos años se puso de moda la definición comercial “Pequeños lugares con encanto” para distinguir a los establecimientos de hostelería de dimensiones modestas, pero situados en parajes de una belleza exclusiva, con una gastronomía que extraía todos los sabores de la tierra y tal. A veces me he preguntado sobre la conveniencia de escribir una guía titulada “Pequeños lugares SIN encanto” donde se expusiera a aquellos sitios que estropeaban la excelencia de su situación con un servicio al cliente entre lo lamentable y lo suicida. Suicida, porque cuesta creer que en unos tiempos de crisis como los actuales la cosa siga así.

Un profundo estudio realizado por un servidor entre sus amigos y conocidos ha arrojado el resultado de que este tipo de trato ha provocado no pocas migraciones. Vaya, que la gente ha acabado cambiando de restaurante, de supermercado, de cafetería, y se ha ido a otro donde la calidad del producto es similar, pero la simpatía del personal es mucho mayor.

Al final, poco a poco, sin llegar a los niveles de la dependienta de una tienda de Ginza que se pasa quince minutos –de reloj- envolviéndote una compra antes de entregártela con una reverencia, uno está empezando a notar que las cosas cambian. Cada uno nos hacemos nuestra lista personal, y la gente cada vez pasa menos estas cosas. Quizá llegue un día en que la grosería llegue a ser tan extraña que acabemos yéndonos a otro país –Japón no, pero no me hagan dar nombres- para degustar un pequeño recuerdo de lo que en otro tiempo fue aquí cosa común.

¡Y me llamarás facha!

7 Sep

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Deben ser cosas de uno, pero llama la atención ver la cantidad de gente en los ámbitos políticos, mediáticos y digitales que continúa soltando una tontería vieja como la tos. Son los que se ponen la venda antes de la herida y usan como coartada la agresividad y el victimismo para decir determinadas burradas impunemente. Y, la verdad, da pereza porque es que llevamos ni sé ya los años con la misma cantinela:

– Claro, si yo ahora voy y digo que Franco fue un gran hombre, que salvó a España, que de la Guerra Civil tuvieron la culpa los rojos y los masones, y que no se fusiló en su día a los suficientes y así estamos hoy como estamos ¡ME LLAMARÁS FACHA!

– Hombre…

Vale, la mayoría de las veces no se trata de posturas tan fach… tan extremas. Es más común que las quejas sean del tipo ya no se puede defender la unidad de España, ya no puedes llevar la bandera de tu país, ya no puedes emocionarte con el himno nacional, ya no puedes estar orgulloso de nuestro ejército, ya no puedes, ya no puedes, ya no puedes… sin que te llamen facha. No sé. Personalmente, no creo que yo llamara facha a una persona sólo por oponerse al delirio secesionista de Artur Mas, por llevar la bandera de España en su coche o en una pulserita (aunque en el caso de las banderas es donde mejor se manifiesta esa “antropofagia latente” que nos atribuyó Miguel Delibes: el auténtico motivo por el que mucha gente las lleva es pasársela por la cara a los que no), por emocionarse el Día de las Fuerzas Armadas, por ir a misa, por ir a los toros. Como en todo, es una cuestión de tono, de respeto a quienes no comparten esas ideas, aunque es verdad que algunas de ellas sí pueden provocar que la palabrita de marras aparezca en los labios de determinada gente de la otra orilla. Ninguna de las dos Españas tiene el patrimonio de la idiotez.

Y eso es lo que más me extraña. No pocos de los que se vaticinan injustamente tratados como fachas, a la hora de hablar de la izquierda, -de cualquier izquierda- recurren al instante a comparaciones con ETA, Chavez, Castro, las purgas de Stalin, la quema de conventos, la cheka de Bellas Artes, los experimentos de Lisenko, Pol Pot y el sursum corda. Este radicalismo a la hora de calificar a los de enfrente contrasta con su sensibilidad extrema cuando los calificados son ellos. Como La Letra Escarlata de Hawthorne, como la flor de lis en Los Tres Mosqueteros, parece que la palabra tiene para ellos el aura de un estigma aniquilador e imborrable. Vamos, es que me los imagino en el diván del psiquiatra con los ojos desencajados:

– No duermo. Apenas como. He dejado de rendir en el trabajo; me alimento básicamente de chóped caducado, whisky y ansiolíticos; he vuelto a fumar. Dos paquetes diarios. Sufro de impotencia y ejaculatio precox, todo a la vez, y el futuro se me presenta del color de un grillo. ¡Lo mío sí que es el infierno en la Tierra, y no lo de Fernando Alonso!

– ¿Pero qué le ha ocurrido, hombre de Dios?

– Doctor… (cubriéndose la cara con las manos y estallando en sollozos)… ¡El otro día ME LLAMARON FACHA!

Uno echa de menos sus tiempos escolares, donde el enfrentamiento ideológico muchas veces no pasaba de tonterías (“Los fachas que se jodan, que tienen la sangre roja y el corazón a la izquierda”, “pues los rojos escriben con la derecha y tienen los dedos llenos de falanges”), pero seguir escuchando esta frasecita a un líder político, a un periodista de peso o a un tertuliano de profusa presencia mediática, es para pensar si este país ha madurado siquiera un poco en las últimas décadas o si vamos como los cangrejos. Usted es el que de verdad sabrá si es facha, y tanto si lo es como si no, le debería dar igual lo que piensen o le llamen los demás. Si tanto le preocupa que se lo llamen, es su problema; pero que a este paso le van a acabar llamando cansino, de eso no le quepa ninguna duda.

Podemos, el mejor amigo de Rojo y Losantos

9 Jul

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Da igual lo que digan y lo que escriban: que a determinados medios digitales les ha venido Dios a ver en la figura de Pablo Iglesias (por raro que pueda sonar), es algo tan obvio que no merece la pena ni dedicarle un post. No me estoy refiriendo a medios de derechas (posición ideológica que de por sí no tiene, desde luego, nada condenable), ni siquiera a tertulianos como Inda o Marhuenda, que sin el líder de Podemos habrían encontrado otras materias a las que hincarle el colmillo (retorcido). Hablo de portales como Libertad Digital o Periodista Digital, propiedad mayoritaria de Federico Jiménez Losantos y Alfonso Rojo, respectivamente. Esos están que no se lo creen. Dan palmas con las orejas y ruegan porque el nuevo filón tarde un tiempo razonable en agotarse.

La estrategia de comunicación de este tipo de portales está en un plano algo diferente de la mera narración de la actualidad: más bien responde al viejo lema comercial de dar al público lo que quiere. Y su público parece tener una cierta necesidad de malos, de sacos de boxeo, de personajes a los que identificar como enemigos y sobre los que descargar su bilis. Es la gente que primero pincha en la noticia, y tras leerla deja un comentario. Luego vuelve a ver qué más comentarios hay sobre el tema, y si alguien ha respondido al suyo. Y deja otro, para estar de acuerdo o, mejor todavía, para no estarlo y comenzar un intercambio de insultos que se combina con los insultos originales que estaba lanzando al protagonista de la noticia… Y el número de clics en la página sube, sube y sube.

Pero últimamente la galería de personajes andaba un poco seca. Rubalcaba se ha retirado, y los aspirantes a la sucesión no dan, de momento, demasiado juego (ni siquiera Madina, y mira que lo han intentado); Wyoming está de vacaciones, Garzón no enseña demasiado la patita; ningún Bardem ha abierto la boca desde hace semanas. Pero entonces aparece Pablo Iglesias, y en España (en la de ellos) vuelve a amanecer.

Porque lo bueno del asunto es que no sólo te puedes meter con Pablo Iglesias, sino con aquellos que defienden o hacen amago de ello. Algo en lo que se está especializando el medio de Rojo, con unos titulares torticeros donde se refleja la libertad de prensa entendida como la libertad de criticar a los compañeros de profesión que no comparten tu visión destroyer del líder de Podemos. Aquí todo vale, groserías, burlas y calificativos que deberían avergonzar no a quien los recibe, sino a quien los hace.

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PANTALLAZO PD 2Hoy no ha sido una excepción; andaba todo muy tranquilo, hasta que a media mañana Podemos ha anunciado su intención de querellarse contra Eduardo Inda y Esperanza Aguirre por sus declaraciones vinculando a Pablo Iglesias, entre otras cosas, con ETA, e insistiendo en que el movimiento ciudadano y su líder apoyan en terrorismo. Bueno. Más allá de cómo evolucione la cosa, vamos a ver qué ha pasado con el tratamiento de la noticia en Libertad Digital.

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Este pantallazo, tomado a las 11:30 de la mañana, muestra la noticia tal y como apareció al principio. Comparado con los que hemos visto antes, el titular no es demasiado fuerte, aunque el antetítulo sí: “Por sus vínculos con ETA”, es decir, con el propio medio asumiendo que esos vínculos con la banda terrorista existen. La noticia acababa de ser publicada. Sólo cuatro comentarios.

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A la una de la tarde, los comentarios ya han aumentado a 130, y el antetítulo ha cambiado ligeramente: “Tras la polémica de sus vínculos con ETA”. Se entiende que lo han intentado suavizar, indicando que eso de los vínculos con los terroristas es el resultado de la polémica… Pero mientras no coloquen la palabra “presuntos” o rematen con unas comillas, se sigue entendiendo que para el diario de Federico, esos vínculos existen y están más que probados.

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Y por último, aquí tenemos un pantallazo más reciente, tomado a las seis de la tarde. La noticia ya ha caído a cuarto lugar en la portada, pero los comentarios han subido a 641, una cantidad que supera con muchísimo la media de los que reciben las noticias de este portal. En cuanto al contenido de los mismos, yo reproduciría aquí alguno, pero este es un blog para todos los públicos.

Así que ya ven. Personalmente me gustaron mucho hace unos días las palabras de otro periodista de derechas de toda la vida, Jose María Carrascal, cuando dijo que había que dejarse de tanto numerito con Podemos y montar debates pausados donde se analizaran las propuestas económicas de su programa. Tenía más razón que un santo, pero no creo que se le vaya a hacer mucho caso. Hay demasiados intereses creados en seguir alimentando a un coco que, al menos en este caso e involuntariamente, se está portando como el mejor aliado de los hermanos Grimm.

Lorca y Machado, en el momento justo

18 May

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Supongo que ya estarán enterados de la polémica: la editorial Anaya ha retirado un libro de Lengua pensado para alumnos de Primaria, tras el aluvión de quejas recibidas por “suavizar”, cuando no “ocultar” las circunstancias de la muerte de dos de nuestros principales poetas, Lorca y Machado. Del primero se dice que “murió cerca de su pueblo durante la guerra en España”, y del segundo, que “se fue a Francia con su familia. Allí vivió hasta su muerte”.

Estos textos han sido considerados intolerables por la Dirección General de Memoria Democrática, dependiente de la Consejería de Administración Local y Relaciones Institucionales de la Junta de Andalucía, que al parecer fue la que levantó la liebre, y por toda la prensa de izquierdas, sin excepción, que ha llenado páginas, de papel y de Internet, acusando a las autoras del libro de ser poco menos que fundadoras del club de fans de Pío Moa. Consecuencia: los libros, como hemos indicado antes, serán retirados y “destruidos”. Yo no sé a ustedes, pero a mí las noticias sobre libros que acaban en el fuego por presiones externas –de estamentos profundamente democráticos, faltaría más- me recorre como un escalofrío por la espalda. Y no se me va.

Ha sido inútil que en la editorial hayan intentado defenderse argumentando que es un libro pensado para primero de Primaria, es decir, para niños de seis años. Mis seis años transcurrieron en las postrimerías del franquismo, cuando ya la censura había abierto la mano de forma considerable, y mis libros de lectura escolar eran los inolvidables Senda, editados por Santillana (ni les cuento el precio al que se cotizan ahora en eBay), donde uno iba encontrando, junto con versificadores tan temibles como Gloria Fuertes y Amado Nervo, algunas poesías de Lorca, de Machado, de Juan Ramón Jiménez.

Desde luego, que, en ese espacio de mi vida que transcurrió hasta los diez años, no tuve mucha idea de la vida o la muerte de esos señores. Sólo sé que lo que leía de ellos me gustaba. En los años de la preadolescencia, mi generación ya tuvo tiempo de irse enterando de muchas cosas, y a lo que íbamos conociendo de su obra se añadió lo que fuimos aprendiendo sobre su vida, y leyendo, en libros y periódicos, sobre la historia reciente de este país. Creo que fue el momento justo, y que a los seis años no estaba preparado –no creo que ningún niño lo esté- para conocer pormenores trágicos.

Alejémonos un poco de la Guerra Civil –es difícil, ya lo sé, pero vamos a intentarlo- y pensemos en otros clásicos de diferentes artes que los niños empiezan a conocer en esos años. Cuando lean algunas páginas de El principito ¿hay que comentarles la muerte de Saint-Exupéry en accidente de avión? Al enseñarles un cuadro de Van Gogh ¿se les habla de su locura, de su automutilación, de su ruina económica, de su suicidio a los 37 años? Hablando de suicidios, es cierto, Larra no se suele leer a los seis años, pero si se estudia su figura ¿se les explica a los niños que se pegó un tiro por amor? ¿Cuando se les haga escuchar por primera vez a Mozart no hay que olvidar hablarles de su padecimiento y muerte con sólo 35 años? Y no nos olvidemos de Juan Ramón Jiménez. No estaba pensando tanto en su exilio durante la Guerra Civil, sino en sus depresiones y crisis neuróticas que tanto marcaron el devenir de su vida. También murió fusilado Pedro Muñoz Seca ¿hay que contarlo los niños cuando empiecen a reírse con La Venganza de don Mendo? ¿Contarles que Cervantes pasó por la cárcel y jamás consiguió salir de la pobreza, pese a haber escrito el libro más famoso de la historia?

En los últimos años hemos vivido una pequeña oleada de historiadores torticeros que intentan justificar la Guerra Civil como provocada por las izquierdas, negar el carácter dictatorial del franquismo e insultar a los descendientes de los asesinados por el régimen que buscan algo tan elemental como saber dónde están los cuerpos de sus antepasados. Frente a esta oleada de embustes, investigar y recordar la verdad objetiva es algo necesario. Lo malo es cuando se ve el texto de un libro para niños como el inicio de una manipulación de la que no podrán librarse en lo que les queda de vida. Cuando se condena al fuego ese libro por no reflejar la realidad tal y como uno hubiera querido. Cuando se salen las cosas de madre, y se está peligrosamente cerca de convertirse en lo mismo que uno quiere combatir.

Esta no es mi República

14 Abr

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Lo peor que se puede hacer con los tópicos es aceptarlos sin hacer objeciones. El relacionado con la fecha de hoy liga la idea de republicanismo con la bandera tricolor, la ideología de izquierdas –o muy de izquierdas-, la condena de la Transición como una estafa perpetrada por la oligarquía, y para qué vamos a hablar del Rey.

Es una postura legítima y respetable, qué duda cabe, pero también es acaparadora, y deja fuera del cuadro a muchos republicanos que no nos identificamos necesariamente con ninguna de esos símbolos u opiniones. Gente de derechas, de centro (los hay, palabra) o incluso de izquierdas que han desarrollado su pensamiento por otras vías, y cuya opinión es que, a estas alturas del siglo XXI, el que una persona pueda acceder por herencia a ningún cargo de poder en un país –ni digamos el más alto- es sencillamente absurdo. Y eso es todo.

Otra cosa muy distinta es valorar la labor del Rey, que supongo que futuros historiadores y estudiosos diseccionarán con mimo, y que en todo caso es demasiado compleja para despacharla de un golpe de Twitter, como a menudo hacernos hoy con tantas cosas. Pero ya lo explicó bien claro Savater en sus memorias: “la cuestión no era que el Rey fuera malo sino que si fuese malo también sería Rey. A un Rey nunca se le puede valorar realmente –con perdón- porque su puesto jerárquico no depende de nuestra estima; de modo que celebrarle se convierte en adulación y censurarle es mera impotencia de vasallo”. Por tanto, no hay que pensar que los escándalos protagonizados por la Casa Real en los últimos años nos dan más derecho a reclamar la República. En absoluto. Siempre hemos tenido el mismo.

La cuestión es que ya nos conocemos el menú de hoy, y no es intención de uno el aguarle la fiesta a nadie. Sólo quería dejar constancia de que hay otros puntos de vista alternativos a considerar una nueva República como un triunfo obligatorio de las izquierdas y un bombardeo, es de suponer que metafórico, del sistema establecido. La Segunda República trajo muchas cosas buenas, entre ellas un primer intento serio de llevar a España la modernidad de la que el resto de Europa gozaba hacía tiempo. Demasiado serio, demasiado vertiginoso, y por ello no tardó en estrellarse contra la oligarquía, el caciquismo y la tiranía eclesiástica que reinaban en un lado, y la pobreza extrema, el analfabetismo y la violencia de clases que germinaron en el otro. La violencia estaba al cabo de la calle y en los propios escaños del Congreso, gracias al extremismo que crecía cada día, animado por los que siempre sacan tajada de regar los fuegos con gasolina.

No creo que sigamos hoy en esa España, y por eso mis ideas republicanas no tienen nada que ver con ella. Quiero una Tercera República, no que se traiga de vuelta la Segunda, y que bajo ella se desarrollen, esperemos que con un mayor respeto con las normas del juego democrático, gobiernos de izquierdas, de derechas, de centro, o incluso eso tan olvidado que se llamaba de coalición. Y, la verdad, creo que no soy el único que piensa así. Pero los gritos de alborozo de los chicos de la tricolor que salen hoy a la calle tienden a ahogar las voces más tranquilas de los que tenemos una opinión divergente. Quizá ya vaya siendo hora de irla planteando.