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Pequeños grandes Quijotes

8 May

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Tal y como uno se esperaba, pasada la fecha del 23 de abril, el fuelle de las celebraciones cervantinas parece haberse desinflado. Como si lo que más importara a muchos fuera apuntarse tantos a la hora de demostrar que uno -o la institución que dirigiera- era tan amante del Quijote y de su autor como el que más, en vez de un interés genuino por la difusión y el estudio del autor y su obra. Pero no nos pasemos de bordes, que esto es un blog de mesa camilla, no la columna de Perez-Reverte. La verdad es que sigue habiendo sitios donde los interesados en Cervantes, en el Quijote o en los libros en general siguen pudiendo meter la nariz. La exposición de la Biblioteca Nacional sigue abierta, y se la recomiendo sin dudar.

Pero hay otra.

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Mucho más pequeña. Cabría en una habitación como en la que estoy escribiendo este post. Y si se apilaran los objetos que se exhiben en ella, sobraría con un rincón de esta habitación. Pero lo que importa no es el tamaño. O sí. Porque Cervantes en Miniatura lo que ofrece es una recopilación asombrosa de ediciones diminutas de la obra de don Miguel, empezando por su título más conocido, pero sin despreciar Persiles y Novelas Ejemplares que obligan a los asistentes a inclinarse ante las vitrinas para poder apreciar los detalles de la encuadernación, la belleza de las ilustraciones, los tipos de letra y papel. Todo el cariño que se puede poner en la confección de un libro se refleja aquí paradójicamente aumentado por el reto de enfrentarse a la perfección en unas dimensiones que parecen imposibles.

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No me extenderé más. ¿Para qué les voy a seguir aburriendo si las fotos hablan por uno, y mejor que uno? Pueden contemplarla de lunes a viernes en la Facultad de Ciencias de la Documentación (Calle Santísima Trinidad, 37. 28010 Madrid), en el primer piso, de 1:30 a 13:30 y de 16:00 a 19:00. El acceso es gratuito, y a las seis de la tarde, la comisaria de la exposición y propietaria de este tesoro bibliográfico, Susana López del Toro (amiga de este bloguero, pero eso ya se lo habían imaginado ¿no?) ofrece cada día una visita guiada.

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En principio, creí que no iba a poder publicar este post por falta de tiempo, pero la exposición ha levantado tanto interés que ha sido prolongada hasta el próximo 20 de mayo. ¿Qué más puedo decir? Sólo cuatro palabras:

No se la pierdan.

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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

Mirar la arquitectura: festín en sepia

28 Sep

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En un mundo ahogado en fotografías, las exposiciones dedicadas a este arte corren el riesgo de ir pasando por ojos cada vez más escasos. Saturados de imágenes como vivimos, podemos pensar que pasar el rato en una sala donde el tema principal es la imagen es perder el tiempo, soportar una ración suplementaria de lo que ya nos sobra, tanto por lo que recibimos como por lo que producimos a diario, desde que todos tenemos en cualquier momento una cámara en el bolsillo.

Más aún si lo que se nos anuncia es una exposición de arquitectura, con ciudades y edificios que suponemos conocer al detalle aunque nunca hayamos puesto un pie en ellos, gracias, precisamente, a la fotografía; y sin embargo, la exposición Mirar la Arquitectura: Fotografía Monumental en el Siglo XIX, que hasta el 4 de octubre aún puede contemplarse en Madrid, en la Biblioteca Nacional de España, ofrece al visitante nuevos ojos para contemplar esas imágenes que en teoría ya no tienen nada que decirnos. La entrada, como en todas las exposiciones de la BNE, es gratuita, aunque hace unos días un grupo de privilegiados tuvimos la suerte de visitarla guiados por las palabras de los dos comisarios de la exposición, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo.

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Su tarea no sólo consistió en guiarnos por las diferentes áreas de la exposición, sino contarnos muchas de las historias de los hombres detrás de las cámaras. Los pioneros, que tuvieron la idea de retratar aquello cuya grandeza exigía que permaneciera, de un modo u otro, en la memoria. Recorrer una exposición con unos guías tan privilegiados la agranda, al orientar el desconocimiento del visitante y descubrirle la historia que hay detrás de un nombre o destacar la importancia de una imagen o un volumen. La agranda tanto, que presenta como imposible la tarea de resumir con precisión todo lo que se ha visto y oído.

Por suerte, este no es un medio de comunicación, sino un blog personal. Puedo limitarme a recordar los mejores momentos de la visita, y escribir como lo haría para los amigos (lo cual, por otra parte, es lo que siempre intenta uno aquí), para recomendarles no sólo que vayan si tienen la oportunidad, sino para indicarles las cosas que no deben perderse. Por ejemplo, en la primera parte, donde se recogen los adelantos técnicos previos a la invención de la fotografía para construir la imagen con la máxima precisión – “espejos, vidrios pautados, puntos de distancia, lentes, luces”, se lee en el catálogo- destacaron para mí cuatro pequeños y hermosísimos grabados de Durero, en los que dibujaba a dibujantes empleando estos medios para recrear un retrato, un laud, una vasija o un desnudo; o las precisas panorámicas que obtuvo Alfred Guesdón de ciudades como Sevilla o Madrid. En la segunda, la pantalla donde se proyectan las fotografías de Les Travaux Publiques de la France, proyecto ingente dirigido en el siglo XIX por Léonce Reynaud que recogió en cinco volúmenes 250 fotografías de los avances arquitectónicos de Francia. La selección de imágenes que aparece en el vídeo muestra asombrosos ejemplos sucesivos de lo actuales que resultan a la vista muchas fotografías antiguas.

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La impactante modernidad de las imágenes de Les Travaux Publiques.

Experimenté -y creo que no fui el único- una sensación dolorosamente familiar al enterarme de que varios de los principales trabajos fotográficos sobre la España artuitectonica y monumental fueron cosa de extranjeros antes que de españoles; más de 50 recorrieron la península entre 1849 y1860, y del mismo modo en que los viajeros, como Richard Ford y el misterioso George Borrow, entregaron a la imprenta las primeras guías para aventurarse en nuestro país, los fotógrafos dejaron imágenes para la historia. Pero al mismo tiempo se sentía admiración y agradecimiento cuando uno se acercaba a sus trabajos, y comprobaba todo el tiempo y el talento que arrojaron en ellos; no creo que se me olvide fácilmente la obra Recuerdos de España, de Edwar King Tenison, un volumen excepcional que merece inclinar la cabeza para ver también su exterior y apreciar el cuidado invertido en su cubierta y su encuadernación, ni el complemento de texto que constituye a su manera el libro Castile and Andalucia, escrito por su mujer, Louisa. El mismo respeto se siente ante el trabajo de Charles Clifford, que escribió en una de sus cartas su intención de conservar la belleza de la arquitectura española “antes de que la desidia la haga desaparecer”. La exposición muestra uno de los dos únicos ejemplares que quedan en el mundo del libro de Clifford.

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Recuerdos de España, de Edwar King Tenison. El cuidado en su confección está a la altura de su contenido.

Las imágenes de toda la exposición forman todo un festín en sepia y blanco y negro, pero no sólo puede aprenderse de ellas; también, nos recordaron Delfín y Helena, de la propia evolución de la fotografía y la sociedad. Porque si los primeros trabajos fotográficos suponían para sus autores un esfuerzo hercúleo en medios, tiempo y dinero, cuando en el siglo XIX comenzó a popularizarse tanto la fotografía como la afición por viajar, se implantó también la costumbre de fotografiar los lugares emblemáticos de cada destino, para dejar constancia de que el autor había estado allí; unos lugares emblemáticos que a su vez ya prefijados en la mente del viajero por el trabajo de los fotógrafos anteriores. Así comenzó una costumbre de siglos, donde los sucesivos captadores de imágenes fueron repitiendo la imagen y el encuadre, que las primeras fotografías dejaron indeleble en el ojo de la mayoría de los sucesores. Desde La Alhambra hasta El Escorial, todo parece haber sido fotografiado miles de veces de la misma manera, con el único añadido de aparecer nosotros mismos en las fotos, para diferenciarlas y diferenciarnos de las postales, que ha degenerado en la avalancha de los selfies.

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Inauguración de la línea ferrea a Aturias, 1884. Fotografía de Paul Sauvannaud.

Por eso esta exposición es más que recomendable: nos devuelve a la fotografía como objetivo de los viajes, no como complemento. Estimula y enseña ver cómo el propio acto de sacar una foto se miraba hace siglos con otros ojos, y cómo esos ojos marcaron el camino que siguen los 810.000 millones de fotos que se toman hoy anualmente, muchas de las cuales acabarán olvidadas en cuanto cambiemos de móvil o se estropee la tarjeta de memoria.

Y termina uno pensando que podemos haber mejorado la tecnología, pero no el talento; las cámaras modernas tienen aplicaciones en sepia para que las fotos digitales adopten un falso parecido con lo que consiguieron un siglo atrás los verdaderos innovadores. Tienen aún una semana larga para disfrutarla. No se la pierdan.

Raoul Dufy, sin miedo al color

9 Mar

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– Tiene cara de niño.

– Sí, es verdad, lo comentan algunos. – Me confirmó Juan Manuel López, conservador del Museo Thyssen y comisario de la exposición de Raoul Dufy– pero también había muchos que decían que tenía cara de gentleman, de caballero inglés.

Hablábamos de esto ya en la última sala de la exposición, cuando todo lo que quedaba por ver era un retrato del propio Dufy, sentado en un jardín ante su caballete, con traje y sombrero blancos, ya anciano y, en efecto, con un contundente aire británico impropio de un oriundo de Le Havre. Pero también nos miraba por encima de las gafas, como un niño esperando la evaluación de su trabajo, lleno de curiosidad por conocer nuestra opinión.

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Y es difícil saber si aquella impresión procedía de los retratos del propio Dufy o de la impresión general que deja el paseo por las cuatro secciones que, en orden cronológico, componen la muestra. Pero era imposible, al mismo tiempo, no sentir a ese niño interior después de una inmersión tan prolongada en el espíritu infantil de su pintura; infantil no en el sentido de inmadurez, sino en el de experimentación alegre, de pintar sin miedo al color. Charlábamos brevemente sobre la influencia de Dufy en Disney (no fue el único pintor en quien se basaron sus animadores), y lo hacíamos ante el cuadro de La Reja (1930), que hubiera bastado franquear para entrar en el universo de 101 Dálmatas.

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Antes, habíamos pasado por veranos y playas, por calles y hoteles, por jardines y campos de trigo. El niño te llevaba de la mano por las salas, donde quedabas maravillado por las distintas muestras de talento del adulto. Y las frases del adulto encauzaban y daban sentido a las apetencias e inclinaciones del niño -“si quieCasino_PEQres pintar verde, busca el verde más bello de tu paleta, el azul más brillante”-; el niño jugaba con los colores, y el adulto les mantenía el respeto debido: “El problema de pintar al aire libre es que siempre estás persiguiendo al Sol”. Dufy lo conseguía y, tras las influencias impresionistas iniciales, llevó su pintura por su propio camino y su propia voz. 14JulioHavre_PEQY es la voz de adulto, de artista sólido, la que sorprende entre tanto color con la sobriedad de su bestiario, sus grabados y xilografías en un blanco y negro sin luz solar, pero igualmente luminoso, o la belleza de las cerámicas y telas.

Después de Hopper, López, Chagall y otros nombres que han pasado por aquí, Dufy podría ser considerado un segundón, alguien con quien ir llenando las salas temporales hasta la llegada de tiempos mejores. Pero para muchos, incluído este que les bloguea, es todo un descubrimiento. Cabe indicar que, de las 93 piezas que componen la exposición, sólo cuatro provienen de la colección del museo, y dos más de otras partes de España. El resto procede del extranjero, y es lo que convierte a esta exposición en una oportunidad única. Sorprende el calificativo de “hedonista”·con que algunos quisieron hacerle de menos; ahora que empieza a llegar el buen tiempo a Madrid, Dufy se aparece a su nuevo público como un artista que siempre llevó su propia primavera consigo.

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Misterios de una dama de Sorolla

10 Nov

Juliana+Armour+FergusonLas exposiciones de arte son uno de esos lugares a los que algunos no concebimos asistir sin una libreta. Más que en otros sitios, en ellas siempre late la oportunidad de, por lo menos, anotar los cuadros que más nos han gustado, algunos de los nombres y datos explicativos que se reparten por las paredes para luego buscar algo más de información sobre ellos, o algunas citas literarias con que se sazona la decoración de las distintas salas.

En la exposición Sorolla y Estados Unidos, que la Fundación Mapfre alberga en su sede de Madrid hasta el próximo 11 de enero, destaca, entre los diversos retratos que el pintor realizó a los potentados de la época, a sus mujeres y a sus familiares, el de una mujer: Juliana Armour-Ferguson. Quizá no sea el mejor de la muestra, ni siquiera el mejor retrato femenino, pero presenta ciertas peculiaridades que le impulsan a uno a detenerse. Hay que mirar bien el entorno, en modo alguno elegido por azar. Los blancos y azules que en Sorolla deslumbran en sus paisajes marinos, aquí se concentran en la colección de figuritas egipcias emplazadas detrás de la dama, en la que ella misma sostiene con sus manos o en el collar de lapislázuli que cuelga de su cuello. Complementos que dan una personalidad especial a la retratada, si se considera que en la sociedad previa al turismo y el conocimiento de masas en que fue pintada la tela, conseguir ese tipo de antigüedades no sólo requería de dinero en abundancia, sino de conocimiento y buen gusto, también en grandes cantidades.

Anotado el nombre, sale uno de la exposición con ganas de saber más sobre aquella mujer. Un rápido rastreo por las redes aporta datos interesantes, ceñidos al tópico de las grandes fortunas estadounidenses de la época: Juliana Armour Ferguson era la heredera de la compañía cárnica Armour. La riqueza de su familia parece haber sido invertida sabiamente en su formación, pues, junto con su marido, el doctor Farquhar Ferguson, recorrió Europa visitando abundantes monasterios en Italia y España, que le servirían de inspiración a la hora de encargar la edificación de la casa de sus sueños.

El edificio se construyó en el punto más elevado de una finca en la costa de Long Island, que en aquella época era el punto obligado de reunión para quienes ostentaban de forma natural la categoría de ricos. Alejado de todo recargo en el estilo, seguía la línea de los castillos renacentistas italianos; contaba con cuarenta habitaciones, capilla propia donde un sacerdote oficiaba misa diaria, y un campanario, lo que le hizo ganar rápidamente el sobrenombre de El Monasterio. Su construcción duró tres años; su presupuesto, más de dos millones de dólares de 1911.

El mismo horror por la tacañería que Juliana Armour Ferguson había demostrado en la construcción del edificio fue puesto en práctica en su decoración interior: sus agentes peinaron Europa en busca de antigüedades de todas las épocas que pudieran ajustarse a los deseos de su propietaria, desde las figuras egipcias a un ángel reclinado atribuido a Miguel Ángel. Según nos cuenta Paul J. Mateyunas en su exhaustiva historia del lugar, los materiales nobles se repartían por toda la estructura, junto con los crucifijos en las habitaciones –Ferguson era una católica devota- y el detalle, particular y estremecedor, de incorporar lápidas de niños, algunas de más de tres siglos de antigüedad, como parte del pavimento de las habitaciones.

Tras la muerte de su dueña por cáncer en 1921, la casa comenzó el habitual recorrido de cambios de dueño, de los que algunos pudieron conservarla con más fortuna que otros; en 1936 fue subastada, y su enorme colección de antigüedades, vendida a precio de saldo a compradores avispados. Los siete hijos que Juliana había tenido corrieron distintas suertes, pero ninguna buena; de la muerte temprana en la guerra o por suicidio, a la ruina o el escándalo. La casa misma fue por fin demolida en 1970, a pesar de los intentos de varios colectivos por salvarla, considerando su alto valor arquitectónico.

Las sorpresas que Internet depara nos la han devuelto a través de este completísimo sitio web, que recoge abundante documentación, imágenes e historia.

Un rasgo propio de las artes plásticas es su capacidad de atrapar un instante en el tiempo; la Juliana Armour Ferguson que ocupa este post fue atrapada por el pincel de Sorolla en 1909, cuando todavía era una de las damas más ricas y excéntricas de Long Island, la que mandaba cestas llenas de fruta a los niños pobres de la zona, a los que luego abriría los jardines de su mansión. Representa una época feliz, antes de la muerte de los hijos, el cáncer, la ruina y la destrucción de su amado Monasterio. Es su imagen inmortalizada en el momento perfecto por un genio, inmune a lo que la vida le puede traer, y a la curiosidad que algún espectador de ese cuadro pueda plantearse muchas décadas después. Quizás a veces habría que aguantarse las ganas de apuntar cosas en las libretas.

Dejad que los creativos se acerquen a Adrià

29 Oct

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¿Qué sentido tiene visitar una exposición sobre un restaurante que ya no existe? Sobre todo si se trata de un restaurante que la mayoría de nosotros, por carencias económicas o falta de influencia, nunca hemos llegado a pisar.

La respuesta parecería obvia: ninguno. Pero si dejamos el restaurante a un lado, entonces la perspectiva cambia. La exposición Ferrán Adriá, auditando el proceso creativo, que se ha abierto hoy al público en el Espacio Fundación Telefónica, constituye un menú muy especial. Es un viaje a las interioridades de todo lo que ha significado, y significará, El Bulli, y a la mente de su principal responsable; una espectacular disección de la imaginación y del trabajo que supone. Y un festín para la vista, el oído y el cerebro.

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Pocos de los comensales habrán llegado a tales honduras sobre lo que había detrás de las creaciones que iban degustando. Porque El Bulli no se abarcaba en una comida, del mismo modo en que el cerebro de Ferrán Adrià no se abarca en una visita guiada, como la que organizó para periodistas y blogueros la multinacional LG, partner tecnológico de la exposición. En la distancia corta, Adrià es afable, cordial y divertido, sin los aditivos agrios del divismo. Pero recuerda un poco a aquel actor desenfocado de la película de Woody Allen. Está en otro plano, como varios segundos por delante de los demás, del mismo modo en que su pensamiento parece estar varios segundos por delante de sí mismo.

“Algunas de las mejores entrevistas que me han hecho, me las han hecho periodistas que no llevaban nada preparado”, nos cuenta, pero es que uno se plantea cómo se puede preparar una entrevista con Ferrán Adrià. Una primera pregunta le sirve de pistoletazo de salida, para lanzarse a una fascinante carrera de datos y razonamientos, fascinante pero difícil de seguir, salvo cuando se detiene un momento para avisar “estoy pensando ¿eh?” y tomar carrerilla de nuevo hacia una meta a la que sólo él sabe cuándo llegará. En contra de lo que se piensa, Adrià no se atropella al hablar: su verbo, que no verborrea, es sólo la presión que escapa de una olla por una espita demasiado pequeña.

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Hablábamos aquí el otro día del libro de Mason Currey donde se repasan los rituales cotidianos de escritores, músicos, arquitectos, pintores, científicos. Algunos de ellos tenían claro qué era crear; otros no consiguieron explicar por qué hacían lo que hacían. Adrià ha buscado no sólo analizarlo, sino auditarlo, de ahí el título de la exposición. Partiendo del consejo que le dio en 1987 el chef Jacques Maximin, “la creatividad es no copiar”, lo ha llevadoADRIA 8 a sus últimos extremos, buscando siempre no copiar a nadie; ni siquiera a sí mismo. de ahí la magnitud de los archivos del Bulli: 14.000 páginas de las que la exposición ofrece una pequeña parte, y que se guardaron escrupulosamente durante 25 años junto con diagramas, dibujos, libretas, instrucciones. ¿Por qué ese afán por conservarlo todo? “Para no repetirnos”.

Y por más motivos: “Nadie sabe dónde ni cuándo, se frió un huevo por primera vez. Pero sobre todo, no sabemos cómo pensaba que debía comerse la persona que lo hizo”. Adrià llevó el plato más allá de la parte comestible, estableciendo un ritual de consumo para cada uno y fabricando cada año una vajilla propia específica para el menú de esa temporada (una muestra de esas “herramientas de emplatar”, como él las denomina, está también presente), además de los bosquejos y esquemas que fueron creando cada plato, las técnicas necesarias para su elaboración y el momento y la manera de servirlo y comerlo.

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De todo ello hay documentación y ejemplos en la exposición, cartografiada como un mapa del proceso creativo, intentando explicar lo inabarcable, el esfuerzo colectivo, la negación a los límites. No es de extrañar que la culminación sea un mosaico de fotografías donde aparecen los 1.486 platos creados en los 25 años de existencia de El Bulli, como desafiando al público a que encuentre en ellos las temidas repeticiones.

El cierre de la exposición, el 1 de marzo, coincidirá con la esperada presentación, después de tres años de trabajo, de elBulliFoundation. Entre las cosas que se han ido adelantando de este nuevo proyecto está la participación, presente y futura de colaboradores de todos los campos, no sólo de la cocina, ya que, cuenta, “me interesa sobre todo la opinión de personas que no son de mi mundo”. De igual modo en que le gustan más las preguntas que las respuestas. La futura Fundación, que se presentará coincidiendo con el cierre de la exposición, responderá desde luego a muchas preguntas sobre cocina y creación. Pero siempre dejará alguna en el aire; para que el cerebro de Ferrán Adrià no pierda su punto de ebullición.

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Una de la contribuciones de LG a la exposición es este despliegue de smartphones con una aplicación específica: los visitantes pueden grabar un selfie explicando qué es para ellos la creatividad. La grabación pasará automáticamente a un servidor, y las mejores aparecerán en el “muro de la fama” multimedia que hay nada más salir del ascensor.

Mitos (y estímulos) del Pop en el Thyssen

16 Jun
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Warhol y Bloguero (Composición con iPad2)

Poco a poco, la cultura y el arte parecen estarse convirtiendo en temas donde los blogueros, como ya ocurre en la gastronomía o la moda, son una plataforma a tener en cuenta. La visita organizada hace unos días por el Museo Thyssen a su nueva exposición Mitos del Pop, es una nueva confirmación de esta tendencia. Un museo no es nada ya sin una pancarta bien gorda, le dije un día, no del todo en broma, a un amigo que trabaja precisamente en el sector; no puede obviarse ya que la comunicación de estos centros tampoco es nada ya sin una buena estrategia en redes sociales para anunciarse, difundirse y hacer amigos. Que es, en el fondo, para lo que las utilizamos todo el mundo.

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La maestra explica, los alumnos atienden (y tuitean)

Durante la visita, las redes (Twitter especialmente) intervinieron incluso más que de costumbre, estimuladas quizá por la propia temática de la exposición. Una de las diferencias entre invitar a un periodista o a un bloguero es que el segundo, a poco activo que sea, se convertirá en coprotagonista del evento, su personalidad actuará como un prisma interpuesto, narrador y acto serán la misma cosa. Al contrario que muchos periodistas, el bloguero siempre anunciará su asistencia al acto en sus redes sociales, y retransmitirá en directo sus impresiones personales antes de redactar su post.

Lo cual, si bien se mira, es algo completamente pop. No es de extrañar que uno de los comentarios más repetidos durante la visita fuera cómo la presencia de Internet habría podido servir a estos artistas no sólo para difundir su obra, sino para crear, cómo habrían utilizado las herramientas digitales para expandir sus experimentaciones y rupturas. Sus discípulos lo han hecho, pero no se puede evitar pensar en los diferentes usos que se les habrían ocurrido a quienes marcaron el camino y vivieron en un mundo irrepetible.

La tentación de jugar con la exposición era demasiado fuerte. Mientras intentábamos no perder los detalles de la explicación de Paloma Alarco, nos entregamos a nuestras propias invenciones digitales. No sé si el Museo permite hacer fotos a los visitantes que pagan; parece injusto que las travesuras nos hayan quedado reservadas a los invitados. Fotografiar a Warhol y entreverte como parte de la fotografía; o multiplicar a Lichtenstein en una cadena de imágenes encadenadas, donde cada fotógrafo tiene su captura del cuadro en su dispositivo digital. Tonterías, claro, pero no creo que se nos hubieran ocurrido con Chagall, Hopper o Cezanne.

El bloguero fotografía al bloguero que fotografía al bloguero que fotografía el cuadro.

El bloguero fotografía al bloguero que fotografía al bloguero que fotografía el cuadro

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Lo que podríamos llamar el “making of” o, en castellano viejo, el así se hizo

No necesitan la recomendación de este bloguero, de mucho menos alcance que lo que la gente del Thyssen se figura (y esperemos que no se enteren), para visitar la exposición, que por lo que cuentan ya tira bastante bien sin ayuda. Pero les recomiendo que vayan, y que lo hagan con la imaginación atenta. Casi todos los demás pintores de las temporales del Museo –a lo mejor Chagall podía ser la excepción- creaban desde su mundo genial pero esperable; pocas sorpresas podía haber allí; sin embargo, años después de que se extinguiera el mundo que los vio nacer, el Pop y sus mitos siguen siendo una sorpresa continua, que estimula, despierta las neuronas de una bofetada, y nos mantiene alerta.