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Los fantasmas de Facebook

7 Feb

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A diferencia de otras redes, Facebook ofrece -por lo menos, en teoría- la posibilidad de controlar -por lo menos, hasta cierto punto- el alcance de nuestros contactos. Ya hemos comentado por aquí cómo hay gente que la emplea de forma masiva, incorporando sin medida nuevas amistades, y haciendo accesible a cualquiera todo lo que publican. En el otro lado estamos los que preferimos mantener esta red, en la medida de lo posible, como un sitio donde intercambiar mensajes con la gente a la que ya conocemos y apreciamos en el mundo físico, y no sólo rechazamos nuevas solicitudes de amistad, sino que tendemos a reducir las que ya tenemos; a fin de cuentas, no andamos cortos de alternativas a la hora de interactuar con desconocidos.

Esto es así, y no hay que decir que uno de estos usos sea mejor que el otro. Pero se da un curioso fenómeno si eliges la segunda, que implica conservar una cercanía personal con tus amigos: algunos ya no están a tu lado. La vida les ha ido llevando a otros puntos del país, e incluso del planeta. En principio, esto no sería demasiado grave; a fin de cuentas, una de las utilidades de las redes es que nos permiten mantener el contacto con personas lejanas. Pero aquí la lejanía no es solamente geográfica; son gente que ha dado un giro a su existencia en el que sus antiguos amigos y compañeros ya no están; las posibilidades de volver a verlas en persona son mínimas. Nunca regresarán a nuestro país ni nosotros -muy probablemente- viajaremos al suyo.

La única presencia en nuestra vida de estas personas, en otro tiempo tan cercanas, son sus apariciones en el muro, sus fotos, sus publicaciones o el breve intercambio de opiniones o me gustas. Poco a poco, se van difuminando, y a medida que pasan los años -porque Facebook ya tiene años- van entrando cada vez más en lo incorpóreo. Nos queda de ellos el residuo de cercanía que han creado las redes sociales, y el recuerdo de su simpatía, su sentido del humor, su nobleza, su enorme valor como personas. Ese cariño que les tenemos es lo que nos impide pasar página, borrarlos de nuestra lista de amigos, y dejar que las vidas de cada uno sigan su rumbo.

Nos asomamos a su mundo y dejamos que ellos se asomen al nuestro, convertidos en fantasmas mutuos. A veces me pregunto cuánto tiempo aguantarán en mi muro, o yo en el suyo, hasta que llegue un momento en que incluso el recuerdo de dónde y cómo conocimos a esa persona empiece a difuminarse, y nuestro dedo se vaya imparable ya al recuadro de “eliminar amistad”. Será el momento en que las leyes de la vida se impongan a las trampas digitales.

¿Y si nos vamos todos de Facebook?

30 Sep

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De un tiempo a esta parte, da la sensación de que Facebook no suma, sino que resta. Me dan igual las cifras oficiales sobre el número de usuarios, los nuevos modelos de negocio o el enésimo cambio en su política de privacidad; yo les hablo de lo que veo. Y lo que veo son cada vez más contactos -siempre me he resistido a llamarlos “amigos”- que están largándose de chez Zuckerberg, o reduciendo abiertamente sus listas. Algunos nos han avisado previamente, otros han desaparecido sin más. Los motivos pueden ser varios, pero el principal, por lo que me han ido contando, es la sensación de que sus publicaciones se les han ido de las manos.

Recordemos que Facebook se nos vendió en un principio como algo íntimo: conceptos iniciales como “tu muro” sonaban a un espacio privado, que sólo compartiríamos con aquellos amigos a los que la vida moderna no nos dejaba tiempo para ver cada día, o incluso cada semana. Pero luego aquello comenzó a crecer, y llegaron los conocidos, luego los conocidos de conocidos, y luego la gente que llegaba de ninguna parte y que te solicitaba amistad sobre la base de haber leído o escuchado algo tuyo que le hizo gracia Endeble base, desde luego.

Tengo algunos amigos que son gente bastante conocida en lo suyo, y que usan Facebook a tumba abierta, en plan todo lo que publico aquí está al alcance de todos, y cuanto más amigos tenga, mejor. Pero el usuario común, el que todavía pide un mínimo de control, se lo está pensando; a fin de cuentas, hay otras redes que son abiertas de por sí y donde ya interactuamos cada día -no siempre para bien- con cualquiera que se nos ponga por delante, así que ¿Por qué consentir que Facebook se termine convirtiendo en lo que nunca quisimos que fuera?

-Yo estaba en doscientos treinta amigos, y ahora estoy en doscientos cinco. -Me comentaba el otro día un amigo entre caña y caña- Espero haberlos dejado en ciento cincuenta para fin de año.

No estuve seguro de si habia pasado a hablarme de la Dukan, pero de todos modos le pregunté por su método de adelgazamiento.

-¿Y cómo piensas ir rebajando?

-Por etapas. – Me respondió.- La primera es la más sencilla: elimino a todos aquellos que no conozco y con los que tampoco interactúo. La mayoría son gente que acepté como amiga cuando estaba empezando y tenía pocos contactos, pero me he acabado dando cuenta de que ni sé quiénes son, ni lo que están haciendo. Algunos están enterrados en lo más profundo de mi lista de amigos, y nunca han asomado la cabeza para dar ni los buenos días. Así que fuera.

-Parece lógico.

-Luego, están los que acepté por ser amigos de amigos. Grave error. Por mucha interacción que haya, por muy simpáticos que nos hayamos caído mutuamente en los comentarios, no hay que olvidar ni por un momento que en la vida real no nos conocemos. Por lo tanto, pueden producirse, y de hecho se producen, malentendidos o enfrentamientos que se derivan no exactamente de lo que dice el otro, sino de lo que nosotros pensamos que está diciendo. Porque en el fondo no conocemos sus expresiones habituales, su manera de hablar, su tono, su propensión a las bromas… Y al final pasa lo que pasa. Mira, cada uno en su casa, y Zuckerberg en la de todos. Está muy bien charlar en el muro de algún amigo común. Pero no pasemos de ahí.

-Comprendido.

-Y luego está la gente a la que sí conozco en la vida real, pero que no utiliza Facebook para nada. Ahí ya hay varias categorías: antiguos compañeros de clase o de trabajo, gente con la que me llevo bien, y luego los verdaderos amigos, a los que conozco hace años y con los que he compartido momentos muy cercanos, malos y buenos. Pero que tienen la cuenta como el manual de ética del PP; por estrenar. A esos, antes de eliminarlos como amigos, les envío un mensaje o un correo explicándoles por qué les borro. Y no debería ni molestarme, porque siendo amigos de verdad, nos vemos con bastante frecuencia.

-Bien.

-En todas estas categorías hay excepciones, claro, pero siguiendo estas normas, y si uno se pone, raro es el día en que no encuentra un par de amigos que eliminar. Tranquilo, que tú no estás entre ellos. – Me aseguró, antes de pedir otra -ronda y unos berberechos. – Oye, pagas tú ¿no? Es que no he tenido tiempo de pasar por el cajero.

Si no hubiera estado tan ocupado liquidando amigos, habría tenido tiempo de sobra, pensé, pero pagué, no fuera a borrarme. Posteriormente, reflexioné sobre su método. Por la tarde repasé mi lista de contactos; no me costó ningún trabajo encontrar a diez que podía eliminar sin remordimientos. Puede que haya llegado el momento de una inflexión, de que Facebook se detenga para tomar aliento. Al igual que nunca creí que toda la población mundial acabara estando aquí, tampoco creo que de repente todos nos vayamos a ir, pero… Tendría gracia que al final Facebook terminará siendo lo que comenzó: un sitio donde charlar con los amigos. Y nada más.

De Superlunas, redes sociales y privacidad

17 Jul

SUPERLUNA

El pasado sábado, a las dos de la mañana, publiqué en mi perfil de Facebook la foto que encabeza este post, con el título “Superluna en Malasaña”.

¿Qué información estoy proporcionando con ella?

Lo que se puede deducir en un principio es que ese día y a esa hora, yo estaba en Malasaña. Es más difícil saber lo que estaba haciendo allí. Podía estar dando un paseo por mi cuenta. Podía estar con unos amigos. Podía estar engañando a mi pareja. Yo no aparezco en ella (de hecho, salgo en poquísimas fotos de mi Facebook). Así que lo único claro es que me encontraba allí y vi la Luna tan bonita que decidí hacerle una foto y publicarla en mi muro.

O quizás no.

Quizás donde de verdad estaba era en mi casa, y un amigo publicó esa foto en su Facebook, o me la mandó por WhatsApp y decidí compartirla.

Quizá la foto ni siquiera corresponda a la Superluna, sino a la última luna llena que hubo sobre Madrid. Quizá la foto ni siquiera esté tomada en Malasaña; total, sólo se ve la Luna y unos pocos árboles. A lo mejor yo estaba en cualquier otra punta de Madrid (o de España), hice la foto y se me ocurrió decir que la había tomado allí.

Bueno, voy a contar la verdad: estaba tomando algo en una terraza con unos amigos. Buena parte de esos amigos tienen Facebook, pero nadie más sacó una foto de la Luna, y nadie ha publicado nada en su perfil sobre esa reunión.

Somos todos bastante discretos. Tengo otros amigos (todos los tenemos) que no habrían dudado en hacerse un selfie, o en sacar en una foto a todos los presentes y colgarla, detallando el nombre y apellidos de cada uno de ellos.

También, como ya hemos comentado por aquí en otra ocasión, los hay que se inventan casi todo lo que ponen e incluso añaden imágenes de prueba, cuando en realidad esas imágenes pueden ser tan falsas como el texto que las acompaña.

Cada uno tiene su manera de gestionar sus redes sociales. Andaba pensando en esto, y en que muchas veces no nos terminamos de dar cuenta de lo que contamos sobre nosotros mismos, sobre nuestra privacidad y sobre la de los demás. O nos creemos todo lo que nos cuentan, sin pararnos a analizar cuánto de verdad puede haber en una publicación.

La foto es auténtica, la hice yo, y estaba allí a esa hora. Pero ustedes, después de todo, sólo tienen mi palabra para fiarse ¿verdad?

Y por cierto, Malasaña estaba esa noche muy animado. Debía ser, supongo, por la Superluna.

Facebook es para siempre; los amigos, no

4 Feb

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La red social Facebook ha cumplido hoy diez años. Lo cual es un tiempo de vida muy superior al de cualquiera de los aparatos que se utilizan para acceder a ella. Desde que Mark Zuckerberg la lanzó, sus usuarios habremos cambiado al menos un par de veces de portátil, cuatro o cinco de móvil –el dispositivo por el que más entramos en la red: un 78% de los usuarios, según el Daily Star– y contaremos con un nuevo aparato –el tablet- que no existía en los inicios de la red social… Pero que probablemente también habremos reemplazado ya, o estaremos a punto de hacerlo, por otro modelo más reciente. El hardware tiene tiempos de vida cada vez más breve; la red azul está disfrutando de una larga vida que contradice las noticias que aparecen aquí y allá anunciando su inminente caída en picado. Los más de 1.200 millones de usuarios activos que proclama la compañía podrían ser el desmentido definitivo, aunque personalmente creo que es una cifra que se debe coger con pinzas.

Cuando Facebook comenzó a despuntar, incluso en 2009 había especialistas que lo citaban al mismo nivel de otras redes entonces en auge como MySpace, Friendster, Hi5, Second Life. Cuatro años después, lo que queda de ellos se arrastra por las zonas más oscuras de la web, pero Facebook continúa. En 2010, el 57% de los usuarios entraban en él a diario; hoy el porcentaje ha subido al 64%. Lo llevamos con nosotros a todas horas, por lo que siempre hay algún momento muerto en el que nos entretenemos viendo qué se cuentan los demás, o compartiendo esa foto que acabamos de hacer con el móvil. ¡Incluso han mejorado el chat!

En este día de cumpleaños, la web rebosa de noticias y datos sobre Facebook, así que aquí poco nuevo podemos añadir. Continúan las quejas sobre sus numerosos y confusos cambios en la política de privacidad (si quieren una recomendación personal, ahí va: TODO lo que metan en la web, sea donde sea, es susceptible de acabar haciéndose público. Cuanto antes tengan esto claro, menos anginas de pecho sufrirán en el futuro), y la presencia de las marcas comerciales es hace tiempo una interferencia constante. No es la única cosa que ha cambiado en esta red desde sus inicios; de hecho, los cambios entre el Facebook de antes y el de ahora es lo que me lleva a recomendar que consideremos muy seriamente cómo lo estamos utilizando, para qué fines y, muy especialmente, con quién.

“No queremos que la gente haga nuevos amigos online. Solamente queremos ayudarla a localizar digitalmente las relaciones que ya tiene”, declaró Zuckerberg en sus primeros días, orgulloso de que la gente usara su red para contactar con los amigos que ya tenía en el mundo real. Y, en efecto, eso es lo que ofrecen los pasos iniciales en Facebook: Conectas con amigos y familiares. Poco a poco, vas incluyendo a antiguos compañeros de trabajo. Localizas a los amigos del cole y de la Universidad. Hasta aquí, bien. Es exactamente lo que prometió Zuckerberg; en tu perfil hay sólo contactos de confianza, un pequeño grupo muy cercano a ti con el que piensas que puedes compartirlo todo.

Entonces empiezas a meter la pata. Amigos de amigos te piden contactar, y aceptas. Tus compañeros actuales de trabajo te piden contactar, aunque sólo haga unos meses que os conocéis, y aceptas. Tus jefes te lo piden ¡y aceptas! (¿Se puede hacer una estupidez mayor? Sí: que seas tú el que les pidas contactar). Cuando te quieres dar cuenta, el porcentaje de amigos que han salido de no sabe dónde y que pueden acceder a todo lo que publicas en tu muro ha crecido más de lo que esperabas en un principio. Eres el centro de un número de miradas cuyo origen desconoces. Aunque te lo hayas buscado tú.

Hay gente a la que esto no le importa (bastantes periodistas, por ejemplo), e incluso lo fomentan, porque usan Facebook como una proyección de su trabajo y cuanto más gente les siga, mejor. Pero para los usuarios normales (no, nunca he considerado que los periodistas lo seamos ¿OK?), me permito darles un consejo para celebrar el décimo cumpleaños: poden su Facebook. Ya. Examinen su lista de amigos y empiecen a eliminar a 1) aquellos que no conocen fuera del ámbito digital 2) aquellos con los que llevan años sin tener trato directo 3) aquellos cuya relación con ustedes es casual o, como mínimo, vaga 4) aquellos que no publican jamás. (¿Ellos pueden leer todo lo que usted quiera contar de su día a día, pero usted no sabe nada de ellos? Vamos, hombre). 5) aquellos que pasaron por su vida en circunstancias puntuales, y se fueron igual que vinieron. Vale que Céspedes, con el que coincidimos en aquella oficina hace años, era un cachondo mental, pero ¿queremos seguir sabiendo cosas de él cinco años después?

Si busca redes abiertas, donde uno se expone a la vista de todos, hay otras muchas, con Twitter a la cabeza. Pero si quiere recuperar la impresión de un Facebook donde sólo habla con la cantidad justa de amigos y conocidos, comience a cortar cabezas. ¿Tiene 300 amigos? (Nadie tiene 300 amigos) A ver si puede dejarlos en 200. O en cien. Y a ver si el vigésimo aniversario de Facebook nos sorprende con un mayor control de nuestro perfil digital… Y de quienes nos siguen.

¿Su empresa ya tiene Twitter? ¡Abra otro para la prensa!

10 Dic

citizenjournalismnewspapers_fullsize_story1Hace un tiempo posteaba por aquí sobre la existencia de los Facevoyeurs, la gente que tiene abierta cuenta en Facebook y un número apreciable de amigos, pero que, sin embargo, nunca publica nada: se limita a observar la ciberactividad de sus amigos con el persistente interés del cotilla irredento. En esta categoría pueden encontrarse desde depravados sexuales (supongo) hasta directores de revista (me consta).

En Twitter pasa lo mismo, o algo muy parecido, aunque vamos a dejar de lado el aspecto de depravación para concentrarnos en el profesional. Es cierto que se suele decir que los usuarios de Twitter no son tantos como muchos piensan, ya que un porcentaje de sus cuentas son falsas, abandonadas o inactivas. Pero de la misma manera, hay usuarios que tienen cuenta oculta, donde jamás de los jamases meten un tuit. Sólo la necesitan para informarse de la actividad de compañías o particulares a través de sus cuentas. No pocos de estos usuarios ocultos son periodistas, que utilizan la red social como sus antecesores el teletipo.

El problema es que esta práctica supone recibir cantidad de ruido. Dejemos a un lado a los personajes famosos que convenga seguir por la propia especialidad profesional –futbolistas, políticos, escritores, actores, gurús tecnológicos- y pensemos en las empresas. En la mayoría de los casos, el periodista que se organice una lista de seguidos (o siguiendos ¿no les gusta la palabreja?) en cuentas corporativas verá que no pocas de ellas alternan la información sobre sus novedades con: promociones y concursos, charlas con los clientes, atención a reclamaciones, más promociones y concursos, publicidad más o menos encubierta, ofertas para jubilados, ofertas para matrimonios, ofertas para geeks, ofertas para solteros de ambos sexos en edad de merecer, paja, paja y paja. El porcentaje de material aprovechable es mínimo, a menos que el periodista sea lo bastante espabilado como para pescar alguna de esas promociones. Aunque claro, no es para eso para lo que se abrió la cuenta…

Pero los tiempos están cambiando, como siempre, y los departamentos de comunicación de algunas empresas ya han lanzado cuentas de Twitter específicamente destinadas a la prensa. Por supuesto, las puede seguir cualquiera, pero todo el material que se publica en ellas ha sido pensado para que resulte aprovechable para los profesionales de los medios. Y tienen buenos motivos para ello: un estudio reciente indica que esta red social es utilizada por el 59% de los periodistas de todo el mundo.

La especialista en redes sociales Lauren Dugan ya publicó hace años algunos consejos interesantes para hacer que lo que publicamos en nuestro Twitter de prensa sea apetecible para la prensa. El primero es obvio: en 140 caracteres raras veces se puede contar nada (“Chicos, estamos en concurso de acreedores; gracias por seguirnos todos estos años”), así que lo lógico es utilizar los tuits como enlace a la noticia en sí, o a esa nota de prensa que tantos enterados llevan años tratando de enterrar. El contenido del tuit puede incluir las palabras clave, y la etiqueta #notadeprensa, para que los periodistas que siguen el TL sepan lo que van a encontrar cuando hagan clic en el enlace.

Otros consejos incluyen limitar la extensión del tuit a 100 caracteres, para dejar espacio para la URL y permitir RTs. Ah, y conseguir seguidores, aunque este último no me preocuparía demasiado. Aquí no estamos hablando hoy de tuiteros de mesa camilla, sino de grandes corporaciones. Y sorprende cuántas de ellas apenas están iniciando su actividad en las redes sociales, o lo hacen en modo totum revolutum, tuiteando en el mismo canal las ofertas del Black Friday con las declaraciones de su CEO.

Twitter es un canal único, que leen destinatarios muy variados. Si quiere asegurarse una mejor cobertura informativa, un TL específico para la prensa es una buena idea. Desde luego, le costará un poco más de tiempo y cuidado a la hora de seleccionar lo que anuncia en cada cuenta. Pero vale la pena. A fin de cuentas, el 59% de los periodistas del mundo –es decir, de los que aún quedan- le están esperando.

¿Cuántos Facevoyeurs hay en mi cuenta?

15 May

Si tiene usted en Facebook el número de amigos consensuado como “normal” (que la propia red establece en 190), entonces seguro que habrá alguno entre ellos. Es poco probable que se haya dado cuenta, precisamente porque es difícil apercibir lo que permanece oculto. Pero haga memoria. Un día cualquiera, hace ya tiempo, le llegó una solicitud de amistad de una persona que no se contaba entre sus contactos más directos, pero que conocía lo bastante como para aceptarla. Así que lo hizo. Y luego no volvió a tener noticias de esa persona, ni en la red social ni fuera de ella.

Como la cifra de contactos que podemos recordar tiene un límite, no tardó en olvidarla, junto con su solicitud. Como mucho, habrá vuelto a ver su cara en las raras ocasiones en que repasa su lista de amigos. Normal. Lo más seguro es que ese contacto (dejemos de utilizar la palabra “amigos” con tanta ligereza) pertenezca a ese 11% (según una de las pocas estimaciones claras) de usuarios que abre (o al que le abren) una cuenta en Facebook por compromiso o por obligación, y que luego no usa jamás. Pero hay otra posibilidad, con permiso de Iker Jiménez, algo más inquietante.

Su nuevo contacto usa Facebook. De hecho, tiene una considerable cantidad de amigos y entra en la red social casi todos los días. Pero jamás publica nada. Ni comenta lo que publican los demás. En cambio, devora con avidez la información íntima y privada que publican todos los que han tenido a bien añadirle a su lista de contactos. Es un voyeur de Facebook, un Facevoyeur.

Esta categoría de usuarios no está aún tipificada en los análisis de las redes sociales, pero no les quepa duda de que existe. Y en ocasiones puede provocar situaciones curiosas: esta bloguera americana cuenta su sorpresa al ver cómo una amiga a la que encontró por casualidad en un café le detalló su vida y milagros de los últimos meses. Se le había olvidado que la tenía agregada en Facebook, pero ella entraba todos los días… y no se perdía una sola de sus actividades (y lo que es peor: parecía recordarlas todas al dedillo).

Por turbador que esto pueda parecer en un principio, la verdad es que los Facevoyeurs son gente bastante normal. El que puso sobre aviso al autor de este blog es periodista de profesión, y lo hizo cuando coincidimos en unos premios que otorgaba la publicación en la que trabajaba: “Veo todo lo que publicas, pero no, yo nunca publico nada. Soy un voyeur (risita)”. El facevoyeur es lo contrario del narcisista de Facebook, el que no para de publicar y se agarra unos cabreos de mono cuando nadie le comenta ni hace clic en el Me Gusta. Algunos no publican nada por timidez (sí, se puede ser tímido y estar en una red social), y otros sí lo hacen, pero exprimiendo al máximo sus herramientas para limitar el acceso y autorizar sólo a sus amigos más próximos. También están los que no publican por puro esnobismo, y clasifican a Facebook en la misma categoría que los programas de Jorge Javier Vázquez… Pero no pueden vivir sin ninguno de los dos.

¿Podría haber otro grupo de Facevoyeurs que debiera preocuparnos en serio? Supongo que la respuesta más lógica es no. A fin de cuentas, todo el material que dejamos caer en esta red social es completamente inocuo, y nos da igual que acabe apareciendo en cualquier otro lugar de Internet. Y aunque no fuera así, tampoco hay que preocuparse, porque todos conocemos perfectamente a cada uno de los amigos que tenemos agregados en Facebook.

¿Verdad?