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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

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Mirar la arquitectura: festín en sepia

28 Sep

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En un mundo ahogado en fotografías, las exposiciones dedicadas a este arte corren el riesgo de ir pasando por ojos cada vez más escasos. Saturados de imágenes como vivimos, podemos pensar que pasar el rato en una sala donde el tema principal es la imagen es perder el tiempo, soportar una ración suplementaria de lo que ya nos sobra, tanto por lo que recibimos como por lo que producimos a diario, desde que todos tenemos en cualquier momento una cámara en el bolsillo.

Más aún si lo que se nos anuncia es una exposición de arquitectura, con ciudades y edificios que suponemos conocer al detalle aunque nunca hayamos puesto un pie en ellos, gracias, precisamente, a la fotografía; y sin embargo, la exposición Mirar la Arquitectura: Fotografía Monumental en el Siglo XIX, que hasta el 4 de octubre aún puede contemplarse en Madrid, en la Biblioteca Nacional de España, ofrece al visitante nuevos ojos para contemplar esas imágenes que en teoría ya no tienen nada que decirnos. La entrada, como en todas las exposiciones de la BNE, es gratuita, aunque hace unos días un grupo de privilegiados tuvimos la suerte de visitarla guiados por las palabras de los dos comisarios de la exposición, Delfín Rodríguez Ruiz y Helena Pérez Gallardo.

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Su tarea no sólo consistió en guiarnos por las diferentes áreas de la exposición, sino contarnos muchas de las historias de los hombres detrás de las cámaras. Los pioneros, que tuvieron la idea de retratar aquello cuya grandeza exigía que permaneciera, de un modo u otro, en la memoria. Recorrer una exposición con unos guías tan privilegiados la agranda, al orientar el desconocimiento del visitante y descubrirle la historia que hay detrás de un nombre o destacar la importancia de una imagen o un volumen. La agranda tanto, que presenta como imposible la tarea de resumir con precisión todo lo que se ha visto y oído.

Por suerte, este no es un medio de comunicación, sino un blog personal. Puedo limitarme a recordar los mejores momentos de la visita, y escribir como lo haría para los amigos (lo cual, por otra parte, es lo que siempre intenta uno aquí), para recomendarles no sólo que vayan si tienen la oportunidad, sino para indicarles las cosas que no deben perderse. Por ejemplo, en la primera parte, donde se recogen los adelantos técnicos previos a la invención de la fotografía para construir la imagen con la máxima precisión – “espejos, vidrios pautados, puntos de distancia, lentes, luces”, se lee en el catálogo- destacaron para mí cuatro pequeños y hermosísimos grabados de Durero, en los que dibujaba a dibujantes empleando estos medios para recrear un retrato, un laud, una vasija o un desnudo; o las precisas panorámicas que obtuvo Alfred Guesdón de ciudades como Sevilla o Madrid. En la segunda, la pantalla donde se proyectan las fotografías de Les Travaux Publiques de la France, proyecto ingente dirigido en el siglo XIX por Léonce Reynaud que recogió en cinco volúmenes 250 fotografías de los avances arquitectónicos de Francia. La selección de imágenes que aparece en el vídeo muestra asombrosos ejemplos sucesivos de lo actuales que resultan a la vista muchas fotografías antiguas.

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La impactante modernidad de las imágenes de Les Travaux Publiques.

Experimenté -y creo que no fui el único- una sensación dolorosamente familiar al enterarme de que varios de los principales trabajos fotográficos sobre la España artuitectonica y monumental fueron cosa de extranjeros antes que de españoles; más de 50 recorrieron la península entre 1849 y1860, y del mismo modo en que los viajeros, como Richard Ford y el misterioso George Borrow, entregaron a la imprenta las primeras guías para aventurarse en nuestro país, los fotógrafos dejaron imágenes para la historia. Pero al mismo tiempo se sentía admiración y agradecimiento cuando uno se acercaba a sus trabajos, y comprobaba todo el tiempo y el talento que arrojaron en ellos; no creo que se me olvide fácilmente la obra Recuerdos de España, de Edwar King Tenison, un volumen excepcional que merece inclinar la cabeza para ver también su exterior y apreciar el cuidado invertido en su cubierta y su encuadernación, ni el complemento de texto que constituye a su manera el libro Castile and Andalucia, escrito por su mujer, Louisa. El mismo respeto se siente ante el trabajo de Charles Clifford, que escribió en una de sus cartas su intención de conservar la belleza de la arquitectura española “antes de que la desidia la haga desaparecer”. La exposición muestra uno de los dos únicos ejemplares que quedan en el mundo del libro de Clifford.

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Recuerdos de España, de Edwar King Tenison. El cuidado en su confección está a la altura de su contenido.

Las imágenes de toda la exposición forman todo un festín en sepia y blanco y negro, pero no sólo puede aprenderse de ellas; también, nos recordaron Delfín y Helena, de la propia evolución de la fotografía y la sociedad. Porque si los primeros trabajos fotográficos suponían para sus autores un esfuerzo hercúleo en medios, tiempo y dinero, cuando en el siglo XIX comenzó a popularizarse tanto la fotografía como la afición por viajar, se implantó también la costumbre de fotografiar los lugares emblemáticos de cada destino, para dejar constancia de que el autor había estado allí; unos lugares emblemáticos que a su vez ya prefijados en la mente del viajero por el trabajo de los fotógrafos anteriores. Así comenzó una costumbre de siglos, donde los sucesivos captadores de imágenes fueron repitiendo la imagen y el encuadre, que las primeras fotografías dejaron indeleble en el ojo de la mayoría de los sucesores. Desde La Alhambra hasta El Escorial, todo parece haber sido fotografiado miles de veces de la misma manera, con el único añadido de aparecer nosotros mismos en las fotos, para diferenciarlas y diferenciarnos de las postales, que ha degenerado en la avalancha de los selfies.

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Inauguración de la línea ferrea a Aturias, 1884. Fotografía de Paul Sauvannaud.

Por eso esta exposición es más que recomendable: nos devuelve a la fotografía como objetivo de los viajes, no como complemento. Estimula y enseña ver cómo el propio acto de sacar una foto se miraba hace siglos con otros ojos, y cómo esos ojos marcaron el camino que siguen los 810.000 millones de fotos que se toman hoy anualmente, muchas de las cuales acabarán olvidadas en cuanto cambiemos de móvil o se estropee la tarjeta de memoria.

Y termina uno pensando que podemos haber mejorado la tecnología, pero no el talento; las cámaras modernas tienen aplicaciones en sepia para que las fotos digitales adopten un falso parecido con lo que consiguieron un siglo atrás los verdaderos innovadores. Tienen aún una semana larga para disfrutarla. No se la pierdan.

Misterios de una dama de Sorolla

10 Nov

Juliana+Armour+FergusonLas exposiciones de arte son uno de esos lugares a los que algunos no concebimos asistir sin una libreta. Más que en otros sitios, en ellas siempre late la oportunidad de, por lo menos, anotar los cuadros que más nos han gustado, algunos de los nombres y datos explicativos que se reparten por las paredes para luego buscar algo más de información sobre ellos, o algunas citas literarias con que se sazona la decoración de las distintas salas.

En la exposición Sorolla y Estados Unidos, que la Fundación Mapfre alberga en su sede de Madrid hasta el próximo 11 de enero, destaca, entre los diversos retratos que el pintor realizó a los potentados de la época, a sus mujeres y a sus familiares, el de una mujer: Juliana Armour-Ferguson. Quizá no sea el mejor de la muestra, ni siquiera el mejor retrato femenino, pero presenta ciertas peculiaridades que le impulsan a uno a detenerse. Hay que mirar bien el entorno, en modo alguno elegido por azar. Los blancos y azules que en Sorolla deslumbran en sus paisajes marinos, aquí se concentran en la colección de figuritas egipcias emplazadas detrás de la dama, en la que ella misma sostiene con sus manos o en el collar de lapislázuli que cuelga de su cuello. Complementos que dan una personalidad especial a la retratada, si se considera que en la sociedad previa al turismo y el conocimiento de masas en que fue pintada la tela, conseguir ese tipo de antigüedades no sólo requería de dinero en abundancia, sino de conocimiento y buen gusto, también en grandes cantidades.

Anotado el nombre, sale uno de la exposición con ganas de saber más sobre aquella mujer. Un rápido rastreo por las redes aporta datos interesantes, ceñidos al tópico de las grandes fortunas estadounidenses de la época: Juliana Armour Ferguson era la heredera de la compañía cárnica Armour. La riqueza de su familia parece haber sido invertida sabiamente en su formación, pues, junto con su marido, el doctor Farquhar Ferguson, recorrió Europa visitando abundantes monasterios en Italia y España, que le servirían de inspiración a la hora de encargar la edificación de la casa de sus sueños.

El edificio se construyó en el punto más elevado de una finca en la costa de Long Island, que en aquella época era el punto obligado de reunión para quienes ostentaban de forma natural la categoría de ricos. Alejado de todo recargo en el estilo, seguía la línea de los castillos renacentistas italianos; contaba con cuarenta habitaciones, capilla propia donde un sacerdote oficiaba misa diaria, y un campanario, lo que le hizo ganar rápidamente el sobrenombre de El Monasterio. Su construcción duró tres años; su presupuesto, más de dos millones de dólares de 1911.

El mismo horror por la tacañería que Juliana Armour Ferguson había demostrado en la construcción del edificio fue puesto en práctica en su decoración interior: sus agentes peinaron Europa en busca de antigüedades de todas las épocas que pudieran ajustarse a los deseos de su propietaria, desde las figuras egipcias a un ángel reclinado atribuido a Miguel Ángel. Según nos cuenta Paul J. Mateyunas en su exhaustiva historia del lugar, los materiales nobles se repartían por toda la estructura, junto con los crucifijos en las habitaciones –Ferguson era una católica devota- y el detalle, particular y estremecedor, de incorporar lápidas de niños, algunas de más de tres siglos de antigüedad, como parte del pavimento de las habitaciones.

Tras la muerte de su dueña por cáncer en 1921, la casa comenzó el habitual recorrido de cambios de dueño, de los que algunos pudieron conservarla con más fortuna que otros; en 1936 fue subastada, y su enorme colección de antigüedades, vendida a precio de saldo a compradores avispados. Los siete hijos que Juliana había tenido corrieron distintas suertes, pero ninguna buena; de la muerte temprana en la guerra o por suicidio, a la ruina o el escándalo. La casa misma fue por fin demolida en 1970, a pesar de los intentos de varios colectivos por salvarla, considerando su alto valor arquitectónico.

Las sorpresas que Internet depara nos la han devuelto a través de este completísimo sitio web, que recoge abundante documentación, imágenes e historia.

Un rasgo propio de las artes plásticas es su capacidad de atrapar un instante en el tiempo; la Juliana Armour Ferguson que ocupa este post fue atrapada por el pincel de Sorolla en 1909, cuando todavía era una de las damas más ricas y excéntricas de Long Island, la que mandaba cestas llenas de fruta a los niños pobres de la zona, a los que luego abriría los jardines de su mansión. Representa una época feliz, antes de la muerte de los hijos, el cáncer, la ruina y la destrucción de su amado Monasterio. Es su imagen inmortalizada en el momento perfecto por un genio, inmune a lo que la vida le puede traer, y a la curiosidad que algún espectador de ese cuadro pueda plantearse muchas décadas después. Quizás a veces habría que aguantarse las ganas de apuntar cosas en las libretas.

Lorca y Machado, en el momento justo

18 May

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Supongo que ya estarán enterados de la polémica: la editorial Anaya ha retirado un libro de Lengua pensado para alumnos de Primaria, tras el aluvión de quejas recibidas por “suavizar”, cuando no “ocultar” las circunstancias de la muerte de dos de nuestros principales poetas, Lorca y Machado. Del primero se dice que “murió cerca de su pueblo durante la guerra en España”, y del segundo, que “se fue a Francia con su familia. Allí vivió hasta su muerte”.

Estos textos han sido considerados intolerables por la Dirección General de Memoria Democrática, dependiente de la Consejería de Administración Local y Relaciones Institucionales de la Junta de Andalucía, que al parecer fue la que levantó la liebre, y por toda la prensa de izquierdas, sin excepción, que ha llenado páginas, de papel y de Internet, acusando a las autoras del libro de ser poco menos que fundadoras del club de fans de Pío Moa. Consecuencia: los libros, como hemos indicado antes, serán retirados y “destruidos”. Yo no sé a ustedes, pero a mí las noticias sobre libros que acaban en el fuego por presiones externas –de estamentos profundamente democráticos, faltaría más- me recorre como un escalofrío por la espalda. Y no se me va.

Ha sido inútil que en la editorial hayan intentado defenderse argumentando que es un libro pensado para primero de Primaria, es decir, para niños de seis años. Mis seis años transcurrieron en las postrimerías del franquismo, cuando ya la censura había abierto la mano de forma considerable, y mis libros de lectura escolar eran los inolvidables Senda, editados por Santillana (ni les cuento el precio al que se cotizan ahora en eBay), donde uno iba encontrando, junto con versificadores tan temibles como Gloria Fuertes y Amado Nervo, algunas poesías de Lorca, de Machado, de Juan Ramón Jiménez.

Desde luego, que, en ese espacio de mi vida que transcurrió hasta los diez años, no tuve mucha idea de la vida o la muerte de esos señores. Sólo sé que lo que leía de ellos me gustaba. En los años de la preadolescencia, mi generación ya tuvo tiempo de irse enterando de muchas cosas, y a lo que íbamos conociendo de su obra se añadió lo que fuimos aprendiendo sobre su vida, y leyendo, en libros y periódicos, sobre la historia reciente de este país. Creo que fue el momento justo, y que a los seis años no estaba preparado –no creo que ningún niño lo esté- para conocer pormenores trágicos.

Alejémonos un poco de la Guerra Civil –es difícil, ya lo sé, pero vamos a intentarlo- y pensemos en otros clásicos de diferentes artes que los niños empiezan a conocer en esos años. Cuando lean algunas páginas de El principito ¿hay que comentarles la muerte de Saint-Exupéry en accidente de avión? Al enseñarles un cuadro de Van Gogh ¿se les habla de su locura, de su automutilación, de su ruina económica, de su suicidio a los 37 años? Hablando de suicidios, es cierto, Larra no se suele leer a los seis años, pero si se estudia su figura ¿se les explica a los niños que se pegó un tiro por amor? ¿Cuando se les haga escuchar por primera vez a Mozart no hay que olvidar hablarles de su padecimiento y muerte con sólo 35 años? Y no nos olvidemos de Juan Ramón Jiménez. No estaba pensando tanto en su exilio durante la Guerra Civil, sino en sus depresiones y crisis neuróticas que tanto marcaron el devenir de su vida. También murió fusilado Pedro Muñoz Seca ¿hay que contarlo los niños cuando empiecen a reírse con La Venganza de don Mendo? ¿Contarles que Cervantes pasó por la cárcel y jamás consiguió salir de la pobreza, pese a haber escrito el libro más famoso de la historia?

En los últimos años hemos vivido una pequeña oleada de historiadores torticeros que intentan justificar la Guerra Civil como provocada por las izquierdas, negar el carácter dictatorial del franquismo e insultar a los descendientes de los asesinados por el régimen que buscan algo tan elemental como saber dónde están los cuerpos de sus antepasados. Frente a esta oleada de embustes, investigar y recordar la verdad objetiva es algo necesario. Lo malo es cuando se ve el texto de un libro para niños como el inicio de una manipulación de la que no podrán librarse en lo que les queda de vida. Cuando se condena al fuego ese libro por no reflejar la realidad tal y como uno hubiera querido. Cuando se salen las cosas de madre, y se está peligrosamente cerca de convertirse en lo mismo que uno quiere combatir.

Esta no es mi República

14 Abr

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Lo peor que se puede hacer con los tópicos es aceptarlos sin hacer objeciones. El relacionado con la fecha de hoy liga la idea de republicanismo con la bandera tricolor, la ideología de izquierdas –o muy de izquierdas-, la condena de la Transición como una estafa perpetrada por la oligarquía, y para qué vamos a hablar del Rey.

Es una postura legítima y respetable, qué duda cabe, pero también es acaparadora, y deja fuera del cuadro a muchos republicanos que no nos identificamos necesariamente con ninguna de esos símbolos u opiniones. Gente de derechas, de centro (los hay, palabra) o incluso de izquierdas que han desarrollado su pensamiento por otras vías, y cuya opinión es que, a estas alturas del siglo XXI, el que una persona pueda acceder por herencia a ningún cargo de poder en un país –ni digamos el más alto- es sencillamente absurdo. Y eso es todo.

Otra cosa muy distinta es valorar la labor del Rey, que supongo que futuros historiadores y estudiosos diseccionarán con mimo, y que en todo caso es demasiado compleja para despacharla de un golpe de Twitter, como a menudo hacernos hoy con tantas cosas. Pero ya lo explicó bien claro Savater en sus memorias: “la cuestión no era que el Rey fuera malo sino que si fuese malo también sería Rey. A un Rey nunca se le puede valorar realmente –con perdón- porque su puesto jerárquico no depende de nuestra estima; de modo que celebrarle se convierte en adulación y censurarle es mera impotencia de vasallo”. Por tanto, no hay que pensar que los escándalos protagonizados por la Casa Real en los últimos años nos dan más derecho a reclamar la República. En absoluto. Siempre hemos tenido el mismo.

La cuestión es que ya nos conocemos el menú de hoy, y no es intención de uno el aguarle la fiesta a nadie. Sólo quería dejar constancia de que hay otros puntos de vista alternativos a considerar una nueva República como un triunfo obligatorio de las izquierdas y un bombardeo, es de suponer que metafórico, del sistema establecido. La Segunda República trajo muchas cosas buenas, entre ellas un primer intento serio de llevar a España la modernidad de la que el resto de Europa gozaba hacía tiempo. Demasiado serio, demasiado vertiginoso, y por ello no tardó en estrellarse contra la oligarquía, el caciquismo y la tiranía eclesiástica que reinaban en un lado, y la pobreza extrema, el analfabetismo y la violencia de clases que germinaron en el otro. La violencia estaba al cabo de la calle y en los propios escaños del Congreso, gracias al extremismo que crecía cada día, animado por los que siempre sacan tajada de regar los fuegos con gasolina.

No creo que sigamos hoy en esa España, y por eso mis ideas republicanas no tienen nada que ver con ella. Quiero una Tercera República, no que se traiga de vuelta la Segunda, y que bajo ella se desarrollen, esperemos que con un mayor respeto con las normas del juego democrático, gobiernos de izquierdas, de derechas, de centro, o incluso eso tan olvidado que se llamaba de coalición. Y, la verdad, creo que no soy el único que piensa así. Pero los gritos de alborozo de los chicos de la tricolor que salen hoy a la calle tienden a ahogar las voces más tranquilas de los que tenemos una opinión divergente. Quizá ya vaya siendo hora de irla planteando.

Cines de antes (y cine de antes)

10 May

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Hay jornadas que parecen marcadas por predestinaciones menores. Es lo que le sucedió a este bloguero el otro día, cuando fui a hacerles una visita a los chicos de Infolibre, uno de los nuevos diarios digitales que luchan por descollar en lo que algún día, desaparecidos por consunción tantos medios tradicionales, a lo mejor hasta constituye el nuevo panorama informativo. La redacción la tienen en plena calle Fuencarral, un emplazamiento muy de envidiar cuando tantas empresas han huido, en los últimos años, al extrarradio. Lo malo es el portal. Al ladito de los cines Roxy, cerrados hace unas semanas como parte de la hecatombe de los Renoir, y al lado también del cine Paz, cerrado “por reformas”. A la vuelta de la esquina, como quien dice, puede atisbarse el esqueleto de los Luchana. Y, de nuevo en Fuencarral, de lo que en tiempos fue el cine Bilbao, no queda ni el recuerdo.

Esa misma tarde, ya en casa, una tuitamiga a la que envidio profundamente su profesión –es mezzosoprano- retuiteó en su cuenta una fotografía espectacular del patio de butacas del cine Palacio de la Música, actualmente en trámite no ya de desaparición, que eso ya se sabía, sino de mutación en centro comercial, como ya le ocurrió a su vecino el Avenida. Por ella me enteré de la existencia de una asociación –quizá fuera más adecuado decir un grupo– que lucha por conseguir que un cine tan enclavado en la historia de Madrid sea rehabilitado como sala de conciertos, y mantenga así algún rastro de su original propósito cultural.

9788498731675La verdad es que este post no debería escribirlo yo, sino más bien David Miguel Sánchez Fernández, autor del blog imprescindible ¿Dónde están los cines de Madrid?, del que Ediciones La Librería publicó en forma de libro una selección de sus mejores posts. Allí se habla largo y tendido del Palacio de la Música, y de otros cines de la Gran Vía, no todos desaparecidos. Como el autor es arquitecto, se demora muchas páginas en los detalles del diseño y construcción de cada sala, pero su minuciosidad le permite recoger anécdotas olvidadas. El derrumbe del forjado de la última planta del Palacio de la Música, que provocó la muerte de una persona y retrasó casi tres años la inauguración; el cine de verano que funcionó durante años en la terraza del cine Callao; las vidrieras de colores que daban luz a la cafetería del cine Avenida; las fuentes del cine Rialto, donde los espectadores podían servirse agua fresca en vasitos de papel. Detalles que destacan en una constante de descripciones ricas en mármol, escayola, terciopelo, maderas nobles, propia de unos tiempos donde las salas buscaban equiparar con la suya propia la elegancia de los mundos que se proyectaban en sus sesiones. Para otorgar al cine, tanto al contenido como al continente, la categoría de un mundo aparte.

Claro que tampoco hay que sacar las cosas de quicio y permitir que la nostalgia le dé a los recuerdos un fuste que en la realidad jamás tuvieron. Quienes vivimos nuestra infancia en los 70 conocimos estos cines ya lejos de sus primeras épocas de esplendor, y nos acomodábamos como mejor se podía en unas butacas duras y estrechas, con el terciopelo original rasurado por el aposentamiento sucesivo de miles de traseros. En cuanto a su programación, aunque seguían siendo salas de estreno con todos los honores, era cosa común que alternaran superproducciones dignas de ellas con verdaderas atrocidades. Recuerdo lo que disfruté de Superman y Apocalypse Now en el Capitol; pero tampoco me olvido de haber padecido en el Palacio de la Música el Flash Gordon, de Mike Hodges, y una imitación de baratillo de Tiburón llamada Tentáculos, que hoy en día no encontraría sitio ni en el servidor más apolillado de descargas ilegales; a su lado, en el Avenida, me dejé estafar por un Triángulo Diabólico de las Bermudas, del temible René Cardona Jr., que incluso para mis trece años escasos de entonces me pareció un petardo; y otros vecinos situados Gran Vía abajo cumplieron también con su cuota de celuloide de baratillo.

Pero eran otros tiempos, y todo eso importaba menos. Lejos de la oferta de ocio de hoy en día, inabarcable y no siempre legal, el cine entonces, echaran lo que echaran, siempre tenía su punto de atractivo. Las pocas salas disponibles, y la inexistencia del vídeo, ayudaban a darle un aire mítico a no pocos títulos, y no era raro que una película de éxito permaneciera en la misma sala durante más de un año. Unas salas donde incluso las películas malas parecían menos malas. La presentación de aquellas mediocridades en carteles gigantescos, en enormes salas con butacas de terciopelo, parecía revestirlas de una presencia en la cartelera que, desde luego, jamás alcanzarían en la historia del cine.

El tópico es decir que los avances en tecnología traen consigo asepsia y despersonalización. Algo de eso hay en el tema de los cines, reemplazados por multisalas que ofrecen más comodidad, y mucha más calidad de imagen y sonido. El problema es que cuando va uno al cine últimamente, incluso esas multisalas empiezan a mostrar vacío, agotamiento. Se impone el ocio doméstico, en parte, dicen, por los elevados precios de las entradas, que convierte una sesión familiar en una inversión. Así que el público disminuye. Siempre son de agradecer los intentos por recuperar, aunque sea en un blog, lo que significaron para Madrid los cines clásicos. Pero si sigue bajando la asistencia, estas salas modernas, como ha ocurrido con buena parte de los Renoir, que sólo eran relativamente modernos, también acabarán echando el cierre. Sin nadie, en este caso, que cuente la historia de su creación. Sin nadie que les escriba.

Tres compras inocentes en la Feria del Libro

11 Jun

No me lo estoy inventando, ni era algo que tuviera previsto. Lo he descubierto ahora que ha terminado la Feria del Libro y que he repasado el botín (algo exiguo) de este año. Como ocurre siempre, uno no compra todo lo que tenía previsto, y se trae a casa alguna cosa con la que no contaba. Tres libros, nada más, pero a su manera muy significativos. ¿Esto ha salido porque sí o ha sido el inconsciente?

Veamos los títulos:

Tocar los libros, de Jesús Marchamalo (Ed. Forcola). Breve pero deliciosa historia de los libros, los locos por los libros y las bibliotecas donde los amontonan. La necesidad de ir más allá del mero contenido a que los reduce el formato electrónico y conservarlos a su alrededor, tanto los leídos como los no leídos y, en no pocas ocasiones, incluso los que no se van a leer nunca. Cuántos libros –y cuánto amor a los libros- caben en tan pocas páginas. Un placer fugaz, (“too brief a pleasure”), como dijo aquél,  aderezado en este caso por una de las preciosas dedicatorias de Jesús.

Cines de Madrid, de David Miguel Sánchez Fernández (Ediciones La Librería). Irresistible nada más verlo en la caseta. Los libros sobre la historia de Madrid son uno de los puntos fuertes de esta editorial, y no es difícil encontrar alguno sobre la historia del propio barrio. Compré este, un recorrido por aquellos magníficos locales que con su lujo y sus dimensiones otorgaban una importancia añadida –y en muchas ocasiones, inmerecida- a las películas que proyectaban en ellos. Llama la atención la cantidad y calidad de cines que llegó a tener Madrid en su época, y duele seguir su rastro, convertidos hoy, en el mejor de los casos, en centros comerciales.

Poética del café, de Antoni Martí Monterde (ed. Anagrama). Si este libro fue el finalista del XXXV Premio Anagrama de Ensayo, no quiero pensar cuál sería el ganador (bueno, sí: La ceremonia del porno, de Andrés Barba y Javier Montes). Más de cuatrocientas páginas de recorrido histórico, literario, social y cultural por los locales que constituyeron el primer ámbito democrático de reunión para los ciudadanos de todos los países de Europa. Parecería que no hay libro donde se haga referencia al Café (así, con mayúscula, como decía Gómez de la Serna, para diferenciarlo de la bebida) que su autor no se haya leído, ni artículo que no hay consultado. Apenas lo he hojeado, y ya estoy deseando meterme en éstas páginas tan llenas de madera, espejos  turbios y olor a serrín y a recolado.

¿Y cuál es el problema con haber comprado estos libros?

Pues que cada uno trata sobre un objeto o costumbre en vías de desaparición: los libros de papel, amenazados por el libro electrónico, el cine, convertido en un entretenimiento de usar y tirar que millones de delincuentes descargan y olvidan. Y la conversación, que tuvo en las tertulias de café su más claro ejemplo en toda Europa, hoy en retroceso frente al sucedáneo que ofrecen la comunicación virtual y las redes sociales.

Lo que compras (y lees) puede ser el mejor indicio de que te estás haciendo viejo.