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¿Y si nos vamos todos de Facebook?

30 Sep

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De un tiempo a esta parte, da la sensación de que Facebook no suma, sino que resta. Me dan igual las cifras oficiales sobre el número de usuarios, los nuevos modelos de negocio o el enésimo cambio en su política de privacidad; yo les hablo de lo que veo. Y lo que veo son cada vez más contactos -siempre me he resistido a llamarlos “amigos”- que están largándose de chez Zuckerberg, o reduciendo abiertamente sus listas. Algunos nos han avisado previamente, otros han desaparecido sin más. Los motivos pueden ser varios, pero el principal, por lo que me han ido contando, es la sensación de que sus publicaciones se les han ido de las manos.

Recordemos que Facebook se nos vendió en un principio como algo íntimo: conceptos iniciales como “tu muro” sonaban a un espacio privado, que sólo compartiríamos con aquellos amigos a los que la vida moderna no nos dejaba tiempo para ver cada día, o incluso cada semana. Pero luego aquello comenzó a crecer, y llegaron los conocidos, luego los conocidos de conocidos, y luego la gente que llegaba de ninguna parte y que te solicitaba amistad sobre la base de haber leído o escuchado algo tuyo que le hizo gracia Endeble base, desde luego.

Tengo algunos amigos que son gente bastante conocida en lo suyo, y que usan Facebook a tumba abierta, en plan todo lo que publico aquí está al alcance de todos, y cuanto más amigos tenga, mejor. Pero el usuario común, el que todavía pide un mínimo de control, se lo está pensando; a fin de cuentas, hay otras redes que son abiertas de por sí y donde ya interactuamos cada día -no siempre para bien- con cualquiera que se nos ponga por delante, así que ¿Por qué consentir que Facebook se termine convirtiendo en lo que nunca quisimos que fuera?

-Yo estaba en doscientos treinta amigos, y ahora estoy en doscientos cinco. -Me comentaba el otro día un amigo entre caña y caña- Espero haberlos dejado en ciento cincuenta para fin de año.

No estuve seguro de si habia pasado a hablarme de la Dukan, pero de todos modos le pregunté por su método de adelgazamiento.

-¿Y cómo piensas ir rebajando?

-Por etapas. – Me respondió.- La primera es la más sencilla: elimino a todos aquellos que no conozco y con los que tampoco interactúo. La mayoría son gente que acepté como amiga cuando estaba empezando y tenía pocos contactos, pero me he acabado dando cuenta de que ni sé quiénes son, ni lo que están haciendo. Algunos están enterrados en lo más profundo de mi lista de amigos, y nunca han asomado la cabeza para dar ni los buenos días. Así que fuera.

-Parece lógico.

-Luego, están los que acepté por ser amigos de amigos. Grave error. Por mucha interacción que haya, por muy simpáticos que nos hayamos caído mutuamente en los comentarios, no hay que olvidar ni por un momento que en la vida real no nos conocemos. Por lo tanto, pueden producirse, y de hecho se producen, malentendidos o enfrentamientos que se derivan no exactamente de lo que dice el otro, sino de lo que nosotros pensamos que está diciendo. Porque en el fondo no conocemos sus expresiones habituales, su manera de hablar, su tono, su propensión a las bromas… Y al final pasa lo que pasa. Mira, cada uno en su casa, y Zuckerberg en la de todos. Está muy bien charlar en el muro de algún amigo común. Pero no pasemos de ahí.

-Comprendido.

-Y luego está la gente a la que sí conozco en la vida real, pero que no utiliza Facebook para nada. Ahí ya hay varias categorías: antiguos compañeros de clase o de trabajo, gente con la que me llevo bien, y luego los verdaderos amigos, a los que conozco hace años y con los que he compartido momentos muy cercanos, malos y buenos. Pero que tienen la cuenta como el manual de ética del PP; por estrenar. A esos, antes de eliminarlos como amigos, les envío un mensaje o un correo explicándoles por qué les borro. Y no debería ni molestarme, porque siendo amigos de verdad, nos vemos con bastante frecuencia.

-Bien.

-En todas estas categorías hay excepciones, claro, pero siguiendo estas normas, y si uno se pone, raro es el día en que no encuentra un par de amigos que eliminar. Tranquilo, que tú no estás entre ellos. – Me aseguró, antes de pedir otra -ronda y unos berberechos. – Oye, pagas tú ¿no? Es que no he tenido tiempo de pasar por el cajero.

Si no hubiera estado tan ocupado liquidando amigos, habría tenido tiempo de sobra, pensé, pero pagué, no fuera a borrarme. Posteriormente, reflexioné sobre su método. Por la tarde repasé mi lista de contactos; no me costó ningún trabajo encontrar a diez que podía eliminar sin remordimientos. Puede que haya llegado el momento de una inflexión, de que Facebook se detenga para tomar aliento. Al igual que nunca creí que toda la población mundial acabara estando aquí, tampoco creo que de repente todos nos vayamos a ir, pero… Tendría gracia que al final Facebook terminará siendo lo que comenzó: un sitio donde charlar con los amigos. Y nada más.

Piratas sin razones

11 Mar

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No quiero aburrirles con las cifras del último Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales, que una vez más nos sitúan a la cabeza de los países del mundo con más afición por disfrutar de determinados contenidos sin pagar. Apenas han pasado 24 horas, y ya ha habido profesionales que se han lanzado a desmentirlas, asegurando que el volumen real del problema no es tan masivo como pretenden hacernos creer (aquí les dejo el enlace al artículo de Eldiario.es y el de Elconfidencial, bastante completos los dos).

Yo quería hablar aquí de otra parte del estudio: la de las razones aducidas por los encuestados para descargarse contenidos sin pasar por caja. No se trata aquí de cifras de negocio, de lucro cesante o de impuestos que no se perciben, sino de las justificaciones –o autojustificaciones- que teóricamente darían toda la razón a los descargadores y nos convertirían a quienes apostamos por un mercado legal en una panda de primos, o de vendidos a las multinacionales (dos acusaciones bastante frecuentes). Y, la verdad, después de repasar las que ofrece la encuesta, no he podido encontrar una sola que no pueda resolverse con elementos tan alejados de la tecnología como la responsabilidad cívica y el sentido común. El post va a quedar un poco largo, pero no he querido dejarme ninguna en el tintero. Veámoslas, de más a menos populares:

1 No pago por un contenido si puedo acceder sin coste (61%).

La excusa más utilizada es, también, toda una declaración de principios. Lo cojo porque es gratis, porque está ahí. Poco que razonar sobre esto, porque solamente se me ocurre decirle que, por muy a mano que esté, sigue siendo ilegal. ¿De verdad accede sin coste? ¿No ha comprado ningún servicio Premium que le permite descargarse esos contenidos “gratuitos” a mucha mayor velocidad?

2 Yo pago mi conexión a Internet (51%).

Pues claro. Como todos. También ha pagado el ordenador que utiliza para conectarse, y la factura de la luz que mantiene encendidos el ordenador y el router. Es probable que utilice ese ordenador para realizar un trabajo por el que, a su vez, espera que se le pague. O, dadas las cifras que muestran el crecimiento de e-commerce en nuestro país, es también probable que lo haya usado para comprar billetes de avión, entradas de espectáculos, reservas de hotel, y artículos físicos que no pueden ser digitalizados y pirateados. ¿Pretende que los que le suministran esos artículos también se los dejen gratis porque ya paga su conexión? Inténtelo, y ya me cuenta qué le responden. No confunda (interesadamente) la vía para acceder a unos servicios con el derecho a utilizar esos servicios sin pagar.

3 Ya no emitían la película y no había posibilidad de comprarla (48%).

Difícil se me hace de creer, qué quiere que le diga, por lo menos si se refiere a estrenos recientes. Los tiene a su disposición en tiendas online, servicios de streaming, incluso videoclubes (aún quedan, no se crea) y bibliotecas públicas. Puede entenderse que eso ocurra con títulos muy puntuales, pero no basta para cuadrar las cifras de piratería.

4 Rapidez y facilidad de acceso: (46%).

Los servicios legales de descarga le ofrecen la misma facilidad, e incluso mayor rapidez. No tendrá que aguantar páginas emergentes, publicidad a mansalva, spam y cualquier otra cosa que le estén metiendo sin saberlo en las tripas del disco duro. Y los precios son cada vez más competitivos.

5 Pirateo ahora más por la subida del IVA (39%).

El IVA cultural subió del 10% al 21% el 1 de septiembre de 2012. Es cierto que esto se ha notado en algunos campos como la asistencia al cine, que ha experimentado una bajada notable desde entonces; pero las cifras de piratería llevan incrementándose desde mucho antes de la subida. No parece que esta subida fiscal –por la cual no se ha oído protestar demasiado a los defensores de la “cultura para todos”- haya tenido mucha incidencia en el entusiasmo por descargar todo lo posible.

6 No pago por un contenido que posiblemente luego no me guste (39%).

Claro; las tres primeras temporadas de Juego de Tronos molaron mazo, pero como no estoy muy seguro de la cuarta, me la voy a descargar por el gañote. Oiga, y si el contenido le ha gustado ¿Manda luego un giro a la HBO? Lo dudo mucho. De toda la vida los sufridos espectadores hemos pagado para ver películas mediocres, hemos comprado discos o libros que luego nos decepcionaron, o hemos ido a partidos de fútbol de los que hemos salido deseando fusilar a nuestro equipo al amanecer. Así es la vida Y si “posiblemente” lo que descarga luego no le guste ¿para qué gasta conexión en descargárselo, en primer lugar?

6 Ya estoy pagando por la televisión de pago (33%).

Enhorabuena. Pero pagar por un servicio no le justifica para no pagar por otro

7 Por estar al día de lo que sale (31%).

Un propósito loable, pero igualmente conseguible por una infinidad de canales legales. La oferta cultural y de entretenimiento es hoy tan extensa, que “estar al día” es una tarea titánica, no por cuestión de dinero, sino porque los días sólo tienen 24 horas y hay que dedicar algunas a comer, dormir, trabajar… Nadie lo ve todo, nadie lo lee todo, nadie lo escucha todo. Si se interesa menos por la novedad y más por la calidad, verá que no estar tanto “al día” le puede salir mucho más barato.

8 No pago porque los contenidos son efímeros y caducan pronto (27%).

Razonamiento aplicable por igual a los yogures que tengo en la nevera. Sin embargo en el Carrefour no comparten esta manera de pensar, y me hacen apoquinar cada vez que los compro, los muy ratas.

9 Lo hace todo el mundo (25%).

No. Incluso aunque eso fuera una excusa válida –y no lo es- no lo hace todo el mundo. Si tomamos literalmente la expresión “todo el mundo” verá que en casi todos los países las cifras de descargas ilegales son menores que en España. Cosa que se ha conseguido gracias a normas antipiratería que de verdad se cumplen y a la educación de los ciudadanos.

10 Almacenamiento de contenidos (25%).

Esta es muy buena, sí señor, creo que se lo vamos a pasar a los Pujol: oiga, que lo nuestro es almacenamiento de contenidos en Andorra. Si es por almacenar, la web ofrece infinidad de contenido de descarga gratuita y legal sobre los más diversos temas. Parece que su idea no es tanto almacenar, como hacerlo sin pagar lo que debe.

11 No puedo esperar a que salga al mercado (21%).

Espero que no le pase lo mismo con el Apple Watch, o con la próxima novela de Pérez-Reverte, porque le veo con un chándal negro y un pasamontañas asaltando los almacenes en plan Misión Imposible. Algunos estamos con los dientes largos esperando las nuevas de Los Vengadores o Star Wars, pero no tenemos un mono como el suyo. Cuando lleguen, pasaremos por taquilla. Mientras, aguantamos viendo otras cosas y a base de tila.

12. No hay consecuencias legales para el que piratea, no pasa nada (19%).

Sin comentarios. Ahora, no se ponga a llamar fascistas a los agentes de policía cuando sí haya consecuencias y se encuentre usted con una multa con cuyo importe hubiera podido disfrutar de contenidos hasta el día de su jubilación.

13 No estoy haciendo daño a nadie: (19%).

Está usted haciendo daño a muchísima gente. Para empezar, a los 62.000 trabajadores de la industria cultural, donde puede poner desde los editores y libreros a los taquilleros del cine o los iluminadores de un plató, pasando por los programadores de videojuegos, o los gente con sueldos y condiciones laborales normales y corrientes (con todo lo que eso significa hoy en día) que se enfrentan a la amenaza de su futuro de trabajar en un sector cuyo volumen de negocio mengua sin cesar gracias a los piratas. Está usted haciendo daño a los creadores que no son Julia Navarro y a los que les resulta imposible publicar sus obras en unas editoriales cada vez con menor margen de beneficio. Me está haciendo daño a mí, y se está haciendo daño a usted, al privar a las arcas públicas de millones de euros que podrían ser empleados en mejorar los servicios públicos que recibimos todos.

14 Por transgredir: (10%).

Pues nada, hombre, transgreda. Ataque a las malvadas multinacionales responsables de producir esos contenidos sin los cuales usted no se puede pasar, y beneficie con sus actividades a empresas alternativas como Google, utilizado por el 99,4% de los que emplean buscadores para acceder a las páginas de contenidos. O a esas pobres páginas de descargas, que tienen que llenarse de publicidad como si fueran el catálogo de Navidad de El Corte Inglés para sacarse unos durillos con los que subsistir.

Ahora que por fin estamos comenzando a disfrutar de una oferta legal actualizada, de calidad y a precios razonables, es lamentable volver a estos temas que uno ya creía superados. El pago por los contenidos en el mundo digital es algo inevitable, y tan justo como su equivalente en el mundo físico. Al margen de las cifras que quieran vendernos, intentemos comprender de una vez el derecho que tienen a ganar dinero quienes arriesgan el suyo para crear contenidos con los que alegrarnos un poco la vida.

Cómo puede afectarnos tuitear sobre política

15 Feb

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A veces es divertido contraponer noticias o tendencias. Por citar dos: hace ya un tiempo que se ha implantado la idea de que tener una vida activa en las redes sociales es bueno para conseguir un trabajo. De hecho, puede resultar imprescindible, ya que nuestro índice de Klout parece estar siendo un elemento de importancia creciente para distinguirnos de otros candidatos al puesto.

Sin embargo, por otra parte, es un hecho que las empresas de selección realizan un repaso exhaustivo en las redes sociales de todo lo que pueden encontrar sobre los candidatos. Quizá lo que levantó la liebre en este sentido fue el informe de Eurocom Worldwide publicado en 2012 donde se indicaba que uno de cada cinco candidatos a un puesto no había sido elegido por el perfil que mostraba en sus redes. Dos años en términos digitales son una eternidad; podemos y debemos pensar que esta tendencia ha aumentado desde entonces.

Así que la consecuencia parece ser: mantente activo en las redes, pero ten cuidado con lo que pones en ellas. El material sensible es, en su mayoría, bien conocido: insultos, faltas de respeto, racismo, sexismo. Incluso el fanatismo deportivo –o de cualquier clase, pero limitémonos al fútbol para no complicarnos- cuyos enfrentamientos se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Esto es fácil de entender, como lo es la norma de no tuitear jamás en caliente.

Lo que quizá sea más difícil de comprender y controlar es la opinión política. ¿Qué precio podemos tener que pagar por tuitear sin miedo sobre nuestra ideología, aunque lo hagamos respetuosamente, sin insultar a los demás y sin contestar cuando estos nos insultan? ¿Podemos estar seguros de que no es un factor de peso a la hora de seleccionarnos o rechazarnos para un puesto de trabajo?

La presencia de la política en Twitter es creciente, aunque no crezca de la misma manera para todo el mundo. Aquí merece la pena citar este artículo sobre el informe del Pew Research Center sobre medios y politización que demuestra, una vez más, que cada usuario se hace su propio Twitter: Si tuiteamos sobre política y seguimos a políticos, la gente que nos siga e interactúe con nosotros será en su mayoría de la misma cuerda. Y como consecuencia, nuestra cuenta estará mucho más plagada de contenido político que si tuiteamos sobre el cultivo de geranios. Esto es una obviedad.

FT_14.11.12.Social.Media_.Politics2 Lo que no es tan obvio es que incluso los no interesados en política tampoco se libran. Entre los usuarios de Twitter que sentían que más de la mitad del contenido que leían estaba relacionado con este tema se contaba un 9% de los no interesados en política, un 23% de los poco interesados y un 41% de los muy interesados. Otro detalle: se habla más de política en Facebook que en Twitter, quizá porque nos seguimos creyendo, y ya son ganas, que en esta red social nuestras publicaciones no pasarán del ámbito de nuestros contactos. Es sólo una opinión (¿para qué están los blogs si no?) pero es posible que en el subconsciente de muchos usuarios yazca la idea de que la política sigue siendo un tema del que es mejor hablar discretamente, en pequeños círculos.

No todo el mundo actúa así; tengo amigos que, sin ser políticos profesionales, tuitean sus opiniones a los cuatro vientos. Pero en muchos casos, son personas con un trabajo fijo, y con varios años de antigüedad en él. En cambio los autónomos, los freelance, los que andamos perpetuamente a la caza de trabajos y encargos, no podemos evitar preguntarnos si aquél comentario, aquel chiste o aquella bronca de la que ya nos olvidamos pueden haber sido decisivos a la hora de perder una buena oportunidad. Cuánto nos está costando nuestra libertad de expresión en Twitter. Sería una pena que los únicos que pudieran tuitear cualquier cosa sin miedo a su futuro laboral, fueran precisamente los políticos.

El día en que dejamos de hablarnos

15 Dic

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El otro día me llamó una amiga. Quería pedirme un pequeño favor que, por desgracia, no le pude hacer.

¿Y a mí que me cuenta? Se preguntarán ustedes, y con razón.

Pues les cuento algo que cada vez me ocurre menos a menudo. Que los amigos me llamen. No que me manden guassaps, SMS, correos electrónicos, mensajes por las redes. Que me llamen para hablar. De hecho, lo primero que me dijo mi amiga cuando contesté fue:

– Oye, sobre todo perdóname por molestarte, pero es que tenía que hablar contigo.

– Primero, tú no molestas nunca. Y segundo ¿desde cuándo llamar a una persona a media mañana es molestarle?

Esta chica y yo nos conocemos desde hace muchos años, y hemos hablado por teléfono cientos de veces. Jamás me ha pedido disculpas en cuanto he cogido sus llamadas. Así que aquello me pareció sacar las cosas un poco de quicio… hasta que recordé que yo, dos semanas atrás, iba a llamar a otro amigo, también para pedirle un pequeño favor, y no vi el momento adecuado para hacerlo. No, ahora estará en una reunión; ahora está en una rueda de prensa, seguro. ¿A estas horas de la tarde? Escribiendo como un poseso, no cabe duda. Sí, hombre, ahora le voy a llamar, que estará en pleno cierre.

Al final, le mandé un guassap. Pero si le hubiera telefoneado, seguro que le habría pedido disculpas en cuanto respondiera.

Que los datos están superando al tráfico de voz en el entorno de los smartphones no es ninguna novedad; las operadoras lo saben bien, y por eso pueden ustedes esperar futuros y no tan futuros recargos en su uso, mientras la voz prácticamente nos la van a regalar. Estadísticas, las hay para poner una tienda: un estudio realizado por Life on Demand en 2012 entre los usuarios yanquis de smartphones descubrió que el 49% prefería enviar un mensaje de texto a otra persona antes que llamarla. Y estos números, a medida que crecen las pantallas, los teclados, y la posibilidad de enriquecer nuestros mensajes con imágenes, vídeos o animaciones, van a seguir creciendo.

Todo esto está teniendo algunas consecuencias que están siendo objeto de estudio, como la diferencia entre los “habladores” (talkers) y los “texteros” (texters), que es claramente generacional; las llamadas telefónicas son cada vez más cosa de viejos; las nuevas generaciones prefieren claramente relacionarse con el envío mutuo e intensivo de datos. Pero no crean que hablamos de ahora mismo: en su estudio Texters not Talkers: Phone Call Aversion among Mobile Phone Users, publicado en el Psychology Journal en 2007 Ruth Rettie ya observó que la gente solitaria, o con menos conexiones sociales, recurría con más frecuencia a los mensajes de texto para obtener gratificaciones afectivas.

Esto puede justificarse por varios motivos, todo ellos sólidos: rapidez, ahorro de costes, concisión en el mensaje, capacidad para mantener varias conversaciones a la vez. Esas dos cejillas azules que delatan a nuestro receptor, y no nos dejan duda de que nos ha leído. Muy bien. Pero hay otros motivos, y tienen que ver no sólo con el miedo a resultar inconveniente –aunque aquí cabría preguntarse qué es más irritante, si el timbre del teléfono o doce señales de WhatsApp o Messenger-, sino con nuestra propia cobardía social. La psicóloga del MIT Sherry Turkle descubrió que la facilidad de solucionar ciertas situaciones escribiendo, en vez de encontrándonos cara a cara –o auricular a auricular- con otra persona está teniendo una fuerte influencia en la popularidad de los datos.

Todos hemos vivido conversaciones que preferiríamos evitar. Pedir perdón a alguien. Dar una mala noticia. Peor, llamar a un amigo que ha recibido una mala noticia. Hablar con alguien que está pasando una depresión. Que ha sido despedido. Que no sale del paro. Que ha perdido a un ser querido por los motivos que sean. Esos casos en los que tomamos aliento antes de marcar. Pero un mensaje de texto es mucho más sencillo, y nos ahorra el trago de hablar cara a cara, o auricular a auricular. Sorprende que los iconitos de los smartphones aún no incluyan coches fúnebres o coronas de flores, aunque es de suponer que todo se andará.

La facilidad y la asepsia de los mensajes, sus emociones impostadas, pueden estar reemplazando no sólo el calor de la voz, sino la formación para saber cómo utilizarla. La conversación, la conversación formal, pero también la intelectual, la afectiva, o la divergente, ha formado parte de nuestra educación natural. Pero es de temer que las generaciones que lleguen detrás de nosotros necesiten formación específica para afrontar episodios como disculparse, exponer argumentos o sincerarse con los demás, del mismo modo en que ahora se necesitan para hablar en público o para enfrentarse a los periodistas.

Antes de la llegada del teléfono, la correspondencia escrita era la manera habitual de comunicación; no pasó mucho tiempo antes de que algunas de las cosas que se decían por escrito pasaran a decirse de viva voz. Ahora dicen que estamos volviendo a escribir, e incluso algún fabricante de teléfonos basa en esa tendencia el lanzamiento de su nuevo phablet. Uno piensa más bien que los teléfonos de ahora están teniendo un doble efecto, no muy recomendable: nos han traído un sucedáneo de la verdadera escritura al tiempo que nos han hecho olvidar el uso de la palabra hablada.

La nueva amenaza de Teresa Romero

21 Oct

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Está limpia de Ébola. Eso no quiere decir que esté curada. Los estragos que el virus ha dejado en su cuerpo tardarán en cerrarse. Deberá enfrentarse, como ya se ha apuntado, al choque de salir del hospital en el que entró como una desconocida, convertida ahora en el nombre más popular de España. Recuperar su vida anterior le será imposible; e iniciar una nueva, nada fácil. La ignorancia y el miedo la perseguirán adonde vaya. Es sencillo imaginar las caras de recelo de quienes se crucen con ella por la calle, la protesta de los vecinos cuando quiera regresar a su piso, el pavor más o menos disimulado de los comerciantes de su barrio cuando entre a comprar. Ni hablemos de las peluquerías.

Hay otra cosa más: los que llevan días esperándola. Los que se llenan la boca declarando su alegría ante su curación, pero en el fondo la ven como un testigo molesto. Los que temen el momento en que empiece a hablar y acusar. Los que ya han intentado hundirla presentándola como responsable de haberse contagiado. No pensemos que porque se han callado no van a volver al ataque.

Tienen a quienes les harán el trabajo sucio, y la munición lista. Ya la han empleado otras veces. Sólo necesitan que llegue una entrevista, unas declaraciones, una aparición en televisión. Entonces empezarán. La acusarán de afán de protagonismo, de querer enriquecerse con su enfermedad, de roja, de simpatizar con el PSOE, con Izquierda Unida, con Podemos, con los tres juntos. De albergar en su alma un odio profundo al Gobierno (¡cuánto recurren a esta palabra los que más hacen por sembrarla entre sus lectores y espectadores!), al Partido Popular, de ser un instrumento de quienes quieren hundir a Ana Mato desde los tiempos de la Gurtel.

Ahondarán en su pasado, desenterrarán trapos sucios; si no los hay, ellos los crearán. Agrandarán anécdotas nimias de hace muchos años hasta presentarlas como faltas imperdonables que anulan su credibilidad y su autoridad moral como testigo, como denunciante, como persona. Intentarán destruir su reputación de la misma manera en que el Ébola intentó destruir sus órganos internos.

Si hemos apoyado a Teresa Romero durante su lucha, no podemos dejarla sola ante esta nueva amenaza. La intoxicación y la mentira son desde hace demasiado tiempo un virus genuinamente español. No permitamos que se cobre una nueva víctima.

El último error del Community Manager

17 Sep

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El ambiente en la taberna era sombrío. Las jarras de cerveza consumidas a velocidad de achique eran incapaces de levantar el ánimo de los allí reunidos para llorar al compañero caído. Flotaba en el aire, así para entendernos, un espíritu a lo Pérez Reverte, mientras cada CM presente intentaba buscar algo qué decir con lo que suavizar el drama.

– Angelico… – Comentó uno, enjugándose una lágrima furtiva, porque los CM también lloran (de hecho, lloran mucho).

– Siempre se van los mejores… – Dijo otro.

– No semos naide… – apuntó un tercero.

– … Y menos en pelotas. – Corroboró otro más.

No podían explicarse cómo un profesional tan respetado podía haber cometido semejante error de juicio.

En el mundo de los Community Manager siempre se está en la cuerda floja. Aún así, todos somos humanos (incluso ellos) y hay meteduras de pata de las que siempre se puede salir. Por ejemplo, mezclar los TL que uno gestiona (@ultramarinospaco ¡esta semana presentamos nuestro disco duro de 13 terabytes! @tecnotecno ¡A partir de mañana gran oferta en yogures desnatados y alubias de Tolosa!); cosas de exceso de trabajo, ya saben, y entonces te toca a) borrar tuits b) esperar que el cliente no se haya dado cuenta c) suplicar al cliente cuando te enteras de que SÍ que se ha dado cuenta. O no percatarte de que estás tuiteando desde la cuenta de un cliente y no desde la tuya personal (@Centrobudistazen Cualquier día salgo de casa con la Uzi y no dejo un político vivo. Tal cual). Ya les digo, fallos humanos. Pero aquello…

No podía haber previsto que el cliente entraría en su TL. Y no sólo eso, sino que se molestaría en echar un vistazo a las cuentas que seguía su CM. Y allí estaba. Podía haber seguido a Tim Cook, a Jaron Lanier, a Negroponte (¿sigue vivo Negroponte?). Pero no: Lucy Liu.

– La verdad es que a quién se le ocurre. – Reflexionó uno de los reunidos, entrando el morro en la sexta jarra de la noche.

– Y no sólo eso; le mandaba tuits declarándole su amor incondicional. – Comentó otro.

– Ella nunca le contestó ninguno, claro. – Apunto otro, pensando en la insensibilidad de los famosos.

– Bueno, por lo menos ha quedado claro que hablaba buen inglés – Defendió el primero.

– Cosa que no se puede decir de todos nosotros – Reconoció otro.

– Creo que también se descubrió que seguía a Máximo Pradera

– Hombre, no te pases.

Ah, las debilidades de Twitter, pensaron todos. Intentas dar a tu cliente una imagen sin fisuras, de profesional dedicado en un ciento diez por cien a su trabajo, que utiliza su cuenta personal para estar al día de todas las novedades de su campo. Para aprender, para informarse, para influir. Y un día el cliente se da cuenta de que te pasas el tiempo embobado con la protagonista de Elementary. Y acabas desterrado de las redes sociales, y teniendo que trabajar, y gracias, como dependiente en la sección de lencería del Zara. Con lo fácil que hubiera sido abrirse una cuenta anónima y seguir desde allí sus instintos más inconfesables. Separar lo profesional de lo personal, sobre todo cuando lo personal puede dar una imagen de ti muy distinta de la que estás intentando vender.

Limpia tu Twitter (pero con criterio)

1 Ago

spring-clean-twitterHace un tiempo hablábamos por aquí de la cantidad de material que, día a día y poco a poco, vamos metiendo en Twitter. Y lo ilustrábamos con algunos clásicos de la literatura:

Por ejemplo, si has publicado 5.000 tuits, ya has escrito más palabras de las que tiene El Hobbit, La Isla del Tesoro o Cumbres Borrascosas; al llegar a los 10.000 tuits, has superado en extensión a Grandes Esperanzas, Crimen y Castigo, Moby Dick o el primer tomo de El Señor de los Anillos.

Una cantidad ingente de texto, escrito sin que nos demos cuenta. Del mismo modo que no nos damos cuenta de todo lo que podemos haber ido dejando en ese contenido. Es conveniente, por tanto, hacer una pequeña limpieza para dejar nuestro TL más despejado y no dar la impresión de que necesitamos meter cincuenta tuits para ganar un nuevo seguidor. Sin contar con que de paso podemos borrar algunos que en su día parecieron una buena idea, pero que ahora… Este proceso no es especialmente largo ni complicado. Basta con dedicar a eliminar el mismo tiempo que hemos dedicado a introducir.

Pero hay que seguir unas cuantas reglas para hacerlo con coherencia. Estas son las que se me han ocurrido:

  • Borra la morralla. Y seguro que hay mucha. Comentarios hechos a lo loco, participación en TTs de los que nadie se acuerda hoy, gracietas que no tenían gracia. Es peso muerto en tu TL y te señala como un usuario impulsivo y sin criterio.
  • Retorno al pasado. Concentra los borrados en lo que publicaste hace uno, dos, tres años… Nadie se acuerda ya de ello, empezando por ti mismo. No se trata de liquidar completamente lo que publicaste entonces, pero sí un buen porcentaje. La información desactualizada no le interesa a nadie.
  • Respeta las interacciones. No elimines ningún tuit que haya llamado la atención, que haya provocado retuits, favoritos o respuestas. No es sólo para que se te perciba como un usuario con alcance y resonancia, sino también por respetar a los usuarios o seguidores que consideraron que tu tuit valía la pena. Y ya que hablamos de interacciones:
  • Sé honrado. Si algún tuit que publicaste, no importa cuando, te metió en medio de una discusión con uno o varios usuarios, o se te fue la tecla en alguna de las respuestas… déjalo ahí. Los famosos nos dan ejemplo casi a diario de que la peor política con una metedura de pata es intentar que desaparezca. Porque no ha desaparecido, y aunque ni tú ni yo seamos famosos, seguimos siendo responsables de lo bueno y lo malo que hemos publicado. Apechuga con lo que hiciste y toma nota para no caer otra vez.

Nada de esto tiene que ver con camuflar nuestra reputación, nuestra ideología o nuestra forma de pensar. Es más bien como cuando entramos en el sótano de casa y nos asustamos ante la masa de trastos acumulados y cogiendo polvo. Da miedo ponerse a limpiar, pero nos sentimos mejor después de hacerlo. Además, es una buena manera de reconocerte a ti mismo. ¿Volverías a tuitear algunas cosas que tuiteabas hace cinco años?