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Pequeños grandes Quijotes

8 May

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Tal y como uno se esperaba, pasada la fecha del 23 de abril, el fuelle de las celebraciones cervantinas parece haberse desinflado. Como si lo que más importara a muchos fuera apuntarse tantos a la hora de demostrar que uno -o la institución que dirigiera- era tan amante del Quijote y de su autor como el que más, en vez de un interés genuino por la difusión y el estudio del autor y su obra. Pero no nos pasemos de bordes, que esto es un blog de mesa camilla, no la columna de Perez-Reverte. La verdad es que sigue habiendo sitios donde los interesados en Cervantes, en el Quijote o en los libros en general siguen pudiendo meter la nariz. La exposición de la Biblioteca Nacional sigue abierta, y se la recomiendo sin dudar.

Pero hay otra.

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Mucho más pequeña. Cabría en una habitación como en la que estoy escribiendo este post. Y si se apilaran los objetos que se exhiben en ella, sobraría con un rincón de esta habitación. Pero lo que importa no es el tamaño. O sí. Porque Cervantes en Miniatura lo que ofrece es una recopilación asombrosa de ediciones diminutas de la obra de don Miguel, empezando por su título más conocido, pero sin despreciar Persiles y Novelas Ejemplares que obligan a los asistentes a inclinarse ante las vitrinas para poder apreciar los detalles de la encuadernación, la belleza de las ilustraciones, los tipos de letra y papel. Todo el cariño que se puede poner en la confección de un libro se refleja aquí paradójicamente aumentado por el reto de enfrentarse a la perfección en unas dimensiones que parecen imposibles.

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No me extenderé más. ¿Para qué les voy a seguir aburriendo si las fotos hablan por uno, y mejor que uno? Pueden contemplarla de lunes a viernes en la Facultad de Ciencias de la Documentación (Calle Santísima Trinidad, 37. 28010 Madrid), en el primer piso, de 1:30 a 13:30 y de 16:00 a 19:00. El acceso es gratuito, y a las seis de la tarde, la comisaria de la exposición y propietaria de este tesoro bibliográfico, Susana López del Toro (amiga de este bloguero, pero eso ya se lo habían imaginado ¿no?) ofrece cada día una visita guiada.

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En principio, creí que no iba a poder publicar este post por falta de tiempo, pero la exposición ha levantado tanto interés que ha sido prolongada hasta el próximo 20 de mayo. ¿Qué más puedo decir? Sólo cuatro palabras:

No se la pierdan.

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Twitter y la novela de nuestra intimidad

24 Jun

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Lanzarse a las redes sociales es exponerse, eso lo sabemos todos. O al menos, todos los que estamos en las redes sociales. También sabemos que, en teoría, el tipo de información que revelamos sobre nosotros mismos no es lo mismo en cada red social en la que estemos presentes.

Hay un tipo de información con la que se tiene (o se debería tener) un especial cuidado, que es la personal. Un campo amplio y difuso, pero donde podríamos meter cosas tan variadas como lugar de nacimiento y/o residencia, estado civil, parientes cercanos, amigos, ideas políticas, preferencias culturales, aficiones, estados de ánimo, incluso educación (o falta de ella) o carácter (o falta de él). Ya se sabe que la conjunción de lo que publicamos en todas las webs en las que estamos presentes configura eso que se llama nuestra identidad digital. Pero habría que ver si nuestra información más íntima, que en el mundo físico sólo compartimos –y eso en diversos grados de cercanía- con la gente más próxima a nosotros debería formar parte de esa identidad.

Suponiendo, que ya es suponer, que seamos capaces de mantener controlado el grado de privacidad de todas nuestras redes, se suele pensar que la información está más presente en Facebook o Instagram (tanto da), mientras que Linkedin queda reservada para nuestro perfil profesional. ¿Y dónde queda Twitter? Pues Twitter es, precisamente, la web más abierta. Y por eso mismo, por esa naturaleza de que lo que publicamos en ella puede ser leído por cualquiera de sus casi 250 millones de usuarios activos que entiendan nuestro idioma, la gente tiende a frenar su información personal. Además, a menos que usted sea famoso, nadie tiene interés en saber lo simpático que es su gato, o lo que tiene esta noche para cenar ¿No?

Pues no.

Twitter es, con diferencia, la red social más invasiva en nuestra intimidad, aquella en la que nos mostramos más desnudos ante el mundo. El problema es que lo hacemos poco a poco, ladrillo a ladrillo, sin darnos cuenta. pero si echamos la vista atrás y vemos el tamaño del edificio que hemos construido, la cosa es para echarse a temblar.

Tiene ya algunos años, pero no está de más recordar el estudio Twitter: a Content Analisys of Personal Information, (que pueden consultar y descargar en este enlace) en el que los investigadores Lee Humphreys, Phillipa Gill, y Balachander Krishnamurthy analizaron el contenido de más de 100.000 tuits. Una cantidad insignificante considerando lo que se publica cada día, pero suficiente para establecer unos patrones de contenido que arrojaban resultados como estos:

  • El 77% por ciento de los tuits analizados contenía información personal. El 6,3% se refería al propio autor del tuit, y el 40% a otras personas. Al ser categorías no excluyentes, un 25% de los tuits contenían información sobre el autor y sobre otras personas. Es decir, el 40% de los tuits contiene información sobre otra gente que puede no querer necesariamente que se publiquen sus actividades en la red social.
  • Un 20,3% de los tuits relataban lo que sus autores estaban haciendo en ese momento. Sólo un 12% informaban de la localización de una persona, y de ese porcentaje, el 82% se refería al propio autor del tuit. Esto no parece un porcentaje muy alto, pero los autores del estudio recuerdan que, estimando que se publiquen 400 millones de tuits al día, 48 millones contienen información sobre la localización precisa de su autor.
  • El 41% se refería a actividades concretas, y se tiende bastante a la precisión: la mayoría no sólo cuenta que está comiendo o de compras, sino que incluye el nombre del restaurante o de la tienda. No ocultamos la información sobre nuestros gustos y preferencias, sino que la lanzamos a los cuatro vientos.

El estudio fue realizado en 2008, y aunque ha sido actualizado posteriormente, los autores reconocen que desde entonces la evolución de Twitter no se ha referido sólo a su número de usuarios, sino también a sus costumbres. Pero la idea principal sigue vigente: “Mientras que los pequeños retazos de comunicación pueden ofrecer por sí mismos muy poca o ninguna información sobre la identidad de una persona y/o sobre sus hábitos de comportamiento, al juntar todas breves informaciones se puede obtener una visión conjunta de la persona que cuente una historia mucho más profunda e íntima de la misma”.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. ¿Cuánto hemos tuiteado sobre nosotros mismos?

Calculemos: en los 140 caracteres que admite un tuit caben de media unas 22 palabras. Si usted ha publicado 2.000 tuits, eso arroja unas 44.000 palabras, muy cerca de la extensión de El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Con 5.000 tuits publicados -110.000 palabras- ya ha superado a El Hobbit, a Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, a las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, a La isla del Tesoro, de Robert L. Stevenson y a Cumbres Borrascosas, de Emily Bronte. Y si ha pasado de 10.000 tuits, entonces ya ha escrito sobre su vida y milagros una extensión superior a la de Grandes Esperanzas, de Dickens, La Comunidad del Anillo, de Tolkien, Moby Dick, de Melville y Crimen y Castigo, de Dostoievsky (aquí les dejo el enlace de donde he sacado las cifras, y si no me creen, cuenten ustedes mismos).

Imagínese un libro de ese volumen referido a usted, a sus opiniones y sus actividades, e intente convencerse de que en sus páginas no se incluye ninguna información relevante. Como cantaba Elvis Costello: Everyday I write the book… ¿Urge quizá releernos un poco a ver si encontramos algo que deberíamos quitar?