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Garcilaso de la Vega, el otro centenario

21 Feb

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Asiste uno a los prolegómenos del IV Centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare no desde luego con asombro, sino con inevitable resignación, al comprobar que el interés genuino que sienten muchos estudiosos o aficionados a la vida y obra de ambos escritores queda ensordecido -una vez más, y van- por la cacofonía oficial, que intenta a toda prisa liquidar nuestra tendencia genética a la improvisación, y organizar un programa de festejos que le salve la cara, siempre con la vista fija en los actos, mucho más sólidos, presentados por los ingleses. Sólo los españoles somos capaces de convertir una conmemoración literaria en una final de la Eurocopa. Otro día me gustaria hablar aquí de algunas iniciativas que me han llegado y me siguen llegando y que creo que pueden ser de interés para los interesados que se dejen caer por el blog, pero de momento quería llamar la atención sobre el otro. El otro escritor universal cuyo cuarto centenario también se conmemora este año, con la particularidad de que este sí murió el día 23 de abril, cosa que no hicieron ninguno de los otros dos.

Que la figura de Garcilaso de la Vega esté siendo objeto de una atención tan cicatera sólo se puede comprender desde el punto de vista político, en el peor sentido del término; el que implica hacer ciertas cosas sólo porque toca, y no ir mucho más allá de la superficie satinada de las fotos oficiales. A Cervantes le conoce todo el mundo -o eso cree- y Garcilaso se va difuminando en la memoria una vez superados los años de la enseñanza secundaria, donde los adolescentes lo encontrábamos antes por primera vez. No es un autor fácil, pero Cervantes y Shakespeare tampoco lo son (de hecho, la inmensa mayoría de la gente se ha acercado a sus obras a través de adaptaciones que las hacen más digeribles); y lo que se conoce de su vida, mucho más de lo habitual para la época, lo presenta como un personaje que despierta la curiosidad. Lo que sabemos llama la atención lo bastante como para despertar la picazón de preguntarnos cómo será lo que no sabemos.

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Un prólogo excepcional para la época, por lo que dice y por cómo lo dice.

Mucho de lo que se sabe y se tiene sobre él puede visitarse estos días en la Biblioteca Nacional de España, en una exposición que comenzó el pasado día 29 y continuará hasta el próximo 2 de mayo. La Biblioteca del Inca Garcilaso de la Vega recoge una pequeña fracción de aquella, y una selección de textos, documentos y objetos de la época que configuran un mundo en miniatura donde es posible encajar la figura del Inca Garcilaso. Con estos términos se refieren a él de forma invariable las comisarias Marta Ortiz Canseco y Esperanza López Parada, porque el caso de Garcilaso, tal y como recuerda Mario Vargas Llosa en un artículo del catálogo, es un sorprendente ejemplo de unión de culturas en unos tiempos en que ese concepto ni siquiera existía. Y aún así, fue “uno de los primeros intelectuales en el mundo en haber defendido el mestizaje como una fraternidad en la que culturas de distintos signos se confunden en una nueva que aprovecha lo mejor de cada una de ellas para hacer avanzar a la humanidad hacia horizontes mejores”.

Puede ser esta combinación de culturas de distintos signos lo que ha mantenido a Garcilaso alejado del gran público, como si para acercarse a él fuera necesario contar con un arsenal de erudición del que muchos carecemos. Y algo de eso hay, porque no se trata sólo de las civilizaciones que le trajeron al mundo -era hijo de la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo y del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega– sino también de las que él mismo fue incorporando a su bagaje cultural: su primera obra fue la traducción de los Diálogos de Amor, el tratado de filosofía neoplatónica escrito a principios de siglo por el filósofo judío León Hebreo, publicados en 1590. Luego regresaría al mundo que le vio nacer con los Comentarios Reales de los Incas y su Historia general del Perú, donde recogería los testimonios de una cultura que hasta entonces no utilizaba la palabra escrita. Campos de trabajo definitivos en determinadas esferas, pero muy alejados de lo que podía llegar al gran público, y firmados con un nombre, Garcilaso de la Vega el Inca, que era toda una declaración de principios.

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El inventario de los bienes de Garcilaso, el libro que guarda en su interior todos los demás libros.

Alejado de las intrigas literarias de los distintos emplazamientos de la Corte, y refugiado en el más reducido entorno intelectual de Córdoba y Montilla, donde se dedicaba a la cría de ganado, Garcilaso se mostró especialmente español en algunas costumbres de la época, como fue la de pedir una pensión a la Corona en su condición de hijo de conquistador. Se la negaron, y en las anotaciones al márgen de algunos de sus libros pueden leerse unas lamentaciones igualmente muy patrias, quejándose de que la negativa le había quitado el pan de la boca y labrado su ruína. Algo ciertamente difícil de creer si se considera el inventario de sus bienes -que constituye, en sí mismo, uno de los libros más hermosos que se puedan ver en una exposición– y la biblioteca que es el alma de la muestra y que constaba, según dicho inventario, de 188 volúmenes, en una época en la que las casas más ilustradas apenas conseguían reunir más de sesenta.

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Y no eran volúmenes cualquiera; llegamos aquí a la verdadera razón de este post, al motivo por el que uno les recomendaría que, si pasan por los alrededores de la BNE y tienen algo de tiempo libre, lo aprovecharan en estas salas. Porque no es tanto una exposición sobre Garcilaso como sobre sus libros; sólo podemos hacer elucubraciones sobre qué obras formaban las bibliotecas de Cervantes o Shakespeare; sobre la de Garcilaso, lo sabemos todo. Y podemos envidiarle viendo que atesoraba libros ya entonces al alcance de privilegiados, como el Theatro del Orbe de la Tierra, de Abraham Ortelius, o el Atlas de Gerard Mercator.

Nos espera un 2016 cervantino y shakespeariano a más no poder, y por eso mismo conviene recordar que hubo un tercer autor; a la espera de distinguir lo valioso entre toda la bisutería que acecha en los inminentes actos oficiales, esta exposición tan compacta como brillante supone un pequeño oásis de cultura en pleno Paseo de Recoletos. Entre las sombras inmensas de los autores del Quijote y Hamlet, pide paso, con un pie en cada costa del Atlántico, la del Inca Garcilaso de la Vega.

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La mejor nota de prensa que he recibido nunca

27 Jul

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Las notas de prensa y su circunstancia son protagonistas de muchos debates y opiniones sobre la comunicación en la era digital, y uno de los puntos sobre los que más se habla es sobre su utilidad. Hay quien cuestiona si siguen teniendo sentido en un marco de difusión de mensajes con tantos canales instantáneos y viralizables, más prácticos, y otros opinan que no hay que despreciar su capacidad como arma comunicativa en estos tiempos donde el corta y pega sustituye al verdadero periodismo tanto como la achicoria al café en la Posguerra, y basta con poner unas cifras antecedidas de las tres palabras mágicas (“Según un estudio”) para que los pseudomedios dospuntocero ni se molesten en comprobar los datos.

Yo sobre este tema, tras haber trabajado a ambos lados de la frontera, sólo tengo un humilde consejo: si no tienes nada que contar, no lances una nota. ¿Que vaya chorrada, dicen ustedes? Se nota que no reciben parte de la morralla que le llega a un servidor, o que no han lidiado con clientes que confunden la eficacia comunicativa con el bombardeo masivo. Y entre todo esto, subsiste el tema principal: cómo aumentar la difusión de tus notas de prensa. Cómo hacer que los periodistas las abran.

Pues hay una tercera posibilidad: como hacer que las periodistas las guarden. Hoy me lo han demostrado.

Primero, la noticia: la editorial Minotauro, especializada en obras de fantasía y ciencia-ficción, cumple sesenta años de existencia. Para celebrarlo, ha lanzado una edición especial del primer libro que publicaron, en agosto de 1955, un merecido clásico no ya de la literatura de ciencia-ficción, sino simplemente de la literatura: Las Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. Y si la edición (aún no he podido meterle mano) tiene buena pinta, la nota de prensa no se queda atrás. Porque además de la información que cabía esperar sobre la editorial, el libro y esta nueva edición, incluye los siguientes enlaces:

Y más cosas aún. Nunca antes me había encontrado con una nota de prensa cuyo contenido pudiera tenerme ocupado y entretenido durante horas y horas. Está claro que no todas las noticias se prestan a ello, pero cuando es el caso, creo que es un canal que la comunicación digital todavía no ha explorado lo bastante: sacar una nota que constituya el epicentro de un caudal de enlaces con información extra sobre el tema que trata. Y, cuando uno piensa en cómo puede utilizarse esta fórmula en otros campos de la comunicación aparte del literario, las posibilidades parecen tan infinitas como el propio universo como Bradbury.

Y además, estoy deseando ver la nota que sacan cuando toque alguna edición especial de Stanislav Lem.

Guía para (no) orientarse en la Feria del Libro

2 Jun

flmSin ánimo de despreciar el esfuerzo de los compañeros que han trabajado para publicarlos, no hay nada que a este bloguero le atraiga menos que esas guías “para orientarse en la Feria del Libro” que publican los suplementos de todos los grandes periódicos cuando se acerca la Feria del Libro de Madrid. Me da pereza abrirlos, me da pereza hojearlos, y la idea de que vayan a recomendarme algo interesante ni se me pasa por la mente. Para mí, es como ir a la Feria con un plano que va a condicionar todos los pasos de mi visita.

Justo lo contrario de lo que siempre me ha movido a ir desde que la pisé por primera vez.

No es que uno vaya a pasearse entre las casetas con la cabeza completamente vacía de intenciones; siempre hay algún volumen que sabes que te vas a llevar. Uno que no has tenido tiempo de comprar hasta ahora –no creo que se me escape Campo de Retamas, de Sánchez Ferlosio ni alguna de las recomendaciones de Jose María Goicoechea-, o el último escrito, o editado, por algún amigo. (También hay amigos cuyos libros no tienes intención de comprar; el truco está en hacerlo sin que dejen por ello de ser tus amigos. Otro día se lo cuento).

Pero uno, personalmente, va a la Feria del Libro a descubrir. La idea de “hurgar en las casetas” se asocia sobre todo con otra Feria, la del Libro Antiguo y de Ocasión, o con los puestos de la Cuesta de Moyano, donde la paciencia y el olfato nos pueden premiar en alguna ocasión con alguna joya: una edición rara, un ejemplar firmado. Algo parecido, pero en otro plano, ocurre en la Feria del Libro en cuanto uno esquiva las novedades –promocionadas hasta la saturación- y mira más allá de autores mediáticos, entiéndase por tal cualquier figura o figurón televisivo que ponga su rostro (en todos los sentidos de la expresión), en un volumen presuntamente escrito por él.

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La verdad, uno no ve mucho el sentido de ir a pasar calor y apretones para comprar los mismos libros que abarrotan las estanterías de novedades del VIPS, o del Alcampo. Porque la Feria, tan mediática ella, con tanto acto paralelo, tanto patrocinador coreano y tanta firma, es también una estupenda oportunidad para hacer descubrimientos. Para ello, basta con ir dispuesto a remirar con algo de atención: en las casetas de las editoriales, tanto grandes como pequeñas, porque se tiene la oportunidad de acceder a publicaciones de su catálogo que en su día nos pasaron desapercibidas, por aquello de que no se puede estar en todo. Y en las librerías, porque muchas de ellas encuentran huecos entre esos bestia seller que tienen que colocar en primera fila –hay que comer- para resaltar una obra inadvertida, pequeña en volumen y en pretensiones y grande en interés, al menos para ellos, y en alguna ocasión, también para nosotros; Pero no nos servirá de nada que nos esté esperando si no nos molestamos en fijarnos en ella.

Por eso no hay que hacer demasiado caso a las guías; si recuerdo lo que he comprado en pasadas ferias, yo creo que quizás sólo una cuarta parte estaba pensada de antemano. El resto me fueron llamando con títulos o portadas atractivas que me llevaron a abrir, a hojear y en algunos casos, tras muchas dudas, a comprar. Ninguna de estas compras me ha decepcionado. Por eso este año iré con las mismas intenciones, no de compra, sino de búsqueda más o menos aleatoria.

Y por eso este post es una guía para que intenten desorientarse todo lo posible en la Feria del Libro.

 

Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

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Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.

Leer por leer

10 Ene

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Como ya les supongo enterados de las muy deprimentes cifras sobre nuestros hábitos de lectura publicadas en un reciente barómetro del CIS –aquí pueden descargarlo-, me permitirán que las repasemos sólo lo imprescindible. No son, por otra parte, nada nuevo: el desapego de los españoles por las letras es legendario, y los años no han hecho nada para mejorarlo, si acaso todo lo contrario gracias a las crecientes distracciones que la tecnología trae a los chavales de hoy, con recompensas y estímulos más instantáneas –y fugaces- que el asimilar lo que nos cuentan las páginas que vamos pasando.

Resumiendo: sólo un 29,3 % de los encuestados declara leer “todos o casi todos los días”, un 35% no lee “nunca o casi nunca”, y otro 35,7% se define como lector ocasional que se asoma a los libros “una o dos veces por semana” (ejem), “alguna vez al mes” (ejem, ejem) e incluso “alguna vez al trimestre” (más les vale a estos tener un buen marcapáginas). No es por ser pesimista, pero veo muy probable que el porcentaje real de los no lectores sea bastante mayor que el oficial, y que muchos encuestados –incluso contestando de forma anónima- hayan respondido que leen “de vez en cuando” para no reconocerse, siquiera ante sí mismos, como iletrados en la práctica.

También llama la atención la justificación esgrimida por el 23,2% de los lectores como motivo principal para no leer más: la falta de tiempo. El problema es que leer no es tanto una costumbre o una obligación como una adicción; y cuesta creer que un adicto no disponga cada día de un rato, o incluso de varios, para calmar sus ansias metiendo los ojos en un libro o, en su defecto, en cualquier cosa con letras.

Pero en estos estudios falta siempre una pregunta clave, aunque reconozco que plantearla no es fácil. Cuando lee usted ¿podría decir que la lectura es su actividad principal y predominante?

Ya sé que no se entiende muy bien. Aunque no me gusta personalizar demasiado los posts, intentaré explicarme describiendo los hábitos de lectura que tengo más cerca, que son los míos: siempre leo antes de dormir, por poco que sea. Muy agotado tengo que estar para no avanzar siquiera un par de páginas en el libro que tengo entre manos. A veces, los días festivos, me doy el placer de leer un rato en la cama antes de levantarme. Utilizo los trenes de Cercanías con cierta frecuencia, y en ellos paso todo el viaje leyendo (recuerdo los tiempos anteriores a los móviles, cuando cada vagón era un traqueteante salón de lectura de libros, periódicos y revistas). Del mismo modo, leo en el autobús o en el Metro, y no concibo tener por delante trámites que supongan una cierta espera –papeleos de banco, revisiones del coche, revisiones médicas- sin llevar conmigo una buena reserva de lectura (En cambio, hace años que renuncié a leer libros en los aviones; para los vuelos largos suelo aprovisionarme de revistas en el quiosco del aeropuerto).

¿Qué tienen en común estos hábitos? Algo un poco alarmante: que en ellos la lectura es siempre una actividad que acompaña a otra, o que la hace más soportable. No viajo en Cercanías para leer, no me meto en la cama para leer, no espero media hora en la antesala del médico para leer. Más bien, leo porque algo tengo que hacer mientras viajo en Cercanías, mientras llega el sueño, mientras me toca el turno.

No leo por leer. No convierto la lectura en la actividad prioritaria de la siguiente hora, o media hora. En una reciente entrevista, Juan Goytisolo lamentaba que la edad no le diera tantas fuerzas para leer como antes, cuando podía dedicarle siete y ocho horas al día. Es para preguntarse cuándo escribía, pero sentí una envidia profunda ante semejantes hartazgos de lectura, que muchos dejamos atrás en nuestros veranos de adolescencia, con aquellas tardes calurosas que se pasaban mejor con un libro en las manos.

Así que no sé si algunos lectores, en realidad, no leemos, sino que pasamos el tiempo con un libro. Que no es la misma cosa. Del mismo modo en que nos sentamos específicamente a ver una película o un partido de fútbol, valdría la pena hacer el propósito de retirarse a un sillón cómodo, con buena iluminación, durante media hora. Convertir a la lectura no en un compañero imprescindible para una serie de situaciones más o menos cotidianas, sino, al menos por un rato, en el protagonista de nuestro ocio. El placer de leer por leer.

Truman Capote y la mentira de “A Sangre Fría”

25 Ago

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El otro día metí aquí un post anecdótico sobre Truman Capote, y no me di cuenta de que estos días se celebra el treinta aniversario de su muerte. Va a haber que tocar el tema de nuevo, porque ya estoy viendo aparecer los primeros artículos que inciden en ese error, tan común que ya se está convirtiendo en inevitable, de relacionar la publicación de su obra maestra, A Sangre Fría, con su decadencia como escritor. El libro mató a Capote, dicen, interpretando que la enorme tensión de su elaboración, rematada con la experiencia de contemplar la ejecución de los dos asesinos, con los que llegó a desarrollar cierto afecto mutuo –sobre todo con Perry Smith– le dejó incapacitado para afrontar otra novela durante el resto de su vida.

Pocas veces una biografía, y desde luego una película, han causado un equívoco mayor. La biografía es, desde luego, Capote, de Gerald Clarke, y la película, la que dirigió en 2005 Bennett Miller y protagonizó Philip Seymour Hoffman. Nada que objetar a la cinta en cuanto a valores cinematográficos, pero sí bastante sobre cómo incide en esa teoría, hasta convertirla en su tema central. La frase con la que concluye “Truman Capote jamás escribió otra novela” termina de dar la puntilla.

Y no. La realidad es un poco más compleja. Es cierto que A Sangre Fría terminó con Capote, pero no exactamente por esos motivos. Lo que ocurrió es más bien que le dio todo lo que quería. Ya era famoso; el libro le hizo célebre. Le gustaba vivir bien; el libro le hizo rico. Le gustaba la vida social mucho más que escribir; el libro le convirtió en el centro de más invitaciones de las que un ser humano podía atender. Después de seis años de duro trabajo, prefirió dedicarse a disfrutar de lo recogido antes que embarcarse en otra empresa de esas dimensiones.

Si echamos un vistazo a la obra de Capote, veremos que A Sangre Fría es su libro más extenso. Otras Voces, Otros Ámbitos, El Arpa de Hierba, Desayuno en Tiffany’s, son novelas breves. Abundan los cuentos y las colaboraciones periodísticas. Cuidaba mucho el estilo, pero era un maestro de la distancia corta. A Sangre Fría constituye una excepción porque el libro creció por sí sólo, porque la historia necesitaba de esa extensión, y Capote sabía que tenía entre sus manos algo grande, que marcaría un antes y un después en la literatura norteamericana del siglo XX.

Una vez concluido, el Capote personaje devoró al Capote escritor. Celebró su éxito con la famosa fiesta en el Hotel Plaza de Nueva York (a la que incluso se han dedicado libros enteros), y se entregó a la vida social con sus amigos de la jet set. Pueden encontrarse testimonios de ello en la otra biografía de Capote, Truman Capote: In Which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career, escrita por George Plimpton, donde se recogen testimonios de más de 200 personas que le conocieron y se incide más en su lado frívolo, de acompañante ideal, de alma de las fiestas y los programas de televisión, y menos en el del hombre torturado por aquella obra acaparadora.

740936El libro que de verdad aniquiló a Capote no fue A Sangre Fría, sino Plegarias Atendidas. Había firmado un contrato con Random House en 1966 por el que recibió 250.000 dólares de adelanto, y diez años después todavía no había visto la luz. Presionado por sus editores, y con su talento mirando progresivamente por el alcohol y las drogas, publicó en Esquire tres capítulos como adelanto de lo que iba a ser, según declaró, un retrato a lo Balzac de las costumbres y los vicios de la alta sociedad del siglo XX. El material fueron historias íntimas y cotilleos que había recogido a lo largo de los años en su relación con sus integrantes, que aparecían apenas camuflados en sus páginas. El terremoto (hoy diríamos “tsunami”) producido por su aparición provocó que, según cuenta su editor Joseph M. Fox, “prácticamente todos los amigos que tenía en este mundo le condenaron al ostracismo por contar, apenas disfrazadas, historias de colegiales, y muchos de esos amigos ni siquiera volvieron a dirigirle la palabra”.

Sin talento y sin amigos; incluso su pareja de (casi) toda la vida, Jack Dumphy, había enfriado su relación con él. Los últimos años de Capote fueron los de una lenta autodestrucción, pero A Sangre Fría quedaba ya, en todos los sentidos, muy atrás. Que aún le quedaba magia en la pluma lo demuestran muchas páginas de Música para Camaleones; que aún le quedaba una lengua vitriólica lo demuestra el libro Conversaciones Íntimas con Truman Capote, de Lawrence Grobel, donde, entre daiquiris y vodkas con hielo (con zumo de pomelo aparte) no deja, literalmente, títere con cabeza. Es un canto del cisne que deja un regusto amargo. La última crónica de una autodestrucción que, paradójicamente, comenzó con el éxito mundial que había estado buscando durante años.

Truman, Marilyn y recuerdos del champán con hielo

17 Ago

CAPOTE MaRILYNAndaba ayer haciendo tiempo por el aeropuerto de Palma de Mallorca, y me fijé en un puesto especial que había instalado en la Duty Free la firma Moët Chandon. Un quiosco blanco con mostrador blanco, dependientes con camiseta blanca, y botellas blancas. Las de su nuevo champán Ice Imperial, pensado especialmente para degustarlo con hielo, a 46,50 euros unidad. Es, desde luego, una promoción que parecía a la medida del lugar, más aún teniendo en cuenta que el español era la segunda, o la tercera, lengua de los dependientes del puesto. Es, dicen, “una nueva experiencia que combina sensaciones divertidas, frescas y libres”, descripción que vale tanto para beber champán como para aprender a nadar a braza o hacer parapente.

Había allí también un pequeño homenaje al cine y la literatura, pero los vendedores no tenían mucha idea de ello. ¿Se puede beber el champán con hielo? Se puede, y de hecho lo hicieron, el 28 de abril de 1955, Truman Capote y Marilyn Monroe en un restaurante chino de Nueva York. Según narra el escritor en su cuento ya clásico, Una hermosa criatura, salieron de un funeral y buscaron un sitio donde tomar algo sin que nadie les reconociera. Por eso acabaron en ese restaurante, donde les trajeron la botella de champán “sin enfriar y sin cubo, así que nos lo bebimos en vasos largos con hielo”.

Uno no sabe si este tipo de historias podrían haber interesado al departamento de marketing de Moët cuando planificaron el lanzamiento de su nuevo champán. Quizá nadie había leído a Capote, o quizá sí, y decidieron que la historia era demasiado antigua, demasiado de otros tiempos, para un producto que se promociona con DJs con camiseta. Recuerdo que de ese conmovedor retrato de Marilyn me quedó grabada la idea del champán con hielo, y que en ocasiones lo he probado, por ejemplo para liquidar el sobrante (siempre sobra) cuando se prepara un arroz al cava.

O pudo haber otro motivo: que el champán que bebieron Truman y Marilyn no era Moët, sino Mumm Cordon Rouge. Como en el mundo de la gastronomía las ideas de éxito no tardan en tener seguidores, podría ser que en Mumm acabaran planteándose sacar su propia marca de champán para hielo, al igual que ahora proliferan los bourbon aromatizados a la miel. Si lo hacen, aquí tienen un referente para incluir en sus notas de prensa. No es sólo el champán, sino quienes lo beben, los que pueden llenar de Glamour una mañana cualquiera un restaurante chino de la Segunda Avenida de Nueva York.