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¿Y si nos vamos todos de Facebook?

30 Sep

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De un tiempo a esta parte, da la sensación de que Facebook no suma, sino que resta. Me dan igual las cifras oficiales sobre el número de usuarios, los nuevos modelos de negocio o el enésimo cambio en su política de privacidad; yo les hablo de lo que veo. Y lo que veo son cada vez más contactos -siempre me he resistido a llamarlos “amigos”- que están largándose de chez Zuckerberg, o reduciendo abiertamente sus listas. Algunos nos han avisado previamente, otros han desaparecido sin más. Los motivos pueden ser varios, pero el principal, por lo que me han ido contando, es la sensación de que sus publicaciones se les han ido de las manos.

Recordemos que Facebook se nos vendió en un principio como algo íntimo: conceptos iniciales como “tu muro” sonaban a un espacio privado, que sólo compartiríamos con aquellos amigos a los que la vida moderna no nos dejaba tiempo para ver cada día, o incluso cada semana. Pero luego aquello comenzó a crecer, y llegaron los conocidos, luego los conocidos de conocidos, y luego la gente que llegaba de ninguna parte y que te solicitaba amistad sobre la base de haber leído o escuchado algo tuyo que le hizo gracia Endeble base, desde luego.

Tengo algunos amigos que son gente bastante conocida en lo suyo, y que usan Facebook a tumba abierta, en plan todo lo que publico aquí está al alcance de todos, y cuanto más amigos tenga, mejor. Pero el usuario común, el que todavía pide un mínimo de control, se lo está pensando; a fin de cuentas, hay otras redes que son abiertas de por sí y donde ya interactuamos cada día -no siempre para bien- con cualquiera que se nos ponga por delante, así que ¿Por qué consentir que Facebook se termine convirtiendo en lo que nunca quisimos que fuera?

-Yo estaba en doscientos treinta amigos, y ahora estoy en doscientos cinco. -Me comentaba el otro día un amigo entre caña y caña- Espero haberlos dejado en ciento cincuenta para fin de año.

No estuve seguro de si habia pasado a hablarme de la Dukan, pero de todos modos le pregunté por su método de adelgazamiento.

-¿Y cómo piensas ir rebajando?

-Por etapas. – Me respondió.- La primera es la más sencilla: elimino a todos aquellos que no conozco y con los que tampoco interactúo. La mayoría son gente que acepté como amiga cuando estaba empezando y tenía pocos contactos, pero me he acabado dando cuenta de que ni sé quiénes son, ni lo que están haciendo. Algunos están enterrados en lo más profundo de mi lista de amigos, y nunca han asomado la cabeza para dar ni los buenos días. Así que fuera.

-Parece lógico.

-Luego, están los que acepté por ser amigos de amigos. Grave error. Por mucha interacción que haya, por muy simpáticos que nos hayamos caído mutuamente en los comentarios, no hay que olvidar ni por un momento que en la vida real no nos conocemos. Por lo tanto, pueden producirse, y de hecho se producen, malentendidos o enfrentamientos que se derivan no exactamente de lo que dice el otro, sino de lo que nosotros pensamos que está diciendo. Porque en el fondo no conocemos sus expresiones habituales, su manera de hablar, su tono, su propensión a las bromas… Y al final pasa lo que pasa. Mira, cada uno en su casa, y Zuckerberg en la de todos. Está muy bien charlar en el muro de algún amigo común. Pero no pasemos de ahí.

-Comprendido.

-Y luego está la gente a la que sí conozco en la vida real, pero que no utiliza Facebook para nada. Ahí ya hay varias categorías: antiguos compañeros de clase o de trabajo, gente con la que me llevo bien, y luego los verdaderos amigos, a los que conozco hace años y con los que he compartido momentos muy cercanos, malos y buenos. Pero que tienen la cuenta como el manual de ética del PP; por estrenar. A esos, antes de eliminarlos como amigos, les envío un mensaje o un correo explicándoles por qué les borro. Y no debería ni molestarme, porque siendo amigos de verdad, nos vemos con bastante frecuencia.

-Bien.

-En todas estas categorías hay excepciones, claro, pero siguiendo estas normas, y si uno se pone, raro es el día en que no encuentra un par de amigos que eliminar. Tranquilo, que tú no estás entre ellos. – Me aseguró, antes de pedir otra -ronda y unos berberechos. – Oye, pagas tú ¿no? Es que no he tenido tiempo de pasar por el cajero.

Si no hubiera estado tan ocupado liquidando amigos, habría tenido tiempo de sobra, pensé, pero pagué, no fuera a borrarme. Posteriormente, reflexioné sobre su método. Por la tarde repasé mi lista de contactos; no me costó ningún trabajo encontrar a diez que podía eliminar sin remordimientos. Puede que haya llegado el momento de una inflexión, de que Facebook se detenga para tomar aliento. Al igual que nunca creí que toda la población mundial acabara estando aquí, tampoco creo que de repente todos nos vayamos a ir, pero… Tendría gracia que al final Facebook terminará siendo lo que comenzó: un sitio donde charlar con los amigos. Y nada más.

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¿Debemos borrar nuestras broncas en Twitter?

13 Ene

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Si el autor de este blog, que es un pedazo de pan bendito, se las ha tenido cuadradas en Twitter con más de uno y más de dos, no quiero ni pensar lo que habrá vivido alguno de los que me leen, que ya nos conocemos y sé que son ustedes una mezcla de Lobezno y Fernán-Gómez. Hablando en serio, nunca está de más recordar que a Twitter se entra llorado, y que las discusiones o enfrentamientos pueden empezar, obviamente si uno se las busca, pero también por los motivos más absurdos (un poco a la manera de aquél chiste tan viejo y tan malo “Oye, tú…” “¡Pues anda que tú”!).

Las broncas en las redes sociales no se diferencian demasiado de las que podemos tener en la vida real: en ambas se nos queda el mismo mal sabor de boca de habernos dejado arrastrar por la calentura que lleva a la confrontación, y de no estar seguros de haber tomado la decisión correcta al publicar aquella respuesta o aquel comentario. Al mismo tiempo, sentimos un cierto orgullo por no habernos achantado y haber plantado cara con firmeza al que nos ha atacado con groserías, insultos o faltas de respeto. Pero el resultado final nunca es bueno.

En una cosa sí se diferencian: que quedan ahí. Y, aunque la mayoría de las entradas sobre peloteras en Twitter se refieren a las protagonizadas por tuiteros famosos, no hay que pensar que las que hayamos tenido nosotros, en nuestra modestia, van a pasar desapercibidas. Se harán muy presentes cuando optemos a un puesto de trabajo y la agencia de empleo, o el departamento de Recursos Humanos, rastreen sobre nosotros toda la información que la web y las redes sociales pueden ofrecer. Los tuits se convertirán entonces en oscuras golondrinas, esas que siempre vuelven.

No sirve de nada poner en nuestro perfil “¡Empezó él!”, aunque sea verdad, porque como mínimo, apareceremos como una persona susceptible a las provocaciones, característica no muy recomendable para según qué puestos. Y si se nos ha calentado la boca, o el teclado, la imagen que podemos dar es bastante peor. Los comentarios que peor pueden sentar, según el estudio del enlace superior, elaborado por CareerBuilder, son los que ofenden en temas como raza, sexo o religión o- sin duda, lo peor de todo- los que incluyen información confidencial o negativa sobre empresas donde hemos trabajado. Lo cual no quiere decir que las broncas o discusiones sobre asuntos menores, iniciadas de modo más intrascendente, nos vayan a hacer bien.

Si lleva usted tiempo en Twitter y repasa su TL, probablemente encuentre muchos enfrentamientos de los que ya ni se acordaba, y cuyo origen y desarrollo le parecerán absurdos. Es más, puede que la persona con quien los mantuvo ni siquiera tenga activo su Twitter, o los tenga por ahí, relegados al olvido. Si de vez en cuando conviene hacer una limpia en nuestro TL –tuits desactualizados o sin repercusión, bromas que no hicieron gracia, temas que no tienen relación con nuestro perfil- las broncas quizá debieran estar entre las primeras cosas a borrar. No se trata exactamente de camuflar cómo somos; sino de trasladar al mundo digital la misma intrascendencia que estos episodios tienen en el mundo real. Lo pasado, pasado. Y ya veremos mañana –o quizás hoy mismo- con quién y sobre qué empezamos una nueva discusión. Total, siempre nos quedará Willy Toledo.

De Superlunas, redes sociales y privacidad

17 Jul

SUPERLUNA

El pasado sábado, a las dos de la mañana, publiqué en mi perfil de Facebook la foto que encabeza este post, con el título “Superluna en Malasaña”.

¿Qué información estoy proporcionando con ella?

Lo que se puede deducir en un principio es que ese día y a esa hora, yo estaba en Malasaña. Es más difícil saber lo que estaba haciendo allí. Podía estar dando un paseo por mi cuenta. Podía estar con unos amigos. Podía estar engañando a mi pareja. Yo no aparezco en ella (de hecho, salgo en poquísimas fotos de mi Facebook). Así que lo único claro es que me encontraba allí y vi la Luna tan bonita que decidí hacerle una foto y publicarla en mi muro.

O quizás no.

Quizás donde de verdad estaba era en mi casa, y un amigo publicó esa foto en su Facebook, o me la mandó por WhatsApp y decidí compartirla.

Quizá la foto ni siquiera corresponda a la Superluna, sino a la última luna llena que hubo sobre Madrid. Quizá la foto ni siquiera esté tomada en Malasaña; total, sólo se ve la Luna y unos pocos árboles. A lo mejor yo estaba en cualquier otra punta de Madrid (o de España), hice la foto y se me ocurrió decir que la había tomado allí.

Bueno, voy a contar la verdad: estaba tomando algo en una terraza con unos amigos. Buena parte de esos amigos tienen Facebook, pero nadie más sacó una foto de la Luna, y nadie ha publicado nada en su perfil sobre esa reunión.

Somos todos bastante discretos. Tengo otros amigos (todos los tenemos) que no habrían dudado en hacerse un selfie, o en sacar en una foto a todos los presentes y colgarla, detallando el nombre y apellidos de cada uno de ellos.

También, como ya hemos comentado por aquí en otra ocasión, los hay que se inventan casi todo lo que ponen e incluso añaden imágenes de prueba, cuando en realidad esas imágenes pueden ser tan falsas como el texto que las acompaña.

Cada uno tiene su manera de gestionar sus redes sociales. Andaba pensando en esto, y en que muchas veces no nos terminamos de dar cuenta de lo que contamos sobre nosotros mismos, sobre nuestra privacidad y sobre la de los demás. O nos creemos todo lo que nos cuentan, sin pararnos a analizar cuánto de verdad puede haber en una publicación.

La foto es auténtica, la hice yo, y estaba allí a esa hora. Pero ustedes, después de todo, sólo tienen mi palabra para fiarse ¿verdad?

Y por cierto, Malasaña estaba esa noche muy animado. Debía ser, supongo, por la Superluna.

Twitter y la novela de nuestra intimidad

24 Jun

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Lanzarse a las redes sociales es exponerse, eso lo sabemos todos. O al menos, todos los que estamos en las redes sociales. También sabemos que, en teoría, el tipo de información que revelamos sobre nosotros mismos no es lo mismo en cada red social en la que estemos presentes.

Hay un tipo de información con la que se tiene (o se debería tener) un especial cuidado, que es la personal. Un campo amplio y difuso, pero donde podríamos meter cosas tan variadas como lugar de nacimiento y/o residencia, estado civil, parientes cercanos, amigos, ideas políticas, preferencias culturales, aficiones, estados de ánimo, incluso educación (o falta de ella) o carácter (o falta de él). Ya se sabe que la conjunción de lo que publicamos en todas las webs en las que estamos presentes configura eso que se llama nuestra identidad digital. Pero habría que ver si nuestra información más íntima, que en el mundo físico sólo compartimos –y eso en diversos grados de cercanía- con la gente más próxima a nosotros debería formar parte de esa identidad.

Suponiendo, que ya es suponer, que seamos capaces de mantener controlado el grado de privacidad de todas nuestras redes, se suele pensar que la información está más presente en Facebook o Instagram (tanto da), mientras que Linkedin queda reservada para nuestro perfil profesional. ¿Y dónde queda Twitter? Pues Twitter es, precisamente, la web más abierta. Y por eso mismo, por esa naturaleza de que lo que publicamos en ella puede ser leído por cualquiera de sus casi 250 millones de usuarios activos que entiendan nuestro idioma, la gente tiende a frenar su información personal. Además, a menos que usted sea famoso, nadie tiene interés en saber lo simpático que es su gato, o lo que tiene esta noche para cenar ¿No?

Pues no.

Twitter es, con diferencia, la red social más invasiva en nuestra intimidad, aquella en la que nos mostramos más desnudos ante el mundo. El problema es que lo hacemos poco a poco, ladrillo a ladrillo, sin darnos cuenta. pero si echamos la vista atrás y vemos el tamaño del edificio que hemos construido, la cosa es para echarse a temblar.

Tiene ya algunos años, pero no está de más recordar el estudio Twitter: a Content Analisys of Personal Information, (que pueden consultar y descargar en este enlace) en el que los investigadores Lee Humphreys, Phillipa Gill, y Balachander Krishnamurthy analizaron el contenido de más de 100.000 tuits. Una cantidad insignificante considerando lo que se publica cada día, pero suficiente para establecer unos patrones de contenido que arrojaban resultados como estos:

  • El 77% por ciento de los tuits analizados contenía información personal. El 6,3% se refería al propio autor del tuit, y el 40% a otras personas. Al ser categorías no excluyentes, un 25% de los tuits contenían información sobre el autor y sobre otras personas. Es decir, el 40% de los tuits contiene información sobre otra gente que puede no querer necesariamente que se publiquen sus actividades en la red social.
  • Un 20,3% de los tuits relataban lo que sus autores estaban haciendo en ese momento. Sólo un 12% informaban de la localización de una persona, y de ese porcentaje, el 82% se refería al propio autor del tuit. Esto no parece un porcentaje muy alto, pero los autores del estudio recuerdan que, estimando que se publiquen 400 millones de tuits al día, 48 millones contienen información sobre la localización precisa de su autor.
  • El 41% se refería a actividades concretas, y se tiende bastante a la precisión: la mayoría no sólo cuenta que está comiendo o de compras, sino que incluye el nombre del restaurante o de la tienda. No ocultamos la información sobre nuestros gustos y preferencias, sino que la lanzamos a los cuatro vientos.

El estudio fue realizado en 2008, y aunque ha sido actualizado posteriormente, los autores reconocen que desde entonces la evolución de Twitter no se ha referido sólo a su número de usuarios, sino también a sus costumbres. Pero la idea principal sigue vigente: “Mientras que los pequeños retazos de comunicación pueden ofrecer por sí mismos muy poca o ninguna información sobre la identidad de una persona y/o sobre sus hábitos de comportamiento, al juntar todas breves informaciones se puede obtener una visión conjunta de la persona que cuente una historia mucho más profunda e íntima de la misma”.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. ¿Cuánto hemos tuiteado sobre nosotros mismos?

Calculemos: en los 140 caracteres que admite un tuit caben de media unas 22 palabras. Si usted ha publicado 2.000 tuits, eso arroja unas 44.000 palabras, muy cerca de la extensión de El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Con 5.000 tuits publicados -110.000 palabras- ya ha superado a El Hobbit, a Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, a las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, a La isla del Tesoro, de Robert L. Stevenson y a Cumbres Borrascosas, de Emily Bronte. Y si ha pasado de 10.000 tuits, entonces ya ha escrito sobre su vida y milagros una extensión superior a la de Grandes Esperanzas, de Dickens, La Comunidad del Anillo, de Tolkien, Moby Dick, de Melville y Crimen y Castigo, de Dostoievsky (aquí les dejo el enlace de donde he sacado las cifras, y si no me creen, cuenten ustedes mismos).

Imagínese un libro de ese volumen referido a usted, a sus opiniones y sus actividades, e intente convencerse de que en sus páginas no se incluye ninguna información relevante. Como cantaba Elvis Costello: Everyday I write the book… ¿Urge quizá releernos un poco a ver si encontramos algo que deberíamos quitar?

Redes sociales, la nueva tarjeta de visita

25 Oct

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Tengo la costumbre de clasificar las tarjetas de visita en tres grupos:

  • El más obvio es el de las que pertenecen a gente con la que tengo contacto habitual, y son las que tengo más a mano.
  • El segundo grupo es el contrario, se refiere a las de personas de las que llevo años sin saber nada, o empresas que pasaron a mejor vida (ahora que vamos encendiendo las primeras chimeneas, me hacen un excelente último servicio).
  • Y el tercer grupo es el de las que me traen buenos recuerdos de viajes, encuentros, entrevistas o sitios por los que pasé. Esas no las tiro, sino que las tengo guardadas por ahí, de la misma manera en que conservamos entradas a cierto espectáculo, fotografías, invitaciones de boda o recibos de restaurantes que sólo con mirarlos nos llevan de vuelta a aquella situación “sin duda inolvidable y ya olvidada”, que decía Borges.

Pero todo esto no es más que rollo personal antes de entrar en el meollo del post:¿Cómo seguimos siendo tan anticuados como para usar tarjetas de visita?

Hay quienes siguen defendiendo el modelo tradicional de la tarjeta, y hay quienes están haciendo negocio adaptándolas a los dispositivos móviles (en este enlace tienen unas cuantas apps), o creando empresas especializadas en la elaboración de tarjetas digitales. Todo parece indicar que estos pedacitos de cartón van a seguir el mismo camino que libros, periódicos, revistas y cualquier otro objeto basado en el papel. Pero al mismo tiempo está ocurriendo otro fenómeno: verán, esta semana he estado yendo a mucho sarao, tanto digital como presencial (Así está el blog, lleno de telarañas). En algunos de estos eventos me dedicaba a tuitear los momentos más destacados, y después conocí a otros tuiteros que habían estado haciendo lo mismo. Y entonces nos intercambiábamos tarjetas… y nos comenzábamos a seguir mutuamente.

Creo que el seguimiento en redes sociales, con Twitter y Linkedin a la cabeza, es la verdadera tarjeta de visita del siglo XXI. Es instantáneo, veloz, moderno. Mucho más fácil de controlar que los Rodolex o esos archivadores donde las tarjetitas se iban acumulando. Y, caso de que no nos hayamos dado cuenta, también puede ser un arma de doble filo. Me percaté de ello cuando vi esta entrevista con Eva Collado Durán, tuitcontacto y especialista en RR HH. Se la recomiendo, porque tiene mucho interés en general, pero no se me pierdan esta declaración concreta (minuto 1:01):

 “Ahora, las personas que seleccionamos, tenemos la oportunidad de conocer al candidato en la Red. Es decir, podemos pasar de la selección curricular habitual a la selección por conversación (…) podemos observar el comportamiento del candidato en la Red, incluso podemos conversar con él y podemos ver perfectamente qué marca personal tiene, si conjuga con el ideal que queremos incorporar en nuestra organización (…) Es una manera de reclutar directamente a través de la conversación”.

Ueeeps. Es decir, que frente a la posible inconsecuencia de un intercambio de tarjetas, donde podemos volver a ver, o no, a la persona que nos la ha dado, un intercambio de seguimientos tiene una permanencia de la que no siempre somos conscientes. Quedamos a la vista de muchas personas con las que tenemos, o podríamos tener, una relación profesional. Y asusta un poco pensar que esa relación puede depender de lo que hagamos o dejemos de hacer en las redes. Como un microorganismo en una placa Petri, estamos expuestos a la evaluación continua de nuestro comportamiento.

Aún guardo en casa tarjetas de visita de los años 80, donde sólo aparece nombre, apellidos, dirección y teléfono (ni siquiera el fax). Ahora, al usar las redes como nuestra carta de presentación, aparecemos nosotros en todo momento. Puede ser magnífico si damos la talla. Puede ser devastador si somos una decepción. ¿Estamos a la altura?

¿Cuántos Facevoyeurs hay en mi cuenta?

15 May

Si tiene usted en Facebook el número de amigos consensuado como “normal” (que la propia red establece en 190), entonces seguro que habrá alguno entre ellos. Es poco probable que se haya dado cuenta, precisamente porque es difícil apercibir lo que permanece oculto. Pero haga memoria. Un día cualquiera, hace ya tiempo, le llegó una solicitud de amistad de una persona que no se contaba entre sus contactos más directos, pero que conocía lo bastante como para aceptarla. Así que lo hizo. Y luego no volvió a tener noticias de esa persona, ni en la red social ni fuera de ella.

Como la cifra de contactos que podemos recordar tiene un límite, no tardó en olvidarla, junto con su solicitud. Como mucho, habrá vuelto a ver su cara en las raras ocasiones en que repasa su lista de amigos. Normal. Lo más seguro es que ese contacto (dejemos de utilizar la palabra “amigos” con tanta ligereza) pertenezca a ese 11% (según una de las pocas estimaciones claras) de usuarios que abre (o al que le abren) una cuenta en Facebook por compromiso o por obligación, y que luego no usa jamás. Pero hay otra posibilidad, con permiso de Iker Jiménez, algo más inquietante.

Su nuevo contacto usa Facebook. De hecho, tiene una considerable cantidad de amigos y entra en la red social casi todos los días. Pero jamás publica nada. Ni comenta lo que publican los demás. En cambio, devora con avidez la información íntima y privada que publican todos los que han tenido a bien añadirle a su lista de contactos. Es un voyeur de Facebook, un Facevoyeur.

Esta categoría de usuarios no está aún tipificada en los análisis de las redes sociales, pero no les quepa duda de que existe. Y en ocasiones puede provocar situaciones curiosas: esta bloguera americana cuenta su sorpresa al ver cómo una amiga a la que encontró por casualidad en un café le detalló su vida y milagros de los últimos meses. Se le había olvidado que la tenía agregada en Facebook, pero ella entraba todos los días… y no se perdía una sola de sus actividades (y lo que es peor: parecía recordarlas todas al dedillo).

Por turbador que esto pueda parecer en un principio, la verdad es que los Facevoyeurs son gente bastante normal. El que puso sobre aviso al autor de este blog es periodista de profesión, y lo hizo cuando coincidimos en unos premios que otorgaba la publicación en la que trabajaba: “Veo todo lo que publicas, pero no, yo nunca publico nada. Soy un voyeur (risita)”. El facevoyeur es lo contrario del narcisista de Facebook, el que no para de publicar y se agarra unos cabreos de mono cuando nadie le comenta ni hace clic en el Me Gusta. Algunos no publican nada por timidez (sí, se puede ser tímido y estar en una red social), y otros sí lo hacen, pero exprimiendo al máximo sus herramientas para limitar el acceso y autorizar sólo a sus amigos más próximos. También están los que no publican por puro esnobismo, y clasifican a Facebook en la misma categoría que los programas de Jorge Javier Vázquez… Pero no pueden vivir sin ninguno de los dos.

¿Podría haber otro grupo de Facevoyeurs que debiera preocuparnos en serio? Supongo que la respuesta más lógica es no. A fin de cuentas, todo el material que dejamos caer en esta red social es completamente inocuo, y nos da igual que acabe apareciendo en cualquier otro lugar de Internet. Y aunque no fuera así, tampoco hay que preocuparse, porque todos conocemos perfectamente a cada uno de los amigos que tenemos agregados en Facebook.

¿Verdad?