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Los fantasmas de Facebook

7 Feb

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A diferencia de otras redes, Facebook ofrece -por lo menos, en teoría- la posibilidad de controlar -por lo menos, hasta cierto punto- el alcance de nuestros contactos. Ya hemos comentado por aquí cómo hay gente que la emplea de forma masiva, incorporando sin medida nuevas amistades, y haciendo accesible a cualquiera todo lo que publican. En el otro lado estamos los que preferimos mantener esta red, en la medida de lo posible, como un sitio donde intercambiar mensajes con la gente a la que ya conocemos y apreciamos en el mundo físico, y no sólo rechazamos nuevas solicitudes de amistad, sino que tendemos a reducir las que ya tenemos; a fin de cuentas, no andamos cortos de alternativas a la hora de interactuar con desconocidos.

Esto es así, y no hay que decir que uno de estos usos sea mejor que el otro. Pero se da un curioso fenómeno si eliges la segunda, que implica conservar una cercanía personal con tus amigos: algunos ya no están a tu lado. La vida les ha ido llevando a otros puntos del país, e incluso del planeta. En principio, esto no sería demasiado grave; a fin de cuentas, una de las utilidades de las redes es que nos permiten mantener el contacto con personas lejanas. Pero aquí la lejanía no es solamente geográfica; son gente que ha dado un giro a su existencia en el que sus antiguos amigos y compañeros ya no están; las posibilidades de volver a verlas en persona son mínimas. Nunca regresarán a nuestro país ni nosotros -muy probablemente- viajaremos al suyo.

La única presencia en nuestra vida de estas personas, en otro tiempo tan cercanas, son sus apariciones en el muro, sus fotos, sus publicaciones o el breve intercambio de opiniones o me gustas. Poco a poco, se van difuminando, y a medida que pasan los años -porque Facebook ya tiene años- van entrando cada vez más en lo incorpóreo. Nos queda de ellos el residuo de cercanía que han creado las redes sociales, y el recuerdo de su simpatía, su sentido del humor, su nobleza, su enorme valor como personas. Ese cariño que les tenemos es lo que nos impide pasar página, borrarlos de nuestra lista de amigos, y dejar que las vidas de cada uno sigan su rumbo.

Nos asomamos a su mundo y dejamos que ellos se asomen al nuestro, convertidos en fantasmas mutuos. A veces me pregunto cuánto tiempo aguantarán en mi muro, o yo en el suyo, hasta que llegue un momento en que incluso el recuerdo de dónde y cómo conocimos a esa persona empiece a difuminarse, y nuestro dedo se vaya imparable ya al recuadro de “eliminar amistad”. Será el momento en que las leyes de la vida se impongan a las trampas digitales.

¿Y si nos vamos todos de Facebook?

30 Sep

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De un tiempo a esta parte, da la sensación de que Facebook no suma, sino que resta. Me dan igual las cifras oficiales sobre el número de usuarios, los nuevos modelos de negocio o el enésimo cambio en su política de privacidad; yo les hablo de lo que veo. Y lo que veo son cada vez más contactos -siempre me he resistido a llamarlos “amigos”- que están largándose de chez Zuckerberg, o reduciendo abiertamente sus listas. Algunos nos han avisado previamente, otros han desaparecido sin más. Los motivos pueden ser varios, pero el principal, por lo que me han ido contando, es la sensación de que sus publicaciones se les han ido de las manos.

Recordemos que Facebook se nos vendió en un principio como algo íntimo: conceptos iniciales como “tu muro” sonaban a un espacio privado, que sólo compartiríamos con aquellos amigos a los que la vida moderna no nos dejaba tiempo para ver cada día, o incluso cada semana. Pero luego aquello comenzó a crecer, y llegaron los conocidos, luego los conocidos de conocidos, y luego la gente que llegaba de ninguna parte y que te solicitaba amistad sobre la base de haber leído o escuchado algo tuyo que le hizo gracia Endeble base, desde luego.

Tengo algunos amigos que son gente bastante conocida en lo suyo, y que usan Facebook a tumba abierta, en plan todo lo que publico aquí está al alcance de todos, y cuanto más amigos tenga, mejor. Pero el usuario común, el que todavía pide un mínimo de control, se lo está pensando; a fin de cuentas, hay otras redes que son abiertas de por sí y donde ya interactuamos cada día -no siempre para bien- con cualquiera que se nos ponga por delante, así que ¿Por qué consentir que Facebook se termine convirtiendo en lo que nunca quisimos que fuera?

-Yo estaba en doscientos treinta amigos, y ahora estoy en doscientos cinco. -Me comentaba el otro día un amigo entre caña y caña- Espero haberlos dejado en ciento cincuenta para fin de año.

No estuve seguro de si habia pasado a hablarme de la Dukan, pero de todos modos le pregunté por su método de adelgazamiento.

-¿Y cómo piensas ir rebajando?

-Por etapas. – Me respondió.- La primera es la más sencilla: elimino a todos aquellos que no conozco y con los que tampoco interactúo. La mayoría son gente que acepté como amiga cuando estaba empezando y tenía pocos contactos, pero me he acabado dando cuenta de que ni sé quiénes son, ni lo que están haciendo. Algunos están enterrados en lo más profundo de mi lista de amigos, y nunca han asomado la cabeza para dar ni los buenos días. Así que fuera.

-Parece lógico.

-Luego, están los que acepté por ser amigos de amigos. Grave error. Por mucha interacción que haya, por muy simpáticos que nos hayamos caído mutuamente en los comentarios, no hay que olvidar ni por un momento que en la vida real no nos conocemos. Por lo tanto, pueden producirse, y de hecho se producen, malentendidos o enfrentamientos que se derivan no exactamente de lo que dice el otro, sino de lo que nosotros pensamos que está diciendo. Porque en el fondo no conocemos sus expresiones habituales, su manera de hablar, su tono, su propensión a las bromas… Y al final pasa lo que pasa. Mira, cada uno en su casa, y Zuckerberg en la de todos. Está muy bien charlar en el muro de algún amigo común. Pero no pasemos de ahí.

-Comprendido.

-Y luego está la gente a la que sí conozco en la vida real, pero que no utiliza Facebook para nada. Ahí ya hay varias categorías: antiguos compañeros de clase o de trabajo, gente con la que me llevo bien, y luego los verdaderos amigos, a los que conozco hace años y con los que he compartido momentos muy cercanos, malos y buenos. Pero que tienen la cuenta como el manual de ética del PP; por estrenar. A esos, antes de eliminarlos como amigos, les envío un mensaje o un correo explicándoles por qué les borro. Y no debería ni molestarme, porque siendo amigos de verdad, nos vemos con bastante frecuencia.

-Bien.

-En todas estas categorías hay excepciones, claro, pero siguiendo estas normas, y si uno se pone, raro es el día en que no encuentra un par de amigos que eliminar. Tranquilo, que tú no estás entre ellos. – Me aseguró, antes de pedir otra -ronda y unos berberechos. – Oye, pagas tú ¿no? Es que no he tenido tiempo de pasar por el cajero.

Si no hubiera estado tan ocupado liquidando amigos, habría tenido tiempo de sobra, pensé, pero pagué, no fuera a borrarme. Posteriormente, reflexioné sobre su método. Por la tarde repasé mi lista de contactos; no me costó ningún trabajo encontrar a diez que podía eliminar sin remordimientos. Puede que haya llegado el momento de una inflexión, de que Facebook se detenga para tomar aliento. Al igual que nunca creí que toda la población mundial acabara estando aquí, tampoco creo que de repente todos nos vayamos a ir, pero… Tendría gracia que al final Facebook terminará siendo lo que comenzó: un sitio donde charlar con los amigos. Y nada más.

Guillermo Zapata, la hipocresía y los niños malcriados

14 Jun

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Si Guillermo Zapata hubiera mantenido una actitud antisemita, racista, xenófoba o de enaltecimiento del terrorismo de forma continuada durante años en las redes sociales -o donde fuera- uno entendería, e incluso estaría de acuerdo, en que se planteara su idoneidad para ocupar un cargo electo en el Ayuntamiento de Madrid. O donde fuera.

Que esa presunta actitud se haya manifestado únicamente en dos tuits publicados en la misma fecha de hace cinco años, y que hayan aparecido justo el día en que el nuevo gobierno municipal de Madrid tomaba posesión, me hace pensar que la cosa es, en efecto, muy grave. Pero no en el sentido que muchos quieren darle.

Quiere decir más bien que hay gente que se ha molestado en rastrear pacientemente la cuenta de Twitter de Zapata -y es de suponer que también la de todos los componentes del equipo municipal de Manuela Carmena– en busca de cualquier cosa que sirviera para comenzar a atacar a los nuevos gobernantes antes de que tuvieran tiempo de dictar una sola ley, prometer un solo cargo, tomar una sola decisión. Que hace tiempo que tenían descubiertos y preparados esos tuits, como demuestra la ferocidad de los ataques recibidos por Zapata, mientras hay verdaderos nazis que mantienen abiertas cuentas en las redes sociales con plena impunidad, o guardas civiles haciéndose fotografías ante la estatua de un dictador responsable de miles de muertes. Y, desde luego, que no piensan prestar la menor consideración a los intentos de este por defenderse o explicar el motivo y las circunstancias en que los publicó.

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Quiere decir también que un pensamiento de fondo sigue muy activo en la peor derecha -que, obviamente, no es toda la derecha- de España: la izquierda no tiene derecho a gobernar. Aunque gane unas elecciones, o llegue al poder mediante acuerdos de coalición. No pueden admitirlo. Si lo admitieran, ejercerían una oposición basada en la crítica de las acciones de los nuevos equipos de Gobierno, en vez de centrarse -es un decir- en buscar motivos de condena que justifiquen su idea de que no son dignos. De que unos muertos de hambre no pueden arrebatarles el poder, que es suyo por derecho, o por naturaleza. Por eso cuando lo pierden buscan el desprestigio y la calumnia, y critican desde lo que pretenden ser altas cimas morales, cuando lo que son es cumbres de la hipocresía. Reparten carnets donde deciden quién es un demócrata o un totalitario, un amigo de los terroristas o un buen español.

Ese es el verdadero trasfondo del caso Zapata. Lo hemos visto otras veces. Lo seguiremos viendo; en el fondo, es una estrategia que, tanto para quienes la ponen en marcha como para quienes la creen, no deja de tener mucho de rabieta infantil, propia de niños malcriados que intentan vengarse chivándose de las cosas que hizo Pepito o Juanito cuando nadie le miraba. Por eso hay pocas esperanzas de que algún día lleguen a abandonar estas técnicas detestables. Para eso tendrían primero que crecer.

Las ventajas de limpiar nuestro Twitter

25 May

Twitter-FollowersCuando comento a algunos amigos mi afición a limpiar periódicamente mi TL, tanto el de mi cuenta personal como el de las que gestiono profesionalmente, me miran raro; les debe sonar a algo así como a destrucción de pruebas, a borrar episodios oscuros de mi tortuoso pasado (o el de mis clientes), a discos duros de tesoreros que desaparecen, qué se yo. Y algo de eso hay, pero aunque al volver la vista atrás veamos la senda que nunca se ha de volver a tuitear, creo que pocas cosas hay en este mundo que no mejoren después de una buena limpieza. Twitter no es una excepción.

De entrada, me da un poco de vértigo ver que llevo seis años metiendo cosas ahí. Uno no es el mismo que era en 2009, no trabaja exactamente en lo mismo, no tiene los mismos intereses y relaciones profesionales… Ni los mismos contactos. Y si calcula el volumen de lo que, poco a poco, ha ido escribiendo en esta web de posts tan brevísimos, el resultado marea: ya conté en un post anterior cuántos tuits se necesitaban para igualar la extensión de algunas grandes obras de la literatura. Y muchos tuiteros ya hemos sobrepasado a más de un clásico. Es imposible que nos acordemos de todo lo que hemos metido ahí. Pero si alguien quiere obtener información sobre nosotros, encontrará en esos tuits una veta casi inagotable. No necesariamente de cosas negativas, que también: puede encontrar desorden, contradicciones, cambios de humor y, sobre todo, material inútil. Me explicaré mejor si hago una pequeña clasificación del material susceptible de limpiarse:

Enlaces perdidos. Aquí hay dos subcategorías: una es la de aquellos cuyo destino, por los motivos que sea, ha desaparecido. La noticia, el blog o la nota de prensa a donde queríamos conducir a nuestros seguidores, por el motivo que sea, ya no está. Aparte del 404, la segunda categoría son, simplemente, enlaces que se han quedado viejos o han dejado de interesar (por ejemplo, un informe financiero, o de usos de la web, de hace cuatro años). Muchos profesionales de agendas de la comunicación meten en su cuenta personal tuits de sus clientes, o de su agencia. Si hace tiempo que ya no tiene relación con uno ni con otro ¿qué interés tiene mantenerlos?

Tuits gatillazo. Llamados así porque le pasa a todo el mundo y no tiene importancia: son aquellos que nadie retuiteó, nadie contestó, nadie marcó como favorito. Quizá porque más de uno era una chorrada tan excelsa, o un intento tan patético de resultar gracioso, que nadie le prestó el mínimo interés. Liquídelos sin piedad. A lo mejor entre ellos haya muchos cuyo contenido es inofensivo. Bórrelos igual. Son peso muerto.

Repeticiones. La gran enfermedad cuando se manejan blogs o convocatorias. Si en su día anunció siete veces aquella nueva entrada en su blog, o tuiteó veinte convocatorias para un evento, déjelas en una. Más que suficiente para acordarse. Casi le diría que borrase todos los tuits de la convocatoria, que a fin de cuentas es agua pasada, pero si generó mucha actividad en las redes sociales, puede interesarle conservar también uno.

Tuits a famosos. Todos seguimos a alguno, y muchos a más de uno. Pero si en alguna ocasión se ha dirigido a él, y el muy malvado no ha tenido la deferencia de contestarle entre sus 3.500.000 seguidores, castíguele con el látigo de su indiferencia, para que no parezca que va por las redes mendigando la atención de gente conocida. Borre el tuit, y que se joda. Menudo es usted.

Broncas. Twitter es el reino de las broncas absurdas. Ya saben, “¡Buenos días, chicos!” “¡Serán buenos para ti, gilipollas!”. Mantener lo que soltamos cuando se nos calentó el teclado no da una buena imagen de nosotros, pero borrarlos puede plantear problemas éticos: si lo hago engaño a mis lectores, escondo lo más negativo de mí, y además, siempre quedarán los tuits de la otra parte. Eso, en todo caso, es problema de la otra parte, y le sorprendería la cantidad de otras partes que han liquidado hace tiempo sus propios tuits. Una buena solución es poner un tope de antigüedad. Si quiere, no toque los tuits de los últimos seis meses, pero de verdad, a nadie le interesa, aquel intercambio de mentada de madres que hace tres años tuvo con un tuitero del cual ya ni se acuerda.

Establecidas las categorías y los motivos, puede que le quede una pregunta: ¿Y de dónde saco el tiempo para hacer todo eso? Le voy a contestar con otra: ¿de dónde lo sacó para meter 20.000 tuits? El sistema para borrarlos es el mismo que para escribirlos: poco a poco. Selecciones un periodo de tiempo a limpiar; por ejemplo, de mes en mes si tuitea mucho. Una vez allí, seleccione todos los tuits -no sólo los destacados- u dedíquele un rato cada día. Al mismo tiempo, cree un archivo de Word o Excel y vaya apuntando los meses limpios. Sin prisa, pero sin pausa.

El resultado será una cuenta bastante más limpia, manejable y, sobre todo, coherente. Y, por cierto, una manera entretenida de concluir una estresante jornada de trabajo.

Cómo puede afectarnos tuitear sobre política

15 Feb

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A veces es divertido contraponer noticias o tendencias. Por citar dos: hace ya un tiempo que se ha implantado la idea de que tener una vida activa en las redes sociales es bueno para conseguir un trabajo. De hecho, puede resultar imprescindible, ya que nuestro índice de Klout parece estar siendo un elemento de importancia creciente para distinguirnos de otros candidatos al puesto.

Sin embargo, por otra parte, es un hecho que las empresas de selección realizan un repaso exhaustivo en las redes sociales de todo lo que pueden encontrar sobre los candidatos. Quizá lo que levantó la liebre en este sentido fue el informe de Eurocom Worldwide publicado en 2012 donde se indicaba que uno de cada cinco candidatos a un puesto no había sido elegido por el perfil que mostraba en sus redes. Dos años en términos digitales son una eternidad; podemos y debemos pensar que esta tendencia ha aumentado desde entonces.

Así que la consecuencia parece ser: mantente activo en las redes, pero ten cuidado con lo que pones en ellas. El material sensible es, en su mayoría, bien conocido: insultos, faltas de respeto, racismo, sexismo. Incluso el fanatismo deportivo –o de cualquier clase, pero limitémonos al fútbol para no complicarnos- cuyos enfrentamientos se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Esto es fácil de entender, como lo es la norma de no tuitear jamás en caliente.

Lo que quizá sea más difícil de comprender y controlar es la opinión política. ¿Qué precio podemos tener que pagar por tuitear sin miedo sobre nuestra ideología, aunque lo hagamos respetuosamente, sin insultar a los demás y sin contestar cuando estos nos insultan? ¿Podemos estar seguros de que no es un factor de peso a la hora de seleccionarnos o rechazarnos para un puesto de trabajo?

La presencia de la política en Twitter es creciente, aunque no crezca de la misma manera para todo el mundo. Aquí merece la pena citar este artículo sobre el informe del Pew Research Center sobre medios y politización que demuestra, una vez más, que cada usuario se hace su propio Twitter: Si tuiteamos sobre política y seguimos a políticos, la gente que nos siga e interactúe con nosotros será en su mayoría de la misma cuerda. Y como consecuencia, nuestra cuenta estará mucho más plagada de contenido político que si tuiteamos sobre el cultivo de geranios. Esto es una obviedad.

FT_14.11.12.Social.Media_.Politics2 Lo que no es tan obvio es que incluso los no interesados en política tampoco se libran. Entre los usuarios de Twitter que sentían que más de la mitad del contenido que leían estaba relacionado con este tema se contaba un 9% de los no interesados en política, un 23% de los poco interesados y un 41% de los muy interesados. Otro detalle: se habla más de política en Facebook que en Twitter, quizá porque nos seguimos creyendo, y ya son ganas, que en esta red social nuestras publicaciones no pasarán del ámbito de nuestros contactos. Es sólo una opinión (¿para qué están los blogs si no?) pero es posible que en el subconsciente de muchos usuarios yazca la idea de que la política sigue siendo un tema del que es mejor hablar discretamente, en pequeños círculos.

No todo el mundo actúa así; tengo amigos que, sin ser políticos profesionales, tuitean sus opiniones a los cuatro vientos. Pero en muchos casos, son personas con un trabajo fijo, y con varios años de antigüedad en él. En cambio los autónomos, los freelance, los que andamos perpetuamente a la caza de trabajos y encargos, no podemos evitar preguntarnos si aquél comentario, aquel chiste o aquella bronca de la que ya nos olvidamos pueden haber sido decisivos a la hora de perder una buena oportunidad. Cuánto nos está costando nuestra libertad de expresión en Twitter. Sería una pena que los únicos que pudieran tuitear cualquier cosa sin miedo a su futuro laboral, fueran precisamente los políticos.

Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

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Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.

¿Debemos borrar nuestras broncas en Twitter?

13 Ene

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Si el autor de este blog, que es un pedazo de pan bendito, se las ha tenido cuadradas en Twitter con más de uno y más de dos, no quiero ni pensar lo que habrá vivido alguno de los que me leen, que ya nos conocemos y sé que son ustedes una mezcla de Lobezno y Fernán-Gómez. Hablando en serio, nunca está de más recordar que a Twitter se entra llorado, y que las discusiones o enfrentamientos pueden empezar, obviamente si uno se las busca, pero también por los motivos más absurdos (un poco a la manera de aquél chiste tan viejo y tan malo “Oye, tú…” “¡Pues anda que tú”!).

Las broncas en las redes sociales no se diferencian demasiado de las que podemos tener en la vida real: en ambas se nos queda el mismo mal sabor de boca de habernos dejado arrastrar por la calentura que lleva a la confrontación, y de no estar seguros de haber tomado la decisión correcta al publicar aquella respuesta o aquel comentario. Al mismo tiempo, sentimos un cierto orgullo por no habernos achantado y haber plantado cara con firmeza al que nos ha atacado con groserías, insultos o faltas de respeto. Pero el resultado final nunca es bueno.

En una cosa sí se diferencian: que quedan ahí. Y, aunque la mayoría de las entradas sobre peloteras en Twitter se refieren a las protagonizadas por tuiteros famosos, no hay que pensar que las que hayamos tenido nosotros, en nuestra modestia, van a pasar desapercibidas. Se harán muy presentes cuando optemos a un puesto de trabajo y la agencia de empleo, o el departamento de Recursos Humanos, rastreen sobre nosotros toda la información que la web y las redes sociales pueden ofrecer. Los tuits se convertirán entonces en oscuras golondrinas, esas que siempre vuelven.

No sirve de nada poner en nuestro perfil “¡Empezó él!”, aunque sea verdad, porque como mínimo, apareceremos como una persona susceptible a las provocaciones, característica no muy recomendable para según qué puestos. Y si se nos ha calentado la boca, o el teclado, la imagen que podemos dar es bastante peor. Los comentarios que peor pueden sentar, según el estudio del enlace superior, elaborado por CareerBuilder, son los que ofenden en temas como raza, sexo o religión o- sin duda, lo peor de todo- los que incluyen información confidencial o negativa sobre empresas donde hemos trabajado. Lo cual no quiere decir que las broncas o discusiones sobre asuntos menores, iniciadas de modo más intrascendente, nos vayan a hacer bien.

Si lleva usted tiempo en Twitter y repasa su TL, probablemente encuentre muchos enfrentamientos de los que ya ni se acordaba, y cuyo origen y desarrollo le parecerán absurdos. Es más, puede que la persona con quien los mantuvo ni siquiera tenga activo su Twitter, o los tenga por ahí, relegados al olvido. Si de vez en cuando conviene hacer una limpia en nuestro TL –tuits desactualizados o sin repercusión, bromas que no hicieron gracia, temas que no tienen relación con nuestro perfil- las broncas quizá debieran estar entre las primeras cosas a borrar. No se trata exactamente de camuflar cómo somos; sino de trasladar al mundo digital la misma intrascendencia que estos episodios tienen en el mundo real. Lo pasado, pasado. Y ya veremos mañana –o quizás hoy mismo- con quién y sobre qué empezamos una nueva discusión. Total, siempre nos quedará Willy Toledo.