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Videojuegos y cultura, mundos separados (pero no enfrentados)

28 Sep

Una buena manera de asegurarse la polémica en los medios, es opinar sobre videojuegos. No sobre un videojuego en general, sino sobre el sector en particular. Lo hemos vuelto a ver hace poco con el caso de Destiny, la mayor superproducción jamás llegada a una consola, de cuya historia ya les supongo enterados:

1. Toda la prenda mundial se hace eco del lanzamiento de Destiny, haciendo hincapié en la monstruosa inversión que ha supuesto su desarrollo: se habla de 380 millones de euros, lo cual le convierte en “el producto cultural más caro jamás fabricado”, muy por encima de la película de mayor presupuesto de la historia del cine, la cuarta entrega de la serie Piratas del Caribe, que costó 175 millones de dólares.

2. Al día siguiente, Forges publica en El País el chiste que pueden ver más abajo, donde reflexiona sobre la categoría de “producto cultural” de un videojuego de la categoría “matamuch”.

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3. Al instante, el humorista comienza a recibir aceradas críticas por su chiste… procedentes en su totalidad del mundo de los videojuegos. El mundo ajeno a los videojuegos, pues… sigue siendo eso, ajeno, y pasa tres kilos del asunto. Y algunos periodistas con bastante menos repercusión mediática que Forges, caso de un servidor, cuando opinamos sobre el asunto en una radio local donde nos dejan hablar una vez a la semana… Tampoco nos libramos de ser contestados, si bien a mucha menor escala y, de momento, con cortesía y educación.

Con la que está cayendo en el mundo de la cultura, suena a masoquismo que los aficionados a los videojuegos estén tan ansiosos porque su afición obtenga esta categoría. Quizá es porque piensan que estar dándole al mando todo el día les otorga una imagen de incultos, cuando no de lobotomizados y, considerando las décadas que las consolas llevan entre nosotros, y que muchos de los primeros jugadores ya son orgullosos padres de familia que juegan con sus hijos, uno pensaría que este tópico idiota (mantenido sobre todo por quienes no han jugado en su vida) debería estar ya más que superado. Pero vamos por partes:

Antes que nada, la noticia lo que me parece es un caso lacerante de periodismo de corta y pega. Los creadores de Destiny, su departamento de comunicación, o su agencia, tuvieron la idea de colocar en la nota de prensa la definición de “producto cultural”, sabiendo que muchos redactores la reproducirían sin pararse a pensar. Lo mismo pasa con la comparación con Piratas del Caribe, que puede o no ser la película más cara de la historia (depende de la fuente que se consulte, porque calcular con precisión el presupuesto de una superproducción es complicado) pero lo que no es es un producto cultural; como no lo es Destiny. ¿Algún espectador de las cuatro películas de la saga aprenderá algo sobre la historia y el mundo real de los piratas siguiendo las aventuras de Jack Sparrow? ¿O sólo pasará un buen rato disfrutando de los efectos especiales y las gansadas de Johnny Depp? La aportación que esas películas y Destiny realizan a nuestro bagaje cultural es, sencillamente, cero. Lo que proporcionan no es cultura, sino entretenimiento. Que también es algo sin lo cual no podríamos vivir.

El argumento habitual de quienes defienden el carácter cultural de los videojuegos es que, si los libros, el cine o la música son cultura ¿Por qué no pueden serlo también estos? Hay que huir del peligro de generalizar, porque muchos libros, películas y música tampoco son cultura. ¿Y quién tiene derecho a definir cuáles lo son? Hombre, los intelectuales, maestros, académicos y divulgadores están para algo más que para lucirse en las tertulias, y algunos pensamos que deberían convertirse en fuente de referencia a la hora de señalar las creaciones del ámbito artístico que nos harán crecer en conocimiento, amplitud de perspectivas, puntos de vista. Las que nos harán seres humanos más completos. Pero en todo caso, es mucho más sencillo eliminar todo aquello que, claramente, no es cultura. Siempre se puede empezar por ahí y sacar de la ecuación a las cincuenta sombras de las narices, a las películas de Los Mercenarios o a Paulina Rubio; por algo se empieza.

Con todo este rollo, tampoco pretendo descalificar a los aficionados a los videojuegos. Sobre todo porque mucho de ellos no son pirados que se pasan jugando veinticinco horas diarias, sino gente con intereses en otros muchos campos. De la misma manera, hay videojuegos que sí pueden contribuir a nuestro aporte cultural (se me ocurren los de estrategia situados en periodos históricos o mitológicos donde sus creadores han hecho los deberes… y tienen entre sus jugadores a eruditos en estos campos que disfrutan como críos), ayudar a niños con dificultades de aprendizaje, o incluso colaborar en la educación escolar. Dejando aparte el fenómeno creciente de la gamificación, donde el mecanismo de los videojuegos se traslada al entorno comercial y del marketing, buscando maneras entretenidas de atraer público y clientes.

Pero, aunque los videojuegos serán cada vez mejores, más variados, adaptados a un mayor número de plataformas, y con creaciones que irán más allá del mero del gasto millonario en su desarrollo, no creo que nunca, jamás, vayan a ser cultura. Y no lo serán porque, en ese caso, estarían contradiciendo su propio concepto de asimilación rápida y diversión inmediata. La verdadera cultura da muchas satisfacciones, pero cuesta trabajo; supone dedicación, aprendizaje y, en no pocos casos, estudio. Hay que pisar muchas exposiciones para empezar a hacerse un criterio en pintura, oír mucho jazz y mucha clásica para empezar a diferenciar intérpretes, ver mucho cine para superar a Jerry Bruckheimer y empezar a meterse en Rossellini, y maravillarse con mucha arquitectura, antigua y moderna, para comprender que los “productos culturales” de presupuesto millonario llevan muchos años entre nosotros. El Empire State Building costó 41 millones de dólares en 1931. ¿Cuánto creen que costaría edificarlo ahora? ¿Más o menos que lo que ha costado Destiny?

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Redes sociales, la nueva tarjeta de visita

25 Oct

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Tengo la costumbre de clasificar las tarjetas de visita en tres grupos:

  • El más obvio es el de las que pertenecen a gente con la que tengo contacto habitual, y son las que tengo más a mano.
  • El segundo grupo es el contrario, se refiere a las de personas de las que llevo años sin saber nada, o empresas que pasaron a mejor vida (ahora que vamos encendiendo las primeras chimeneas, me hacen un excelente último servicio).
  • Y el tercer grupo es el de las que me traen buenos recuerdos de viajes, encuentros, entrevistas o sitios por los que pasé. Esas no las tiro, sino que las tengo guardadas por ahí, de la misma manera en que conservamos entradas a cierto espectáculo, fotografías, invitaciones de boda o recibos de restaurantes que sólo con mirarlos nos llevan de vuelta a aquella situación “sin duda inolvidable y ya olvidada”, que decía Borges.

Pero todo esto no es más que rollo personal antes de entrar en el meollo del post:¿Cómo seguimos siendo tan anticuados como para usar tarjetas de visita?

Hay quienes siguen defendiendo el modelo tradicional de la tarjeta, y hay quienes están haciendo negocio adaptándolas a los dispositivos móviles (en este enlace tienen unas cuantas apps), o creando empresas especializadas en la elaboración de tarjetas digitales. Todo parece indicar que estos pedacitos de cartón van a seguir el mismo camino que libros, periódicos, revistas y cualquier otro objeto basado en el papel. Pero al mismo tiempo está ocurriendo otro fenómeno: verán, esta semana he estado yendo a mucho sarao, tanto digital como presencial (Así está el blog, lleno de telarañas). En algunos de estos eventos me dedicaba a tuitear los momentos más destacados, y después conocí a otros tuiteros que habían estado haciendo lo mismo. Y entonces nos intercambiábamos tarjetas… y nos comenzábamos a seguir mutuamente.

Creo que el seguimiento en redes sociales, con Twitter y Linkedin a la cabeza, es la verdadera tarjeta de visita del siglo XXI. Es instantáneo, veloz, moderno. Mucho más fácil de controlar que los Rodolex o esos archivadores donde las tarjetitas se iban acumulando. Y, caso de que no nos hayamos dado cuenta, también puede ser un arma de doble filo. Me percaté de ello cuando vi esta entrevista con Eva Collado Durán, tuitcontacto y especialista en RR HH. Se la recomiendo, porque tiene mucho interés en general, pero no se me pierdan esta declaración concreta (minuto 1:01):

 “Ahora, las personas que seleccionamos, tenemos la oportunidad de conocer al candidato en la Red. Es decir, podemos pasar de la selección curricular habitual a la selección por conversación (…) podemos observar el comportamiento del candidato en la Red, incluso podemos conversar con él y podemos ver perfectamente qué marca personal tiene, si conjuga con el ideal que queremos incorporar en nuestra organización (…) Es una manera de reclutar directamente a través de la conversación”.

Ueeeps. Es decir, que frente a la posible inconsecuencia de un intercambio de tarjetas, donde podemos volver a ver, o no, a la persona que nos la ha dado, un intercambio de seguimientos tiene una permanencia de la que no siempre somos conscientes. Quedamos a la vista de muchas personas con las que tenemos, o podríamos tener, una relación profesional. Y asusta un poco pensar que esa relación puede depender de lo que hagamos o dejemos de hacer en las redes. Como un microorganismo en una placa Petri, estamos expuestos a la evaluación continua de nuestro comportamiento.

Aún guardo en casa tarjetas de visita de los años 80, donde sólo aparece nombre, apellidos, dirección y teléfono (ni siquiera el fax). Ahora, al usar las redes como nuestra carta de presentación, aparecemos nosotros en todo momento. Puede ser magnífico si damos la talla. Puede ser devastador si somos una decepción. ¿Estamos a la altura?

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3 Sep

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La compra de la división de móviles de Nokia por parte de Microsoft supone, de facto, su desaparición como marca en un plazo no demasiado largo. Supone también el final de una época en la siempre cambiante historia de la tecnología de consumo. Ha sido el último bastión. Motorola, la otra empresa que definió los cimientos de la primera oleada de telefonía móvil, ha caído hace tiempo en manos de Google. En otros campos, IBM, creadora del concepto comercial de Ordenador Personal, se deshizo hace años de su linea ThinkPad vendiéndola a la china Lenovo. Y Philips, que tanto tuvo que decir en el mundo audiovisual, vendió primero en 2011 su división de televisores y, a principios de años, hizo lo propio con la de audio y vídeo.

Quedaba Nokia, la que siempre pareció que no podía caer, o por lo menos lo pareció hasta que hace unos años tuvo sus primeros tropiezos, en un ámbito donde no abundan las oportunidades de levantarse. Dentro de cinco años costará encontrar a algún veinteañero que tenga una idea de lo que la compañía finlandesa llegó a significar en el mundo de la telefonía móvil. Culpa del ritmo endiablado de los surgimientos y caídas en el mundo tecnológico, y de unos medios de comunicación obsesionados con lo último, y sin tiempo ni ganas para la memoria inmediata.

Quienes escribíamos sobre tecnología en los felices noventa conocimos en primera fila el fenómeno Nokia. Otra gente lo ha contado, y muy bien, en sus blogs, y baste indicar aquí que, si Motorola fue quien tomó la delantera en la línea de salida, Nokia se puso en poco tiempo a la cabeza del pelotón gracias a un sistema operativo mucho más completo y sencillo de usar que los de la competencia (cuesta creerlo, pero en otros tiempos cada marca tenía su propio SO), y una gama de teléfonos asequible a todos los bolsillos, que abarcaba desde objetos de deseo como los codiciados Communicator hasta móviles más democráticos (las mismas armas básicas que ha empleado Samsung para arrebatarle el cetro muchos años después). Y siempre con la misma musiquita de fondo.

 

Nokia no solo tuvo una impresionante oferta tecnológica, sino que además, supo comunicarla a los medios mejor que muchos de sus competidores. Antes de que algún lector empiece a llamarme gorrón y a preguntarme cuántos móviles me regalaron (alguno cayó, desde luego), aclaremos que las cosas no van por ahí. Los noventa fueron una mina de oro para todas las multinacionales de tecnología de consumo, que competían en presentaciones, viajes, ferias y eventos de todo tipo. Como me comentó en una ocasión una chica holandesa que trabajó en el departamento de publicidad de una de las marcas “¡No sabía qué hacer con todo el presupuesto que me daban!”. Pero comunicar bien no siempre tiene que ver con contar con un presupuesto millonario, o con untar a los plumillas con un generoso flujo de gadgets de última generación.

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Cuando te parodian, es que lo has conseguido.

La comunicación de una gran marca no está exenta de altibajos. Puede cambiar de dircom, puede cambiar (y de hecho, cambia) de agencia, y esos cambios bastan para que de la noche a la mañana, esa empresa que te tenía puntualmente informado de todo lo que sacaba, desaparezca. Los correos dejan de llegar, no hay llamadas. Si el periodista tiene tiempo (o simplemente, si se acuerda), intentará localizar a los nuevos responsables para hacerles saber que él y su medio, con perdón, existen. Si no, dedicará su atención a los competidores que le siguen haciendo llegar sus novedades. Que tardan dos llamadas de teléfono en conseguir un portavoz autorizado. Que pueden enviarte fotografías, informes o artículos de sus expertos internacionales en lo que se tarda en hacer clic en un correo electrónico. Esto suena a algo tan obvio como decir que un coche para andar tiene que tener un volante y cuatro ruedas; y sin embargo, no me hagan dar nombres.

Nokia nunca bajó la guardia. Ni la empresa, ni las sucesivas agencias que se ocuparon de sus relaciones con la prensa. Su trabajo a través de los años fue tan sobresaliente como (casi siempre) la tecnología de los teléfonos que presentaban. Fue la clave de su presencia continua en los medios de comunicación verticales y generalistas, y una labor de la que todavía nos acordamos muchos profesionales de los medios, a uno y otro lado.

Las cosas no serán iguales en el mundo de la telefonía móvil, porque nunca lo son. Los cambios son continuos, los jugadores también. Una pena escribir este post, tan centrado en el pasado. No me cabe duda de que llegará otra época dorada de la tecnología móvil; pero no será igual que la primera, de la que Nokia fue protagonista indudable. Por eso me parecía feo dejar que emprendiera la travesía del horizonte sin por lo menos un intento de decirle adiós como es debido.

¿Desvirtualizar Twitter es buena idea?

31 May

 

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¡Desvirtualizado por fin! Eso fue lo que, refiriéndose a uno, puso en su cuenta una amiga de Twitter, después de que nos saludáramos en persona en el evento RRPPandTweets del que hablaba en el post anterior. Como pocas fotos de un perfil hacen justicia a nadie, antes de que empezara el acto nos cruzamos y quedamos unos segundos mirándonos y desmirándonos, en medio de una confusión de sí es, no es, pero me suena. Nos localizamos poco después… gracias a lo que estábamos tuiteando cada uno.

Hay muchas maneras de clasificar a los contactos que tenemos en Twitter, quizá una de las más determinantes sean: a los que conocemos en el mundo físico y a los que no. Por lo menos, es útil para los tuiteros del montón, los que no somos Pérez-Reverte o Fernando Alonso, no hablamos por la SER ni escribimos en El País, y por lo tanto tenemos cuentecitas de mesa camilla, que se ven poco y molestan menos, a las que vamos añadiendo seguidores con esfuerzo y constancia, como hormigas empujando granos de arroz. No tenemos que luchar con legiones de fans, lo cual puede ser malo para el ego, pero muy eficaz para la contabilidad.

Algunos de esos seguidores, tarde o temprano, se desvirtualizan. Sin ningún motivo para ello, uno piensa que cuando sacas de la web a un amigo o amiga de Twitter y le das la mano o un par de besos, se ha creado ya un pacto por el que nos comprometemos a no abandonarnos jamás. Es una ilusión, claro, porque luego uno se acuerda de algunas personas a las que ya conocía desde antes de empezar el seguimiento mutuo en Twitter, y con las que acabó cortando (gracias a Dios) en ambos entornos. Con mucho más motivo –o mejor dicho, con muchos más motivos, desde las discusiones al hartazgo, la desilusión o las diferencias políticas- puede ocurrir con personas cuyo contacto mantenemos principal o exclusivamente a través de las redes sociales.

Y es una pena, a veces. Porque entre las personas con las que uno se sigue las hay a las que se llega a coger bastante aprecio, y sin haberlas conocido en persona, se mete en su TL cuando llevan días sin dar señales de vida, para ver por dónde andan, como hacemos con los amigos de la vida real. Se charla con ellos, se les mandan chistes, comentarios, saludos, se les desea suerte cuando tuitean sobre algún nuevo proyecto. Me hizo mucha ilusión que, al poco tiempo de estar en Twitter, comenzara a seguirme una chica que era estudiante de arpa; un tiempo después encontré una cita de Lope de Vega sobre ese instrumento donde hablaba del “dominio de esa república de cuerdas” y se lo mandé. Lo marcó como favorito, lo que en esta red equivale a veces a la manera más efusiva de darte las gracias.

Ahí sigue, con sus estudios y sus conciertos. Pero no nos conocemos en persona, ni quiero que lo hagamos. Como la mezzosoprano, el guionista, el escritor. Desvirtualizar amigos de Twitter puede ser, en ocasiones, una equivocación. Por mucho que uno se siga y se interese en la red por determinada gente, cada cosa en su lugar. A veces se producen fenómenos que se salen un poco de la norma. A raíz de un post que publiqué hace un tiempo sobre Andrés Trapiello, su mujer me retuiteó (en cierto modo es la CM de su marido) y comenzó a seguirme. Le devolví encantado el seguimiento, pero la sensación, cada vez que devoro un nuevo diario (acaba de caer La cosa en sí) de que tengo a M. al otro lado del Twitter da algo de extrañeza, como si una pieza entre la literatura y la vida estuviera fuera de lugar. Mi familia, y algún ex jefe, son muy amigos de Arcadi Espada, y en alguna ocasión en que hemos coincidido he aprovechado para presentarme. Aunque ha estado muy cordial, nunca se me ha ocurrido empezar a seguirle (su cuenta, además, es para suscriptores) y no porque creo que no me correspondería, sino porque sospecho que en su Twitter sólo me encontraría con el Arcadi figurón y polémico, que es sólo una parte de él, y precisamente la que menos me interesa.

A la hora de distinguir entre las relaciones reales y virtuales, conviene tener cuidado si vamos a cruzar el espejo. Estoy muy contento con mi comunidad, modesta pero interesante, y cada día trabajo un poco por irla ampliando, como el que dedica un rato a regar la huerta. Pero si tuviera que concluir el post eligiendo la mayor alegría de toda mi trayectoria de tuitero, creo que esa la tengo bien clara: que me sigan los hijos de mis amigos. Cosas de la edad.

Los lectores digitales no quieren leer

17 Nov

Tras un largo y aburrido debate, parecía que la disputa entre el libro electrónico y el libro de papel había llegado por fin a un acuerdo mutuo donde ambos formatos convivían, incluso en manos de un mismo usuario. Seguimos comprando –y, sobre todo, regalando- libros convencionales, pero no son pocos los lectores que han añadido el soporte digital a sus hábitos de lectura, atraídos por lo asequible de los precios de aparatos y contenidos (estos últimos, por cierto, aún muy mejorables) y por resolver, al menos parcialmente, la falta de espacio en sus bibliotecas. El aumento de opciones y soportes mostraba un mundo feliz para los lectores de la era digital.

Parece que era todo una ilusión. Lo recordaba el otro día Javier Martín en un artículo publicado en El País: los libros electrónicos no cesan de perder terreno frente a las tabletas, hasta el punto de que las librerías online pueden terminar regalándolos a cambio de asegurarse un porcentaje mínimo de descargas al año. Porque a muchos lectores digitales, el libro electrónico se les queda corto: desde luego, no tiene rival (salvo quizás el de papel) para eso que se ha llamado siempre el placer de la lectura: perder la noción del tiempo aislado en un texto, que por su brillantez o su belleza no está claro si es él el que no nos suelta o nosotros los que nos negamos a dejarlo ir.

El problema es que cada vez menos gente lee así.

Javier habla en su artículo de que no es la tecnología en sí, sino más bien el cambio de hábitos, lo que está relegando “el e-reader al estrecho nicho del lector empedernido”: se busca menos letra, textos más cortos y efectos especiales –gráficos, hyperlinks, interactividad- que hagan amena la lectura, porque parece que la calidad de un texto y la tensión de una trama ya no son suficientes para mantener la atención de la generación de la interrupción continua.

Basta con darse un paseo, o mejor aún, coger el metro o un Cercanías para constatar la proliferación de libros electrónicos. Sin embargo ¿nos hemos fijado en el tipo de lectores que los utilizan? Estos días han aparecido nuevos datos que señalan los 40 años la edad a partir de la cual crece el uso de estos dispositivos. Pero no es nada nuevo: una encuesta realizada ¡en 2009! sobre el uso de Kindle ya dejaba bien claro que estos dispositivos interesan menos cuantos menos años se tiene (o al revés).

Dios me libre del síndrome del Abuelo Cebolleta, pero ¿qué quieren que les diga? En mi generación nos enseñaron a leer. No simplemente a leer y escribir, quiero decir que nos enseñaron el placer y el valor de leer, y los beneficios que reportaba la concentración y el aislamiento necesarios para extraer todo lo que una expresión artística, cultural o (por supuesto) de mero entretenimiento tenía que ofrecernos. Se daba a entender que era deseable un cierto esfuerzo por parte del lector o del espectador. Hoy la gente es incapaz de ello: no son ya los móviles sonando en medio de películas (o incluso de obras de teatro) sino los espectadores (casi todos rondando la veintena) que alternan su visionado con envío y recepción de tuits o wassaps. Condicionados hacia el estímulo constante en forma de interrupciones que incluso agradecen, el capítulo más breve se les hace una agonía, y un libro de quinientas páginas, una empresa no sólo imposible, sino carente de interés y utilidad.

Si se está produciendo la decadencia del libro electrónico, ello no tiene nada que ver con sus prestaciones. De hecho, son un invento prodigioso, que sólo se enfrenta a un problema de base: que han sido concebidos para la gente que lee como se leía antes.

Libros, CDs y la era del e-commerce

12 Oct

Que tal y como están las cosas haya algún sector de la economía que pueda presumir de un crecimiento constante no deja de sorprender: y sin embargo, abundan los informes que muestran que el comercio electrónico, más conocido –y es una pena- como e-commerce, incrementa en España su volumen de negocio año tras año.

El último ha sido el de la Comisión del Mercado de Telecomunicaciones, que habla de un récord en el primer trimestre de 2012, con 2.452,6 millones de facturación. Pero hay otros, que apuntan no sólo a las cifras de negocio como al cambio de costumbres: no compramos desde el ordenador, sino desde el smartphone o la tableta, con un 152% de subida en toda Europa en el consumo desde dispositivos móviles. Y productos que antes parecían circunscritos a los ámbitos físicos de venta, como la ropa y los cosméticos, están poco a poco haciéndose un hueco en el mercado virtual. Atraídos por sus bajos costes de puesta en marcha y por la posibilidad de ampliar su cartera de clientes más allá de las fronteras nacionales, cada vez más comerciantes se lanzan a exponer su mercancía en las redes.

Está claro el potencial que esta tendencia supone para los productos culturales o de entretenimiento. Nadie duda de que música, películas, series, videojuegos, libros o cómics, tendrán en la red su principal medio de distribución. Una oferta adecuada, precios razonables y una pequeña evolución tecnológica que nos permita disfrutar de esos contenidos en cualquier momento y lugar (paradójicamente, lo que sí permiten las webs ilegales, pero no las legales), es todo lo que hace falta, junto con una eficaz acción antipiratería, prometida, pero como tantas otras cosas inconclusa, por nuestro inefable ministro Wert

Si hay un terreno en el que el producto físico quedará reducido a una presencia casi testimonial, es este. La existencia de libros, discos o películas en las estanterías dejará de tener sentido. Como lo será salir de casa a buscarlos, cuando sólo tendremos que entrar en la aplicación correspondiente y beneficiarnos de la inmediatez del servicio y su amplitud de oferta. Todo, absolutamente todo, serán ventajas. ¿verdad?

No hace muchas semanas, con la nómina aún relativamente intacta, este bloguero se dio un buen paseo por uno de esos grandes almacenes culturales, sin más propósito que ver, hurgar y, posiblemente, comprar; había poca gente, probablemente por la hora, aunque también era posible que fuera por la época. Años atrás, eran muchos los que celebraban los principios de mes haciendo cola en las cajas con un buen puñado de compactos, libros y películas. Recuerdo que siempre me divertía espiar a los vecinos de cola, a ver qué habían elegido ellos, si les tiraba Mozart o Julio Iglesias, Bergman, John Ford o Schwarzenegger, Philip Roth o (virgen santa) Antonio Gala. Era pura glotonería cultural, porque todo el mundo compraba mucho más de lo que razonablemente podía consumir no ya ese día, sino a lo largo del mes hasta que llegara la siguiente inyección económica que justificara una nueva visita. Podría decirse que nos culturizábamos por encima de nuestras posibilidades.

Se podrá argüir que la falta de público tiene bastante que ver con la crisis, y es verdad. Pero es que una de los atractivos de estas visitas era la búsqueda de gangas, una costumbre que para muchos comenzó en la época de estudiante, donde había que aprovechar el poco dinero de que se disponía. El inicio de las rebajas en El Corte Inglés siempre ofrecía una buena cantidad de libros de saldo, que podían interesar o no; la zona de ofertas de los VIPS tuvo durante mucho tiempo saldos muy atractivos; y luego estaban los mercadillos callejeros y, en Madrid, el Rastro y la Cuesta de Moyano.

Fuera cual fuera el sitio, la sensación no variaba; se salía con las manos más o menos llenas, y no se podía esperar a empezar a disfrutar de lo adquirido. Nada como buscar una mesa en un bar o un café para pedir una consumición y empezar a hurgar en las compras. Comenzar allí mismo la lectura de un libro recién comprado, como quien disfruta de un pescado recién sacado del mar. O entrar en el coche y meter al momento uno de los nuevos CDs. Antes, se había pasado por el proceso de fisgar en distintos pisos y departamentos, en la sección de narrativa, historia, ensayo, en música contemporánea, jazz, clásica, ópera, en la zona de las películas de oferta. Y qué gusto encontrar de repente aquél título que llevabas años sin oír, aquél libro que te llamaba por su temática o por su autor, o aquél disco tan apetecible y tan barato.

Sin ánimo de criticar los evidentes beneficios del e-commerce, no creo que ninguna aplicación pueda igualar esta sensación. Cuando se imponga como el canal mayoritario ganaremos mucho, pero también perderemos algo muy valioso. Por eso hay que seguir saliendo a la calle, y comprando libros y (todavía) CDs mientras estén disponibles. Y confiar en que nunca lleguen a desaparecer los lugares donde encontrarlos. Por cierto, para los hipotéticos lectores madrileños ¿se han pasado por la nueva librería La Central? Dense un buen paseo y creo que entenderán lo que he intentado contar aquí hoy.

¿Cuántos Facevoyeurs hay en mi cuenta?

15 May

Si tiene usted en Facebook el número de amigos consensuado como “normal” (que la propia red establece en 190), entonces seguro que habrá alguno entre ellos. Es poco probable que se haya dado cuenta, precisamente porque es difícil apercibir lo que permanece oculto. Pero haga memoria. Un día cualquiera, hace ya tiempo, le llegó una solicitud de amistad de una persona que no se contaba entre sus contactos más directos, pero que conocía lo bastante como para aceptarla. Así que lo hizo. Y luego no volvió a tener noticias de esa persona, ni en la red social ni fuera de ella.

Como la cifra de contactos que podemos recordar tiene un límite, no tardó en olvidarla, junto con su solicitud. Como mucho, habrá vuelto a ver su cara en las raras ocasiones en que repasa su lista de amigos. Normal. Lo más seguro es que ese contacto (dejemos de utilizar la palabra “amigos” con tanta ligereza) pertenezca a ese 11% (según una de las pocas estimaciones claras) de usuarios que abre (o al que le abren) una cuenta en Facebook por compromiso o por obligación, y que luego no usa jamás. Pero hay otra posibilidad, con permiso de Iker Jiménez, algo más inquietante.

Su nuevo contacto usa Facebook. De hecho, tiene una considerable cantidad de amigos y entra en la red social casi todos los días. Pero jamás publica nada. Ni comenta lo que publican los demás. En cambio, devora con avidez la información íntima y privada que publican todos los que han tenido a bien añadirle a su lista de contactos. Es un voyeur de Facebook, un Facevoyeur.

Esta categoría de usuarios no está aún tipificada en los análisis de las redes sociales, pero no les quepa duda de que existe. Y en ocasiones puede provocar situaciones curiosas: esta bloguera americana cuenta su sorpresa al ver cómo una amiga a la que encontró por casualidad en un café le detalló su vida y milagros de los últimos meses. Se le había olvidado que la tenía agregada en Facebook, pero ella entraba todos los días… y no se perdía una sola de sus actividades (y lo que es peor: parecía recordarlas todas al dedillo).

Por turbador que esto pueda parecer en un principio, la verdad es que los Facevoyeurs son gente bastante normal. El que puso sobre aviso al autor de este blog es periodista de profesión, y lo hizo cuando coincidimos en unos premios que otorgaba la publicación en la que trabajaba: “Veo todo lo que publicas, pero no, yo nunca publico nada. Soy un voyeur (risita)”. El facevoyeur es lo contrario del narcisista de Facebook, el que no para de publicar y se agarra unos cabreos de mono cuando nadie le comenta ni hace clic en el Me Gusta. Algunos no publican nada por timidez (sí, se puede ser tímido y estar en una red social), y otros sí lo hacen, pero exprimiendo al máximo sus herramientas para limitar el acceso y autorizar sólo a sus amigos más próximos. También están los que no publican por puro esnobismo, y clasifican a Facebook en la misma categoría que los programas de Jorge Javier Vázquez… Pero no pueden vivir sin ninguno de los dos.

¿Podría haber otro grupo de Facevoyeurs que debiera preocuparnos en serio? Supongo que la respuesta más lógica es no. A fin de cuentas, todo el material que dejamos caer en esta red social es completamente inocuo, y nos da igual que acabe apareciendo en cualquier otro lugar de Internet. Y aunque no fuera así, tampoco hay que preocuparse, porque todos conocemos perfectamente a cada uno de los amigos que tenemos agregados en Facebook.

¿Verdad?