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Alatriste no está solo (otras adaptaciones literarias que salieron mal)

22 Ene

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Diego Alatriste y Tenorio es, sin duda, alguien propenso a meterse en líos. Lo hace en cada una de las novelas que protagoniza, y lo ha hecho también en su última adaptación a la pantalla, que semana tras semana protagoniza un derrumbe progresivo y parejo al del Imperio español donde se sitúan sus aventuras. La cuota de pantalla desciende al mismo ritmo en que aumentan los comentarios en Twitter donde la gente se chotea de tramas, ambientación y errores históricos (menos de los actores, y es justo, sobre todo en el caso de un acertado Aitor Luna). El propio Pérez Reverte, que en el primer episodio aguantó con hidalguía el tipo en la red social

REVERTE 0la última semana pareció expresar su desacuerdo más abiertamente…

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Las adaptaciones del libro a la pantalla son siempre peliagudas. Mucho más, diría yo, si su destino no es el cine sino la televisión, y mucho más cuando se trata de retratar a personajes populares. De poco consuelo le servirá a Pérez Reverte, pero si hacemos un poco de memoria, veremos que no está solo.

Aquí quien les bloguea tiene la edad suficiente para recordar una serie sobre otro personaje muy popular de la novela española, Pepe Carvalho, que se estrenó en TVE –única televisión de entonces- en 1986. Aún beneficiándose de acaparar la programación, de estar rodada en escenarios naturales y de una correcta interpretación (al menos para mí) de Eusebio Poncela, los comentarios comenzaron a aparecer. Aún no teníamos redes sociales, pero teníamos bares, cafeterías, esos sitios donde charlar. Y aquel Carvalho, tan popular y tan vendido como Alatriste en su época, chirriaba un poco, la verdad. Bueno, chirriaba más que la puerta del castillo de Drácula. Sobre todo después de un episodio ubicado en Marbella donde se dedicaba no ya a investigar, reflexionar y comer, sino más a alegrarse el apéndice nasal y otros órganos con entusiasmo digno de mejor causa.

 

Y Manuel Vázquez Montalbán, en su columna semanal de El País, sacó la artillería pesada:

“Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible”.

(…)

“Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares”.

(…)

“Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré”.

(El escritor aún tendría que enfrentarse años después a otra adaptación mucho más temible de su detective gastrónomo, ésta rodada con menos medios y protagonizada por Juanjo Puigcorbé).

No todas las traslaciones de la tinta a la pantalla han sido tan nefastas; aún más atrás en el tiempo, en 1972, TVE produjo Plinio, basada en el policía municipal manchego que protagonizó una popular –premio Nadal incluído- y entrañable serie de novelas escritas por Francisco García Pavón. En el equipo de realización encontramos gente como Jose Luis Garcí, Antonio Giménez-Rico, Jose Luis Alcaine, Jose María González Sinde, y unos ajustados Antonio Casal y Alfonso del Real como Plinio y Don Lotario. Rodada en el mismo Tomelloso donde transcurre la acción de los relatos, fue bien recibida por el autor, y por el propio pueblo, que organizó un homenaje a la serie y sus autores en 2012, para celebrar el 40 aniversario de su emisión.

Por lo demás, meter la pata en estos avatares no es algo exclusivamente español. A finales de los 70, se realizó en Francia una adaptación de las entretenidísimas novelas de Claude Klotz sobre el gángster Reiner, que convirtieron, vayan ustedes a saber por qué, en un cursi de novela, con perdón, y titularon El extraño señor Duvalier. Como Reiner no era demasiado conocido en España –algunos títulos los publicó Laia, en su colección de Novela Negra- el desaguisado pasó desapercibido aquí, pero en Francia Klotz puso el grito en el cielo. Y unos años después, la televisión americana perpetró una serie sobre Philip Marlowe interpretado –es un decir- por un actor tan inadecuado para el papel como Powers Boothe; en Estados Unidos duró dos breves temporadas. Aquí, TVE tuvo que retirarla al poco de comenzar su emisión, y eso que no tenía competencia.

Siempre es difícil contentar a un autor: Raymond Chandler pensó que el mejor Marlowe sería Cary Grant, Ian Fleming escribió que James Bond se parece un poco al músico Hoagy Carmichael, Vázquez Montalbán que Carvalho tiene un aire a Trintignant, Klotz que Klaus Kinski podría hacer de Reiner. Ninguno de estos actores interpretó a esos personajes, pero algunos de los que sí lo hicieron fueron definitivos para los espectadores. El problema de una adaptación es cuando no convence al autor, pero tampoco consigue convencer a su público. Aunque siempre nos queda la opción de refugiarnos en las páginas originales, y crear nuestra propia ambientación y reparto con la imaginación.

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El arte de equivocarse: de Carmen Sevilla a Mariló Montero

22 Sep

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En la historia de la comunicación hay notables ejemplos de gente que convirtió sus equivocaciones en parte de su marca personal. En el Hollywood clásico cobraron gran fama los “goldwynismos”, o meteduras de pata del productor independiente Samuel Goldwyn, derivadas a veces de su incompleto dominio del inglés: “Caballeros, les ruego que me incluyan fuera de este acuerdo”; “No me importa si esta película hace dinero o no ¡Lo que quiero es que vaya a verla todo hombre, mujer y niño de Estados Unidos!”; “cualquiera que vaya a un psiquiatra debería hacer que le examinen la cabeza”; “Un acuerdo verbal no vale ni la tinta en la que está escrito”.

Su biógrafo A. Scott Berg cuenta el daño que le causaban a Goldwyn las burlas que provocaban esos errores. “Odio mi boca”, llegó a decir. Pero hoy son vistas como una peculiaridad, un rasgo simpático de un magnate que demostró tener un talento descomunal para el cine y para los negocios, y que dejó por el camino unos cuantos títulos inolvidables.

En otro ámbito, hace unos cuantos años Valerio Lazarov, en su época de director de Tele5 tuvo la genial ideal de contratar a Carmen Sevilla para que presentara el hasta entonces anodino espacio del Telecupón. El éxito fue inmediato, y las meteduras de pata, también. De hecho, no se puede comprender el uno sin las otras. Metía la pata con los nombres de la gente que llamaba al programa, con sus profesiones, con sus comentarios, y cuando tenía que pronunciar algo en inglés (quiso la mala suerte que después del Telecupón viniera “Chuck Norris en Walter Texas Ranger”), aquello ya era el acabose (No faltaron los rumores malintencionados como la historia –falsa- de que había llamado un espectador diciendo que era parapléjico y ella contestó “¡Ay, qué profesión tan bonita!”). Pero se dio un caso curioso; cuanto más se equivocaba, más la quería la gente y más aumentaban sus fans. Puede decirse que sus errores en directo le proporcionaron una segunda juventud artística.

Y, ya en 2014, tenemos a Mariló Montero. Es un poco exagerado decir que, si no fuera por Twitter, muchos ni nos enteraríamos de que existe esta chica, pero la ignorancia de que hace muestra, y las equivocaciones que comete, la convierten en carne de Trending Topic día sí y día también. Sus meteduras se están convirtiendo en parte indeleble de su imagen pero, a diferencia de Carmen Sevilla, no le están granjeando la simpatía de los espectadores. Todo lo contrario. Todos sabemos la mala uva que se pueden gastar los tuiteros (mea culpa, aquí les dejo uno que puse yo):

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Pero ¿cómo se explica la diferencia entre la simpatía con que se recibían los fallos de una y la ferocidad con que se propagan los de la otra? Repasemos las que pueden ser las principales razones:

Carmen Sevilla no era una desconocida. Todo lo contrario; sus años artísticos la habían convertido en una de las figuras públicas más populares de España. De repente, aceptó un reto profesional que no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Pero tenía décadas de trabajo detrás y venía de una pobreza que nunca había olvidado. El público la recibió con curiosidad… Y con buena disposición.

Carmen Sevilla fue fichada por una televisión privada. En un momento, además, muy alejado de la crisis que vivimos hoy. Eran todavía años burbujeantes, donde las cadenas buscaban famosos, nuevos o viejos, para competir por la audiencia; salvo la consabida excepción de TVE, nadie solía preocuparse por cuánto les pagaban. Mariló Montero ha llegado con un contrato excepcional a la cadena pública, en unos tiempos donde debería primar la austeridad.

Carmen Sevilla presentaba contenidos inofensivos. Salvo para el que le tocara el Telecupón cada día, su programa no ofrecía nada más que entretenimiento mero y fugaz. No tocaba temas sociales, no tenía la menor ínfula cultural, no se metía en jardines de sucesos, actualidad ni información sensible, que necesita de mucho remache y preparación. Y, lo más importante:

Carmen Sevilla se tomaba sus equivocaciones con humor. No se enfadaba, no se ofendía, no echaba las culpas a nadie, no se escudaba en salidas de contexto. La facilidad con que se reía de sí misma y con que anticipaba sus equivocaciones (“Bueno, pue esta noche os dehamo con, uh, verá tú ahora, ya estamos, Chu Norri en Walersarreinge o como se diga”) fue su mejor blindaje contra las críticas. Era natural. Era buena persona. Nunca pretendió estar por encima de la gente de la calle, de la que ella misma procedía, y que constituía su público de cada noche.

Quien no haya metido la pata alguna vez en su trabajo, que tire la primera piedra. La televisión en directo tiene un especial peligro, y una metedura de pata puede aparecer multiplicada de modo exponencial (no sé qué se quiere decir exactamente con eso de exponencial, pero lo utiliza todo el mundo), sobre todo cuando en las redes sociales te están esperando que las mismas ganas que los cocodrilos a que se caiga Indiana Jones. No te librarás de cometer errores; lo que te definirá ante los demás es tu manera de aceptarlos.

Lecturas y formatos (post de domingo)

6 Jul

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Es normal que los aficionados a la lectura estén con más de un libro al mismo tiempo. Y es también normal que esos libros no tengan demasiado que ver entre sí. Es lo que me pasa a mí ahora mismo, y que me ha servido para unas cuantas reflexiones de esas de post de domingo, de los que no lee nadie (bueno, eso en este blog tampoco es demasiado raro) y que se van escribiendo con pachorra, siguiendo el ritmo de la tarde, en este caso sobre libros, lectura y soportes. Les cuento.

hombres-fuera-de-serie_9788434417724Uno de los libros que estoy leyendo –el moderno, por decirlo así- se llama Hombres fuera de serie, o Difficult Men en su versión original. La edición española la publica Ariel y, salvando una traducción bastante mejorable –que entre otros fallos, ni se molesta en pasar al español títulos de series y películas, aunque se hayan estrenado aquí- es una obra imprescindible para los aficionados a las series de televisión que han llevado a otro nivel la oferta de la (antes) pequeña pantalla: Los Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking BadTiene tanta información que empacha, y al mismo tiempo se hace corto y no puede soltarse. Quien quiera dedicarse profesionalmente al mundo de las series no puede perdérselo. Pero cualquier espectador que haya disfrutado con uno o con varios de los títulos antes mencionados -y somos muchos-, disfrutará igualmente con las declaraciones de, y los cotilleos sobre, los equipos que las crearon y le le dieron literalmente la vuelta al mundo televisivo.

BUQUINISTAS El otro libro con el que ando, como les decía, es muy distinto a este. Se titula Libros, buquinistas y bibliotecas, y es una recopilación de artículos escritos por Azorín que de un modo o de otro trataban el tema del mundo de los libros, los lugares donde se guardan y las costumbres de quienes los leemos. La selección de Francisco Fuster es completísima, incluyendo piezas publicadas en Argentina pero inéditas en España; y la edición de Forcola, tan cuidada como es norma de la casa. En este caso, tenerlo en papel es obligatorio para pasear por sus artículos, leer y subrayar. Y, por el camino, disfrutar con un Azorín distinto del que nos inculcaron en la escuela, con un estilo rico y moderno, que se muestra bromista y cercano a pesar de su elegancia de siempre, y de su erudición abrumadora.

Los dos libros, cada uno en su campo, son más que recomendables. Pero hay más diferencias.

Sobre Hombres fuera de serie, sabía que existía desde su aparición en Estados Unidos, pero no pude conseguir la versión inglesa. La edición electrónica de Ariel está muy bien de precio (menos de diez euros), así que entré específicamente en la web de la Casa del Libro y lo descargué. En cambio, el libro de Azorín fue una compra relativamente aleatoria en la pasada fuera del libro, cuando me paré en la caseta de Forcola y estuve un rato charlando con Javier, el editor. En cierto modo, estaba siguiendo al pie de la letra las palabras del propio Azorín cuando escribe, más de una vez, sobre la “feria de los libros” que en 1920 se celebraba al lado del Jardín Botánico de Madrid dedicada exclusivamente a las librerías de viejo (lo que más tarde se establecería de modo permanente en la Cuesta de Moyano) y en la que se practicaba la gratificante costumbre de curiosear:

“Devanear por entre los tableros atestados de libros –libros modestos, libros que han estado en muchas manos- es un placer intelectual (…) La imaginación corre veloz de uno en otro libro. A veces no encontramos lo que andamos pacientemente buscando, y otras tropezábamos con algún volumen que no esperábamos nunca encontrar. El mariposear sobre todo lo antiguo y lo moderno, sobre lo nacional y lo extranjero, tiene su provechosa –y dulce- utilidad”.

Las librerías online son útiles –y económicas- a la hora de proporcionarnos inmediatez. En un par de minutos tenemos en el reader la obra que queremos leer, y que podemos empezar en ese mismo momento. Y las librerías físicas, que nos permiten dedicarnos a curiosear con ojos y manos, sabiendo que no saldremos de ellas sin llevarnos algo, son en comparación lentas, erráticas e imprecisas. Es decir, humanas.

Los nuevos lectores no sólo simultanean títulos, sino también formatos. Poco a poco se nos va estableciendo el hábito de decidir qué libros queremos leer en cada uno. Creo que vamos ganando con esta amplitud de oferta, la verdad. Siempre y cuando se nos permita el gusto de tocar y hojear un libro de papel de vez en cuando. Y siempre y cuando no perdamos la costumbre, ya sea en papel o en digital, de pagar por lo que leemos.

¿Y si Alberto Chicote gestionara webs corporativas?

8 May

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Ya se ha comentado en alguna ocasión en este blog que un problema del entorno dospuntocero es su falta de imaginación a la hora de buscar referentes. Se piensa que los expertos y las soluciones para el mundo digital están sólo en el mundo digital, y así nos va. Hay que ampliar horizontes, señores. Fíjense, por ejemplo, en Alberto Chicote. Sí, ustedes también ven Pesadilla en la Cocina, no lo nieguen. Bueno, por lo menos tienen que haber ojeado algún episodio. Incluso más de uno ¿verdad? Venga, no se corten, que aquí estamos en confianza. Pues si están metidos en el mundo de las webs de empresas y organismos, raro será que no se hayan percatado de algún paralelismo entre el mundo de las perolas y el de los bits.

Para aclarar lo que quiero decir, aquí tienen el guión de lo que podría ser el primer episodio de Pesadilla en la Web Corporativa:

 (Los  primeros minutos del programa están dedicados, como siempre, a que el LOCUTOR nos cuente la historia de una web corporativa abierta con todas las expectativas posibles de llevar a sus dueños hacia el éxito comercial, la fama y la fortuna. Para ponerla en marcha, empeñaron la casa, los coches, el piano, vendieron los gatos al restaurante chino La Liebre de Oro y tienen desde hace seis meses el cuerpo del abuelo en el congelador para seguir cobrando su pensión. El éxito, ay, no les ha acompañado, y reciben menos visitas que la propuesta de change.org para meter a Mario Vaquerizo en el reparto de Downton Abbey.

Tras las habituales quejas del dueño sobre un futuro del color de un radiocassette, vemos aparecer a CHICOTE. Está un poco cambiado de aspecto: lleva gafas de pasta, suéter negro de manga larga, vaqueros y zapatillas Converse. Pero es él, no hay duda. Suelta la habitual perorata ante la cámara de vamos a ver qué narices les pasa a estos, y se mete en el departamento de Internet, donde se encuentra con el WEBMASTER).

CHICOTE: A ver ¿tú eres el webmaster?

WEBMASTER: Sí, señor. Macario.

CHICOTE: Macario, encantado. ¿Y cuántos años llevas en esto del webmaster?

WEBMASTER: Bueno, la verdad es que era becario, y un día me metieron aquí y me dijeron que era webmaster. Y hasta hoy.

CHICOTE: Aaaaah, ya veo. Macario el Becario. Muy bien. Oye ¿y esto cómo lo manejas?

WEBMASTER: Bueno, pues voy metiendo lo que me dicen, básicamente.

CHICOTE: ¿Vas metiendo lo que te dicen? ¿Así a cascoporro, sin ningún criterio?

WEBMASTER: Hombre, criterio ya lo tienen los jefes ¿no? Yo soy un mandao, más que otra cosa.

CHICOTE: Un mandao. Ole tus huevos. Bueno, vamos a ver qué tienes… (frunce el caño y empieza a repasar entradas, o empieza a repasar entradas y frunce el ceño, según) ¡Pero tío! ¿Qué es esto que has puesto aquí? “Discurso del CEO ante la Junta de Accionistas” ¿A quién quieres matar de aburrimiento con esto?

(El WEBMASTER pone sonrisilla de compromiso en plan a mí qué me cuenta)

CHICOTE: Y además es de hace tres años… Esto huele, chaval. ¿Es que no te das cuenta de que huele? Mira, mira, acerca la nariz. ¿Tú te leerías esto?

WEBMASTER: Hombre…

CHICOTE: Ya. No te lo has leído ni cuando lo metías. ¿Y los de los dos años siguientes, dónde están?

WEBMASTER: Bueno, esos, no sé por qué, no me los pasaron, y…

CHICOTE: Y tú pasaste de pedirlos. Cojonudo. A ver aquí… “Crítica de libros: el márketing elevado a la quinta potencia”, por Braulio Palomeque. Oye, así por curiosidad ¿hay más críticas de libros? Porque yo no las veo.

WEBMASTER: No, no las hay. Este libro es que lo escribió el cuñado del director de marketing, y por eso lo metimos ahí.

CHICOTE: Ah, y entonces de repente ya teníais una sección de crítica de libros. Y no la habéis vuelto a tocar.

WEBMASTER: Pues no…

CHICOTE: Alucino pepinillos, de verdad. Hombre, si tenéis un blog. A ver… ah, muy bien, dos entradas. Una de junio de dos mil siete y otra de la semana siguiente. Y hasta hoy. Esto no lo tocáis para que no coja polvo ¿no?

WEBMASTER: Bueno, se empezó, pero enseguida todo el mundo quiso meter mano y nadie se puso de acuerdo con lo que había que meter, y claro…

CHICOTE: Claro, clarísimo. Venga, majo, llámame a todo el mundo que tenemos que hablar (en el siguiente plano vemos que han llegado a la sala, aparte del WEBMASTER, el COMMUNITY MANAGER, la DIRCOM, el DIRECTOR DE MARKETING y su cuñado, este muy preocupado por si CHICOTE va a decir que quiten de la web la reseña de su libro).

CHICOTE: Vamos a ver. Aquí me parece que no tenéis ni idea de lo que es esto. Una web corporativa no es para dejársela al becario. Es vuestra herramienta de proyección, y si no la tenéis al día, no tenéis nada. Esto, (coge la web corporativa con dos dedos y la tira al cubo de los desperdicios) a la basura. A ver si os enteráis: material fresco. Novedades. Lo que está caducado, se borra. Y lo que no se actualiza, mejor lo quitáis. Que una web de empresa no es sólo meter, meter, meter. Hay que repasar. Hay que limpiar. Y eso es tarea de todos. Como la de aportar material con cri-te-rio. Yo me voy a cambiar (ante este anuncio, todos se miran presas del pánico. Virgen santa, con qué modelito nos irá a salir… ¡No, hombre, si no hace falta, si estás muy bien! Pero él, ni caso) y esta noche estoy por aquí para ver cómo siguen las cosas, y quiero estos contenidos como los chorros del oro. ¡Venga! ¡Rocanrol! ¡Chin pun!

¿Qué les parece? Probablemente no le irían las cosas tan bien como en su programa, pero algún Chicote en este mundo podría contribuir a salvar más de una web corporativa. Total, muchos de los restaurantes a los que va ya no los salva ni la caridad cristiana, y todo se reduce a lo mismo: tener claro qué vas a ofrecer en el menú. Y buenos profesionales que lo cocinen y lo sirvan.

Por cierto, hay que  decir que la página web de Chicote no está nada mal…

Periodistas y publicidad ¿Eres Lou Grant o Don Draper?

27 Nov

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Imaginemos este titular: “La empresa Gallina Blanca anuncia un ERE que supondrá el despido del 80 por ciento de su plantilla”. Pedro Piqueras tiene que dar la noticia en el informativo de Tele 5.

Ahora vamos a imaginarnos este otro: “ING Direct reconoce un agujero de millones de euros que supondrá la pérdida de sus ahorros para miles de sus clientes en Europa”. Matías Prats abre con este titular su informativo de Antena 3.

Y todavía nos vamos a imaginar un tercero: “El Pan Bimbo está repleto de aditivos”. Eduard Punset sonríe, pone cara de despistado, y dice que no se acuerda muy bien de qué es eso del Pan Bimbo.

Un poco de calma, sobre todo por parte de los abogados de las respectivas empresas que puedan estar dispuestos a lanzarse sobre este humilde bloguero. Los titulares que acabo de escribir son completamente falsos. Me los he inventado. No tienen el menor viso de realidad. Intento dejarlo bien claro por si a alguien le quedasen dudas. Pero creo que se entiende perfectamente por dónde queremos ir con este post.

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Siempre se ha dicho -y es cierto- que el periodismo vive de la publicidad. Lo que no se ha visto nunca hasta este extremo son tantos periodistas viviendo de la publicidad. Bueno, viviendo no; los profesionales de los medios que protagonizan anuncios de bancos, pan industrial, yogures, consolas de videojuegos, champú o neumáticos, son precisamente aquellos a los que no ha alcanzado la crisis y disfrutan de unas nóminas que para los plumillas de a pie entraron hace años en la categoría de lo onírico. No necesitan extras para mantener su nivel de vida, y si los necesitan, siempre están los bolos como la presentación de eventos o mesas redondas, las columnas en los periódicos, o los libros, que permiten lucirse, cobrar y –al menos, en principio- no socavar en exceso la imagen de la profesión.

Obviamente, estos personajes no son elegidos por ser periodistas, sino por ser famosos… ¿O no? En 1994, la Cámara de Comercio e Industria de Madrid editó un vídeo como regalo navideño titulado “Famosos que venden”, donde recogía un buen número de spots españoles que protagonizaban desde Lola Flores a Fernando Fernán-Gómez, pasando por, Jose Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Pinito del Oro, Paco de Lucía, Antoñete o Pedro Carrasco, entre otros muchos. Había algunos presentadores, como Alfredo Amestoy, Joaquín Prat o Isabel Tenaille, que quizá podían entrar tangencialmente en la categoría de periodistas. Periodistas como tales, en la antología sólo aparecía Pedro J. Ramírez, cuando era director de Diario 16, en un anuncio del Ministerio de Hacienda, recordando el deber cívico de presentar la declaración de la renta. No estaba promocionando ningún producto comercial.

Los famosos y la publicidad siempre han estado ligados, y eso que en el vídeo Santiago Moro, fundador de los legendarios Estudios Moro, recordaba que “la utilización de famosos era bastante difícil, porque para ellos el hacer cine publicitario era una cosa que les quitaba categoría”. Parece que con el tiempo ya no se les caen tanto los anillos: un estudio de Aegis Media Expert estimó que en 2012 los anuncios protagonizados por famosos coparon el 23% del mercado televisivo.

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Uno de los motivos de utilizar en publicidad personajes populares es la credibilidad que permean al producto. ¿Se supone que esta credibilidad es doble cuando el famoso es además periodista de profesión? En otros países también lo creen así, y justo por eso a los profesionales de los medios ni se les ocurre acercarse a un anuncio. Y, en las escasas ocasiones en que lo han hecho, han tenido que dar marcha atrás. En España hubo un tiempo en que las cosas estaban algo más controladas: en los años 80, antes de la llegada de las televisiones privadas, los actores –actores, ni siquiera periodistas- que protagonizaban una serie en TVE tenían establecida una moratoria por la cual no podían protagonizar una campaña de publicidad hasta un tiempo después de que su programa fuera retirado de las ondas, para que no jugaran con ventaja aprovechando su fama. Una excepción fue Antonio Ferrandis, a quien se le permitió recuperar su personaje de Chanquete para protagonizar unos spots sobre las bondades de las conservas de pescado después de que varios casos de intoxicación afectaran la marcha económica del sector.

Hoy vivimos en la paradoja de profesionales de la información que aprovechan su credibilidad como periodistas para ejercer una actividad que está contribuyendo a carcomer (aún más) la credibilidad del periodismo. La Asociación de la Prensa de Madrid ya advirtió en 2011 de cómo afectaban –para mal- a la profesión los periodistas que protagonizaban campañas. Y, como se han encargado de recordar en otros blogs y en medios más serios que este, el artículo 18 del Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) lo dice bien claro: “a fin de no inducir a error o confusión de los usuarios, el periodista está obligado a realizar una distinción formal y rigurosa entre la información y la publicidad. Por ello, se entiende éticamente incompatible el ejercicio simultáneo de las profesiones periodísticas y publicitarias”.

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Pero da igual lo claro que se diga, porque la cosa no va a menos, sino a más. Ahora la publicidad la hacen también los periodistas de plantilla, los que no son famosos, y la hacen sin bajarse del informativo donde están trabajando. A la información meteorológica le siguen recomendaciones de seguros o de pastas de dientes, sin más aviso que un pequeño recuadro en la esquina superior de la pantalla donde puede leerse “publicidad”.

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La crisis, el descenso del mercado publicitario, parecen estarse convirtiendo en la excusa para que caigan todas las barreras, en un todo vale donde se benefician algunos privilegiados y las empresas periodísticas rascan algo más en tarifas, mientras el grueso de la profesión lo paga en su reputación ante lectores y espectadores. Aunque la verdad, no sé si es para quejarse. A fin de cuentas, en un país donde se acepta ir a una declaración del Presidente del Gobierno desde una pantalla de plasma ¿importa mucho que el presentador del informativo no vea inconveniente en vendernos seguros en su tiempo libre?

Holmes sigue sin fumar ¿“Sherlock” o “Elementary”?

27 Abr

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Hablábamos por aquí hace algunos meses de los últimos acercamientos a la pantalla grande y pequeña de la figura de Sherlock Holmes, tras las dos películas protagonizadas por Robert Downey Jr. y Jude Law, y la serie Sherlock, con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, que traslada a Holmes al Londres contemporáneo y demuestra que sus habilidades deductivas funcionan con la misma precisión en el mundo de la genómica, la web y los smartphones. A estas se ha añadido la serie Elementary, protagonizada por Johnny Lee Miller y Lucy Liu, que Cuatro emite en la noche de los martes, y que transcurre también en la época actual, pero cambiando el escenario de Londres a Nueva York.

Las comparaciones serán odiosas, pero pocas veces son tan inevitables como aquí. No sólo es que las series hayan aparecido casi al mismo tiempo; es que sus protagonistas respectivos compartieron escenario teatral en 2011, en la adaptación de Frankenstein dirigida por Danny Boyle, donde interpretaban al Monstruo y a su creador, y además intercambiando papeles cada noche. Y es como si, tras enfrentarse sobre las tablas (aunque Cumberbatch ya había grabado sus primeros Sherlock cuando hizo la obra), cada uno se trasladara a un escenario del mundo diferente para enfrentarse de nuevo con su visión personal del mejor detective de todos los tiempos.

 

Hablemos un poco de Elementary. La serie creada por Robert Doherty es considerada más facilona que Sherlock, con episodios menos elaborados y producidos en ristra, y la decisión de convertir a Watson en una mujer, bastante criticada por no pocos puristas. Sobre el primer punto, conviene considerar que una temporada de 22 capítulos obliga a relajar un poco el mimo y la precisión que una de sólo 3; y sobre lo segundo, tampoco estamos hablando exactamente de una novedad: otro famoso autor de novelas policiacas, Rex Stout –creador del obeso, cervecero, misántropo, amante de las orquideas y genial Nero Wolfe-, ya publicó en 1941 su teoría de que el verdadero sexo de Watson fue el femenino (pueden leer aquí el artículo original, en inglés).

Como su contrapartida inglesa, la serie abunda en guiños sherlockianos, no se sabe si para contentar o para aplacar a los aficionados furiosos por tanta innovación. Tenemos que aceptar que este Holmes tampoco fume, y se haga un especial hincapié en su faceta de drogadicto (en la que Conan Doyle, por otra parte, tampoco insistió demasiado); a cambio, sí recurren a la afición por tocar el violín y, como agradable sorpresa, incluyen en la serie al inspector Gregson como el policía al que Holmes reporta sus investigaciones (en las historias originales Gregson alterna sus apariciones con el otro inspector, Lestrade, pero la inmensa mayoría de adaptaciones a la pantalla suelen recurrir al segundo). Gregson, por cierto, cuenta con un ayudante apellidado Bell, y Bell fue el apellido del médico que Conan Doyle conoció durante sus años de estudiante en Edimburgo, cuya capacidad deductiva le serviría de modelo para crear a Holmes.

Frente a todo esto –y, desde luego, frente a Sherlock- hay un mayor alejamiento del modelo original, no sólo por los cambios antes mencionados. Para empezar, este Holmes es –o ha sido- sexualmente activo, rompiendo una tradición de celibato con más de un siglo de antigüedad; pero lo más sorprendente son las continuas referencias a su padre, que sería quien estaría pagando su tratamiento de desintoxicación, mientras que aún no sabemos nada de su hermano Mycroft, su único pariente vivo en la literatura. Quizá no sea difícil deducir que, tarde o temprano, descubriremos que no hay padre, pero que, desde luego, hay hermano.

Elementary queda como un entretenimiento, más alejado del canon que Sherlock, pero en modo alguno, diría yo, despreciable. No hay un empeño tan minucioso por la traslación de los casos originales al mundo actual, sino la decisión de dejar a estos Holmes y Watson llevar su propio camino, cosa que en la literatura post Conan Doyle se ha hecho ya cientos de veces. Cabe plantearse si las menores pretensiones justifican también menos exigencia por parte de los espectadores. Pero este bloguero la prefiere con mucho a las extravagancias de Robert Downey Jr, que ha conseguido en los últimos años un Tony Stark definitivo, y un Holmes que no hay quien se crea.

Aunque queda, de todos modos, una objeción, tanto para el Holmes de Miller como para el de Cumberbatch: presentar al detective como un individuo grosero e intratable. Me temo que aquí tenemos mucho de la influencia House, y bastante de la herencia de Jeremy Brett. El Holmes original, el que Conan Doyle mostró al mundo, es en muchas páginas seco, impaciente y huraño, pero en muchas más bienhumorado y sociable. Ni siquiera su creador pudo evitar que al personaje que había concebido como una máquina de razonar perfecta se le escaparan, una página tras otra, rasgos de humor y humanidad. Sus versiones modernas, son en ese sentido, un fiel reflejo de cómo han cambiado las cosas desde la era victoriana. La afición por el tabaco casi ha desaparecido. La educación, también.

Lo que no sale en el anuncio de Campofrío

23 Dic

Lo malo de que bloguear no sea la principal actividad de uno, es que en ocasiones la gente se te adelanta cuando quieres publicar sobre un tema determinado. Y además, lo hacen mejor. Es lo que ha pasado cuando estaba intentando escribir sobre el mal gusto que me dejó nada más verlo el anuncio de Campofrío, que queriendo repetir las cinco jotas de la entrega de 2012 –aquella impresionante reunión de humoristas en torno a la tumba de Gila- no han conseguido otra cosa que una paletilla mal curada, criada con pienso rancio de tópicos que le recuerdan a uno a épocas de subdesarrollo y complejo de inferioridad.

Pero ya digo, otros han corrido más. No hace ninguna falta que recomiende el magistral post de Iñigo Saenz de Ugarte publicado en El Diario.es, que bulló en cuestión de minutos a merecidísimo Trending Topic. Lo malo es que el tío ya ha contado de sobras todo lo que yo tenía en cartera, y algunas cosas más. Ante un caso así la opción es envainársela y respetar a los mayores, pero como creo que en breve el spot, si nadie lo remedia, tras su espectacular recorrido por la web comenzará su emisión en las televisiones, quizá aún quede sitio para apuntar un par de cosas.

Y la primera de todas es dejar claro que ni queriendo podrían haber conseguido un anuncio más deprimente.

Tiene, quién lo duda, una realización irreprochable –faltaría más estando a cargo Icíar Bollaín- y el protagonista es, simplemente, perfecto. Un Fofito de nuevo en plena forma secundado por Santiago Segura y Enrique San Francisco, y con la aparición estelar de un buen número de cómicos y actores. Todo con la idea de redactar lo que llaman El Curriculum de Todos, donde se recogen todos los motivos por los cuales, a pesar de la que ha caído y está cayendo, tenemos que sentirnos felices e incluso orgullosos de ser españoles. Que las cosas pueden estar muy mal, pero somos un pueblo cojonudo, que disfruta de logros y privilegios muy notables, que a menudo tendemos a olvidar.

Aquí es donde comienza el desbarre. Ya se ha comentado en otros sitios lo paupérrimo de esos supuestos logros –un país con cuatro idiomas, pero con un nivel sonrojante de dominio de lenguas extranjeras, siete premios Nóbel, que es una cifra ridícula comparada con cualquiera de los países que nos rodean, los recursos fáciles al cine y al deporte, y por Dios, otra vez El Quijote y la Generación del 27, tan citados para quitarnos complejos de encima como poco leídos o frecuentados– pero a mí me llama más la atención todo lo que no se menciona en la lista.

De entrada, llama la atención la ausencia de nombres propios. Un país que, teóricamente, ha conseguido tanto, debería contar con algunas referencias incontestables. Pero no. Se habla de premios Nóbel, de generaciones literarias, de Óscar, quizá sabiendo que en un país tan envenenado como este, si se menciona en concreto a una persona que haya logrado un reconocimiento internacional, nunca faltará gente dispuesta a escupirle en la cara. Sigamos con los premios Nobel y veremos que el último –Cela- se otorgó hace ya 23 años, y que el último (o el segundo, como prefieran) otorgado en el campo de las ciencias, hace 53 y su ganador fue Severo Ochoa, exiliado en Estados Unidos tras la criba en el mundo académico y científico perpetrada por el franquismo.

En el anuncio hay una carencia total de logros en los campos de la ciencia, la investigación, el crecimiento académico, la influencia social o política. Y la hay porque nuestra aportación en esos campos no existe, o no se conoce. ¿No nos hubiera gustado escuchar a alguno de los artistas invitados diciéndole a Fofito cosas como “”Oye, y diez universidades entre las mejores del mundo””, “¡Cinco mil patentes registradas en diez años!”, “Veinte empresas internacionales!” “¡Y los científicos, que vienen de fuera a nuestros laboratorios para trabajar!” “¡Publicamos setenta mil libros al año, y nos los leemos todos!” “¡Eso, porque tenemos el índice de comprensión lectora más alto de Europa!”?

¡Ah! Y el silbo gomero…

Si cerramos los ojos a todo lo que hemos hecho mal, si nos apegamos a un patriotismo blando y unas fórmulas de consolación que ya eran viejas en el franquismo, ocurrirá una cosa: que cuando comencemos a salir de la crisis no habremos aprendido nada de las carencias que han hecho que se haya cebado especialmente con este país. Seguiremos siendo un pueblo atrasado, apto sólo para recibir turistas y megacasinos. Y nadie se preguntará por dónde podríamos empezar a mejorar. ¿Para qué? Es mejor tener claro que lo que ocurre es que en Europa, empezando por la Merkel, nos tienen envidia por este sol tan maravilloso. Y por eso nunca ganamos en Eurovisión.